P R Ó L O G O
Reading edition
Si yo estuviera hecho a las lides periodísticas o supiese luchar con la pluma tajante y con la tizona punzante, a buen seguro que podría salir airoso de esta empresa o aventura, en la que me ha querido meter el erudito autor de este libro, mi amigo el señor Marcos, figura prestigiosa del periodismo español, luchador infatigable y avezado a los estudios filosóficos, según lo viene demostrando en los dos primeros volúmenes publicados en esta Biblioteca, obra que merece los aplausos de los estudiosos y la gratitud de los buenos españoles.
Pero no me ha sido dado este privilegio de escribir, y tan sólo la oratoria sagrada ha invadido mi ser y mi alma toda, dedicándome por entero a ella y deseando plegue a Dios que, con mi modesta, pero incesante labor evangélica, consiga conquistar muchas almas para la eterna bienaventuranza.
Por eso temo que estas breves líneas con que el señor Marcos, congregante fervoroso del Pilar, quiere que encabece su meritísimo trabajo, no responda a lo que de mí espera, puesto que nemo dat quod non habet, y yo no tengo lo que de mí quiere y desea.
Autor y lector me habrán de perdonar estas consideraciones que voy a hacer respecto a la obra de mi ilustre hermano en Congregación.
* * *
Siéntese desde que se empieza a leer este libro algo así como una efusión espiritual, como una fruición interna, pues comienza presentándonos un cuadro real y exacto del estado social moderno, bien que basado en palabras de la más alta autoridad de la Iglesia, de nuestro Santísimo Padre el actual Pontífice, cuya primera carta encíclica, Arcano Dei, con la que ha inaugurado su pontificado, es como una intensa luz que derrama raudales de irisaciones sobre toda la faz de la tierra con su sabia y santísima palabra, reverbero de la luz increada, destello del Perínclito Espíritu, eco de la voz del Eterno.
Pero, no contento con esto, el señor Marcos va caminando poco a poco por la senda de los razonamientos y nos jumenta las facetas distintas o estados diversos del hombre espiritual, y aun material, ya sea su anhelo compenetrarse con la soberana Belleza y la infinita Santidad, ya sea su deseo tan sólo mirar a las cosas de la tierra entendiendo que ex nihilo nihil fit, y, por tanto, el hombre, que es sólo polvo, ceniza—memento homo quia pulvis est et in pulverem reverteris—, en eso quedará convertido in aeternum, puesto que, según los materialistas, el cuerpo humano en ninguna de sus partes tiene señales del posarse del alma, espiritual, inmaterial, incorpórea.
* * *
Esto en cuanto a la introducción que el autor hace de su obra.
Pasando a la primera y segunda parte, o sea a la biografía y a la bibliografía, sólo habremos de decir cuan bien se advierte la erudición que atesora el señor Marcos, pues los libros que cita, los testimonios que aduce, las opiniones que aporta al tratar de la inspiración de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, obra es de un concienzudo y meditado estudio y de un tenaz rebuscamiento, buceamiento de datos, textos y autores, que acusan un amor vehemente al estudio y estar acostumbrado ya a esta busqueda.
El libro de San Ignacio, el que inmortalizó su nombre y fué como la piedra angular de esa Ínclita Orden que se llama Compañía de Jesús, no cabe duda—como prueba el autor—que es verdaderamente universal, semilla que, diseminada por todo el orbe católico, y aun infiel, ha dado tan ópimos frutos, que ha estrellado de santos el cielo y ha llenado de sabios el mundo, pudiéndose aplicar a esta Compañía y al libro inmortal lo que decía el gran Tertuliano de los cristianos: Somos de ayer y ya lo llenamos todo: templos, calles, plazas, etc.
De ahí que hayan tenido para el fundador y para su gran obra (la Compañía y los Ejercicios) frases inspiradísimas y encomiásticas los papas, los sabios, los hombres de ciencia, aun heterodoxos, y no hay que decir los católicos.
Y, como libro inspirado por Dios, ha logrado el máximo de perfección, ya en su letra, ya en su espíritu, pues de tal manera, leyéndolo, se va infiltrando en el alma el sentimiento del amor a Dios, la virtud santa, el deseo de bien obrar, el temor de perder al Bien Sumo, el ardimiento por adorar a Jesús en el augusto Sacramento, la devoción bella y tierna de Nuestra Madre la Virgen María, que, como escalones, van formándose en el espíritu por los que el alma cristiana va acercándose cada vez más a la Única y Suma Verdad y a la Incomparable Belleza.
Libro mágico, a cuyo conjuro, los más empedernidos pecadores, los más enfangados en el vicio, los más descreídos, han caído de rodillas, llorando sus culpas, detestando sus extravíos, confesando su error; y así comenzando y después siguiendo por el verdadero arrepentimiento, por la penitencia austera, por el firme propósito, han llegado al amor, a la virtud, al deseo del sacrificio y hasta a la íntima unión con el Sumo Bien, con la Divinidad increada y de todo creadora.
* * *
Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en su parte tercera, en la que estudia, desde el punto de vista filosófico, el libro inmortal del Ermitaño de Manresa—como llama a San Ignacio—, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes, admirables y lógicas.
Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse desde hoy a San Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos atrevemos a compartir en absoluto.
San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración, hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.
Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico del humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la Teodicea de sus inspiradas meditaciones.
Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al Santo Fundador el calificativo de gran filósofo por este su libro, que es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas, purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia, castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él compenetrarse íntima y eternamente.
No hemos, pues, de discutir al autor de este libro el mérito de su trabajo ni de su ingenioso descubrimiento, y más de admirar es el que un seglar haya parado mientes en esta faceta, en este aspecto, nuevos por completo, y haya salido tan airoso de su empresa.
Claro es que el señor Marcos tiene otros hábitos y otras virtudes que le permiten hacer este alarde.
Por último; si miramos, no ya a la parte técnica del libro, llamémosla así, a la que se refiere a la Filosofía, sino al estilo literario, quedaremos perplejos, sin saber cuál de las dos cosas habremos de admirar más en este trabajo, si el fondo o la forma. Yo no sé decirlo, como no sé aquilatar lo bastante el mérito de este trabajo, pues que los encuentro iguales en belleza, en intensidad, en emotividad, en galanura.
Quede esto para los eruditos, para los hombres de ciencia, pues yo no he podido hacer otra cosa que poner mi granito de arena en este colosal edificio que se intenta construír, y quiera Dios que le veamos terminado, pues esta Biblioteca sería una perla más, colocada en la corona inmarcesible de la ciencia filosófica española.
Madrid, 10-3-23.