CAPÍTULO II
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Por qué es filósofo San Ignacio.—Su intuición de la belleza intelectual y moral.—Fecundidad de sus verdades psicológicas.—Abstrae para ser más claro.—La doctrina evangélica, compatible con los progresos de la civilización.
Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre, y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron ya el raciocinio a los sucesos que referían; por fin, la idea de averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel y Shlegel”[95].
Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los fenómenos que las producen.
Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.
Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea de las cosas, a saber: Dios, el mundo y el hombre, que tan ligados están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la empresa de explicarlos conjuntamente[96].
La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que es la de inquirir cuál es el principio que explica las observaciones y empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.
Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los gobernantes.
Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.
Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que era filósofo.
“Entonces—repuso el Rey—, ¿en qué se diferencian los filósofos de los demás hombres?”
A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:
—Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en Grecia para los juegos públicos.
—¿Quieres decirme qué sucede?—repuso el Rey.
—Que acuden muchos a ellas—dijo Pitágoras—por el deseo de merecer coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores y a reflexionar sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta, buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los filósofos, los amantes de la sabiduría, y en el mundo no hay profesión más bella que el estudio y el conocimiento de todas las cosas.
Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios! ¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos; tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las costumbres y de las disciplinas”[97].
Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se contentan con sentir.
Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].
Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las verdades le pertenecen”[99].
Cicerón la define: La ciencia de los principios y de las cosas divinos y humanos y sus causas[100].
La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].
Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra naturaleza..., que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente aplicada a la investigación de las causas por cuyo medio pueden ser conocidos los fenómenos”[102].
Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que existió la Filosofía... inseparable de la mente; por eso es en el mundo de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.
Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la lógica, la moral y la historia”[103].
Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación de los principios primeros”[104].
Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.
San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente, ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma verdad, el verdadero filósofo es el que ama a Dios (porque no son, ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman filósofos)”[106].
Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza su fin[109].
Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según Proudhon, enseñando al hombre en los Ejercicios Espirituales el camino de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la superstición, el vicio, el pecado[113].
Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué para que le ayuden a conseguir su fin.
Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.
Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre un cuerpo y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno, enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un necio.
Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la de su propio individuo.
¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí, que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran? Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas, pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo niega rotundamente.
El monoteísmo cree en un Dios; el politeísmo, en muchos dioses; el panteísmo dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el mahometismo opina que no hay más que un Dios, y el cristianismo cree en un sólo Dios, con tres personas; el magismo supone dos personas o hipóstasis en Dios; el gnosticismo, en fin, defiende que hay cuatro, siete, diez, etc., personas en Dios.
Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse; creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a boca, sumidos en un caos.
Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque, aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir derroteros nada propicios para dar con ella.
He aquí por qué San Ignacio es filósofo.
Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable y única fuente de la sabiduría.
Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega, en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos filósofos han llegado; al summum de la sabiduría, que es conocer, amar y poseer a Dios.
* * *
Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es complemento de aquélla.
El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino también a los sentidos por medio de la belleza: “He de amar y temer a Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor, arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable unión”[117].
Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la naturaleza de lo infinito.
La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron en lo grotesco.
Véase, si no, cómo cierto compilador del Talmud quiso representar la inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara, cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].
Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de lo infinito.
Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único, no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].
Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el sueño de la contemplación más abstracta”.
Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:
“—¿Qué concepto ha de formarse de Dios?
“—Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras, podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas y que en todas partes está presente.”
Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo: es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].
Fray Luis de León dice: “Dios está junto con nuestro ser, aunque muy lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hiciésemos algún nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama enigmática[122]...” Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro entendimiento, no nos representa toda junta aquella grandeza, sino como en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio, esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz...”[123].
Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.
Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el Ser infinito supone estar en todas partes; mas la idea de estar supone, asimismo, ocupar una porción del espacio, tener extensión, y, como ésta es incompatible con la idea de Dios, se añade que está en todas partes, pero fuera de ellas.
El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia, ha de contentarse con la idea por él concebida.
“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.
Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.
San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas lacónicas pero expresivas palabras: “Con plenitud y perfecta posesión de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno...[124]. Dios es principio y fin de todas las cosas...[125]. Es justo..., misericordioso..., sabio y santo...[126]. Creador y Señor de los hombres...[127]. Rey de gloria inmortal y eterno...[128]. Dios infinita sabiduría..., infinito poder..., infinita santidad y justicia..., bondad por esencia”[129].
¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro que dan perfecta idea del Ser Supremo?
Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía, sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.
Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes, pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al propio tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más de la divinidad.
Ya lo dijo San Pablo: “Habetis fructum vestrum in santificationem, finem vero vitam æternam”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].
Y el Santo filósofo nos aconseja: “Hacer la voluntad de Dios en presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios”[131].
De este modo nos demuestra, además, cómo una criatura imperfecta presiente y aspira a la perfección y da lugar a que el ingenio la embellezca, aproximándonosla al fin que ella, por sí propia, se inclina: “Así el poder que hay en mí, corto y limitado, es participación de un poder infinito, mi justicia de su justicia y lo mismo mi bondad, misericordia y demás.”
De esta verdad tan importante me serviré ahora y siempre para hacer escala de las perfecciones creadas y subir, por ellas, a la contemplación de las divinas... para amar a Dios como Bien sumo y por sí mismo[132].
* * *
Son las verdades psicológicas como el vehículo que conduce a la mente humana por los derroteros de la verdad, pues establecen una gradación entre sí para llegar a un término: el raciocinio.
Porque así como no puede haber efecto sin causa, así tampoco puede llegarse al raciocinio sin que hayan precedido la razón, la reflexión, la comparación, el juicio, y se hayan desarrollado todas con entera libertad.
Cree Laromiguière[133] que con la atención, que sirve para adquirir ideas exactas de las cosas con la comparación, que descubre las relaciones, y con el raciocinio, que ya nos eleva a los principios, hay lo suficiente para darse cumplida cuenta de todas las obras de la mente humana.
Así vemos que Benjamín Constant tuvo motivo bastante para establecer como un principio inconcuso que el sentimiento religioso es inherente al corazón humano, con sólo observar y conocer las costumbres de varios pueblos antiguos y modernos y parangonar unos con otros.
Y es que la idea es un verdadero juicio, puesto que nace de una relación de distinción.
Cardaillac opina que la idea ha sido formada por el juicio; mas a éste ha precedido la comparación, que, al decir de Damiron, es una cosa muy sencilla, puesto que no es sino poner unos objetos junto a otros, viendo sus semejanzas o diferencias y así quedan comparados, formándose después el juicio que cada uno le merezca, bien entendido que a estas operaciones han de asistir la razón y la reflexión para que lleven toda la cohorte de seguridades y conduzcan al verdadero enjuiciamiento libre y natural, como acto humano que es.
Por las verdades psicológicas se ve, pues, cómo la mente, al ir analizando todas las cosas que se hallan fuera de sí, va desenvolviendo esas madejas que habremos de llamar razonamientos, hasta dar con el verdadero y definitivo juicio de todos y cada uno de los actos del hombre.
Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables, únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.
Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el libro de los Ejercicios Espirituales hay verdades psicológicas cuya fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio decimos: razón, reflexión, comparación y juicio, formando así las ideas y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más fundamentales.
¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los culpables?
Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la memoria, suplicio del entendimiento y suplicio de la voluntad[134], dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal, sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad del yo, único modo de explicar cómo nos hallamos uno idéntico en medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de ánimo producen.
Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del alma; porque si ésta no fuera más—según muchos pensadores—que una serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.
Con la substancialidad del alma, en cambio, se explican los fenómenos de la unidad y continuidad de la conciencia.
Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia, ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente—al decir del insigne Balmes—y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].
San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones, de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad también perfecta por responder a diversas sensaciones.
El alma es el centro de todas las operaciones espirituales—nos viene a decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes—y aun intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.
Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es, no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario, robusteciéndola, confirmándola.
¡Y cómo nos demuestra nuestro Santo el libre albedrío del hombre cuando dice que Dios da al hombre el conocimiento perfecto del bien y del mal, del pecado y de la virtud, para que él escoja, y poniendo en su conocimiento cuál es el premio a la virtud y al bien obrar y el castigo al pecado y al vicio!
Además, expone las ideas superiores al orden sensible para que, conociéndolas, las amemos y amándolas las sigamos.
Claro es que, cuántas veces sucede que, estando inclinados por el sentimiento a un acto, procedemos de modo contrarío, como cuando cumplimos con nuestro deber, a pesar del impulso de la pasión, de la pereza, etcétera.
Y que la voluntad racional es libre, también nos lo dice el autor de los Ejercicios, ya que da a entender que la libertad es no sólo la ausencia de toda coacción, sino también de toda necesidad intrínseca, y para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce en lo exterior, sino que es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad intrínseca que nos impulse a obrar o querer de una manera determinada.
Y esta libertad que excluye, no sólo la violencia, sino también la necesidad intrínseca, se llama libertad de albedrío.
El hombre goza de libertad omnímoda para todos sus actos y de un libre albedrío absoluto, y, por ende, puede escoger la senda de la virtud o el camino del pecado.
Bien es verdad que hay en nosotros una necesidad intrínseca—que es la que nos pone de manifiesto al hablar del Juicio particular y del universal—, la de dar cuenta de nuestros actos al Soberano Juez: mas ello no nos cohibe en nada para nuestro modo de proceder, ya que nos dió un alma, una conciencia y un corazón, para pensar, sentir y amar.
Por todo ello, bien claro se ve cuán grande fuerza tienen y cuán fecundas son las verdades psicológicas de nuestro Santo filósofo, pues, con tanta sencillez como falta de conocimientos científicos, supo poner los jalones de una ciencia que todos la reputan como difícil, cuando en realidad es la más fácil, si se atiende a lo que es el raciocinio y al análisis, como es la Filosofía.
* * *
Es la abstracción aquella facultad por la cual vemos lo general en lo particular, es decir, el acto por el que la mente percibe la ley constante a través de los fenómenos variables.
El filósofo entiende por abstraer una idea, adquirirla de cuantas cosas ve fuera de sí y la toma como un principio de la multiplicidad que sus sentidos le ofrecen, llevándole a la unidad que solamente la humana inteligencia es capaz de comprender.
Hay que tener en cuenta que el lenguaje filosófico y su nomenclatura es tan vario porque responde a los distintos aspectos en que se estudian y consideran las facultades del intelecto.
La abstracción no es patrimonio de un solo sentido, sino de todos, según asegura Laromiguière[137], pues cada uno de ellos abstrae de los cuerpos la cualidad que le corresponde, y así vemos cómo los ojos perciben el color; los oídos, el sonido, y el tacto, el calor y el frío, etc., sin que ninguno de ellos pueda darnos más cualidades que las que le corresponden.
De esta manera obran de por sí, y el hombre puede distribuír en cinco especies todos los objetos sensibles, llegándose a decir, según esas premisas, que el cuerpo humano es una máquina para abstraer, y, realmente, así es.
Veámoslo: No pueden los ojos sino hacer abstracción de los colores, y, para que esto no sucediese, menester sería que los viera confundidos con los sonidos y los sabores.
Autores hay, sin embargo, que sostienen que es la mente la que siempre abstrae, aunque, en casos como el que hemos mencionado, se valga de los órganos de la sensibilidad, lo que podemos denominar análisis.
El tantas veces citado Laromiguière encarece las ventajas de la abstracción, diciendo que “si la aplicamos con tino a las varias cualidades de los objetos, lograremos conocerlas, y, al mismo tiempo, el orden que en ellas reina, esto es, que llegaremos a conocer los objetos tales como existen en la realidad, y la abstracción se convertirá en análisis”[138].
Evidente es, desde luego, que la disposición de nuestros sentidos responde a que cada uno de ellos se adapte al conocimiento de una cualidad especial, puesto que no es posible que la mente se fije, a un mismo tiempo, en todos los objetos, por ser limitada, teniendo que separar unas cualidades de otras para mejor conocer todas y cada una de ellas.
Y así lo vemos en las ciencias, por ejemplo; pues la Geometría estudia tan sólo la extensión, y no los colores ni los sonidos; la Óptica aprecia los colores y las leyes de la luz; la Acústica se ocupa de los sonidos; la Psicología estudia al hombre en los fenómenos de su vida intelectual; la Medicina, en su vida orgánica, etc., etc.
De ahí que se haya dicho, y con bien de razón, que el hombre es un ser tan complejo, que, para estudiar el origen de su naturaleza, ha menester reunir todas las ciencias y formar una verdadera enciclopedia.
La abstracción, en fin, lejos de creer que es origen de confusiones, de obscuridad y de rodeos; es fuente de luz, espejo de claridad, modelo de rectitud y principio necesario para suplir lo que falta a la mente de extensión y capacidad.
El fin que con esto nos proponemos es averiguar los medios de conocer qué debimos al Creador; por tanto, cuantas investigaciones en este sentido realicemos traeránnos gran provecho.
La experiencia nos demuestra que es tan difícil la función de la abstracción, que ha sido concedida a muy pocos; y es que los grandes talentos que han dejado las inequívocas señales de su saber en la Historia, no ocuparían muchas páginas; porque esos talentos privilegiados, unas veces por lo limitado de la vida, por la escasa duración de las facultades humanas otras, sólo pudieron observar (abstraer) un escaso número de los fenómenos que explicaron.
Para mejor conocer estos hechos, sería menester reproducir aquí la historia completa de la formación de los conocimientos humanos, trazar una enciclopedia, en que se viese siempre el ser inteligente, adivinar la ley general de que sólo pudieron ver algunos hechos.
El genio consiste, a nuestro juicio, en aquella facultad poderosa y especial de elevarse de lo particular a lo general; porque, si todos pueden observar, si todos pueden hacer abstracciones, son muy pocos los que aciertan a consignar los efectos visibles a las causas de que dimanan.
Quien observa a un individuo, y, por la expresión de su semblante, conoce el estado de su ánimo, es que ve en aquel fenómeno particular la reproducción de la ley general que él conocía o bien la descubre entonces.
El genio adivina siempre la ley que se presenta con las apariencias de los fenómenos.
San Ignacio de Loyola nos demuestra este don de la abstracción, para exponer, con mayor claridad, todas aquellas doctrinas que nos presenta en su hermoso libro.
Porque, ¿quién no ve, cuando nos habla del fin del hombre, hacer abstracción de toda la grandeza que encierra la Creación, de todo el poder y amor de Dios para con los hombres, para ponernos en claro que, siendo Él nuestro criador, es también nuestro único fin?
¿Quién no admira ese don de abstracción al tratar del fin de las criaturas, en el que nos pone de manifiesto cómo hízolas todas primero, y cuando ya estaba el mundo lleno y provisto de tantas como son y tan diferentes, útiles y hermosas, crió al hombre y le dió de todas el señorío[139], para probarnos cómo todas nos están diciendo que existe Dios, descubren sus perfecciones, poder, sabiduría, bondad y providencia?
¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e inmanentes?
¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos, de premios y mercedes, lo que es la eternidad?
¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne, padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].
¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante el padecer y morir por nosotros?
San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos hacer de la necesidad virtud, para mejor vivir, no sea que con el espanto del morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad[142], sacando como consecuencia y resolución franca y generosa la de entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo ad patrem meum. No se puede exigir ni más abstracción, ni más claridad en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese libro de oro.
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Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que, por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más vehemencia.
A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino: “Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores del sol, velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía.”[143].
La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con detenimiento las contemplamos.
Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el espectáculo de las miserias ajenas despertase en nosotros el sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.
E igualmente quiso unir las inteligencias, como había unido los corazones, de lo que se deduce que el designio de la Providencia fué que el linaje humano formase una sola familia, unida por los vínculos de la fraternidad: ecce quam bonum et quan jucundum habitare fratres in unum, y a manera que los pueblos caminan por la senda del progreso y de la cultura, se aumenta la necesidad de valerse unos a otros.
Nos enseña el Santo Evangelio que todos somos hijos de un mismo Padre y que en el amor que nos profesamos unos a otros está el cumplimiento de la Ley que nuestro Padre celestial vino a enseñarnos; y como la luz de la inteligencia proviene de Dios, no puede conducirnos a términos distintos de aquel que el mismo Dios reveló a los hombres.
La razón nos dice también que la caridad cristiana es el grado supremo de la perfectibilidad humana.
San Pablo dice: “Aunque posea todas las riquezas de la tierra, si no poseo la caridad, nada soy.”
Por eso dice un notable escritor que tan cierto es que el verdadero saber y la religión no están reñidos, que el mayor progreso del entendimiento es acercarse a cumplir los preceptos evangélicos.
Y Bacon dice: “La poca filosofía aparta del ánimo la religión; la mucha filosofía hace que a ella nos acerquemos.”
Y esto lo vemos confirmado en nuestro Santo filósofo.
Mientras careció de intuición filosófica, su vida caminó por derroteros bien distintos y separado de la Religión por sus pasiones y sus vicios; mas cuando fué penetrando por su inteligencia la luz viva de la Filosofía moral, entonces caminó bien de prisa, y sobre seguro, por la senda del bien, guiado por la antorcha de la fe, símbolo de la Religión, y así llegó no sólo a comprender, sí que también a transmitir aquellas verdades psicológicas y morales que son como las fuentes de la felicidad humana, puesto que, sentada como base de vida la virtud y el bien, fácilmente se llega a la consecución del medio ideal cristiano y del anhelo exclusivo de conquistar el Reino de Dios.
Porque son siervos de Dios y siguen a Cristo, los que, por parecerse más a Él, siendo igual gloria de Dios, eligen antes pobreza que riqueza, trabajos y penas, que descanso, deshonras y desprecios, que honores, etc., y tienen el corazón totalmente desprendido de todas las cosas del mundo, por amar y parecerse más a Jesús[145].
Y estas verdades, que ha transmitido de generación en generación, y de pueblo en pueblo, no han sido acogidas por todos aquéllos con gran complacencia, sin que hayan padecido los progresos de la civilización, sino que, por el contrario, muchos de éstos se han robustecido y afianzado por ir precedidos sus defensores de esta pátina de Religión cristiana, que es como una salvaguardia y un gran baluarte para resistir los embates de las contrariedades.

SAN IGNACIO CON SAN FRANCISCO XAVIER EN LOS CLAUSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍS, DICIÉNDOLE: «¿QUÉ APROVECHA AL HOMBRE GANAR TODO EL MUNDO SI PIERDE SU ALMA?»
Nuestro Fundador supo hacer compatible la doctrina de sus Ejercicios con todos los progresos de la Ciencia y de la civilización, puesto que subsisten integérrimas, puras, impolutas, frescas y fortificantes, cual las aguas cristalinas de la fuente de la gruta de Manresa, y a ellas han de acudir para apagar su sed todos los hombres que quieran poseer la verdad y quieran seguir por el camino del bien, que es el único progreso digno de adquirirse, de seguirse y de poseerse, porque, al decir del Apóstol, quid prodest homini mundum universum lucretur anima, vero, grave detrimnetum patiatur?; ¿qué aprovecha al hombre haber conquistado todo el mundo, si pierde su alma? El Eclesiastés ya ha dicho lo bastante: Vanitas vanitatum et omnia vanitas, nisi servire Deum[146]: Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el servir a Dios; sentencias que han cruzado los espacios y han llegado a todos los oídos, sin que los progresos de la civilización hayan logrado desmentirlas ni sustituírlas por otras más verdaderas, más racionales, más fuertes.
Terminemos, pues, con palabras de Balmes: “La Filosofía no muere, ni se debilita por estar a la sombra de la Religión; antes bien, se vivifica y fortalece... Salvo los grandes principios, que no pueden negarse ni en Religión ni en Filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en qué coarta la fe el vuelo de la inteligencia... Jamás entre los antiguos se elevó la Filosofía al alto grado a que ha llegado después de la aparición del Cristianismo..., y es que en las regiones de la metafísica y de la moral, el espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto más participa de la influencia del Cristianismo.”[147].