CAPITULO XXVII. La escuela.
Lucio V. Mansilla translation
Charla que charla llegamos á la calle Federal. Frente á nosotros, sobre un montecillo que dominaba la ciudad y la campaña, alzábase altivamente un edificio de grande apariencia,—una torre cuadrada flanqueada de dos alas. Si hubiera estado en un pais civilizado, habria dicho: “Es la caserna de la jendarmería ó la casa de la prefectura.” En aquel pueblo sin policía y sin gobierno, era el palacio del Abcdé,—era la escuela! Una nacion puede ser juzgada por sus monumentos.
—Y bien, doctor, me dijo Humbug, cómo hallais el palacio de nuestra juventud?
—Muy hermoso exteriormente, le contesté; pero muy mal arreglado. Veo allá arriba unos muchachones de quince años y unas chiquillas de poco mas ó menos que entran todos á un tiempo; eso no es propio. En toda escuela bien organizada se separan los dos sexos; es una precaucion de la que parece no teneis idea siquiera.
—Dos entradas para niños que van á estudiar en la misma sala, dijo Humbug? Para qué?
—En la misma sala! esclamé, pensais en ello? Es el colmo de la inmoralidad.
—No veo de inmoral sino vuestra imajinacion, repuso Humbug riendo. Nuestros niños, querido doctor, son niños honestos; entre nosotros no se halla sino:
Virgines lectas, puerosque castos.
La escuela es una gran familia, en la que no hay sino hermanos y hermanas que se disputan el premio del estudio. De dónde sacais vuestras horribles ocurrencias?
—Entónces, mi buen amigo, los Yankees son ánjeles, machos y hembras.
—Y la Europa repuse, con sus veinte siglos de experiencia, no es mas que una vieja chocha que no sabe, ni lo que hace ni lo que dice.
—Querido doctor, dijo Humbug, los ingleses han comenzado por burlarse de nosotros; hoy dia nos imitan. Dentro de diez años no habrá en Inglaterra una sola escuela en que los dos sexos no estén juntos. En cuanto á los otros pueblos de Europa, su educacion ha sido clerical durante tanto tiempo que para despojarse de sus preocupaciones necesitarán mas de un dia. Nosotros no educamos ni frailes, ni soldados; preparamos hombres á la vida comun. Porqué, pues, no hacer la escuela á imájen de la familia y de la sociedad?
—Vosotros sois unos imprudentes! esclamé; jugais con el fuego.
—Somos padres de familia, repuso Humbug; sabemos por esperiencia que para dulcificar el corazon, formar el carácter, é inspirar ideas jenerosas nada vale tanto como esa primera comunidad de trabajo y de estudio:
Emolit mores, nec sinit esse feros.
—Lo que es imprudente, insensato,—es la pretendida sabiduría de la vieja Europa. Separar los niños y las niñas, enseñarles desde la primera edad que ambos están en un peligro misterioso, turbar y exitar sus jóvenes imajinaciones, y echar despues de repente y en el momento mas difícil en el mundo de los hombres ardientes y temerarios, á mujeres inquietas, tímidas, sin defensa,—es una verdadera locura; pido perdon de ello á vuestra gravedad, mi querido doctor. Vuestra educacion claustral es un dique que detiene y aumenta todas las pasiones; nuestra educacion comun habitúa nuestros hijos á amarse como hermanos y á respetarse mútuamente.
—Es posible, esclamé, que los peligros de vuestro sistema no os abran los ojos?
—Preguntádselo á nuestros maestros, repuso: no hallareis uno solo que no esté orgulloso de nuestras escuelas mistas. Es una invencion Americana,—una invencion que nos hace honor. Como siempre hemos tenido confianza en la naturaleza humana y en la libertad; como siempre nos hemos congregado. En ninguna parte la instruccion es mas fuerte, ni tan moral, mas grande que en nuestra querida institucion. La emulacion entre ambos sexos es un aguijon sin par. Por niño que sea, el hombre se avergüenza siempre de ceder el primer lugar; la mujer es paciente, y tiene la intelijencia mas abierta; en estos primeros estudios que no tienen nada de abstractos, ella es siempre la que sale triunfante. Pero ese no es sino el lado pequeño de la cuestion. Las niñas ganan con nuestro sistema, tanto en carácter y voluntad, como los hombres en corazon. Aprenden á conocernos, y, sea dicho entre nos, mi buen Daniel, nosotros no somos peligrosos sino en tanto que no se nos conoce. Siendo respetadas, las niñas se respetan á sí mismas; siendo libres se dan el lugar que las conviene; y en las recreaciones, por ejemplo, una prudencia natural las separa de sus compañeros. En cuanto á los jóvenes, ellos adquieren en nuestras escuelas esa delicadeza de sentimientos, esa política caballeresca que solo la sociedad de las mujeres puede darles. Qué hay mas salvaje y brutal que el colejial inglés, abandonado á sí mismo y á la tiranía de sus mayores? Habeis leido á Tom Brown? dá vergüenza de la civilizacion. Preferiría vivir entre los Pieles-Rojas antes que con colejiales como Eton ó Rugby. Entre nosotros, al contrario, todos los jóvenes crecen juntos; á los diez y seis, á los veinte años, sus relaciones son tan simples, tan fraternales como cuando se hallaban en los mismos bancos. Mas de un casamiento se hace entre esos antiguos camaradas de escuela; la estimacion, la amistad hacen nacer el amor y le sobreviven. La Europa, vuestro ídolo, ha imajinado algo tan cristiano y perfecto?
—Es un sueño, dije.
—Entrad, incrédulo, repuso Humbug; vereis que ese sueño es una verdad.
—Una palabra todavia, le dije. Todos esos niños son santos, por supuesto. Pero dónde hallareis hombres capaces de educar esas falanjes celestes? Cuál es el maestro que puede animar á la vez la timidez de vuestras niñas, y dulcificar la turbulencia de vuestros niños? Dónde ha de hallarse ese fénix que, en cada comun, responda del honor y de la virtud de vuestros hijos?
—Entrad, repuso Humbug; vereis desempeñando su tarea á Dinah, vuestra protejida, y á vuestra querida Susana quizá.
—Estais loco, esclamé, pegando en el suelo con mi baston; es á una mujer de veinte años á quién le confiais hombres que ya tienen barba en la cara? Lindo jeneral para tal ejército; como lo respetarán!
—Todavia una preocupacion del viejo mundo, querido doctor. Nada mas natural en un jóven que ama á su madre que respetar á una mujer; lo que no lo es,—es obedecer á un maestro que amenaza y castiga. La fuerza influye poco en el corazon de un niño; cuanto mas jeneroso es, tanto mayor es su resistencia; contra lo que no tiene defensa, es contra la dulzura y la afeccion. En este punto tambien, la esperiencia dá un desmentido á la antigua sabiduria, que no es sino un viejo error. Son las jóvenes de la Nueva Inglaterra las que, con una abnegacion de misioneros, se consagran á vivir entre la corrupcion del Sur ó en las soledades del Oeste, con el objeto de educar á las almas jóvenes, y darlas á la verdad y á Dios. Tenemos maestros, como los mejores que pueda haber; pero nuestros mas bien dotados institutores, escollan allí donde una jóven Yankee hace maravillas. La infancia pertenece á la mujer; es una ley natural que hemos tenido el mérito de reconocer y de aplicar.
—Amen, contestó, alzando los hombros; vamos á admirar esas tímidas ovejas y esos dóciles corderos, conducidos por una pastora no menos inocente que su rebaño.
Entré de mal humor en la sala grande; y sin embargo de no poder sufrir la sin razon,—lo confesaré con vergüeuza, apenas puse el pié en el santuario me sentí seducido.
Me hallaba en una vasta pieza, donde el aire y el dia entraban por unas anchas ventanas; las paredes eran de una limpieza esquisita, y estaban adornadas de trecho en trecho sea de cartas mudas, sea de cuadros de historia natural, sea de figuras de física y de jeometria. Cada niño tenia su pupitre, aislado por cuatro varillas que se cruzaban á su alrededor. Sentado delante de esa mesa barnizada, que brillaba como un espejo, solo, y sin vecino; el escolar es maestro de sí mismo; si se distrae, si no trabaja, solo sobre él recae toda la responsabilidad. El institutor colocado en un estrado, vijila de una mirada esas largas filas de pupitres, colocadas unos tras de otros. Vijilancia poco necesaria en un pueblo ambicioso donde cada cual quiere instruirse para llegar á la fortuna y al poder! Los vicios de los Americanos les sirven á ellos mas de lo que á nosotros nos sirven nuestras virtudes.
Dinah estaba ocupada en una pieza vecina. El maestro de la sala grande era mi Susana. En aquel momento la señorita enseñaba la jeometria á siete ú ocho muchachones que, déboles esta justicia, escuchaban como buenos niños á su amable maestra.
—Venid, mi buen padre, dijo Susana toda gozosa; tomad esa tiza, demostradnos las propiedades del cuadrado de la hipotenusa.
Hacer una demostracion me habria sido difícil; habia sido demasiado bien educado en la Universidad de Francia, para entender de jeometria; todo lo que recuerdo sobre el particular se reduce á una vieja cancion que, quizá tararean todavia al rededor de la Escuela Politécnica con la tonada de Calpigi.
Le carré de l’hypoténuse Est égal, si je ne m’abuse, A la somme des deux carrés, Faits sur les deux autres cotés.[57]
Dejé pues á mi Susana trazar sobre la pizarra el triángulo, rectángulo A. B. C., levantar sobre cada lado un cuadrado &a., &., y me retiré á fin de que mi hija no tuviera que avergonzarse de la ignorancia paternal.
En una de las salas chicas (lo menos habia ocho,) Dinah interrogaba, sobre los rios grandes y pequeños de la Francia á unos niños de nueve á diez años. Sorprendíme de su memoria y de su ciencia, yo Francés, que, si me hubieran interrogado sobre la América, no habria podido ofrecer en cambio á aquellos jóvenes eruditos sino el Mississipi, el Hudson y el Potomac, únicos cursos de agua de que me hayan hablado. Verdad es que la América nos interesa poco, al paso que la Francia, reina de las letras y de las artes, debe interesar prodijiosamente á los Americanos. Es la admiracion de los bárbaros por la civilizacion!
Despues de la geografía vino la lectura en alta voz, y la declamacion. Un hombrecito de nueve años se levantó, y sin timidez ni descaro, nos recitó uno de los pasajes mas poéticos del Hiawatha de Longfellow. Aunque el jóven prodijio, gangueaba un poco, vicio comun en América, díjonos aquel pedazo con una gran precision de tono y verdadero sentimiento; hay actores célebres que no se han elevado nunca hasta esa altura.
Despues de la poesía, vino la elocuencia. Un niño, de cabellos relucientes, se levantó, puso los piés en escuadra, y con voz animada entonó un himno á la gloria de la América:
“Amigos y conciudadanos!
“Estais apenas en la infancia, y sin embargo sois ya el primer pueblo del mundo. Cuál es el héroe del último siglo, el mas grande hombre, el mejor, el amigo de su pais y de la libertad? El universo contesta: Jorje Washington, un Americano. Cuál era el primer físico? Franklin, un Americano. El mas gran teólogo? Jonatan Edwards, un Americano. Cuál es el mas grande jurisconsulto del siglo XIX? El juez Story, un Americano. Cuáles son los primeros oradores de nuestra edad? Claye, Webster, Everett, Sumner, todos ellos Americanos. Cuáles son los primeros historiadores? Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Ticknor, Americanos. Cuál es el primer naturalista? Jacobo Audubon, un Americano. Cuáles son los mas grandes moralistas y los verdaderos sábios de nuestros tiempos? Channing, Emerson, Parker, todos ellos Americanos. Cuál es el primer novelista de nuestros tiempos? Mme. Beecher Stowe,[58] una Americana. Cuáles son los grandes inventores? Whitney, que ha imajinado la máquina para pelar el algodon; Fulton que ha creado el buque á vapor; Morse, que ha hallado el telégrafo eléctrico; Maury, que ha trazado en los mares rutas infalibles, todos ellos Americanos.
“Valor pues, hijos de los Puritanos; el porvenir es vuestro. Antes de que el siglo acabe sereis cien millones de hombres; qué será frente á vosotros la Europa, subyugada y dividida? La naturaleza os ha dado los mayores lagos, los mayores rios, los mas hermosos puertos; teneis tierras fecundas, y en cantidad inagotable. Vuestras minas de carbon son tan grandes como la Francia. La industria os ha dado mas ferro-carriles, mas buques á vapor, mas buques de todas clases que todos vuestros rivales juntos. Vuestros hombres son los mas bravos, los mas atrevidos, los mas injeniosos del universo; vuestras mujeres las mas bellas de la creacion. Valor pues, raza bendita del cielo! el mundo es tuyo, porque eres á la vez el pueblo mas cristiano y mas libre.”
—Querido amigo, dije á Humbug, entre todas las virtudes que enseñais á vuestros santitos, contais la modestia?
—Un poco de indulgencia, doctor, repuso con tono embarazado. Cuando se educan niños, es bueno forzar un poco el patriotismo. Es el medio de que mas tarde no se enseñorée el egoismo. Confieso, por lo demas, que la vanidad es nuestro lado flaco; nuestro prodijioso crecimiento nos enloquece y nos hace cometer mas de una falta. Pero que nos arroje la primera piedra aquel que no haya pecado. John Bull está á convencido de que, par droit de naissance,[59] es el rey de los mares; y estoy seguro que en Francia se repite en todos los tonos que los Franceses son el primer pueblo de la tierra, y que el mundo no tiene ojos sino para admirarlo.
—Qué diferencia, esclamé. La Francia es la Francia!
—La América es la América, repuso riendo. Todos los cristianos están imbuidos de la misma locura; no hay disparate á que no pueda ser arrastrado un pueblo, gritándole con aplomo “Ingleses robad esa provincia, sois Ingleses! Franceses, batíos á troche y moche, sois Franceses! Americanos, sed insolentes con la Europa, sois Americanos?” El orgullo nacional, es la bandera roja que se tiende al toro cuando se quiere hacerle caer en un lazo agachando la cabeza. Amigo querido, demos á manos llenas la educacion, difundamos por todas partes la luz si no queremos que el pueblo sea el eterno juguete de los charlatanes que se burlan de sus mas nobles pasiones y de sus mejores instintos.
En aquel momento sonó el reloj; era la hora del recreo. Corrí al patio, y hallé al amable Naaman, convertido en capitan de una nueva milicia. Tres ó cuatrocientos niños estaban formados en columna, las mujeres de un lado y los varones de otro. Abrieron una puerta vidriera que daba al patio, colocaron en ella un piano, y hé aquí á Susana y á Dinah, tocando á cuatro manos la marcha de Oberon. Al punto se desplegan las columnas en órden; se salta, se corre y se hace alto cadenciosamente; la cadena se hace y se deshace con una precision admirable. Era aquello una mezcla de danza y de jimnástica que encantaba los ojos, algo de noble, de atrevido y de gracioso á la vez. No era así como los Griegos ejercitaban á la juventud? Por primera vez comprendí como era que Platon colocaba la danza y la música entre los primeros deberes del ciudadano. Yo estaba deleitado, y á no haber sido un resto de vergüenza y mi barba griz, de buena gana hubiera tomado parte en aquel ballet[60] militar. Por qué no habia de haber danzado con los niños? No lo hacian los espartanos?
—Mi jóven amigo, dije á Naaman, esto es encantador; mi corazon se regocija ante este espectáculo, pero sacadme de una duda. Dónde estoy? Dónde me han conducido? Esta casa elegante, estas mesas de un lujo esquisito, estos hermosos libros forrados en badana, todo esto, pertenece sin duda á una escuela particular, donde no se reciben sino niños ricos. Quién es el director de este bello establecimiento?
—Siempre festivo doctor, dijo el bello pastor. Estais en la escuela primaria de la duodécima circunscripcion, barrio tercero. Tenemos ochenta casas de esta especie en nuestra buena ciudad de Paris y no es bastante.
—Muy bien; pero cómo puede el hijo del pobre proveer á los gastos de esta enseñanza costosa?
—De dónde venís? esclamó Naaman. No sabeis que la educacion es gratuita? No habeis nunca mirado vuestra cuota de impuestos? Nosotros somos los hijos de esos puritanos que, á penas desembarcaron en la árida roca de Plymouth, abrieron escuelas para combatir á Satanás,—que es el verdadero nombre de la ignorancia. Lo que hay de diabólico en nosotros,—es la bestia; lo que hay de divino, es el espíritu. La escuela es nuestro amor y nuestra debilidad; asi ella es el mas grueso capítulo de nuestro presupuesto, como la guerra ó la marina es el de los pueblos civilizados. Aquí, en nuestro Massachussetts el gasto de la escuela es poco mas ó menos la cuarta parte de nuestros gastos generales; en el pequeño Estado de Maine, monta á la tercera parte, lo que seria para la Francia un presupuesto de cuatrocientos á quinientos millones.
—Gran Dios! dije para mis adentros, si estas jentes no son locos, qué es lo que somos nosotros.—Decidme, señor Naaman, quien vota esos fondos, y como son administradas vuestras escuelas.
—El voto es comunal, respondió; es el conjunto de los habitantes el que fija la cifra del impuesto; es quizá el único gasto que aumenta todos los dias con aplauso de los que lo pagan. Sobre este punto no hay partido en América; todas las comuniones, todas las opiniones rivalizan para hacer de nuestras escuelas el establecimiento mas rico y mejor dotado del pais.
—Y naturalmente, dije, cada comunion quiere dominar en él.
—No, repuso; esto os asombrará quizá, ninguna influencia de Iglesia entra en estos muros. Cada leccion comienza por la Oracion Dominical y una lectura de la Biblia, pero sin ser acompañada de ninguna refleccion. La enseñanza es cristiana por el espíritu de nuestros maestros; no es católica ni protestante. Damos aquí á nuestros hijos el medio de buscar la verdad, les armamos contra la ignorancia, les preparamos á combatir el buen combate; en cuanto á la enseñanza dogmática, está reservada á la iglesia y á las escuelas del domingo. Así es como evitamos el perturbar esas jóvenes conciencias, y no obstante como habituamos á nuestros hijos á considerarse todos como hermanos en Jesu-Cristo.
—Bien; pero quién os responde de los maestros?
—El Directorio de educacion, dijo Naaman; directorio elejido libremente por todos los ciudadanos del mismo comun, y que tiene sobre él el directorio central del Estado. Esas asambleas reunen los hombres mas considerables del pais. Es una gloria ser llamado á vijilar la educacion; nuestros mejores ciudadanos, los Horacio Mann, los Bernard, han rehusado un puesto en el Senado Federal por permanecer de directores de nuestras escuelas en Massachussetts y en Connecticut.
—Es posible? esclamé.
—Qué tiene de sorprendente? repuso el jóven ministro. Creeis que en un pais como el nuestro se anda preguntando qué es lo que hace la grandeza de las naciones? En una República, en un Estado donde el pueblo es soberano, es menester vencer la ignorancia ó ser muerto por ella; no hay término medio: Para educar á un pueblo que cree en la verdad y que la ama, nuestros políticos no han hallado sino un medio,—ilustrarlo: esto es, hacer del mas insignificante ciudadano un hombre bastante instruido para que no lo engañen, bastante prudente para gobernarse á sí mismo.
—Y habeis resuelto el problema?
—Sí, dijo, el problema fué resuelto el dia en que tuvimos escuelas tan bien atendidas y tan completamente gratuitas, que ningun padre se atrevió ya á rehusarnos sus hijos. Cuando el comun dá todo, hasta los libros, el papel y las plumas, quién sería bastante loco ó suficiente culpable para no aprovecharse de la munificencia nacional, y condenar sus hijos á la ignorancia y la miseria?
—Supongo, le dije, que la educacion es obligatoria. Despues de semejantes sacrificios, el Estado tiene derecho de obligar á las jentes á instruirse. El no puede sufrir brutos en la sociedad.
—Hemos rechazado toda coaccion, repuso el jóven pastor. No porque háyamos dudado de nuestro derecho; pero hemos tenido miedo de adherir á un beneficio una idea odiosa. La multa y la prision harian odiar nuestras escuelas; dejamos esas durezas para los gobiernos que se curan mas de la obediencia que del amor de los ciudadanos. Hacer á la educacion universal es toda la cuestion, y hemos llegado á ese fin exelente sin tocar la libertad. Nuestras escuelas, abiertas á todos los niños hasta de edad de diez y seis años, seducen y atraen aun á los mas rebeldes. En la Nueva Inglaterra, no hallareis un solo ciudadano, nacido en el pais, que no haya recibido instruccion de nosotros.
—Bravo! esclamé, hé ahí una obra que hace el mayor honor á los cristianos de América.
—La política gana con ello, no menos que la religion, repuso; hemos llegado á un resultado que debe sorprender á los modernos. Mediante la perfeccion de nuestras escuelas, hemos restablecido, sin saberlo, la educacion comun, tan querida de los antiguos. Nuestra enseñanza es bastante elevada para preparar al hijo del rico á entrar al colejio; es bastante simple para no asustar al hijo del pobre, bastante sustancial para ponerle en estado de ocupar su puesto en la sociedad, sin que nunca tenga que ruborizarse de su ignorancia. Aquí es donde toda la juventud (comprended bien esta palabra; toda la juventud), viene á aprender la lectura, la escritura, la aritmética, la jeometria y el dibujo. Añadimos un poco de jeografia, de historia, de física y de química; y no tememos hablarles de moral y de política á esos niños. Esplicámosle la constitucion de su pais; son ciudadanos. Gracias á la riqueza y solidez de nuestras lecciones, el hijo del millonario viene á instruirse al lado del peon irlandés. Apercibo allí á una de las hijas de Green, jugando con la hija de una pobre vendedora de frutas de la calle de los Nogales. Aquí es donde reina la verdadera igualdad, la igualdad en todo, la igualdad que eleva; aquí se fomenta el patriotismo y el amor á la libertad. Formar una jeneracion, es formar un pueblo; hé ahí nuestra divisa, hé ahí lo que hace de nuestras escuelas un lugar querido de todos y sagrado para todos.
—Eso es bueno y grande, esclamé; pero perdonadme un escrúpulo final. Instruyendo así á los hijos del pueblo, no temeis inspirarles á la vez una ambicion perversa? No os parece que echais en la sociedad hombres descontentos de su suerte,—llenos de deseos y necesidades superiores, á su condicion?
—Esa es una vieja objecion, que desde hace mucho tiempo no tiene curso en América. Vuestros temores serian fundados, si nosotros abandonáramos á nuestros hijos desde que salen de la escuela; pero pensad que nuestra sociedad y nuestro gobierno son dos escuelas que no se cierran jamás. Y, ademas, todos los hombres ilustrados que tenemos se hacen un honor y un placer en instruir á los ciudadanos. Ved sino nuestras paredes cubiertas de avisos; no hay noche en que no haya alguna lectura pública, literaria, científica. La luz nos innunda; es menester ser dos veces ciego para quedarse ignorante. Al lado de esa enseñanza libre, colocad la Iglesia, siempre activa, y esas mil reuniones en las que ricos y pobres se encuentran asociados sin cesar, para obras de propaganda y de caridad. Agregad la vida política que remueve todas las ideas y fecundiza todas las almas. Finalmente, y en primera línea, poned la prensa; es decir, la palabra pública que no se agota nunca. No hay una Iglesia, una asociacion, un cuerpo, un individuo que no tenga su diario; hasta los niños tienen el suyo: el Child’s Paper, fundado hace cuatro años, tiene ya cien mil lectores, el mas viejo de los cuales no cuenta quince años. Quién puede resistir á esa marea que siempre sube? Quién puede escapar á esa oleada de civilizacion que empuja á la humanidad hácia un porvenir mejor?
—Así, sois un pueblo de sábios?
—No, dijo sonriendo. La erudicion como las artes en hija de las naciones viejas, todavia no la poseemos. Nosotros somos unos advenedizos; necesitamos un siglo quizá antes de tener esos ócios que permiten una cultura desinteresada; pero me atreveré á decirlo,—somos el pueblo menos ignorante que haya visto el sol. Mirad á nuestro alrededor; aquí no hay paisanos, sino arrendatarios; aquí no hay jornaleros, sino artesanos. Al salir de su herreria, el obrero se pone un frac negro, y vá á escuchar una lectura sobre Washington ó sobre los descubrimientos de Livingston, en Africa. Su vecino, el joyero, irá á trabajar en una escuela de dibujo, ó seguirá un curso de química. Apesar de sus manos ennegrecidas, ambos son unos caballeros; aman los placeres del espíritu tanto como vos podeis amarlos. Id al Oeste, entrad en alguna log house[61] perdida en el fondo de los bosques; sereis recibido por la mujer del azadonero; la vereis amasando el pan ó batiendo la manteca. Esperad la noche, esa misma mujer se pondrá al piano, hablará con vos de política, de moral, y quizá de metafisica. La lectura del Cocinero Perfecto no le impide el apreciar á Emerson, ni el saborear á Channing. No damos á todos la riqueza material, aunque el bienestar sea mas fácil de conquistar en América que en todo otro pais; pero á todos les ofrecemos esa riqueza que no teme el orin, ni á los ladrones; ponemos al alcance del pobre esos goces intelectuales que, en toda edad y condicion, son una fuerza y un consuelo. Haciendo eso, creemos cumplir con la palabra divina, llevar los hombres á Dios, cultivando su espíritu y su corazon.
Yo miraba aquel hombre con una emocion de que no era dueño; jamás he visto brillar en una cara humana tanto entusiasmo y tanta fé. Para Naaman la ciencia y la relijion eran un doble nombre de la verdad; ambas llenaban su corazon; á entrambas las amaba con el mismo amor.
—Amigo, esclamé, me habeis vencido. Héme aquí como San Pablo en el camino de Damasco, herido por la luz y escuchando la voz que me grita: “Es duro dar coces contra el aguijon.” Me rindo, mis ojos se abren; veo y admiro la grandeza de este pais. Qué vida intensa! El corazon, el pensamiento, todo está en accion; nada de inconvenientes, nada de barreras! el hombre es dueño de su destino; tiene la felicidad y la virtud en sus manos. Aquí no hay mentira oficial,—la verdad es quien reina; nada de preocupaciones, ni de trabas, en todas partes resuena el grito de un pueblo embriagado de esperanza: Adelante! adelante hácia un mundo donde la miseria será curada, donde la fuerza será abatida; donde el espíritu reinará. Estoy orgulloso de ser ciudadano de este hermoso pais. Viva la libertad! vivan los Estados Unidos! viva la gran república!
Mi voz fué ahogada por un redoble de tambor seguido de timbales retumbantes. Dos zuavos entraron en la escuela; el uno corrió hácia Susana y le tomó cariñosamente las manos,—Alfredo; el otro me saltó al cuello,—era mi Enrique.
Padre, me dijo, los del Sud han pasado el Potomac; Washington está amenazado; movilizan nuestras milicias, llaman á los voluntarios; esta noche partimos. Venid pronto,—mi madre os espera.