CAPITULO XII. Una candidatura en América.
Lucio V. Mansilla translation
Todas estas discusiones me habian perturbado. Cierto, yo no tenia la debilidad de renegar la fé política que me han dado los maestros de mi infancia; tengo horror á los renegados. Cuando uno se ha criado en el error, si la conciencia quiere que uno salga de él, el honor quiere, que uno persista; es el honor lo que siempre escucha un Francés. Me habria hecho descuartizar antes que confesar que esos Yankees tenian razon. Pero, en el fondo del alma, sentia que habia perdido mi primera inocencia; me habia servido de la prensa y no tenia ya derecho á sonrojarme. Descontento de mi mismo, dormí con sueño ajitado; así, cuando me desperté, era de noche todavia. Los sofismas de Truth y de Humbug habian penetrado en mi ánimo, como flechas en las carnes; buscaba en mi cama, respuestas que no encontraba, cuando de repente, en medio de la oscuridad y del silencio, oí una voz que me llamaba desde la calle. Era la voz de mi hija, un padre no se engaña.
Ponerme mi bata, correr á la ventana, fué cosa de un segundo; me incliné para ver en la oscuridad de la noche. Mi cabeza tropezó con no sé qué obstáculo que estalló. Al instante una luz espléndida me deslumbró; gritos de alegria saludaron mi aparicion. La calle estaba llena de gente, un cartel inmenso cubria toda la casa; y mi cabeza metida dentro de una O jigantesca, daba á los pasantes un espectáculo ridículo. Papá, permaneced ahí, decia Susana, saltando sobre sus lijeros pies y batiendo palmas: todo París leerá el cartel. Green for ever repetian los Yankees mientras corrian. A very good trick[25] agregaban riendo hasta mostrar sus grandes dientes.
Me vestí apresuradamente y bajé á la calle. París no era si no un inmenso cartel; los candidatos de todos los colores: azules, rojos, blancos, amarillos, verdes, rosados; ostentaban sobre las paredes sus servicios y sus virtudes. Mi casa estaba consagrada al verde. El nombre de Green se estendia en mayúsculas de tres pies de alto; frente á mi, la imprenta habia subido hasta las nubes un inmenso cuadro, en el que se leia:
CIUDADANOS DE LA PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO.
¡Nada de banqueros! ¡Nada de abogados! ¡Nada de escaladores del poder!
Nombrad al hijo de sus obran:
¡Al patriota jeneroso! ¡Al comerciante heroico! ¡Al buen padre de familia! ¡Al hijo de París!
¡Nombrad al honrado y virtuoso GREEN!!!
Esta farsa democrática divertia á Susana; M. Alfredo Rose estaba á su lado, con el venerable boticario y sus otros ocho hijos. Enrique bailaba de contento como un niño que se encanta con el barullo; por mi parte tengo poco gusto por esas orjias populares: una frase las reasume: Mucho ruido para nada.
—Vecino, me dijo el farmacéutico, ved ahí á nuestro capitan que vá al fuego; espero que nos dareis una mano; la oposicion es poderosa; no triunfaremos sino á fuerza de palabras y de accion.
—Querido señor Rose, le respondí, con vuestro permiso, permaneceré en casa. En todo esto no tengo interés alguno. Soy un gran señor que tiene para dirijir sus asuntos un cierto número de intendentes que paga, sin tomarse siquiera el trabajo de elejirlos; lo que pasa entre mi jente no me concierne, ¿qué es un intendente municipal de Paris? Un caballero con casaca bordada que casa á las solteronas y á las viudas inconsolables, y que dos veces al año sube en carroza de gala para saludar al señor Prefecto y comer en la casa municipal. Esos si que son grandes honores, y por lo tanto, nunca se les compra demasiado caro; pero, ¿qué me importa eso á mí, simple particular, que no tengo mas privilejio que pagar un presupuesto que no voto? Y no sé á quien representa un intendente; pero de cierto no es á sus administrados. Así, pues, que lo nombre quien quiera; yo soy médico y no me incomodo por nada.
Por toda respuesta M. Rose me agarró el brazo y me tomó el pulso.
—Terrible doctor, me dijo, qué malos ratos me dais con vuestras eternas bromas; os he creido con el cerebro trastornado. Ciudadano de un pais libre, ¿es á vos á quien hay necesidad de decir que hoy dia están en juego nuestros mas grandes intereses? ¿No es el intendente el primer personaje de la ciudad, el representante de nuestras ideas y de nuestros deseos? Policia, mercados, calles, escuelas, no es el intendente acompañado de nuestros consejeros, el que arregla todo, con la soberana voluntad que nuestro voto le confiere? Si tiene superiores en el Estado, ¿los tiene en la ciudad? ¿Recibe órdenes de alguien? ¿No es él nuestro brazo derecho, nuestro órgano, nuestro ministro; no es á nosotros solos á quienes responde de sus actos y de su presupuesto? ¿Y quereis que semejante eleccion nos haga permanecer indiferentes? Por mi parte me preocupo muy poco de lo que hacen en Washington los señores charlatanes elocuentes del Oeste ó del Sud; pero Paris, es mi bien, es cosa mia; es la tumba de mi padre, es la cuna de mis hijos. Amo todo en Paris, hasta sus berrugas y sus manchas, amo sus viejas calles donde he jugado en mi infancia, amo sus nuevos boulevards, grandes arterias de la civilizacion, amo sus iglesias góticas que me hablan del pasado; amo sus esplanadas y sus escuelas que me hablan del porvenir. Para mi es, que cuarenta jeneraciones han enriquecido este pedazo de tierra; hay en esto una herencia que he recibido de mis padres, y que quiero trasmitir á mis hijos, despues de haberla embellecido. No permito que sin mi voluntad se toque una piedra ni una institucion de mi querida ciudad, de mi verdadera patria. ¡Soy Parisiense, Paris es mio!
—Rose! amigo mio! esclamé, sois el Ciceron de los boticarios; pero la elocuencia tiene el privilejio de decir lo contrario de la verdad. No es sériamente que hablais de confiar á uno de nosotros, á un simple ciudadano la policia de semejante Pandemonium; se necesita aquí una mano firme é independiente que nos conduzca á pesar nuestro.
—Papá, dijo Susana, porqué mortificais así al bueno de M. Rose? vos sabeis bien que el intendente es el que elije los policemen; vos mismo habeis hecho nombrar al que cuida vuestra calle.
—¿Quizá tambien, agregué con aire de lástima, haceis votar los impuestos municipales por los que los pagan?
—Sin duda, dijo Rose, ¿quién es el que tiene derecho á votar un gasto si no es el que lo sufre?
—¡Tendreis un lindo presupuesto! ¡Hé ahí un bonito modo de juntar millones! Y cuando abrís calles nuevas, ¿consultais tambien á los habitantes, á fin de conjurar contra vosotros el egoismo de los intereses privados?
—¿A quién se consultaria entonces? preguntó el inocente boticario; supongo que las calles son hechas para nosotros, y nuestros intereses privados forman, reuniéndolos, el interés jeneral.
—Perfectamente! perfectamente! esclamé riendo: todos han mamado la misma leche. Buen Dios! qué necesario seria embutir á martillazos en estos cerebros estrechos las grandes ideas de la civilizacion moderna! Si viesen los milagros de la centralizacion, comprenderian al fin que nuestros negocios nunca son mejor manejados que cuando pasan sin nuestra voluntad, á manos de aquellos que no tienen en ellos el menor interés! Y las escuelas, agregué, son tambien los padres de familia los que votan el impuesto y fijan la cifra del gasto? Tendria curiosidad de conocer el total.
—El gasto de las escuelas, dijo M. Alfredo, apurado por hacer admirar su erudicion, todo el mundo lo vota; la educacion es la deuda comun; todos se hacen un honor en contribuir. Antes de ayer se estableció el impuesto de 1862: son dos dollars por cabeza, sin contar lo que dá el Estado.
—Diez y seis millones de francos votados por un millon y seiscientos mil habitantes de Paris, para las escuelas de la gran ciudad! esclamé; eso jamás se ha visto y nunca se verá: es imposible.
—Papá, repuso vivamente Susana; puesto que Alfredo lo dice, debe ser verdad.
—Pues entonces, mis queridos amigos, dije á mi vez, es necesario aullar como los lobos. Si nuestros negocios son verdaderamente nuestros negocios, si Paris es nuestro y no del Estado; si votamos y consumimos nosotros mismos nuestro dinero, cosas todas increibles, enormes, contrarias á la esperiencia y al buen sentido, yo cedo á la locura comun! Un Parisiense que no es un estranjero en Paris, un Parisiense que tiene voto en el capítulo municipal, un Parisiense que habla y que se le escucha, es un fénix que no se vé sinó en América. Vamos á votar, y viva Green, intendente de Paris.... en Massachusetts!
—Viva Green! gritó toda la pandilla, dirijiéndose á la tienda del especiero.
—Papá, dijo Susana, abrazadme antes de partir. Sabeis, agregó al oido, que vuestro nombre figura en la lista?
—¿Qué lista, hija mia?
—La lista de los oficiales municipales. En el París Telegraphe un comité de electores os propone, como inspector de calles y de caminos, al lado de M. Humbug á quien quieren nombrar juez de paz. Ved papá; y del bolsillo de su delantal sacó la señorita el diario. Qué pais aquel donde una jóven enamorada lée el diario y se interesa en las elecciones!
Tomé el París Telegraphe; mi nombre escrito en grandes carácteres y acompañado de un elojio conveniente, figuraba en cabeza de la lista. Esto me hizo un efecto singular. Criticar al poder haga lo que haga, es cosa que entiendo, soy Parisiense. Vituperar y rezongar contra nuestros amos, es la única parte de libertad que el mismo gran rey no ha podido quitarnos: es el consuelo y la venganza de nuestro ócio político. Pero, administrar y mandar, obrar en vez de gritar, salir de la oposicion para encontrarla á su frente, y reducirla al silencio á fuerza de celo y de éxito, era para mi una perspectiva desconocida y encantadora; la ambicion comenzaba ya á filtrar en mi corazon. Pensaba que la víspera habia sido severo con Humbug (un diario es una influencia), y que quizá habia hablado demasiado rudamente á Rose y á sus hijos: eran diez electores!.... Asi me apresuré á abrazar á Susana, y, corriendo hácia el boticario entablé con él una conversacion confidencial sobre unas píldoras admirables, inventadas por mí, píldoras destinadas á hacer una revolucion en la práctica, no menos que la fortuna del médico que las ha imajinado y del farmaséutico que las venda. Un extracto concentrado de manzanilla es un remedio heróico que sana en ocho dias la incurable y dolorosa enfermedad de las jentes de ingenio, la dispepsia. Yo aguardaba para la academia de medicina las primicias de este maravilloso descubrimiento; hacia diez años que tenia principiada mi memoria; pero cuando la ambicion nos invade, adios prudencia! La gloria académica dejaba de deslumbrarme; la inspeccion de las calles me abria la carrera política,—era candidato!