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San Ignacio de Loyola

APÉNDICE IV

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DOS CARTAS MUY INTERESANTES

No hemos podido resistir a la tentación de publicar aquí dos cartas cruzadas entre dos amigos (personajes ambos), en la que el firmante, hablando por experiencia propia, expone su firme creencia de que debe su conversión a haber hecho los Ejercicios, y, en su virtud, aconseja a un su amigo, un algo empecatado y un mucho disipado, a que los haga también, confiado en que cambiará de vida y se salvará.

Bien desearíamos que, al verse sorprendidos con la publicación de estas cartas se sintiera tocado el último de la gracia de Dios, y, creyendo que todos estos signos son aldabonazos que Nuestro Señor da en su corazón, hiciera los Ejercicios, siquiera fuese para complacer a su entrañable amigo, que tanto se lo encarece, pues confiamos en que lo demás lo harían el Espíritu Santo y San Ignacio.

He aquí las cartas cuyo texto ninguno de los dos creen que poseo, aunque sí saben la conozco:

PRIMERA:

“Mi querido P. L.: De todas las satisfacciones que he experimentado en este mundo (placeres, riquezas, negocios, morada-palacio, consideración general, etcétera, etcétera), una de las más íntimas, duraderas y que mayor consuelo me ha proporcionado siempre, ha sido la de hacer el bien, en todo su extenso campo de acción; y cuando he logrado, o espero lograr la vuelta al redil de una oveja descarriada; cuando consigo llevar, siquiera sea en la proporción de un grano de arena la tranquilidad al espíritu o la esperanza de obtenerla al que la sufre; cuando, en fin, confío y espero salvar a un hermano, a un amigo a quien quiero por deber de cristiano y por inclinación natural de simpatía y afecto, entonces, créeme, siento una alegría tan grande, que no la puedo expresar.

Esta satisfacción y esta alegría he sentido al recibir tu carta, en cuyas líneas creo adivinar un estado de ánimo precursor de un cambio radical en ti, y como consecuencia de ello la calma y la paz de espíritu en los años que te restan de vida y la seguridad de que cuando llegue el día, el momento inevitable, epílogo obligado de esta farsa que se llama vida, podrás emprender el viaje tranquilo y, confiando en la divina misericordia, salvar tu alma para siempre. Porque no lo dudes, P. L., Dios te llama... está dando aldabonazos cada vez más fuertes en la puerta de tu corazón... Dios quiere salvarte; pero, respetando la libertad que otorgó al hombre, sólo te pide tu voluntad... algo así como tu consentimiento..., tu primer paso hacia Él.

El ambiente que respiras, tu larga etapa de vida descuidada, el egoísmo de los que te rodean, tus compromisos, tus pasiones, tu carácter agriado por las contrariedades, tus inclinaciones naturales, como las de todo humano mortal, hacia lo que deleita, etc., etc., todo eso será tan real como quieras y posiblemente se te figurarán dificultades insuperables (es la única arma-engaño, bomba sin metralla que el espíritu del mal posee para inflar la imaginación y para impedir que vuelvas a Dios); pero yo te digo y te aseguro que todo caerá como castillo de naipes y se reducirá a polvo desde el momento en que des aquel primer paso, te arrepientas, hagas tu propósito de enmienda y confieses con la noble humildad del que reconoce lealmente sus faltas, que has devuelto mal por bien, que esto hemos hecho todos (yo el primero) con Dios.

Ponte de acuerdo con el Padre Rector de los Padres Jesuítas de ahí; ve a Loyola, a Valencia, a Manresa, ahí mismo, donde quieras, pero haz los Ejercicios durante siete días, y pondré mi mano en el fuego si, haciéndolos con fe y buen deseo, no consigues lo que anhelas.

Te lo aconseja un convencido, un convertido, un amigo leal y desinteresado; te lo aconsejo yo, cuya vida ya conoces y que, por consiguiente, nada puedo echarte en cara... que, como tú, anduve dando tumbos por esos mundos de Dios hasta que por su misericordia infinita me acogió al primer intento que, para acercarme a Él, hice.

Y ha hecho más: me dió una compañera virtuosa, muchos hijos y riquezas, bienestar y felicidad, e hizo aún más, mucho más, permitió que se cebase en mí la tremenda tribulación, que ya tu conoces[274], y rendido el natural tributo de dolor y pena, inherente a la flaqueza humana, durante los primeros días (recuerda mi estado de postración cuando, enfermo aún, me visitaste) obró en mí el milagro (otro nombre no tiene, dado lo tremendo de la caída, las perspectivas en aquel entonces y mis doce hijos a cuestas) de que reaccionase rápidamente, y, aceptando, resignado, la horrible prueba, me considerase y me considere hoy, tanto o más feliz que cuando nadaba en la abundancia. Y esta tranquilidad, esta paz interior, créeme, no la cambio por la vida agitada de antes.

Esto... yo mismo no me lo explico, pero constituye una prueba de la omnipotencia y bondad del Señor. Y esto que me ha ocurrido a mí y a tantos otros, ¿no ha de servirte de estímulo para seguir mi ejemplo?

Conque a hacer Ejercicios; esa es tu ruta, empréndela animoso, lleno de confianza y Dios hará el resto, te bendecirá y te colmará de ventura, aun en este mundo........

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No demores la solución de un asunto cuyas consecuencias son eternas, rechaza sin pretender profundizar ni refutarlas, cuantas objeciones han de presentársete con satánico ingenio por el espíritu del mal: entrégate a Dios sin condiciones y sigue escrupulosamente los consejos de su ministro en la tierra, el varón virtuoso, sabio y prudente, de que te hablé en mi anterior. Haz los Ejercicios.

Te envía un estrecho abrazo tu siempre buen amigo,

J...

Un consejo te doy: reza todas las noches tres avemarías, para que la Virgen, de la que me consta eres devoto, te alcance la gracia de tu vuelta al redil. ¿Te acuerdas de tus plegarias en Lourdes?”

SEGUNDA:

Querido P. L.: Recibí tu afectuosísima carta, y no puedes imaginarte cuánto te agradezco, a la vez que me produce satisfacción vivísima, el que hayas interpretado fielmente la intención que movió mi ánimo a escribirte en el sentido en que lo hice; la sinceridad que reflejan tus líneas me tranquiliza en absoluto sobre el particular; lo necesitaba; pues te confieso ingenuamente que al recordar mi pasado y los ejemplos (¡!) que de mí han recibido mis amigos, sentía cierto calorcillo en las mejillas al meterme a predicador!

La bondadosa acogida que han merecido mis escritos, por un lado, y el fraternal afecto que te profeso, que parece haberse aumentado, desde que he entrevisto la probabilidad, digo mal, la seguridad, con la ayuda de Dios, de devolverte la tranquilidad... la paz... y al propio tiempo asegurar la salvación de tu alma, me impelen a abusar de tu bondad y a distraer de nuevo tu atención...

Poca autoridad tengo, es verdad; pero a veces Dios se vale de un ser despreciable para sus fines, como se valió de unos incultos pescadores para fundar nada menos que su Iglesia, sin que esto quiera decir, ni muchísimo menos, que pretendo compararme con aquellos Santos. De todos modos, créeme, P. L., el que te escribe con el alma—dices bien—y con el mejor y más desinteresado de los deseos, no es ya G. o D., el que conociste en otros tiempos, ni siquiera el que contemplaste agotado y decaído ante la aparente desgracia, que precisamente ha sido el toque decisivo de la misericordia del Altísimo. No creas, sin embargo, que sea un “perfecto”; sigo siendo barro quebradizo, “tierra baja” e infecunda, pero tengo tan hondamente grabado en mi alma, por la gracia de Dios, el convencimiento de que unos cuantos años de vida, buenos o malos, en este pícaro mundo son tan poquísima cosa comparados con la eternidad que indefectiblemente nos espera y que encierra el terrible dilema, que este pensamiento me impulsa a hacer partícipe de mis convicciones a quien quiera oírme con buena voluntad... ¿Y cómo no hacerlo contigo, con quien me une media vida de amistad?

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Porque tú has sufrido y sufres, querido P. L., pero tranquilízate, pues, sea cual fuere el motivo de tus penas, de tus amarguras, de tus remordimientos..., todas tus culpas, sean de la índole que fueren, todo desaparecerá, D. M..., ante un acto sincero de contrición y de confianza en la misericordia divina, de reconocimiento de tus errores, de leal y firme propósito de enmienda, y comenzará para ti una nueva era de paz y tranquilidad, no exenta de un sincero deseo de reparar en cuanto sea posible y cuanto sea susceptible de reparación, porque Dios no pide imposibles ni nada que no esté en nuestra mano realizar.

Ello dará a tu vida otra orientación, se te abrirán horizontes nuevos, y entre la práctica del bien y el cumplimiento de tus obligaciones y deberes materiales, perfectamente compatibles con la práctica de la virtud, se deslizarán tus días tranquilamente, disfrutando de una paz y bienestar, del que no tienes idea, porque sospecho que nunca en tu vida la has experimentado...

Lo primordial es que estés decidido, pase lo que pase (que no pasará nada, tenlo por seguro), a dedicar lo más pronto posible ocho o diez días de retiro..., a hacer una especie de balance general de tu existencia para apreciar serenamente lo que ha sido tu vida hasta el presente y lo que debe ser en lo futuro... Se acerca la Cuaresma...; luego, Pascua... ¿Cuántos años hará que no has cumplido el precepto pascual?

No trato de hacerte presión, ni mucho menos aconsejarte que precipites los acontecimientos; antes al contrario, entiendo debes reflexionar mucho, y precisamente la reflexión tiene su principal enemigo en la precipitación; pero no demores más de lo indispensable el desenlace, decidido ya en principio; no olvides que la lucha está entablada entre el espíritu del bien y el del mal; tú eres la presa que el primero trata de conquistar y el segundo retener a todo trance; así que no faltarán dejaciones, dificultades... vulgares tretas del espíritu maligno para conseguir demoras e impedir lleves a la práctica tus buenos intentos. Desconfía y ponte en guardia contra ficticios obstáculos; te lo prevengo porque a mí me pasó lo mismo. Tu voluntad es la que ha de decidir e inclinar el fiel de la balanza en uno o en otro sentido. Pídele todos los días a Dios, por mediación de su Santa Madre, de la que todo buen español es devoto, que te conceda el toque decisivo de la gracia. Una lágrima, un solo suspiro pueden abrirte las puertas del Cielo. Humillarse ante el Supremo Hacedor..., ante su Ministro en la tierra, enaltece, ennoblece, dignifica... La sensación del perdón es algo tan hermoso, tan hondamente sentido y de tan inefable goce y aligeramiento de espíritu, que no puede explicarse. Yo tuve la dicha de experimentarlo cuando me confesé, después de transcurridos muchos años sin haberlo hecho!... ¡Cuán dificultoso me parecía entonces el paso a dar!...; pero si no es posible recordar..., pero si volveré a caer..., qué triste va a serme la vida sin tales o cuales pasatiempos..., pero cómo reparar tal enormidad!..., etc., etc.

¡Cuán fácil me pareció después!... ¡Con qué suavidad, con qué mano maestra, con qué fraternal afecto fué mi confesor sondeando los más recónditos repliegues de mi conciencia, facilitándome la labor, hasta reunir y aquilatar, sin esfuerzo alguno para mí, y en breve tiempo, la esencia de mis culpas de tantos años!...

Amigo P. L.: Procura hallar (la encontrarás, si la buscas con buena voluntad) la oportunidad, y aprovéchala; unos días de descanso, de retiro, de Ejercicios, no prejuzgan nada... ¡tantos hemos perdido, mal empleados en este mundo!... Te va en ello tu felicidad, y desde luego te afirmo que no te arrepentirás del empleo y resultados de esos días..., al contrario, no cesarás, durante el resto de tu vida, de bendecir el momento en que te decidiste a ocuparlos tan sabiamente. Créeme, haz pronto los Ejercicios.

Te abraza de corazón tu viejo amigo y novel predicador,

J.

Espero que tu buena y santa esposa unirá sus preces a las nuestras; y si, lo que no creo, Dios se resistiese a oír las mías, por indignas, no resistirá seguramente a las plegarias de ella, que como esposa y madre pedirá, como sólo saben pedirlo las que ostentan tan hermosos títulos, la salvación del esposo y de sus hijos.

* * *

Quiera Dios que estas cartas, cuyo texto puede alcanzar a muchos corazones, sirva como de toque de atención, y algunos de nuestros lectores, entendiendo que es la voz de Dios quien les habla, se decidan también a cambiar de vida haciendo los Ejercicios y gánese su alma para siempre.

Este fruto sería suficiente para darnos por muy satisfechos de la labor que nos hemos impuesto en este libro.

Notes in this chapter

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