CAPÍTULO PRIMERO
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El siglo XVI.—Aspecto religioso.—Aspecto científico y prodigioso.—Portae inferi non praebalebunt.—La figura de San Ignacio.
En todos los tomos hemos creído necesario estudiar los aspectos que afectaban a nuestros autores, y así en el de Valles (el Divino) estudiamos la Filosofía, y en el de Santa Teresa, a España.
En éste hemos de exponer una idea general de lo que fué aquel siglo llamado de oro por antonomasia, pues desde cualquier punto que se le mire fué grande y único en la Historia del Mundo.
Por lo que hace a la parte religiosa, diremos, con Cretineau-Joli[90], que parecían haber terminado las luchas a mano armada contra la religión del Crucificado, pues la Iglesia, protegida hasta entonces por la energía de los Pontífices, y por la veneración de los pueblos a sus Reyes, se hacía respetar.
Mas, al llegar este siglo, se ve surgir una generación de enemigos, cediendo la espada a la pluma y a la palabra.
Por todo ello, lo que necesitaba la Iglesia no eran soldados, sino doctores, y tanto las Ordenes militares, que habían terminado el fin para que fueron creadas, como las monásticas, que cumplían la misión que sus fundadores les señalaran, eran impotentes para hacer frente a la tempestad que se iniciaba con visos de una gran batuda, pues rugía por doquier en las ideas, en los ánimos y en los corazones, que, impulsados por un desenfreno de pasiones, por una orgía y por una impudicia rayanas en la bacanal, buscaban en la independencia el camino más apropiado a las innovaciones.
Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.
Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la hoguera.
No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos, gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.
A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas, propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.
De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba una antorcha brillante en los Estados de Europa.
Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una energía brutal, de una avalancha avasalladora.
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Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz, que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales; Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra en el Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio transmite su nombre a regiones que no descubriera.
Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier, Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi, Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto, astrónomo y escultores. respectivamente.
Kempis lega al mundo cristiano la Imitación de Cristo; Maso inventa el arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola, Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion, Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores; Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela de Pintur; el Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer; Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.
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Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros, con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el cañón.
Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se cumplirá la profecía de su Divino Fundador: et portae inferi non prae, valebunt; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].
Cierto que se batirán contra ella e

CASA DE LOYOLA
intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas, dictadas por León X.
Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón, que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto de todas sus dinastías.
Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su Jerusalén Libertada. Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de doctrinas divinizadas.
Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica, vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las doctrinas ortodoxas.
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Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92], humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura; gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración, por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios, que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había atesorado en su bendita alma.”
¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa, intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y concluído sin armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.
Y en otro lugar dice:
“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las cruzadas de Europa.”
De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu Santo e insigne en el don de la sabiduría”.
Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador, teniendo por divisa: Ad Majorem Dei Gloriam, y cuya misión principal fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más relevantes de aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le llamó de Oro.
Pero Ignacio escribió el libro de los Ejercicios Espirituales, libro que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes resultados.
Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante, en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los grandes filósofos españoles.