CAPITULO XIII. Canvassing[26].
Lucio V. Mansilla translation
CAPITULO XIII. Canvassing[26].
¿Habeis estado enamorado, caro lector? os acordais cuán vivo era vuestro corazon, cuán ardiente vuestra mirada, cuán rápido vuestro pensamiento, cuán lijera la vida: en aquellos dias felices? Pues bien, entonces sabeis lo que es un candidato. A cincuenta pasos de distancia, á pesar de mi mala vista, reconocia electores que nunca habia visto; encontraba en un rincon de mi mollera la historia de una porcion de jentes á quienes jamás habia hablado, y no solamente su historia, sino la de sus mujeres, de sus hijos, de sus padres, de sus abuelos y de sus primos segundos. Echaba á diestra y siniestra promesas y apretones de mano. Familiar con los pequeños, modesto con los grandes, yo enderezaba todos los entuertos y componia todas las calles. Ciceron, implorando el consulado, no era ciertamente ni mas elocuente, ni mas jeneroso, ni mas afable que yo.
Green se unió á nuestro cortejo; era, puede créerseme, un candidato bastante pobre. Los electores que lo habian puesto en camino no habian tenido buena mano; sin salir de la calle, les hubiera sido fácil elejir otro mejor. Un especiero no ha recibido esa alta educacion social que permite jugarse con los hombres y las cosas. Ninguna adulacion á la multitud, ninguna de esas promesas que se quedan en el fondo del escrutinio, ninguna de esas agradables mentiras que son los fuegos artificiales de ordenanza de todas las elecciones. Green era frio y tímido como un comerciante que hace un negocio, y que pesa cada compromiso. Cuando habia estrechado la mano de un elector diciéndole: Haré lo que pueda, ó, la posicion es dificil, ó, nombrad á M. Little, si lo juzgais mas capaz, ya le parecia que su papel estaba hecho. A los reproches afectuosos que le dirijia, me contestaba en un tono glacial: Mi conciencia no me permite hacer mas; no puedo ofrecer mas de lo que he de cumplir. ¡Conciencia en un candidato! era un escrúpulo de almacenero! Cuando se quiere hacer fortuna, se encierra la conciencia con doble llave la víspera de la eleccion, y no siempre se la saca al dia siguiente. En Francia todo el mundo sabe esto.
Hubiérame muerto de fastidio en esta procesion electoral, si no nos hubiera acompañado el enorme y alegre Humbug. Siempre sobre el quien vive, siempre pronto á la respuesta, seguíanle la pista por las risas que dejaba en pos de sí. No siempre era agradable la acojida que nos hacian; en sus odios como en sus amistades, el Sajon muestra una ruda franqueza; la sal americana no es la sal ática. Pero Humbug era un admirable jugador de pelota: no habia broma que no recibiera devolviéndola del primer voleo. Una vez, tocados por él no volvian mas.
—Green, candidato! es una verguenza, decia un egoista de semblante pálido y de facciones consumidas. ¿Figuraos al especiero en el consejo de la ciudad? Cuando toquen la campanilla, responderá: Ya van, ya van, haced que os despachen. Que se vaya al infierno, él y todo su séquito!
—Al infierno, dijo Humbug! ¿qué le diremos á tu padre el fallido? que estás en tu tercera quiebra esperando la cuarta.
—Green, candidato! reponia un dependiente de novedades, dandy de botas barnizadas que á cada palabra hendia el aire con su inocente varita; Green, un almacenero que no es capaz de distinguir un asno de un caballo!
—No tengas cuidado, hijo mio, dijo Humbug, se te reconocerá entre mil.
—Bella respuesta, y digna de un hombre que vive de su injenio.
—Si no cuentas mas que con ese capital para vivir, no llegarás, hijo mio, á ser tan gordo como yo, respondió Humbug, continuando su camino en medio de las risas de la multitud.
Entramos al Hotel de la Union; nos habian señalado á su dueño como uno de los electores influyentes de la ciudad. Pero en su casa, si el buen hombre llevaba las riendas, era su mujer la que le mostraba el camino. A la primera frase de Green, la fogosa matrona le cortó la palabra:
—Maldita sea la política, dijo.
—Maldita sea la hostería, respondió Green haciendo un profundo saludo á la señora.
—José, gritó la imperiosa Juno, insultan á vuestra mujer, se os ultraja, y os quedais ahí como un imbécil. Teneis sangre de pavo en las venas.
A esta voz terrible, José se quedó suspenso, abriendo tamaños ojos. En la calle creo que el bravo hostelero nos hubiera estrechado la mano de buena gana: su ancha cara, su lábio pendiente, su gran vientre, no anunciaban un rayo de la guerra; pero, en presencia de su mujer, juzgó prudente enfurecerse. Llevar la guerra al esterior, era el medio de conservar la paz en la plaza.
—Que venga, ese hermoso candidato, gritó con un vozarron que trataba de hacerlo malo, tengo á su servicio un cabestro para colgarlo.
—Muchas gracias, mi buen amigo, le dijo Humbug con tono almibarado, tendríamos escrúpulos de privaros de ese mueble de familia.
Hénos á todos riendo mientras huiamos de aquel antro de Polifemo; pero estaba cortada la retirada. En el umbral de la casa, la señora, erguida como un centinela armado, detuvo á Humbug, y temblando de cólera:
—Sabeis quien soy yo, le dijo.
—Quién no os conoce y no os admira, repuso Humbug, enderezándose con fatuidad, sois una niña encantadora, que no habeis llegado todavia á la edad de la discrecion.
Con lo que la saludó, dejando á la digna matrona mas muda y mas boba que la mujer de Loth en su última transformacion.
Estas no eran sino escaramuzas; habian reuniones públicas donde se discutian los títulos de los candidatos; allí se daba la batalla y se decidia la victoria. Habia llegado el momento de separarnos; era necesario que cada uno contribuyera con su persona. Me asignaron el Liceo. Entré en aquel inmenso salon, donde se ajitaba una muchedumbre inquieta. En el acto me reconocieron, y llamaron, todas las miradas se fijaron en mi; el miedo me cojió, de buena gana habria renunciado á esa candidatura fatal que me entregaba al público. Ay de mí! era demasiado tarde.
En frente á mí, un hombre trepado sobre un tablado hablaba y jesticulaba con estrema vivacidad; escuchábanle en silencio, y en seguida lanzaban hurrahs y gruñidos terribles: asi es, como se aplaude y se silva entre los Sajones. Aquel tribuno popular que sublevaba á su albedrio las pasiones de la multitud, era el abogado del banquero Little, era Fox, nuestro enemigo.
Apesar de maldecir al perillan, me veia obligado á reconocer en él cierto talento de que abusaba. Sério á la vez que chocarrero, tenia un modo de hacer el elojio de sus adversarios que los ponia en ridículo, un modo de ponderar sus candidatos que los realzaba á los ojos de todos. Concluyó por una rápida enumeracion de las riquezas que los bancos esparcian en América. Little se convirtió en un Júpiter que caia en lluvia de oro sobre el seno de una nueva Danae. A la voz del abogado, los caminos de hierro, los canales, los vapores vinieron á agruparse en torno del banquero para hacerle un cortejo electoral, mientras que con un jesto desdeñoso el orador nos mostraba al especiero nadando en su melaza ó confundido con la cuenta de sus sardinas y de su bacalao. Amigos de la paz, esclamó concluyendo, ¿nombrareis por jefe de la ciudad á ese fabricante de fósforos químicos cuya mercancia se encuentra en todos los incendios? Amigos de la libertad, ¿elijireis á ese vendedor de bacalao que alimenta á los esclavos del Sud, y que quebrará mañana si sus clientes, emancipados por nuestro valor, dejan de tomarle su mercancia envenenada? No, jamás descendereis á esa verguenza. Por mi parte, Yankee pur sang, amigo de la patria, orgulloso de todas nuestras glorias, antes que dar mi voto á ese hombre, preferiria mas bien votar por.... Se detuvo, guiñando el ojo y bajando la voz.... por el que, en su piedad universal, nuestras mujeres llaman un pobre anjel caido; no os lo nombraré.
Una salva de aplausos saludó al orador; descendió de la plataforma recojiendo felicitaciones y promesas. En toda asamblea hay siempre una majada de bobos que siguen balando al último que habla. No le bastaba aquel éxito al traidor; se vino derecho á mí, me tendió una mano que no me atreví á rehusar y con voz que resonó en todo el salon. Doctor Smith, dijo, á vos ahora; juego limpio para todos, esa es la divisa del Yankee. Me levanté cubierto de un sudor frio; de todas partes gritaban: oid! oid! Aquel ruido, las miradas fijas en mí, el silencio que siguió, todo contribuyó á hacerme perder la cabeza; una nube roja pasó por delante de mis ojos; mi voz se apagó en mi garganta, todo mi cuerpo temblaba siguiendo los latidos de mi corazon. ¡Cuánto no hubiera dado por comprar la facundia de aquel miserable! Yo tenia ideas mas nobles que las suyas, un patriotismo mas sincero: pero el abogado tenia la costumbre, el oficio; y á mi, ciudadano de un pais libre, ni á hablar me habian enseñado. Estaba vencido, y vencido sin combate.
Iba á enfermarme de cólera y de verguenza, cuando de repente Enrique mi hijo, viéndome palidecer saltó sobre la plataforma é hizo señas de que queria hablar. El cuerpo derecho, la cabeza alta, los piés en escuadra, la mano izquierda metida en el frac abotonado, saludó graciosamente y esperó que el tumulto se apaciguára.
—Es su hijo, es su hijo, decian de todas partes. Oid! oid! Todos miraban al niño con curiosidad; se hizo un silencio profundo, se hubiera sentido volar una mosca.
—Ciudadanos y amigos, dijo con voz clara y penetrante, no vengo á combatir al terrible Goliat, al banquero Little; no son piedras lo que me falta, el Filisteo ha arrojado bastantes en nuestro jardin; pero no tengo de David sinó la juventud, no tengo la fuerza para medirme con ese adversario demasiado ejercitado; todo lo que ensayaré es defender á mi padre y á mi partido; estoy seguro que entre vosotros, nobles corazones, no hay uno solo que no diga: Ese jóven tiene razon.
—Oid! oid! gritaban de todas partes: habla bien.
—El honorable sollicitor, continuó mi hijo, recalcando la primera palabra, no ama la especieria. Esto me admira. Hace tal consumo de sal ordinaria que nos reputaríamos muy felices de ser sus marchantes. Que nos la dé y le daremos de llapa la azúcar que le falta. El azúcar modera la bilis; de otra manera todo se vé amarillo, y es uno injusto con sus compañeros de armas y sus amigos.
No sé de donde sacaba mi hijo esa elocuencia de baja ley, pero era del gusto de aquella multitud ignorante: reian, aplaudian, las mujeres ajitaban sus pañuelos. En seguida respondian con una sonrisa: la asamblea era suya.
—No hablaré mal de los banqueros, continuó mi tribuno de diez y seis años; los banqueros son como los dentistas, es necesario no hacerlos nuestros enemigos, quién sabe si mañana no tendremos necesidad de ellos! ¿pero debemos poner en sus manos los intereses de la ciudad? Recuerdo que mi abuela, una santa mujer de Connecticut, nieta de nuestros padres los peregrinos, me repetia amenudo que habia oido á sus virtuosos antepasados, que el banquero sostiene al Estado como la cuerda al ahorcado: estrangulándolo.
—Tres gruñidos para los banqueros! gritó una voz estrindente, la voz de algun deudor perdido entre la multitud. Aquel grito tuvo éco, el salon tembló con esos aullidos que acariciaban mi oido paternal, como lo hubiese hecho una sonata de Beethoven.
—Mi abuela, continuó el niño exitado por aquellos hurrahs, nos proponia enigmas para divertirnos en las noches de invierno al lado del fuego; Si, se metieran, decia ella, en un mismo saco un banquero, un sollicitor y un sastre, y se sacára á la suerte, ¿quién saldria infaliblemente?
—Un ladron, repitieron veinte oyentes, encantados de encontrar un recuerdo de la infancia. Enrique se aproximó á la orilla de la plataforma, puso un dedo sobre su boca, y dijo á media voz:
—Esa es la palabra de que se servia mi abuela, pero hoy dia se dice: saldria un millonario afortunado.
—Cierto, agregó, yo no quiero mal á la fortuna, espero hacer mi camino como cualquier otro.
—Y tú irás lejos, mi pequeño jigante, gritó una voz gruesa que conmovió la asamblea.
—Mostradme, agregó mi hijo animado por aquel sufrajio, mostradme una fortuna honorablemente adquirida, navíos enviados á la India, á Terranova, á las Molucas, saludaré en la persona de Green veinte años de trabajo, de cálculos y de economías. Pero esas riquezas de azar, esos millones ganados al juego en un dia, no me hableis de eso: es el bien de otro que pasa al bolsillo del mas hábil. Fortuna sin trabajo, es fortuna sin honor! (Oid! oid!)
—Por otra parte, queridos conciudadanos, ¿es la fortuna lo que recompensais? ¿O es acaso, el valor y la abnegacion? ¿No es Green el noble capitan que penetró en una casa incendiada por salvar á vuestra mujer ó á vuestra hija, quizá? Ese niño que mi padre arrancaba ayer de en medio á las llamas, ¿no lo habeis adoptado todos? ¡Oh vosotras, conciencia nuestra, vosotras, estrellas de nuestras almas, madres, esposas, hijas, hermanas, hablad, señora!: ¿por quién se debe votar? (Oid, oid!)
—Amo á los valerosos que no temen entrar al fuego, continuó mi jóven Graco, pero no tengo inclinacion alguna á los que viven eternamente en él. No me admira que el caballero cuyo nombre no se dice, tenga todas las simpatías de nuestros adversarios: es muy natural que el honorable M. Fox, escoja su representante en su familia ó entre sus amigos; pero nosotros, que tenemos alianzas menos ricas, lo que necesitamos á la cabeza de nuestros negocios comunes, es un hombre honrado. Y ese hombre, no hay porque ocultarlo, es el hijo de sus obras, es el hijo de la ciudad, es Green.
—Hurrah á Green! hurrah á Smith! gritó toda la multitud arrebatada por la emocion. La victoria era nuestra. Enrique me buscaba con los ojos en medio de aquella batahola. Iba á escapar á su gloria naciente, cuando un robusto cazador de Kentucky, uno de esos jigantes que se jactan de ser mitad caballo y mitad cocodrilo, alzó á mi hijo á fuerza de brazo, y le hizo dar la vuelta del salon. Fué una salva de aplausos capaz de voltear las paredes. Todos los hombres estrechaban la mano al jóven prodijio, todas las mujeres lo abrazaban. Yo queria gritar:—¡Soy su padre! Pero por segunda vez el miedo se me atravesó en la garganta, y suspiré diciendo por lo bajo: Ay de mí! no ser yo mi señor hijo.