CAPITULO XXXIII. El Doctor Olybrius.
Lucio V. Mansilla translation
Entró, lo veo aún.... Una frente calva, con sus correspondientes mechas de cabello rojo, flotando de derecha á izquierda, unos anteojos de oro, una sonrisa beata, una triple barba perdida en las profundidades de una ancha corbata, un frac verde, con una cinta que ostentaba los colores del arco iris,—todo anunciaba al tonto que ha tenido buen éxito. Detrás de él caminaban como dos corchetes, el abogado Reynard, que, con sus ojos de garduña, parecia buscar siempre un agujero para ocultarse en él, y el grueso Coronel Saint John, apoyado en su muleta, y arrastrando su vientre y su gota. Qué me queria aquel cortejo grotesco? Ay Dios! iba á saberlo á espensas mias.
—Buen dia, hermosa dama, dijo Olybrius, tomando la mano de mi mujer y posando en ella sus lábios; os habeis repuesto de vuestras fatigas y emociones? Cuidaos señora, cuidaos; el corazon es el órgano débil en las mujeres; no os dejeis asesinar por vuestra sensibilidad.
—Buen dia, doctor, continuó con aire de caballero, tendiéndome una mano que no me atreví á rehusar; cuánto me alegro de veros en pié. Así, es en calidad de amigo y no de médico como me presento. Lo he dicho á estos señores, que, como vecinos, venian á saber de vuestra salud, y que no se atrevian á entrar conmigo.
—Buen dia, señor Lefebvre, dijo el Coronel. Carambola que hemos estado enfermos! Pero la caja es buena; estoy muy contento de veros; voto á sanes!
Reynard no hizo ningun juramento, pero en el tono mas melífluo me hizo un cumplimiento tan ambiguo, que me hirió sin saber por qué.
—Cómo os sentís? me dijo Olybrius.
—Muy bien, contesté.
—Tanto peor, dijo él, eso no es natural,—prueba que el veneno no ha salido del todo. Despues de ocho dias de estragos causados por el ópio, debiérais estar medio muerto, sin pulso y sin voz.
—Es de hierro, dijo el Coronel. Sopla! qué carabinero habria sido.
—Querido cofrade, dije á Olybrius, vuestro diagnóstico os ha engañado. Mi caso es tan estraordinario, que en vuestro lugar cualquiera otro sábio se hubiera olvidado de su latin. No he sido envenenado con ópio; he sido magnetizado y transportado á América, de donde he vuelto esta noche.
—Arre! con la bola, esclamó el Coronel; yo he mandado un rejimiento de gascones, que no tenia compañero para la charla y la guerra; pero la palma es vuestra!
—Querido cofrade, dijo Olybrius, con voz agridulce, yo sé siempre lo que digo. Los hechos están ahí; nada hay tan brutal como un hecho. Que vos os imajineis haber estado en América, eso no me sorprende, es efecto del ópio; pero yo que os he cuidado ocho dias y ocho noches, afirmo que habeis estado en carne y huesos en vuestra cama, y que no habeis salido de París.
—Señor, contesté, vengo de un pais donde reina la verdad en toda su estension. Allí he adquirido horror á las mentiras oficiales y no oficiales; creed lo que os plazca, yo no puedo deciros sino una cosa: en cuerpo ó en alma, no sé en cuál de los dos, he pasado ocho dias en América.
—Efecto del ópio, dijo Olybrius, sacando su caja de rapé y saboreando una narigada. El cérebro no está despejado, la ilusion persiste. Querido señor, es menester reaccionar con vuestra razon, de lo contrario los lóbulos cerebrales se harán el teatro de un desórden grave y persistente. En semejante caso, vos lo sabeis, el primer remedio es desechar una idea fija, creyendo las cosas bajo la palabra del médico. Vos no habeis es-ta-do en A-mé-ri-ca, añadió, escandiendo cada una de esas palabras con tono imperioso.
—Señor, le dije, me permitireis que me quede con mi opinion.
—Daniel, esclamó mi mujer desolada, en nombre del cielo no insistais, ved que os perdeis!
—Válgame Dios, querida amiga, repuse sonriendo, y con qué voz me dices eso. Me parece que oigo á la pobre Rachel en el papel de Roxane:
Ecoutez Bajazet! je sens que je vous aime, Vous vous perdez; gardez de me laisser sortir.
Por toda respuesta Jenny alzó los brazos al cielo, y tomando á Enrique de la mano huyó del cuarto ocultando la cabeza en su pañuelo.
—Mil bombas! dijo el Coronel, por qué aflijís á vuestra mujer! Qué diablo! se puede mentir para ser agradable á las damas. No sois francés, con mil de á caballo!
—Querido vecino, dijo el abogado hablando á media voz, como si comenzára un alegato,—razonemos. Si habeis estado en América, debeis haber visto aquel país en detalle, debeis conocerlo á fondo; si habeis soñado, no podeis tener al respecto, sino ideas incompletas, confusas, y, para decirlo todo de una vez, quiméricas. Permitidme que os dirija algunas preguntas que os conducirán á la vida real, y que os permitirán que os convenzais por vos mismo de la falsedad ó verdad de vuestras impresiones.
—Hablad, señor, os escucho.
—Durante vuestra estadía en América, habeis visto á las jentes tirarse de pistoletazos en la calle? Han colgado á dos ó tres personas por dia, en virtud de esa ley de la linterna, de esa Lynch Law, cuyo nombre nos han tomado los Americanos, y quizá la idea?
—Señor, contesté, dejad á los diarios esas faramalladas. Los Americanos son cien veces mas pacíficos y civilizados que nosotros. Hasta el duelo es allí desconocido.
—Arre! dijo el Coronel, eso es demasiado. Existe acaso un pais donde no se batan? Entonces en ese convento no hay sino relijiosas del Sagrado-Corazon?
—Efecto del opio, dijo Olybrius; todo se vé color de rosa.
—Decid color de carbon de piedra, dijo el Coronel. Arre! Pues si yo estuviera en aquella barraca, á todos les daria de bofetones para ver si tienen corazon en el vientre.
—Hay un gobierno en América, dijo el abogado, ó al menos habeis encontrado por casualidad el rastro de él?
—Señor, dije, hay el mas hermoso de los gobiernos: el que administra menos; el que á los ciudadanos deja mayor libertad para gobernarse á sí mismos.
—Efecto del opio! repuso Olybrius. Quién no sabe que la América es una anarquía viva?
—Señor, dije impacientado, daos el trabajo de ir á los Estados Unidos; hallareis allí un Gobierno Central, treinta y cuatro Estados particulares, treinta y cinco Senados[66] y treinta y cinco Cámaras de Representantes. No puedo suponer que sean salvajes los que han imajinado semejantes combinaciones.
—Arre! dijo el Coronel, treinta y cinco nidos de abogados y de charlatanes. Si semejantes locuras fueran posibles, yo haria espresamente el viaje, para hacer saltar por la ventana esas treinta y cinco nidadas!
—Presenten armas, pré-pá; y todos los pájaros echan á volar; entonces si que se tiene un gobierno que no se enfurruña.
—Hay ministerios? repuso el abogado con su voz menos aguda.
—Sin duda.
—Un Ministerio, de Cultos, por ejemplo?
—No, las Iglesias son sociedades independientes. Cada cual puede abrir un templo sin tener nada que temer de la ley.
—Es imposible, dijo el abogado. Seria entregar la sociedad á las intrigas de los frailes y á todos los odios relijiosos. Habria todos los dias una San Bartolomé.
—Señor, respondí, la cosa puede ser imposible, pero existe; y añado que en ningun pais hay mas tolerancia y caridad.
—Efecto del opio! dijo Olybrius.
—Y no solo la Iglesia es libre, continué, animándome, sino la escuela y el hospicio tambien. Cada cual puede enseñar, cada cual puede aliviar la miseria sin necesidad de tenderle la mano al gobierno, ni de dirijirse á la policia como si tratára de allanar un lugar sospechoso.
—Es un sueño, dijo el abogado, es materialmente imposible.
—Efecto del opio! dijo Olybrius.
—Doctor Olybrius, esclamé, si alguien tiene una idea fija en este momento, me parece que no soy yo.
—Yo no tengo idea, doctor Daniel, repuso, pongo por testigos á estos honorables señores; me basta hacer constar que hasta ahora no nos habeis dicho una palabra que tenga sentido comun.
—Hay un consejo de Estado en América? repuso el abogado, que tenia toda la tenacidad de un juez de instruccion.
—No, señor, la justicia basta á todo, la administracion está sujeta á ella.
—Qué quimera! dijo Reynard, un pueblo no viviria seis meses sin esa admirable separacion de poderes, que hace la gloria de nuestra inmortal Constitucion. Suponed que la salud del Estado exije que os pongan preso sin forma de juicio, qué harian en vuestro pais de Hurones?
—Qué harian? El procedimiento está marcado. Emplazarian al audaz que se colocára sobre las leyes y le condenarian á unos cien mil francos de daños y perjuicios.
—Y los prefectos, no pensais, que entonces seria un empleo inútil.
—Los prefectos, repuse, no los hay.
—No hay prefectos, esclamó riendo; con que no hay prefectos? Qué quereis que hagan los ciudadanos, sino se obra por ellos.
—Buen Dios, repuse, harán por sí mismos sus propios negocios. No habeis pensado en ello todavia, señor hombre de Estado?
—No, dijo secamente, yo no pienso sino en las cosas posibles. Quién dirije allí el espíritu público, y les enseña á los ciudadanos á pensar?
—Nadie.
—Qué! no hay directorio en la prensa?
—No, señor. En aquel pais de Hurones, como vos lo llamais, cada cual dice é imprime lo que quiere, bajo la exclusiva garantia de la justicia y de la ley. Los diarios son considerados allí como un beneficio. Se les favorece y multiplica en todas direcciones. No se les exije fianza, no pagan timbre,—nada, nada impide que la luz se esparsa, nada traba la libertad.
—Sopla! dijo el coronel; vaya un pais donde tendrá que hacer la jendarmeria.
—Allí no hay jendarmes, señor coronel.
—No hay jendarmes! esclamó. Pues no exijo mas, y digo vecino, que si no estais loco de atar, que echen abajo á Charenton. No los he visto nunca de vuestro calibre; no hay jendarmes! Porqué no decis inmediatamente: no hay ejército, no hay infanteria, no hay caballeria, no hay artilleria, no hay jenerales, ni coroneles, ni capitanes; aquella sociedad se compone de paisanos ó Iroqueses, una sociedad nunca vista.
—Coronel, le dije, durante sesenta años la América no ha tenido necesidad de ejército; cuando la paz y la Union se restablezcan, licenciará el que tiene, porque como decis, aquella sociedad se compone de paisanos.
—Basta jóven, dijo frunciendo el ceño. Respetad mi bigote blanco. Tengo buen jénio, voto vá á sanes! Pero tengo ensartado algunos por haber charlataneado muchísimo menos de lo que vos lo habeis hecho durante un cuarto de hora.
—Efecto del opio, dijo Olybrius. Cómo han de vivir sin jendarmes ni ejército? Podrian á cada hora del dia reunirse en la calle, ó en otra parte, hablar de política, criticar al gobierno, salir armados y qué sé yo.
—En efecto, señor, repuse, todo eso se hace y la paz no es turbada. Los ciudadanos libres, y acostumbrados á la libertad saben conducirse por sí mismos. Cuando hay necesidad, la ley está ahí, basta un oficial de policia y un juez para mantener ó restablecer el órden.
—Basta, dijo Reynard, lanzándole una mirada á Olybrius. Doctor, estoy convencido.
—Y la medicina, dijo el solemne imbécil, dando vuelta su caja de rapé entre los dedos, cómo es ejercida en ese pais de cucaña?
—Precisamente, respondí, es una de las cosas que me ha llamado mas la atencion; las mujeres, la practican, y con éxito.
—Arre! dijo el coronel, ojalá hubiera tenido de mayor un guardapiés, cuando estuve tres meses echado de espaldas en Constantina con una bala en la pantorrilla! Habria dado todos los medios por una médica.[67] Y vaya un calembour!
—Por supuesto que esa no es la única profesion que las mujeres ejercen; se han apoderado de la enseñanza; ellas son las que educan á la jóven América.
—Eso debe hacer lindos soldados, dijo el coronel. Hé ahí una escuela donde deben enseñar á darse de trompadas, primer aprendizaje de la guerra y de la civilizacion! Qué produce esa educacion? Tenderos y modistas.
—Produce seiscientos mil voluntarios que se baten como héroes.
—Vamos, vamos, dijo el coronel, no me reciteis el diario. Hace dos años que mi gaceta me habla todos los dias de esos famosos conscriptos que corren unos tras de otros sin alcanzarse jamás. Ah! si yo estuviera allí, solo con mi 14ᵒ de infanteria lijera, cómo me divertiria, satisfaciendo los votos del gobierno. Estoy harto de América; pido que me hablen de otras revoluciones, para variar un poco y divertirme.
—Coronel, supongo que no defendeis la esclavitud.
—Un bledo se me dá de vuestros morenitos; pero en cuanto á vuestros Americanos los exécro. Es una turba de pobretes y demócratas que está dando el peor ejemplo á la Europa y echando una mancha á la civilizacion. Así deseo que el Norte se trague al Sud, y que se ahogue tragándolo. Hé ahí mi política, y hay muchos otros de mi opinion, voto vá á sanes!
—Señor, me dijo Olybrius, levantándose con majestad, permitidme reasumir en algunas palabras vuestra conversacion. Las contestaciones de estos señores, vuestros amigos y vecinos,—contestaciones llenas de sentido y de verdad, han debido convenceros de que vuestro cérebro no se halla en estado normal. Una sociedad sin administracion, sin ejército, sin jendarmes, la libertad salvaje de rezar, de pensar, de hablar, de obrar cada cual á su manera, es á no dudarlo, convendreis en ello, una de esas abominables pesadillas que solo el opio puede producir. Vuestro sistema no duraria un cuarto de hora siquiera; es la negacion de todos los principios y de todas las condiciones de esa civilizacion que hace la unidad de nuestra gran nacion. Constituyendo una administracion jerárquica y centralizada,—la sabiduria de nuestros padres hace mucho tiempo que ha elevado á la Francia al primer puesto, enseñándoles á los Franceses que la libertad es la obediencia. Nuestra gloria y nuestra fuerza estan ahí, no lo olvideis querido cófrade, y volved en vos. Esas ideas anárquicas que turban vuestro cérebro, que jamás entrarán en una cabeza francesa, os dicen suficientemente que estais enfermo y tanto mas, cuanto que no lo sentís. Es urjente que os cuideis; añado que solo un tratamiento enérjico puede devolveros la posesion de vos mismo y la calma que habeis perdido.
—Porqué no decis inmediatamente que estoy loco y que es menester encerrarme?
Olybrius suspiró, tomó una narigada de rapé con el índice y el pulgar, la aspiró lentamente, y me miró con aire contrito.
—Pobre amigo, dijo, estais gravemente atacado, pero yo os salvaré, sí, os salvaré aun á vuestro pesar.
Sentía que la cólera tronaba en mi corazon, y me contenia á duras penas.
—Señor, le dije, acabemos esta comedias; hace mucho tiempo que dura y estoy fatigado.
Olybrius se puso colorado hasta las orejas.
—Señor, dijo, engrosando la voz, vos lo tomais en un tono singular.
—No os incomodeis, querido doctor; os dariais un ataque de aplopejía.
—Doctor Daniel, díjo rechinando los dientes, yo no sufro inpertinencias. Sabe usted con quien habla, mi hombrecito?
—Sí, con un hombron, con un tonto.
—Caballero, dijo, olvida usted que tiene delante un hombre condecorado por todos los soberanos de Europa?
—Deveras! esclamé, tengo visto muchos. Oid su historia. Se hace empastar en marroquin colorado un volúmen de necedades, se le depone en la embajada, y no pasa mucho tiempo sin ser nombrado comendador ó caballero del Hipopótamo ó del Cóvidor. Cruces! es la limosna que los príncipes arrojan á los mendigos de la literatura.
—Sabeis señor, repuso, Olybrius, echando espuma de rabia sabeis que á los treinta y dos años he sido nombrado miembro de la academia de medicina por unanimidad.
—Pardiez! repuse, ahora veo que tengo mas razon de lo que creía. Si hubiérais tenido talento habriais tenido enemigos; os hubieran hecho esperar hasta los cincuenta años y no habriais sido recibido sino por un voto de mayoria. Los tontos no ofuscan á nadie, y así entran á la academia como en un molino.
Habia ido demasiado lejos, lo comprendia. El coronel reía á descostillarse; pero Reynard me miraba de una manera estraña, y Olybrius se ahogaba. Ví el momento en que cambiándose los papeles, era el enfermo quien iba á sangrar al médico. El abogado tenia sin duda oro potable en su gasnate; dos palabras dichas al oído de Olybrius le devolvieron al imbécil toda su serenidad. Una sonrisa diabólica iluminó los pliegues de su rostro. Se acercó al coronel, le pegó en el hombro, y le llevó á un rincon, siempre seguido de Reynard, su fiel consejero.
Esa manera de obrar, ese conciliábulo, tenido en mi casa y sin mí, me pareció estraño. Me paseaba á grandes pasos, próximo á estallar, cuando Olybrius salió sin saludarme. Reynard, al contrario, me hizo una profunda reverencia. El coronel se me acercó con aire alegre. Sus ojos brillaban.
—Sabeis, dijo, frotándose las manos, que lo habeis puesto de lo lindo al parroquiano?
—He hecho mal? respondí.
—No digo eso, repuso Saint Jean; me habeis dado un gran placer, voto vá á sanes. Detesto esos paisanos que se hacen cubrir de decoraciones sin haber jamás arriesgado sino la piel de otros; pero, entre nos, el hombre no vá contento! Es natural, no es verdad? Dice que le habeis insultado; exije que le deis una satisfaccion.
—Yo? esclamé.
—Estad tranquilo, dijo el coronel, le he hecho entender la razon, y he arreglado el negocio.
—Muy bien.
—Os batís.
—Qué nos batimos? dije muy asombrado. Y cuando?
—Al instante,—sobre la marcha, como se decia en el rejimiento.
—Es muy peligroso dejar enfriar estas cosas. Por haber esperado veinticuatro horas he perdido diez ocasiones. Mi carruaje está abajo; podemos partir; tengo pistolas exelentes, os gustarán. A treinta pasos he hecho saltar la oreja de un caballerito, que me miraba de reojo so pretesto de que era visco. Vamos, amigazo, los momentos son preciosos. Adelante, voto vá á sanes!
—Dentro de un momento soy con vos.
—Vais á abrazar á vuestra mujer é hijos? mal sistema! eso enternece y la mano tiembla despues. Nada de adioses trájicos; bebed un vaso de Madera y fumad dos cigarros; eso retempla la moral y le dá nervio al antebrazo.
—No tenia ninguna necesidad de exitar mi valor; la cólera me arrebataba. Entré en el salon, Jenny pálida y muda estaba allí con sus hijos abrazados; todo lo habian oído.
—Partís con el doctor? me dijo Jenny con agonizante voz.
—Sí, querida amiga; probablemente estaré ausente algunos dias.
—Volvereis pronto? dijo; en seguida se detuvo como asustada.
—Sí, respondí, volveré pronto si Dios lo quiere. Dejadme abrazaros á todos antes de partir.
—Adios, mi querido Enrique; recuerda mis consejos. Nada han hecho para darte voluntad, es una gran desgracia; las pasiones toman en nuestra alma el lugar que la voluntad no ocupa. Hazte convicciones razonadas y un carácter enérjico; así es uno hombre. Toma una profesion independiente; no esperes la fortuna sino de tí mismo. No inclínes la cabeza ante nadie, no tengas que ruborizarte ante Dios, y no te inquietes del porvenir. La felicidad no está en las cosas de la tierra, si no en la alegria de una buena conciencia; la verdadera grandeza es la de un hombre honrado, que se ha elevado por el trabajo y la virtud. Adios, sé cristiano y ciudadano; recuerda que para dominar el egoismo que nos devora, hay dos fuerzas invencibles: el amor de Dios y el amor de la libertad.
Adios, mi Susanita, escoje tú misma tu marido. No mires ni la posicion ni el dinero, mira el corazon, en él está la única riqueza que nada tiene que temer del tiempo ni de los azáres. Toma sobre todo un hombre á quien estimes y que piense como tú; ten orgullo del padre de tus hijos. El amor se vá, la confianza y el respeto quedan en el hogar, y con el tiempo llegan á ser algo mas dulce y santo que el amor. Cuando tengas hijos, deja espandir sus almas; no les enseñes la cruel sabiduría de esa sociedad que todo lo reduce al interés; déjalos soñar, como su abuelo, aunque como él deban sufrir. Los mas desgraciados aquí abajo no son los que lloran.
—Adios mi querida Jenny, perdonadme si os he ofendido y permitidme que os dé un último consejo. Vosotras las Francesas, teneis demasiado espíritu y penetracion; para ser dichosas es necesario mas simplicidad. Por qué salir siempre? el mundo no puede ofreceros sino ajitacion y fastidio. Recordad lo que ha dicho San Pablo: “El hombre no ha sido creado para la mujer, pero la mujer ha sido creada para el hombre.” Casaos con vuestro hogar, daos por placer el hacer la voluntad de vuestro marido, y por último sed la reina de esa colmena donde Dios os ha colocado: en ella está la felicidad que buscais fuera, y que os espera en vano en una casa desierta. Ah, mi Jenny, porque no hemos nacido en América,—allí residian el amor y la felicidad!
Mi mujer estaba muy ajitada; lloraba, pero al oír mis últimas palabras se retiró de mis brazos, sollozando cuando la abrazé. Enrique recibió mis caricias con aire frio y embarazado; solo Susana se colgó de mi cuello y me inundó con sus lágrimas.
Volví á abrazarlos á todos, y partí para no volver mas. Bajar la escalera, subir en el carruaje donde el coronel me esperaba con sus pistolas, fué asunto de un instante. Pregunté á Saint Jean á donde íbamos.
No lo sé, dijo; seguimos el carruaje de Olybrius, creo que nos lleva á Saint-Mandé, á algun jardin particular. Desde que han desfigurado Vincennes y el Bosque para hacer Parques ingleses, no hay donde divertirse. Batíos en una avenida que dá vuelta; apartad todas esas jentes que os siguen la pista pisando vuestras pisadas. Nos falta un campo cerrado en Paris; es una vergüenza para el viejo honor francés, voto vá á Sanes.
El coronel estaba monótono y se repetia mucho; me apresuré á ofrecerle un cigarro que le tapó la boca, y, hundiéndome en un rincon del carruaje, seguí la moda francesa que consiste en reflexionar cuando ya no es tiempo. A mi edad, y por una causa semejante, aquel duelo era una locura, á la que me habia dejado arrastrar por un tonto brutal. Iba decidido á no contestar al fuego de Olybrius; pero eso no me justificaba. Necio de mi que no habia sido capaz de resistir á una estúpida preocupacion! En aquel momento si, que recuerdos y remordimientos me trasportaban á América! Volvia á ver las dulces y leales fisonomías de aquellos buenos y sincéros amigos que me habian elevado hasta ellos. Truth, Humbug, Naaman, Green, Brown mismo sonreian á mi alrededor, y con ellos toda aquella familia Americana que hacia la alegria de mi corazon, sin olvidar á Marta ni á Zambo. Qué diferencia entre los dos paises! El Paris en que estaba me parecia una ciudad estranjera, las calles de mi infancia habian desaparecido, y con ellas mis recuerdos; mis vecinos me parecian ignorantes, vanidosos, egoistas; sus actos, su lenguaje, todo era convencional; nada habia en ellos de verdad ni de simplicidad. En ocho dias, pasados en Massachusetts, respirando la atmósfera de la libertad, habia vivido mas que en Paris durante cincuenta años. Mis ojos se habian abierto, el viejo hombre habia desaparecido; mi patria estaba allí donde me amaban, allí donde vivia; mi alma volaba al otro lado del Océano.
Absorto en aquel fantaséo no volví en mí sino al bajar del carruaje. Estábamos en el patio de una gran casa, con ventanas de reja,—algo parecida á un convento, á un colejio ó á una cárcel. En el fondo habia un jardin que Reynard me designó como lugar del combate, invitándome á entrar en él, mientras arreglaba con el coronel y dos amigos todas las condiciones del duelo.
Avancé sin desconfianza; de repente cerraron la reja tras de mí; volvíme, cuatro hombres vigorosos me cojieron de piés y manos; resistí como un furioso, grité, ahogaron mi voz. En un abrir y cerrar de ojos fuí llevado á una sala baja, echado, sujetado y atado en un sofá. En seguida todo se puso á dar vuelta delante de mi con una increible celeridad; una masa de agua helada cayó sobre mi cabeza, y me desmayé.