Note 91 — CAPÍTULO PRIMERO
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Los escritores de la Historia Eclesiástica, con mucha razón, advirtieron que el mismo día que en Inglaterra nació Pelágio, para pervertir con sus errores el mundo, ese mismo día nació en Africa aquel gran Sol de la Iglesia Católica, San Agustín, para deshacer con sus rayos y resplandor las tinieblas del malvado y perverso hereje.
Cuando los albigenses y otros herejes turbaron la paz de la Iglesia de Dios y las espinas de los vicios y maldades estaban más crecidas y ahogaban la buena semilla, envió al mundo aquellos serafines y lumbreras del Cielo: Santo Domingo, San Francisco y Santa Teresa, para que por sí y por sus hijos y discípulos resistiesen a los herejes, desarraigasen los errores, reformasen las costumbres, alumbrasen y santificasen el Universo con su admirable ejemplo y doctrina, como lo hicieron los Santos Padres y lo siguen haciendo sus hijos.