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Paris en América

CAPITULO VII. El incendio.

Lucio V. Mansilla translation

Al primer grito de Zambo, el boticario corrió á la ventana, en seguida volviéndose hácia Green:

—Teniente le dijo, es á nosotros á quienes llaman; el incendio es en la duodécima avenida.

—Sarjento, soy con vos, dijo el especiero levantándose. Doctor, agregó golpeándome en el hombro, alerta! el carruaje no espera.

—Bueno! me dije, viéndolos salir acompañados de Alfredo y de Enrique, hélos ahí que juegan á la guardia nacional. La guardia nacional! es un regalo que la América nos ha enviado con el ciudadano Lafayette, y que nos ha aprovechado lindamente! Corred á esa parada inútil, queridos amigos, y que os haga buen provecho!, por mi parte, me quedo en casa. Qué es ese carruaje de que habla Green? ¿Se imajina él, que yo voy á correr como un papanatas, al espectáculo del incendio en un pais donde, segun dicen, el fuego aparece todos los dias?

Me aproximé á la ventana: torbellinos de humo subian al cielo arrojando chispas. El fuego tomaba cuerpo.

—Lijero, amo, lijero, el carruaje se aproxima, me dijo derepente Marta.

Me dí vuelta: frente á mi estaba Zambo, con una hacha en la mano, y un casco de cuero curtido en la cabeza: Marta tenia una chaqueta de paño negro, y un ancho cinturon jimnástico: era mi uniforme. Yo era bombero!

Bombero! yo! quería protestar contra este nuevo ultraje de la suerte; pero Marta se habia apoderado de mi. En un abrir y cerrar de ojos, me hallé vestido, ceñido, con el casco puesto, armado é izado sobre el techo de un omnibus inmenso que contenia en sus flancos una máquina á vapor, toda humeante. Dos magníficos caballos negros llevaban al galope bomba y bomberos.

—No temas nada, Daniel, gritó Marta, con el brazo levantado, vas á servir á Dios; el Altísimo te arrancará de entre las llamas, como ha salvado á Sidrach, á Misach y á Abdenago, sus servidores.

Esta bendicion bíblica me hizo temblar; olia á quemado.

—Singular idea, esclamé, la de arriesgar su pellejo por desconocidos, cuando podria pagarse á los bomberos.

—Qué es lo que decis doctor, interrumpió una voz ágria que me hizo reconocer á mi vecino Reynard en el attorney[14] Fox.—Ciudadanos, agregó, recitando quizá un viejo alegato, si quereis ser libres, sed vosotros mismos vuestra policia y vuestro ejército. Darse guardianes, es darse amos. Mi querido amigo, continuó en tono natural, ¿dónde habeis tomado esas ideas del otro mundo? ¿no sois amigo de la libertad?

—La libertad ante todo! me apresuré á contestar, un poco avergonzado de mi debilidad. Correr al socorro de sus conciudadanos es un deber y un placer que no cedo á nadie; tengo orgullo en ser bombero!

—Menos que Green, querido vecino, respondió el hombre cara de zorro. Ese sí que vá contento al incendio! El es diabólicamente fino, agregó hablándome al oido; devilish smart, repitió cuatro veces, guiñándome el ojo, y haciéndome señas con la nariz y la barba.

Abrió su tabaquera, suspiró y tomando dos veces lentamente tabaco: Nuestro Capitan, dijo, el bravo coronel Saint-John se retira, Green es teniente y ambicioso. Quiere ser Capitan con el objeto de elevarse mas alto. El es diabólicamente astuto; pero aunque tiene cuidado de ocultar sus cartas, yo leo en su juego.

Fox no habia concluido todavia sus insidiosas confidencias, y ya habiamos llegado: Ninguna policia, ninguna precaucion habia sido tomada; un pueblo de curiosos estaba alineado en las veredas, y por suerte dejaba libre el medio de la calle, la máquina fué instalada en un instante, desencadenados los pistones, el agua corria por todas partes. Mientras que el teniente reconocia el foco principal del incendio y daba sus órdenes, púseme á dirijir los tubos con mi amable vecino.

Frente á nosotros estaba una casa presa toda del fuego. Las llamas habian roto las ventanas y salian en torbellinos. Derrepente, se escucharon gritos desgarradores en el primer piso. Una figura blanca pasó como una sombra. Una voz de mujer pedia socorro. Al instante, Green, apoyando una escalera á lo largo de la pared, subió y desapareció en medio del humo.

Diabólicamente fino, me dijo Fox con un gesto satánico, devilish smart; juega cerrado, el ambicioso!

—Por aquí muchachos, por aquí, gritaba Rose, enteramente ocupado de ahogar el incendio. Levanté á fuerza de brazo el pesado tubo; pero no podia quitar la vista de la ventana por dónde Green habia entrado. El corazon me saltaba, la inquietud me ahogaba.

En el mismo instante reapareció Green, con una mujer en los brazos, y descendió en medio de los hurras de la multitud.

Apenas en el suelo, la mujer se incorporó:—Mi hijo, gritó, donde está mi hijo, dónde está mi hija?—Todo su cuerpo temblaba, lloraba, levantaba los brazos hácia la ventana incendiada y queria arrojarse en aquella hornaza. Se procuró en vano retenerla, se escapaba de nuestras manos, corria á la casa, y, rechazada por la llama, retrocedia lanzando gritos terribles y arrancándose los cabellos.

Todos nos mirábamos. La llama rujia como la tempestad, el techo incendiado iba á desplomarse. El niño estaba perdido. No sé lo que en ese momento pasó en mi alma: la vista de aquella pobre madre, las palabras de Marta, el ejemplo de Green, la idea de que yo era francés, qué sé yo?—fué una embriaguez que me subió á la cabeza—Corrí á la escalera, y estuve arriba antes de saber lo que hacia.

Rose quizo detenerme:—Soy padre, esclamé, no dejaré que ese niño muera!

Una vez en la habitacion, tuve miedo. Las llamas silvaban á mi alrededor, los ensamblados crujian, los cristales estallaban: era aquello un ruido siniestro. Sofocado por el calor, enceguecido por el humo, llamé, nadie respondió; grité, ni el éco resonó. Estaba desesperado, cuando una lengua de fuego roja, atravezando la oscuridad me mostró frente á mi una puerta cerrada. Romper la cerradura de un hachazo, entrar en la habitacion, correr á la cuna donde lloraba un niño, apoderarme de este tesoro, fué cosa de un instante; qué alegria! pero fué corta. Rodeado de humo, casi afixiado, no sabia donde estaba; el corazon me palpitaba, la cabeza me daba vuelta, estaba perdido.

—Por aquí, doctor! por aquí, Daniel! gritaba la voz de Rose; avanzad, pero reculando, atencion!

El consejo era prudente, apenas me habia dado vuelta, un vigoroso chorro de agua dirijido por la hábil mano del boticario, me inundó de piés á cabeza, á riesgo de voltearme. Gracias á esta diversion estratéjica, que contuvo por un instante el fuego y disipó el humo, ví la ventana, corrí á ella, y enhorquetándome en la escalera; me dejé deslizar hasta el suelo, negro y humeante como un tison mojado. Un instante despues el techo se hundia con espantoso estrépito. Marta tenia razon: Dios me habia tratado como á Abdenago.

Decir la alegria de la pobre madre sería cosa inútil. El mas feliz era yo, que habia salvado á un niño y sostenido el honor del nombre francés. Mi locura me habia costado algo: tenia una parte de mis cabellos chamuscados, una mejilla asada y el brazo izquierdo quemado de puño al codo:—¿qué era esto despues de lo que habia ganado?

Una hora cuando mas despues del suceso, volvíamos á nuestro barrio, dejando á los recien venidos el cuidado de estinguir los restos humeantes. Trepé listamente, y con la cabeza erguida, á ese mismo omnibus en que por la mañana habia subido tan de mala gana. Fox estaba allí, guiñando el ojo, como si fuese tuerto.

—Green es pillo, dijo, dándome un codazo en el brazo enfermo, lo que me hizo estremecer, pero vos sois endemoniadamente mas pillo que él. Hurrah al capitan Smith! agregó frotándose las manos.

No le respondí: un nuevo espectáculo me ocupaba enteramente.

A lo largo de las veredas estaba alineada una inmensa multitud en un órden increible. Casi todos los hombres tenian un papel en la mano, que ajitaban á nuestro paso.

—Hurrah al bravo teniente! Hurrah á Green! gritaban. Hurrah á Smith! Hurrah al bombero heróico!

—Helos ahí, se decian señalándonos con el dedo. Aquel, es Green; ese otro, es Smith! Hurrah! Los sombreros se alzaban, flotaban los pañuelos y las mujeres nos mostraban á sus hijos, que ajitaban sus manecitas como si nos bendijeran. ¿Por medio de qué misterio sabia ya toda la ciudad mi nombre y mi accion?—lo ignoraba, y no lo preguntaba. Uno se habitúa pronto á la gloria; pero la emocion comenzaba á dominarme. Habia tenido fuerzas para contemplar á la multitud con la modestia y la calma de un héroe. Al aproximarme á mi casa derramaba lágrimas. El pueblo rodeaba á Jenny, á mi hija, á Marta que predicaba, y á Zambo que bailaba como un niño. Me eché en sus brazos, y, apesar de mi figura de deshollinador sabe Dios, con cuanto cariño abrazó á todos. Creo que estaba tan negro como Zambo.

Antes de entrar en casa, Jenny me mostró sonriendo la imprenta que estaba frente, la del Paris-Telegraphe, ese diario sedicioso. Un inmenso cartel se elevaba en lo alto de la casa, y de una media legua podia leerse lo que sigue:

QUINTA EDICION

PARIS-TELEGRAPHE

HORRIBLE INCENDIO ¡¡¡El bravo teniente GREEN!!! ¡¡¡El heróico bombero SMITH!!!

FRASE SUBLIME: ¡Soy padre no dejaré morir ese niño! 50,000 ejemplares vendidos en prensa la SEXTA EDICION

Era aquel el templo donde se distribuía la gloria: ¡allí habia con que curar la vanidad!

¡Ah!—¡Con qué placer corrí á la sala del baño para meterme en el agua, emblanquecer mi cara y refrescar mi brazo quemado! Esta vez encontré admirable la invencion que ponia á toda hora agua caliente en mi habitacion. En cuanto á Zambo, no quiso dejarme, so pretesto que el Amo tenia necesidad de sus servicios y que no podia pasarse sin él. El buen muchacho tenia necesidad de hacerme hablar para darse importancia en la vecindad. Mi gloria era la suya, él era el que habia entrado en las llamas, por procuracion.

Cuando descendí á la sala, la oficina del París Telegraphe, estaba todavia asediada por los compradores, sin poder dar abasto á los pedidos; la multitud se estrujaba bajo nuestras ventanas procurando verme. Con mi brazo en cabestrillo, mi mejilla señalada, y mis cabellos quemados, podia creerme un héroe.

Muy luego, y para que nada faltase á la alegria de este dia feliz, vino la música de los bomberos á darme una serenata, con toda la compañia y Green á la cabeza, que me dirijió un discurso.

En este speech, bastante bien redondeado, el especiero con una modestia conmovedora, se olvidaba á si mismo para no hablar sino del valor que yo habia desplegado, y, á nombre de la compañia, me rogaba aceptase el puesto de capitan.

—¡Camaradas! ¡amigos! esclamé, me siento confundido por vuestras bondades, pero no quiera Dios que olvide el ejemplo que me ha dado el teniente Green, y el socorro que he recibido de Rose, ¡el bravo sarjento! Al primero, debo el honor de una buena accion; al segundo, debo la vida. Permitidme pues que no olvide esta deuda de gratitud y que siempre considere como mis jefes al excelente Green y al jeneroso Rose. Quiero permanecer con vosotros, camaradas; como vosotros, simple bombero, en un pais libre. Orgulloso de vuestra amistad y de vuestro heroismo, no cambiaria nuestro modesto uniforme por el traje de capitan jeneral. ¡Viva la América y la libertad!

Mi respuesta tuvo éxito, sobre todo el final que no valia nada. Green se arrojó en mis brazos; Rose hizo otro tanto, y Fox, llamándome á parte, me dijo al oido:

—Sois diabólicamente astuto, camarada, veis lejos; pero es lo mismo, os comprendo. Y guiñó los dos ojos á la vez, lenguaje misterioso cuyo alcance no entendí.

A una señal de Green, comenzó de nuevo la serenata. Al mismo instante ví ascender un cuadro á lo largo de la imprenta del París Telegraphe, como un pabellon que se iza en el gran mastelero. Sobre este cuadro trasparente é iluminado por linternas de colores, se leia la siguiente inscripcion en caracteres de un pié de alto:

OCTAVA EDICION.

PARIS-TELEGRAPHE.

HORRIBLE INCENDIO.

¡¡¡El heróico bombero Smith, el nuevo Cincinato!!! DE QUE MODO LA AMERICA RECOMPENSA LA VIRTUD. 100,000 EJEMPLARES VENDIDOS. En prensa la nona edicion.

Qué quiere decir esto? esclamé. Zambo id á buscarme el diario; hay aquí una broma de mal gusto.

Traido el diario, leí, con gran sorpresa mia, el discurso de Green, y mi respuesta. Lo habian taquigrafiado é impreso durante la sesion. Lo que me valia el título de Cincinato: era mi renuncia. ¿Porqué? jamás lo he sabido; pero la palabra hacia buen efecto en el cartel. Debe ser alguna cosa un hombre que se llama el nuevo Cincinato.

A continuacion de mi speech y bajo el epígrafe ridículo: De qué modo la América recompensa la virtud, se leian las dos cartas siguientes:

EL CISNE.

COMPAÑIA DE SEGUROS CONTRA INCENDIOS.

CALLE DE LAS ACACIAS N.ᵒ 10.

(Capital social 10 millones de dollars. Parte de los beneficios distribuidos á los asegurados).

“Señor:

“El valor que habeis desplegado en el incendio de esta mañana os ha señalado á la atencion del consejo de la compañía.

“Está vacante el puesto de médico consultante, para examinar las heridas y accidentes resultados de el incendio.

“Esperamos que nos hareis el honor de aceptarlo. Los honorarios son de 400 dollars.

El director de la compañía X. X.

“Al Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañia.”

LA PROVIDENCIA.

Hospicio de niños, sostenido por suscripcion privada de 10 dollars por año.

CALLE DE LOS NOGALES N.ᵒ 25.

“Señor:

“El médico que ha pronunciado las bellas palabras: soy padre, no dejaré morir á ese niño, es al que su abnegacion y su talento llaman naturalmente á cuidar de los niños expósitos.

“El puesto de primer médico de nuestro hospicio está vacante; esperamos que os dignareis aceptarlo.

“Servicio: todos los dias de seis á ocho. Honorarios 2,000 dollars.

Los administradores del Hospicio R. T.

“Al Sr. Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañía.”

—Zambo, pregunté: ¿han traido cartas para mí?

—No amo, el cartero no ha venido.

—Es imposible, á menos que no haya alguna mistificacion en este diario.

—Golpean á la puerta, amo, dijo Zambo, escuchad: uno, dos, tres, es el correo, corro.

El negro me trajo cuarenta cartas, una montaña de papel. Unos enfermos me preguntaban la hora de mi consulta, otros me rogaban fuese á verles lo mas pronto posible, cuatro cófrades me llamaban en consulta, seis farmacéuticos me ofrecian una asociacion, y en fin, cosa rara, dos cartas cuidadosamente lacradas me anunciaban confidencialmente lo que el Paris-Telegraphe habia publicado ya, con una indiscrecion, que en el fondo yo perdonaba.

Ya era célebre! Mi fortuna comenzaba. Un dia, una hora de valor me daban un nombre y hacía mas por mi en América, que lo que habia conseguido en el viejo continente durante veinte años de trabajos. Pero, pensé, y este pensamiento me volvió la humildad de que tenia tanta necesidad, sin ese diario charlatan, sin esa trompeta que ha lanzado mi nombre á todos los écos del Nuevo Mundo, habria yo conseguido algo? Mi primera idea, desde luego, fué dar las gracias al periodista, fuese quien fuera. Era demasiado tarde, la oficina estaba cerrada, el cartel apagado, mi gloria desvanecida. Dejé mi visita para el dia siguiente.

La noche la pasé con mis antiguos amigos, mi mujer y mis hijos. Todos ellos hacíanme repetir los mas pequeños detalles del terrible y glorioso suceso: Jenny palidecía cuando hablaba de mis peligros y se sonrojaba cuando referia la alegria de la madre al ver de nuevo á su hijo. Susana me estrechaba la mano y miraba á Alfredo.

Creo que la conversacion habria durado toda la noche, si Marta no hubiese colocado sobre la mesa una enorme Biblia, forrada en zapa, y cerrada por grandes broches de cobre.

—Lée, me dijo; y calma tu vanidad; no olvides la historia de Aman, hijo de Amadatha, de la raza de Agag; y no olvides que aquí hay un Mardaqueo que no se arrodillará ante tu presencia.

—Estad tranquila, Marta, le respondí riendo, á mi puerta no hay una potencia de cincuenta codos de altura, y yo no quiero colgar á nadie.

Jenny abrió la Biblia y nos leyó el tercer capítulo de Daniel, lo que encantó á la cuácara, desagradó á Zambo y me hizo reflexionar sériamente sobre la bondad de Dios para conmigo. Cuando nos separamos despues de un dia tan bien empleado, la noche estaba un poco avanzada. Me arrojé en la cama fatigado, sufriendo un poco, pero contento de mí mismo: y, toda la noche soñé con serenatas, carteles, hurrahs y discursos.

Notes in this chapter

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