CAPITULO XXVIII. La partida de los voluntarios.
Lucio V. Mansilla translation
Seguido de mis hijos, salí de aquella apacible morada, donde al fin habia sorprendido el secreto de la grandeza norteamericana. La ciudad habia cambiado de aspecto; las casas estaban embanderadas. En cada ventana, el estandarte federal, ajitado por el viento, desplegaba sus fajas rojas y azules y sus treinta y cuatro estrellas como una protesta muda en favor de la union. Acá y allá, un inmenso cartelon anunciaba el desastre del ejército federal, y llamaba á los ciudadanos á socorrer la patria en peligro. Batallones armados marchaban por las calles al son de clarines y tambores. Las Iglesias estaban llenas de voluntarios que invocaban el Dios de sus padres antes de marchar al combate. En todas partes, los cantos guerreros se mezclaban á los himnos relijiosos; padres, madres y hermanos acompañaban á los jóvenes milicianos animándoles. Tomábanse las manos, lloraban y se abrazaban, alzando los brazos al cielo. Era aquello el fervor de una cruzada!
Llegué á mi casa muy ajitado. Como buen parisiense, he vivido y crecido en medio de los tumultos y de la guerra civil; son recuerdos que me entristecian, pero allí, en aquel entusiasmo que empujaba á todo un pueblo á las armas, habia algo de tan noble y de tan grande, que me sentí exaltado.
Ni los peligros que Enrique y Alfredo afrontaban me daban miedo; una voz secreta me impelia á partir con ellos. No tenia yo tambien, un hogar y una familia que defender? La América, donde poseía esos bienes tan queridos, no era mi patria?
A mi puerta hallé á todo un rejimiento de zuavos formado de los voluntarios del barrio. El viejo coronel Saint-John habia sido izado sobre un caballo blanco, y el bravo veterano olvidaba sus reumatismos y sus heridas para guiar á los jóvenes al combate. Al lado del coronel, Rose, vestido de capitan, marchaba acompañado de sus ocho hijos y de cuatro hermosos jóvenes hijos de Green. Fox, convertido en teniente, estaba en medio de un grupo; peroraba, jesticulaba, y no respiraba sino sangre y carniceria. Su cuello postizo y su tabaquera no se armonizaban muy bien con su uniforme, y en cualquiera otra ocasion me hubieran hecho reir; pero hablaba con tanto fuego, que le hallé el aire marcial. Habia en él otra cosa que un soldado de profesion; era un ciudadano decidido á morir por su pais.
—Vecino, me dijo Rose, contamos con vos; toca á los viejos dar el ejemplo. Necesitamos un cirujano para nuestro rejimiento de zuavos, y os han nombrado por unanimidad; solo nos falta vuestro consentimiento.
—Lo teneis, esclamé; sí, mis buenos amigos, parto con vosotros; allí estaremos para velar por nuestros hijos, y cuando necesario sea, haremos fuego con ellos. Viva la Union! Viva la Patria!
Este grito fué repetido en todas las filas, y á él se mezcló el de ¡viva Daniel! ¡viva el mayor! Las aclamaciones de aquella brava juventud, me hicieron cosquillas hasta en el fondo del corazon; entré en mi casa la frente altiva y la miraba brillante. Una vida nueva se despertaba en mi alma,—yo era feliz!
Jenny, anegada en lágrimas, se echó en mis brazos sin intentar siquiera conmover mi coraje. Parecíale muy natural que el padre acompañara al hijo, y que solo las mujeres se quedáran en la casa. Susana estaba no menos resuelta; veíase en su palidez que se hallaba profundamente conmovida; sus labios rogaban y sus ojos se alzaban al cielo; pero no dijo una palabra que pudiera turbar á Alfredo, pareciendo ocupada unicamente en preparar nuestra partida. Mujeres queridas! ellas tambien comprendian el deber y amaban la patria.
Algunas horas bastaron para procurarme un uniforme de cirujano. Rose me regaló una balija exelente; compré revolvers, un sable, un caballo, y á las tres estuve pronto; debiamos partir á la noche.
Hasta entonces no habia reflexionado, la furia Francesa me habia arrebatado. Pero en el momento de dejar aquella casa, en la que tantos dias felices y tan bien aprovechados habia pasado,—esperimenté no sé que tristeza; parecíame que una vez partido no volveria. Y si volvia, volverian conmigo mi Enrique, y aquel Alfredo al que ya amaba como á un hijo?
Procuraba deshechar aquellos tristes pensamientos, que, siempre rechazados, me asaltaban sin cesar, cuando el viejo coronel entró en mi casa. Su vista me hizo bien; era uno de esos bravos soldados, pródigos de su sangre, aváros de la ajena; no podiamos tener un jefe mas honorable ni mas seguro.
—Coronel, le dije despues de haber recibido sus felicitaciones,—hénos solos, puedo hablaros sin rebozo. Aquí para entre nosotros, decidme, qué caso haceis de estas nuevas levas? Bella cosa es el entusiasmo, pero qué es al lado del ejercicio y de la disciplina? Apesar del valor de esos buenos jóvenes, esos batallones se desharán al primer fuego.
—Paciencia, mayor, repuso el veterano. Yo soy menos severo que vos, y sin embargo he hecho la guerra toda mi vida. Dos meses, detras de los fuertes de Washington cambiarán esos voluntarios en soldados. La disciplina es mucho sin duda, pero es un oficio al alcance del mas ignorante. Lo que no se dá, es el corazon, la fé, el amor á la patria. Ahí es donde está el resorte supremo por mas que digan los que arrastran sable. Para manejar la bayoneta es menester un brazo vigoroso y hábil; pero el alma es la que hace la fuerza del brazo. Algunos años de guerra y de sufrimiento bastan para hacer la educacion de un pueblo y poner á los dos enemigos en el mismo punto. Entonces queda la enerjía moral; ella es la que tiene la última palabra; y, es por esto que los mejores ejércitos son los que se componen de ciudadanos.
—Perdonadme, coronel, le dije, creia que nada valia lo que los viejos soldados.
—Error; repuso Saint John. En una revista ó en una parada, es posible; en la guerra es distinto. Buenos cuadros, soldados jóvenes y jenerales viejos,—hé ahí lo que se necesita. Para marchar sin quejarse, para obedecer sin murmurar, para desafiar el peligro, alta la cabeza para marchar á la muerte sonriendo,—no hay sino la juventud. Cuanto mas intelijente, piadosa y patriótica es esa juventud, tanto mas se puede contar con ella. En la vieja Europa se tienen otras ideas; allí reina todavia la preocupacion y la adoracion de la fuerza bruta. Aquí, la civilizacion nos ha ilustrado. La victoria pertenecerá siempre al jeneral que, en el momento decisivo, eche sobre un punto dado mayor número de batallones. Pero en condiciones iguales, un soldado jóven y patriota valdrá mas que un mercenario envejecido en el oficio. Ved la guerra de Crimea; ciertamente que los veteranos rusos é ingleses se han batido bien; pero á quien pertenece la corona? A los conscriptos franceses, esos heroicos hijos arrancados al arado por un dia, paisanos la víspera, ciudadanos al dia siguiente! Hé ahí nuestro modelo, hé ahí tambien lo que haremos de nuestros jóvenes americanos.
—Pero no teneis jenerales, le dije; vuestro pais es una tierra pacífica que, hasta el presente, ha producido mas agricultores y comerciantes que Césares.
—Estad tranquilo, repuso el coronel, tendreis jenerales, y mas de los que querreis. La guerra es como la caza, un oficio muy ordinario; en que ciertas jentes descuellan desde el primer dia. Tal que es hoy dia herrero, mecánico, abogado, médico quizá, mañana se despertará jeneral en el campo mismo de batalla. Abrid la historia; hay épocas estériles en que las letras, las artes, la industria están muertas; no hay ninguna en que hayan faltado soldados. El hombre tiene instintos de cazador, sanguinarios que la paz comprime; pero que no destruye. Venga la guerra, y tendreis héroes, y haga el cielo que el pueblo los estime en su justo valor, y que no les sacrifique su libertad.
—Verdaderamente, coronel, le dije, vos hablais de la guerra con poco respeto.
—Es que la he hecho, dijo tristemente, y sé lo que vale ese juego sangriento. Que los retóricos tranquilamente sentados en el rincon de la lumbre, se diviertan en celebrar los combates y la gloria,—yo me encojo de hombros ante esas paradojas; la guerra es el mayor de los azotes, el enemigo del trabajo y de la libertad, la ruina de la civilizacion. Mal haya aquellos cuya ambicion desencadena sobre la tierra esa peste abominable; pero malditos sean tres veces los que atentan á la patria con mano parricida! Que Dios nos ayude, y les haremos pagar caro su crímen. La guerra es tambien el castigo del orgullo y de la locura; cruel leccion que no se comprende sino cuando es tarde yá.
El ruido de los clarines nos anunció la hora del adios. Bajé teniendo de la mano á Enrique y Alfredo. Jenny nos abrazó á los tres con el valor de una mujer y de una madre cristiana. Susana silenciosa y ajitada, nos dió á cada uno una Biblia, que no debia separarse un momento de nosotros. Marta habia preparado un sermon profético, pero la pobre dió un terrible solloso á la primera palabra, y tomando á Enrique en sus brazos, como á un niño, le inundó de lágrimas y de besos. Yo la estreché la mano, ella me saltó al cuello, y fué medio estrangulado que monté á caballo.
Al mismo tiempo acudió Zambo ataviado ridículamente; habíase puesto un cinturon encarnado y azul, un sombrero con plumas y un sable que arrastraba por el suelo.
—Amo, gritó, llevadme con vos, yo soy bravo. Tengo la piel negra y la sangre colorada. Si no me matan antes de la victoria, los derrotaré á todos.
No fué sin dolor que me desembarazé de aquel pobre muchacho. Hícele los raciocinios mas prudentes para probarle que su coraje era ridículo. Cuando se tienen cabellos motosos, no se ha nacido para derrotar sino para ser derrotado. Palabras inútiles! Zambo tenia el ángulo facial demasiado agudo para comprender los grandes descubrimientos de nuestros eruditos. El pobre diablo se creía hombre, cristiano, ciudadano, y tenia la piel negra! Era una locura! Fué menester emplear la amenaza para hacerle entrar, y así lo hizo, pero refunfuñando. Era tiempo de acabar aquella triste comedia, las filas estaban formadas, los tambores batian; partimos.
Mientras estuve cerca de la casa no me atreví á mirar para atras; sentia que las lágrimas iban á arrazar mis ojos, y no queria derramarlas; pero al dar vuelta la calle volvíme; las tres mujeres ajitaban sus pañuelos y nos seguian con la vista. Mi corazon palpitó con fuerza.
—Oh, mi Dios! esclamé, yo te confio todo lo que amo. Lloré por primera vez, oré y me sentí consolado.
A las cuatro estábamos formados en batalla en la plaza de la Municipalidad. Green nos pasó revista, y nos habló de la patria con una emocion que rayó en la elocuencia. Su voz fué cubierta por nuestras aclamaciones. En seguida todo quedó en silencio y cada cual se recojió sobre sí mismo. Yo era el único quizá del rejimiento que estaba ajitado, y cosa estraña! no veia la hora de ir al fuego. En un momento de reposo pasé por delante de mis compañeros riendo, hablando, jesticulando y teniendo una palabra para cada soldado; hacía burla á los que estaban conmovidos, animaba á los que procuraban sonreir, y á todos prometia mi socorro en el momento del peligro; me sentia ya con la fiebre del combate.
Humbug, que se habia reunido á mí en la plaza, me miraba con aire sorprendido.
—Qué hombre sois, doctor, me dijo suspirando. Admiro vuestro buen humor y vuestra alegria. Ayer erais un tímido ciudadano, hoy sois un valiente soldado. Sois Irlandés? Teneis en las venas la sangre?
Non parventis funera Galltæ?
Nosotros los Sajones, llevamos al campo de batalla,
Devota morti pectora liberæ,
pero no tenemos ni esa gracia, ni esa elegancia, ni esa bravura. Al veros, no parece sino que el combate es una fiesta y el peligro un placer. Capaz seríais de darle gana de morir al que menos lo deseara.
El redoble de los tambores ahogó mi contestacion; Humbug me abrazó tiernamente llamándome en latin la mitad de su alma; un instante despues habíame separado de mi viejo amigo y para siempre.
La noche estaba hermosa; la luna, que habia salido temprano, iluminaba en lontananza las praderas bordadas de álamos y cortadas por sauces; en el horizonte corria un rio de plateadas olas; habia cierto encanto en dejarse conducir por el caballo y en abandonarse al fantaseo en medio de aquella hermosa campiña. La felicidad del soldado, consiste en gozar de la hora presente sin inquietarse del porvenir. Tiempo hacía que me daba el placer de soñar con los ojos abiertos, cuando dos caballeros se colocaron cerca de mí. Alzé la cabeza, y con gran sorpresa reconocí al sombrío Brown y al amable Truth.
—Qué haceis aquí? esclamé. Qué quiere decir ese gran sombrero, esa levita cruzada y ese sable al lado? Ese no es el traje de un soldado ni el de un pastor.
—Doctor, dijo el puritano, la guerra es una enfermedad cruel; en ella, tanto peligra el alma como el cuerpo; vos cuidais del uno, nosotros cuidamos de la otra; nosotros somos médicos lo mismo que vos.
—Me alegro mucho de teneros por cofrádes, repuse; pero el oficio es rudo. Un cirujano se hace; la ternura, es en él un mal desconocido; para que la mano no tiemble es menester que el corazon calle; pero vos, Truth, ¿cómo resistireis al grito de los heridos y á la desesperacion de los muertos?
Es mi deber, dijo, Dios me dará fuerzas, mientras juzgue que mi servicio es útil ó necesario. Pertenezco al Señor.
La etapa no era larga; á las ocho hicímos alto. El coronel habia querido enseñarnos á marchar; la leccion no fué inútil, el rejimiento tenia el aire de una majada en derrota. Sin embargo, el bravo Saint John felicitó á todos los novicios, habituándolos poco á poco á que le miráran como á un padre y á depositar su confianza en él.
Mayor, me dijo, no ríais. Antes de un mes valdremos tanto como los Prusianos. Cuando un hombre se cree soldado ya lo es á medias; vereis lo que es un ejército de ciudadanos.
Establecimos el vivac en medio del campo, y despues de encender los fogones y de atar los caballos á la estaca, cenamos de buena gana con las provisiones que cada cual habia llevado consigo. Para conscriptos aquella primera comida al aire libre era una fiesta; la guerra no habia enjendrado todavia en ellos ni el deseo del bien estar ni el amor del hogar.
Terminada la cena, y no duró nada, los soldados en lugar de reir y gritar, se sentaron en silencio sobre sus capotes para oir á los ministros. Nuestro estado mayor formó el círculo; Truth se colocó en el centro, y abriendo la Biblia, leyó con voz inspirada el himno que cantó David cuando Dios le hubo salvado de manos de sus enemigos.
“El Señor es el baluarte mio, y él es mi Salvador. Dios es mi defensa, en él esperaré: es mi escudo y el apoyo de mi salvacion: él es el que me ensalza sobre mis enemigos y él es mi amparo.
“Tú eres Señor mi antorcha....
“Quién es Dios fuera del Señor? Y quién es fuerte, sino nuestro Dios?
“Dios es el que me revistió de fortaleza....
“El es el que adiestra mis manos para la batalla, y hace mis brazos firmes como un arco de bronce.
“Perseguiré á mis enemigos y los esterminaré: no volveré atrás hasta acabar con ellos.
“Por mas que griten, nadie acudirá á su socorro: clamarán al Señor mas no los escuchará.
“Disiparélos como polvo de la tierra: los aplastaré y desmenuzaré como lodo de las calles.
“Viva para siempre el Señor y bendito seas mi Dios. Sea engrandecido el Dios fuerte que me ha salvado[62].”
Mientras que Truth recitaba esa bella poesía, miré á mi alrededor. Todos los oficiales escuchaban rezando; sus ojos brillaban de entusiasmo y de fé. Las últimas llamas de nuestros fogones próximos á extinguirse iluminaban aquellos nobles rostros, dándoles no sé que brillo misterioso. Creíame en pleno siglo diez y seis y transportado á un campo de Cabezas-Redondas.—Es este, decia para mis adentros, es este el pueblo á que nuestros diarios de Paris niegan todo patriotismo y toda relijion! No, la tiranía militar no se establecerá nunca en aquella tierra jenerosa; aquel suelo abierto y fecundado por los puritanos no puede enjendrar sino la libertad.
Terminada la lectura, estreché la mano de Truth, y aprovechando de mi privilejio, inspeccioné todas las compañias buscando á mi hijo y á Alfredo. Hallé á los dos acostados en el suelo, envueltos en sus capotes y hablando en voz baja. De qué hablaban? era escusado preguntarlo; lo sabia.
—Hijos, les dije; cuando uno es soldado es menester contemplar sus fuerzas, y la primer condicion es dormir. Hacedme lugar entre los dos y soñad con los ojos cerrados.
Con lo cual, abrazé tiernamente á mis dos hijos, cerré con cuidado mi capote, me eché sobre la cara la capucha, y me dormí tan tranquilo y con el corazon tan aliviado como si estuviera en mi casa. Cuando el hombre se consagra á la patria, cuando le es permitido sacrificarse por lo que ama, la fatiga es dulce y hasta el peligro tiene atractivos.