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Floresta de varios romances

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Reading edition

Dona Inez de Castro, Cuello de Garsa, de Portugal.—IV

(ANONYMO)

A la Reina de los cielos Que con excelencias tantas Se coronó de laureles Para llevar-se la palma; A aquella que ave divina Se remontó bella garza A lo mas alto del cielo, Adonde está colocada, Le suplico que me preste Una pluma de sus alas Para que escriba mi ingenio La crueldad mas inhumana, Y la lastima que lloran De bronce y marmol estatuas. En ese lucido reino De la gente lusitana Nació un principe famoso, A quien dió nombre la fama De cruel, aunque para serlo Le dieron bastante causa. Por gusto del rey su padre Con una infanta de España Casó el Principe famoso Con grandeza soberana, Y á Portugal, con su reina, Pasó por dama, una dama, Cuya hermosura por grande Se igualó con su desgracia. Era Doña Ines de Castro, Ya lo he dicho, que esto basta.{179} Murió luego en Portugal La princesa castellana; Sintió Portugal su muerte Tanto como le tocaba, Y el Principe se portó Con grandeza para honrarla; Y sosegada la pena, Que el tiempo todo lo acaba, Salió para divertirse Al jardin, como estilaba, Donde dió vista á una fuente De una fabrica tan rara, Que era toda de alabastro, Com una taza de plata, Y alli poniendo sus ojos Vió reclinada una dama, Que en los frigidos cristales Al espejo se miraba. Llegó el Principe á la fuente, Porque el fuego busca al agua Y mirando su hermosura, Quedó su vista abrasada. Y á su cariñoso estilo Volvió Doña Ines la cara. Quedóse el Principe helado, Y Doña Ines quedó helada, Bebiendo se los alientos Por los ojos, hasta el alma. El fuego venció á la nieve, Y derritiendo la causa Que aprisionaba su lengua, Rendido el Principe habia. Palabra le dió de esposo Prometiendo coronarla Por reina de Portugal; Y la dama cortesana Con juxto agradecimiento{180} Su candido jazmin saca. Dióle la mano de esposa, Y en fe de mano y palabra Se casaron en secreto Con union muy voluntaria; Y temiendo que su padre Esta accion les estorbara, Para que mas se ocultase Del real palacio la saca, Aposentando su hechizo En una quinta que estaba Convecina del Mondego. Y su padre, que ignoraba Los lances que he referido, Trató luego con Navarra, Atribuyéndolo á dicha, El casarle con su Infanta. Concediólo el Rey navarro, Y la infanta Doña Blanca, Acompañada de grandes De su corte y de su casa, Pasó á Lisboa, causando Mil penas eslaboñadas. Visitó el Principe al Rey, El cual le ordena y le manda Que pues ha de ser su esposo, Visitase á Doña Blanca. Obedecióle Don Pedro, Y recibióle la Infanta Con cariñosos cortejos, Y el Principe asi le habla: —Ilustrissima Señora, Cierto me holgara en el alma Excusar vuestro disgusto Y el mio, por ser yo causa De los presentes desaires En que os miro estimulada;{181} Mas supuesto que es preciso Vuestra pena declarada, Rompa mi voz el silencio, Pues ya no puedo occultarla. Casé, Señora, en Castilla Primera vez con la Infanta Por el gusto de mi padre; Pero pues no está ignorada La dicha de estos principios, Pasemos á la sustancia. Cuando mi querida esposa Pasó á Portugal, de España Vino assistiendola entónces Una bellisima dama, Una hermosura, un prodigio, Perdóneme el alabarla Vuestra Alteza en su presencia: De su belleza informarla Mi importa, porque disculpe Temeridades osadas, Cuando advertida conozca De estos extremos la causa. Es, en fin, por abreviar, Doña Inês, Cuello de Garza, Tan garza, que su hermosura Y discrecion remontada, Por ser un cielo, es el centro De la gloria de mi alma. Vióla mi vista, y perdila, Pues me la robó su gracia; Solicité su hermosura, Y favoreció mis ansias Tanto, que logré la dicha De gozar premios por paga. Ya Doña Ines es mi esposa Que está conmigo casada, Su esposo soy tan gustoso{182} Que á mi dicha no se iguala La mayor dicha del mundo, Porque es mi dicha tan alta: Y asi podrá vuestra Alteza Volverse luego á Navarra, Que solo Ines hade ser En Portugal coronada.— Fuese el Principe, y quedó En blanco la triste Blanca, Dando á los ojos licencia Para que tristes lloraran La pena que padecia; Y el noble rey de Navarra Sintió con grandes extremos El desaire de su hermana, Mandó que al arma tocasen Las trompetas y las cajas, Y los fuertes capitanes Se pusiesen en campaña Con ejercitos valientes Bien prevenidos de armas, Hasta ver de Portugal La corona derribada; Que para recuperar El agravio de su hermana Solo pretende ponerla Por alfombra de sus plantas. Sonó el clarin belicoso, Crujió el parche de las cajas, Poblóse el campo de picas, De mosquetes y alabardas, Y con fieros estandartes, Y banderas tremoladas, Le puso sitio á Lisboa; Y temiendo su arrogancia El portuguez, pidió treguas Y á sus consejeros llama:{183} Y puesto en el trono altivo Su consejo les demanda. Era el uno Egas Coello, Y Alvar Gonzalez llamaban Al segundo consejero, Y el consejo que le daban Fué que Dona Ines de Castro Muriese, que era la causa De las guerras, que su muerte Era de mucha importancia. El Rey replico que no, Que era tirania ingrata. Replicaron los traidores Que perderia su fama, Y que junto con su vida Su corona peligraba Y en fin, tiranos, aleves, Tantos riesgos alegaban, Que bajó desde su trono El Rey, dejando firmada De Doña Ines la sentencia De que muera degollada. Al Principe aseguraron En la prizon de un alcázar, Y partieron á Coimbra, Donde Doña Ines estaba. Aqui la mano me tiembla, Aqui la pluma se pára, Aqui el pulso titubea, Y la lengua aprisionada Entre penas y tormentos, No pronuncia lo que habla, Le leyeron la sentencia A aquella cordera mansa, A aquella que imitó á Abel Entre el furor y la saña De tan ingratos Caines;{184} Y vestida de mil ansias, Rociaron sus auroras Perlas, que en la filigrana De sus hermosas mejillas Se miraron esmaltadas; Y sentada en una silla Las manos atras atadas, Llegó el tirano homicida, Cubrió su cielo una banda, Cortó el ingrato cuchillo Su bellisima garganta. Quedó aquella nieve, roja, Aquella luna, eclipsada, Aquel sol, todo nublado, Aquella luz, apagada, Aquella estrella, sin rayos Aquel lucero, sin alba, Sin purpura, aquella rosa, Aquel clavel, sin fragrancia, Aquel jazmin, deshojado, Y sin cuello aquella garza, Abatidos ya sus vuelos, Y remontada su fama. Murió Doña Ines de Castro, Dios le dé gloria á su alma, Y entre hermozos paraninfos S'eternice colocada; Y el Principe mas amante Cuando supo la desgracia, Sus amorosos extremos Digalos por mi la fama; Y desmintiendo la noche Con la luz de cien mil hachas, Le hizo un entierro solemne. Desde Coimbra á Alcobaza, Donde sobre su cabeza Puso la corona sacra,{185} Y luego todos sus grandes Besaron la mano blanca. Hizo que todo su reino Por su reina la jurara, Y á los ingratos traidores Por las traidoras espaldas Arrancó los corazones, Porque su culpa pagaran. Emplazado murió el Rey Para dar cuanta tan larga: Quedó Doña Ines sim vida, Y los traidores sin alma; Y cuando supo el suceso Levantó el sitio Navarra, Y el Principe sin consuelo Quedó llorando mil ansias. Rendido pide el ingenio Perdon de sus muchas faltas.

Pliego suelto.

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