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Paris en América

CAPITULO III. Zambo.

Lucio V. Mansilla translation

Cuando volví en mi, era de dia—Mi hijo cantaba á toda voz el Miserere del Trovador; mi hija, discípula de Thalberg, ejecutaba con incomparable brio las variaciones de Sturm sobre un aire variado de Donner. A lo lejos, mi mujer reprendia á la sirvienta, que la respondía á gritos. Nada habia cambiado en mi pacífica morada,—las angustias de la noche eran un vano sueño; libre de esos terrores quiméricos, podia seguir una dulce habitud, soñar despierto, mientras esperaba el almuerzo.

A las siete, segun costumbre, el sirviente entró en mi habitacion y me entregó el diario. Abrió la ventana, y entreabrió las persianas; el resplandor del sol y la vivacidad del aire me hicieron el efecto mas agradable. Volví la cabeza hacia la luz, ¡horror!—los cabellos se me erizaron, ni fuerzas tuve para gritar.

Estaba en mi presencia un negro, riente y alegre, con dientes como teclas de piano, y dos enormes lábios rojos que le cubrian la nariz y la barba. Enteramente vestido de blanco, como si temiera no parecer bastante negro, el animal se me aproximó, sacudiendo su cabeza crespa y revolviendo sus enormes ojos.

—El amo ha dormido bien; dijo cadenciosamente, Zambo está contento.

—Para disipar esta pesadilla cerré los ojos; mi corazon palpitaba á punto de romperme el pecho; cuando me atreví á mirar,—estaba solo. Saltar de la cama, correr á la ventana, tocarme los brazos y la cabeza, fué cosa de un segundo. En frente de mí habia una série de casitas alineadas como casuchos de naipes, tres imprentas, seis diarios, carteles por todas partes, el agua desperdiciada desbordando en las acequias. En la calle jentes atrafagadas, silenciosas, corriendo con las manos en los bolsillos, sin duda para ocultar en ellos, los revolvers; ni ruido, ni gritos, ni paseantes, ni cigarros, ni cafées, y hasta donde alcanzaba mi vista no se veia un solo ajente de policía, un solo jendarme. ¡No habia remedio! estaba en América, desconocido, solo, en un pais sin gobierno, sin leyes, sin ejército, sin policia, en medio de un pueblo salvaje, violento y codicioso. ¡Era hombre perdido!

Mas abandonado, mas desolado que Robinson despues de su naufrajio, me dejé caer sobre un sillon que inmediatamente se puso á hacerme bailar. Levantéme temblando, me buscaba en el espejo, ¡ay! y no me encontraba. Estaba frente á mí un hombre flaco, de frente calva, sembrada de algunos cabellos rojos, con el rostro descolorido, rodeado de flamíjeras patillas que caian hasta los hombros. ¡Hé ahí lo que la malignidad de la suerte hacía con un Parisiense de la Chaussée-d’Antin! Estaba pálido, mis dientes rechinaban y el frío me llegaba á la médula de los huesos. Séamos hombres, esclamé, tengo una familia y el nombre francés que sostener. Es necesario recobrar sobre mis sentidos el imperio que pierdo. La adversidad es la que hace los héroes!

Quise llamar; no habia campanilla: apercibí un boton de cobre que empujé á la ventura. De repente apareció Zambo, como esos diablos que salen de una caja, y sacan la lengua al saludar.

—Fuego, grité, traed me fuego, quiero una gran lumbre en la chimenea.

—¿El amo no tiene fósforos? dijo Zambo, mostrándome los avíos de encender sobre la chimenea. ¿El amo no puede agacharse? agregó con tono irónico. En seguida dando vueltas á un tornillo en la parte inferior de la chimenea y aplicando un fósforo á la leña de fundicion, hizo rutilar mil lenguas de fuego.

—¡Es permitido, ¡buen Dios! esclamó al salir, incomodar al pobre negro que está tomando el sol?

—Pueblo salvaje, murmuré yo, aproximándome al fuego y reanimándome al sentir su calor suave é igual; pueblo salvaje, que no tiene ni palas, ni tenazas, ni fuelles, ni carbon, ni humo; pueblo bárbaro que no conoce siquiera el placer de atizar el fuego. Dar vueltas á un tornillo para encender, estinguir ó arreglar el fuego, es verdaderamente la obra de una raza sin poesía, que no deja nada á lo imprevisto, y que tiene miedo de perder un minuto, porque el tiempo es dinero.

Luego que me hube alentado, pensé en mi tocador. Tenía delante de mí, una mesa de jacaranda atestada de cabezas de cisnes de cobre y de otros adornos de mal gusto; pero adornada de esas porcelanas inglesas que regocijan la vista por la riqueza del colorido y del dibujo. Habia sobre esta mesa, y en profusion, cepillos, esponjas, jabones, vinagres, pomadas, etc., pero ni una gota de agua. Oprimí de nuevo el boton; Zambo entró mas atufado que á la salida.

—Agua caliente y fria para vestirme; pronto, estoy de prisa.

—Esto es demasiado, esclamó Zambo; el amo no puede dar vueltas á la llave del agua fría y á la llave del agua caliente que están en el rincon? Palabra de honor: esto es echarlo á uno; mi no puede continuar sirviendo á un amo que no vé jota. Y salió dándome con la puerta en los hocicos.

—Agua caliente á todas horas y en todas partes, es cosa cómoda; pero es el invento de un pueblo que no piensa mas que en su confort; gracias á Dios, nosotros no hemos llegado á este punto. Pasarán un siglo ó dos antes que la noble Francia descienda á este esmero de molicie, á este aseo afeminado.

Nada refrezca tanto las ideas, como el hacerse la barba. Despues de haberme afeitado, me encontré otro; comencé hasta á reconciliarme con mi cara larga y mis dientes de adelante. Si tomara un baño, dije para mis adentros, acabaria de calmarme,—podria afrontar, con mas coraje, la vista de mi mujer y de mis hijos: ¡ay de mí! quien sabe si no están mas cambiados que yo!

Llamé:—Zambo se presentó de nuevo, con el rostro descompuesto.

—Amigo mio: ¿dónde hay un establecimiento de baños en la ciudad? Enseñadme el camino.

—Un establecimiento de baños, amo, ¿para qué?

Me encojí de hombros.—Imbécil, para bañarse, por lo menos.

—El amo quiere tomar un baño, dijo Zambo, mirándome con una sorpresa mezclada de espanto. ¿Es para eso que el amo me hace venir desde el fondo del jardin?

—Sin duda.

—Esto es demasiado, gritó el negro tirándose de las motas. Cómo! hay una sala de baño al lado de cada dormitorio, y el amo hace subir á Zambo para decirle: “Mi amigo, ¿dónde puede uno bañarse?” No se burla uno así de un americano.

Empujando una puertita oculta bajo la tapicería, el negro me hizo entrar en un gabinete elegante, donde habia una bañadera de mármol blanco.

—Vamos, Zambo, murmuré con tono furioso y cómico á la vez, dá vuelta la llave para el Amo: llave del agua fria, llave del agua caliente; revuelve el baño, pon las sábanas á calentar; haz de nodriza, Zambo; el amo no sabe servirse de sus manos.

No tenía otra cosa que hacer sinó callarme, dejaba á Zambo exhalar su furia y no queria que me sacara la lengua; pero, en mis adentros, maldecia estas horribles casas americanas, moradas insociables, verdaderas prisiones, de las que no se puede salir, puesto que en ellas se encuentra á la mano, todo lo que en Paris tenemos el placer de ir á buscar fuera de casa, á mucho precio, es cierto, pero muy lejos.

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