OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO
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Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el testimonio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para demostrar, además, su grandeza y su universalidad.
Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.
El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a ellos. “Se ha de saber—añade—que el propio Juan Knax, príncipe de los herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda por estar vendido”.
Cierto pastor de la Iglesia Anglicana, llamado Orby Shipley, hizo una edición de los Ejercicios, para uso de los anglicanos[27], y en el prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón se llegue a tan profundos conocimientos[28].
Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el milagro de un admirable equilibrio moral”[29].
El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban a la propia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los Ejercicios, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].
Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no afectos a la ortodoxia católica.
Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos harán comprender las excelencias de este libro.
El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián, S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años, porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos ha enseñado el camino de la razón y de la verdadera vida”[32].
Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para gloria suya y bien universal del mundo”.
No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia, Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud; conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun familiaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].
Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.
Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que nos revele su opinión.
El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios Escuela de celestial sabiduría.
El P. Luis de Estrada, español y general de los cistercienses, dice: “Y si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias... sólo a sus feligreses procuran de informar en la vida espiritual...; pero si miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo cristiano, que vienen a sus casas. Tan de propósito ponen en razón el ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado, procurando encerrarlos en noviciaría...”
Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].
Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales, quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en sí mismo[36].
De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la Universidad de Würzburg (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].
Cuánto renombre ha alcanzado este libro lo dice aquella frase conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].
* * *
Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios, aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.
Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.
Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en exercicios espirituales... y aun offrecistes de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo, tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.
Y, poco después, añade:
“Dos y tres y otras quantas vezes puedo, os pido por servicio de Dios N. S. lo que hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su Divina Majestad por qué no os pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender assi para el hombre poderse aprovechar así mesmo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos”[40].
De donde, claramente, se deduce de sus últimas palabras la fe que tiene en que su obra es provechosa, en el camino de la vida espiritual, a todos los hombres.
Mas si estas opiniones no fueran lo bastante para convencer, de la excelencia de este libro, aun a los más despreocupados, aportaremos lo que entendemos culmina en un elogio, que es la autoridad de la Iglesia, cuya opinión está expuesta en los documentos pontificios, en el Derecho Canónico y en las pastorales de todos los prelados.
Aducidas en otro lugar las aprobaciones de todos los Papas desde la sanción de los Ejercicios, hemos tan sólo de fijarnos en los elogios que los han prodigado los últimos Pontífices.
El inmortal León XIII, en una carta dirigida al Clero de Carpintero decía: “Mucho he procurado hacer por el bien de mi país natal; pero de todo lo que he hecho, lo más saludable y lo que más me llena el alma de consuelo, es el haber facilitado al Clero la práctica de los Ejercicios Espirituales.
“Yo mismo, en otros tiempos, yendo en busca de un alimento sólido, para mi alma, recorrí gran número de libros, sin que ninguno llenara mis deseos. Por fin, hallando entre mis manos el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, no pude menos de exclamar al conocerlo: He aquí el alimento que deseaba para mi alma; y desde entonces no me he separado de aquel libro. La meditación del fin del hombre bastaría para renovar todo el orden social”[41].
El Papa Pío X, en una carta que dirigió al P. Carlos Criquilión, el 8 de diciembre de 1904, decía:
“Exercitiorum spiritualium consuetudinem qualem praesertim caelesti, prorsus consilia Sanctus Ignatius, legifer, Pater vester induxit, semper nos magni fecimus, utpote in qua ad emendandos mores et christianos refovendos spiritus mirifica quaedan insit efficacitas. Nunc autem eum in hoc apostolatus fastigio collocati sumus, eo clarius apparet nobis quantum adjumenti affere possit consuetudo ejusmodi ad propositum, quod habemus, instaurandi omnia in Christo”[42].
Y el propio Pío X incluyó en el Derecho Canónico[43], como ley, las letras de la Sagrada Congregación del Concilio, publicadas con autoridad del Papa Clemente XII[44], en las que se dispensa a los eclesiásticos, obligados a residencia y coro, de ambas cosas y hacen suyos los frutos de los Ejercicios.
He aquí el texto de esta disposición ya canónica: “Parochos insuper per idem tempus semel tantum in anno exercitiis hujusmodi vacantes a residentia absolvit; quod ipsum servari vult quad canónicos, beneficiatos aliosque personali residencia obstrictos et chori servicio mancipatos, quos nihilhominus lucrari decernit integros fructus et quotidianas morum respective canonicatuum et beneficiorum distributiones quascumque, aliaque emolumento, per inde ac si choro divinisque oficiis personaliter interessent; dummodo tamen eadem exercitia peragant, obtenta prius ab ordinario licencia a quo nullatenus concedenda erit Adventus et Quadragesima temporibus, ac in solemnioribus festivitatibus, nec unquam omnibus simul canonicis aliisque choro insirvientibus; sed ea adhibita circunspectione, ut chori servitium nequaquam inttermitatus; et quoad parochos, idoneis prius subragatis œcónomis ab ipsomet ordinario approbandis, qui interim animarum cura recte administrent”.
Por último, aduciremos el testimonio del actual Pontífice, que siendo prefecto de la Biblioteca Vaticana publicó la gran obra titulada “San Carlos Borromeo nel terzo centenario de la canonizzazione”, de la que hizo una traducción al francés el P. Watrigant, S. J.[45], y en ella dice el cardenal Ratti lo siguiente: “Bien puede decirse que San Carlos debió su conversión a la práctica de los Ejercicios Espirituales, y todos sus biógrafos están conformes en atestiguar que el Santo tenía la piadosa costumbre de practicar los Ejercicios, no una, sino dos veces al año, y estos ejercicios los hacía siguiendo fielmente el método de San Ignacio, sin que se pueda dudar de esto, ya que le dirigió en ellos el P. Ribera, de la Compañía de Jesús”[46].
Más adelante extracta de las cartas inéditas de San Carlos al cardenal Paleotti lo siguiente:
“Por lo que respecta a los ejercicios espirituales que hacen los ordenandos antes de recibir las Ordenes Sagradas, el tiempo determinado por el visitador apostólico y nuestro Concilio provincial era de un mes, aproximadamente; pero, en la práctica, era de unos quince días... Después, en cuanto a la forma, se intentó imitar a los padres jesuítas y tomar algunas de sus reglas, las cuales todavía tienen una cierta forma del Padre Ignacio, impresa en aquel librito que a Vuestra Señoría Ilustrísima debe ser conocidísimo. Pero de ello, seguramente, tendrá pleno conocimiento”[47].
Más adelante añade: “También, después de su conversión, San Carlos se complacía en tomar por guía en sus ejercicios espirituales a los hijos de aquel que había sido el providencial inventor”[48].
Y transcritas las cartas inéditas del mismo San Carlos, el cardenal Pallotti extracta lo siguiente: “El prudentísimo Carlos se había hecho un maestro no sólo en practicar los ejercicios, sino en darlos, y se le agregó al directorio formado para esto. De tal directorio es el ilustrísimo Ratti el primero en dar la noticia, y para formar este directorio se valió San Carlos de aquellas notas que Ignacio tomó de muchos libros y las puso en el suyo, las cuales no cabe duda que tienen gran mérito para este directorio”.
A este propósito dice el cardenal Ratti:
“Nuestro San Carlos dirigió la mano y la vista de aquel primer directorio ignaciano, y, recogiendo los dispersos elementos y coordinándolos e iluminándolos a veces con títulos y didascalias, llegó a componer un cuerpo solo. Coincidiendo con el título que la misma mano de San Carlos escribiera a la cabeza del Código, hallamos recogidos todos, y solamente aquellos signos, aquellas reglas y notas que se refieren al oficio y la labor del director, y omite todos los demás. Los diversos textos están tomados y transcritos textualmente del volumen”: Exercitia spiritualia a R. admodum in Christo Patre Nostro M. Ignatio de Loyola, Societatis Jesu, institutore. et. primo, generali, praeposito auctore. Vianae Austriae in aedibus Caesareicollegii dictae Societatis. Ano Domini 1563[49].
Habla después el cardenal Ratti de otro manuscrito encontrado, del cual hace un nuevo argumento sobre el juicio anterior, diciendo:
“De ahí el amor y el estudio que él (San Carlos) había hecho de los ejercicios de San Ignacio, y el método a que se sometía su aplicación. Por lo demás, era bien natural, por no decir felizmente inevitable, que tal ocurriese. Un libro como los Ejercicios, de San Ignacio, que casi de repente se afirmó e impuso como el más sabio y universal código de gobierno espiritual de las almas, surgiendo inagotablemente de la piedad más profunda, a la vez que más sólida, que era estímulo irresistible y guía segurísima para las conversiones y para la más alta espiritualidad y percepciones; un libro así no podía dejarse de colocarse en primera fila entre los predilectos de nuestro Santo, en el cual revelaba el genio característico, sus más nobles aspiraciones, y, en una palabra, todo un espíritu”[50].
Y, para dar término a tan valiosos testimonios, habremos de aportar como broche de oro, el Breve, publicado por el ya Pontífice Pío XI (antes cardenal Ratti), en el que declara a San Ignacio de Loyola patrono de los Ejercicios Espirituales, fuente y perfección, y que tantas almas han ganado a Cristo de los que de Él vivían alejados y a otros les ha hecho subir a las cumbres de la Santidad:
“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar, con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la perfección cristiana.
“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar principalísimo los Ejercicios Espirituales, que introdujo en la Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.
“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo; sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él mismo Ejercicios Espirituales, comenzó a enseñar cierto método y manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del cual método fuesen maravillosamente ayudados los fieles a detestar sus pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro Señor.
“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor, de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de tres siglos..., y por el testimonio de todos los varones que más han florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en santidad de costumbres[50a].
“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su virtud de esta como fuente de los Ejercicios, plácenos recordar, por lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente a los ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.
“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar almas para Dios.
“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente “admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole sucesivamente con nuevas alabanzas.
“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes seculares, como entre los seglares y—cosa digna de singular mención, principalmente en nuestro tiempo—aun entre los mismos obreros, deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.
“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando, pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica, declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono de todos los Ejercicios Espirituales, y, por tanto, de las fundaciones, cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que practican los Ejercicios Espirituales.
“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes, válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.
“Dado en Roma y en San Pedro el año del Señor 1922, el día 25 del mes de julio, en el año primero de Nuestro Pontificado.
“Pío XI.”