CAPITULO XXII. Disgustos de un funcionario Americano.
Lucio V. Mansilla translation
Levantarse con el alba, teniendo el cuerpo y el espíritu bien dispuesto, envolverse en una gran bata, amacarse en un rocking chair[48], y mientras se fuma una pipa de marilandia, darse, como dicen los Alemanes una fiesta de pensamientos, hé ahí un verdadera placer....cuando no se tienen treinta años, despues de un dia bien empleado y de una noche tranquila.
Sentado en la ventana, entreteníame en ver á la ciudad salir de su sueño. Lecheros, carboneros, carniceros, y especieros corrian por las calles, y bajando al piso subterráneo por la escalera exterior hacian el servicio de cada casa sin incomodar á sus habitantes. Habríase dicho que todo estaba calculado para que nada turbára el santuario en que reposaba el dueño de casa. La morada de un francés es un cuarto de posada: en él entra quien quiere; el home de un sajon es una fortaleza, defendida con cuidadoso celo contra los importunos y los curiosos. Es un hogar, en el sentido sagrado y misterioso de esta vieja palabra, importada de Oriente.
Mientras admiraba la calzada, barrida y regada ya por mis cantoneros, un cabriolé tirado por un lijero caballo, llegó cerca de mí metiendo gran ruido. Me han gustado siempre los caballos, y asi seguia con los ojos, el aire altivo del troton americano, cuando derrepente el animal se aplastó. Del fondo del cabriolé, y como lanzado á todo vapor, salió un enorme sombrero, pasando como una flecha por sobre las orejas del corcel y en pos de él un hombrecito, envuelto en una larga levita. Era el amigo Seth, perseguido sin duda por los manes del perro que habia hecho asesinar.
—Marta, esclamé, sacando la cabeza por la ventana. Marta, agua, vinagre; corred, yo bajo.
Cuando llegué á la calle, el hombre ya se habia levantado y sacudido; pasóse las manos á lo largo del cuerpo, para asegurarse que no tenia nada roto, echóse al estomago un vaso de agua, y púsose á descinchar y acomodar el caballo, sin decir palabra. Marta estaba cerca de él, temblando como una azogada.
—Entrad, en mi casa, le dije yo á Seth; un poco de descanso os hará bien; si necesitais algo aquí estoy yo.
—Doctor Daniel, contestó secamente; yo no tengo ninguna necesidad de tus servicios. Hasta la vista.
Y tomando el caballo de la brida, lo tiró cojiando hácia la casa de Fox, el attorney; Seth venia sin duda á la ciudad por un proceso, y habria dejado de ser cuácaro si una pierna estropiada ó una cabeza lastimada le hubiera desviado de su interés.
Vuelto que hube á mi observatorio, cargué una segunda pipa. Sin pasiones, sin cuidados, gozaba de mi tranquilidad; me daba un placer de niño siguiendo con los ojos el sol, que de la cima de las casas descendia lentamente á la calle. Tres golpes aplicados á la puerta me sacaron de mi fantaseo. Era el vecino Fox, adornado de una cartera bajo el brazo. Su visita me sorprendió. Sabíale muy contrariado de su derrota electoral, y no era hombre de olvidar en dos dias ni sus odios, ni su envidia.
—Buen dia, señor inspector de caminos y calles, me dijo entrando en mi cuarto.
El modo como acentuó estas palabras, me desagradó. Soy la paciencia en persona; pero no me gusta que se burlen de mí.
—Salud al señor attorney, le contesté con balbuciente voz. Podré saber lo que me proporciona el honor de veros.
—Pues no hay mas, querido doctor, repuso él con una voz burlona, sino que sois un personaje! Vedos en el camino de la grandeza! Vuestros mismos adversarios se inclinan ante vuestro talento y fortuna. Qué pueden decir ahora vuestros envidiosos?
—No entiendo una palabra de lo que me decis, Fox; qué me quereis?
—Yo, me contestó cerrando un ojo, no quiero nada; digo simplemente que del Capitolio á la roca Tarpeya no hay mas que un paso.
Despues de esta máxima banal, echóse en un sofá, abrió su caja de rapé, respiró lentamente una narigada, y sacudió unas cuantas veces algunos polvos que habian caido sobre su chaleco. En seguida, cruzando las piernas y levantando hácia mi su puntiagudo hocico, púsose á mirarme, silenciosamente, con el aire de una garduña que espera un conejo.
Intrigado de este manejo, levantéme:
—Tened la bondad de hablar claro, le dije. Qué os trae á mi casa?
—Una bagatela, me contestó, estirándose en su sitio cuan largo era y haciendo dar vuelta sus pulgares; una verdadera bagatela. Una pequeña demanda de 500 dollars.[49].
—Yo no os debo nada, asi lo creo al menos, repuse á mi vez, muy asombrado de aquella pretension.
—Sin duda, querido doctor; á mi no me debeis nada, pero á mi cliente es otra cosa.
Y esto diciendo, abrió su cartera y sacó de ella la cuenta siguiente:
Memoria de los gastos de indemnizacion debidos á Seth Doolittle, por el Dr. Daniel Smith Inspector de caminos y calles, civilmente responsable del mal entretenimiento de los mencionados caminos y calles.
1.ᵒ Varas rotas, y compostura de un tren nuevo 50
2.ᵒ Herida del caballo en el lomo, depreciacion de la susodicha bestia: al mas bajo precio 150
3.ᵒ Item mas, al referido señor Seth Doolittle, por una rodilla estropeada, un sombrero desfondado, un pantalon roto, arañazos en la cara etc., indemnizacion calculada, por bajo, por consideracion al doctor 200
4.ᵒ Por inquietudes, sacudimiento producido en el cerebro, pérdida de tiempo, etc. etc. 100
5.ᵒ Cuidados diversos, consecuencias de la herida y de la caida, consultacion de médico, dictámen de abogado, etc., etc. Memoria.
—Señor, le contesté, lanzándole al rostro su memoria de boticario,—no me placen las mistificaciones, y me asombra el papel que representais en esta farsa ridícula.
—Muy bien, dijo Fox, preferís un pleito. Como vecino, habria deseado ahorrároslo; pero puesto que no lo quereis, hé aquí el emplazamiento.
—Un pleito! esclamé alzando los hombros. Un pleito entablado por un particular contra un inspector de caminos y calles! contra un funcionario! contra un hombre público! contra un representante de la autoridad! Qué comedia! Y el artículo 75 de la constitucion del año VIII?
Cosa estraña, y que me sorprendió á mi mismo, estas últimas palabras las pronuncié en francés. Estos sajones son tan groseros, tan ignorantes en administracion, que su lengua es impotente para producir palabras tan espléndidas, como las que hacen la gloria y la grandeza de las razas latinas.
—El emplazamiento es para hoy, dijo Fox, con una sangre fria que me desarmó. Espero que lo aceptareis para no retener inútilmente á mi cliente en la ciudad. Dentro de un cuarto de hora nuestro nuevo Juez de Paz, vuestro amigo, Mr. Humbug, terminará este negocio, que, á decir verdad, no lo es tal.
—Qué! os obstinais en pretender que yo soy responsable de los accidentes de la calle?
—Quién ha de serlo entónces, si no lo sois vos? repuso el attorney. No habeis solicitado vos mismo y aceptado las funciones de inspector? No sois vos el ajente y el servidor del pueblo que os ha elejido? Si hay neglijencia, á quién la culpa, y quién debe sufrir?
—La cuestion no es esa, repuse con justo orgullo. Yo no soy un empedrador, un obrero á merced del que le paga, soy un oficial del Estado, un miembro de la autoridad que gobierna, un delegado del soberano.
—Vos sois el vijilante de los empedradores, dijo Fox, vijilante nombrado por los ciudadanos, y por lo tanto sois responsable ante los que os nombran. Conoceis algun pais del mundo donde las funciones existan para provecho de los administradores, y no para provecho de los administrados? Por mi parte, solo conozco la China con sus mandarines.
—Ignorante, esclamé! leed la ley.
—Leedla mas bien vos, respondió Fox, está en cabeza del emplazamiento.
—Leí el artículo, y bajé la cabeza. Fox tenia razon. Yo habia caido en el lazo de mi loca ambicion.
Ese pretendido honor que lisonjeaba á mi mujer, á mi hija, y aun á mí mismo, no era sino una carga llena de inquietudes y peligros. Yo era esclavo de esa multitud, á la cual saludaba la víspera como triunfador. En aquel abominable pais, el pueblo es el que manda y el funcionario el que obedece. Si lo hubiera sabido!
Una reflexion me devolvió el valor. Por muy atrasados que los Yankees estén, decia yo para mis adentros, no son del todo bárbaros. En Francia, en el hogar de la civilizacion, tenemos cuarenta mil leyes que se contradicen; haga lo que haga, la autoridad acaba siempre por encontrar quien le dé la razon; quién sabe si en los Estados-Unidos no hay tambien un Boletin de las leyes? Consultaré un abogado.
Bajemos, dije al attorney. El tribunal ha de estar abierto: Humbug nos juzgará. Si pierdo mi pleito, sabré al menos á qué atenerme respecto á esta decantada libertad americana con que me aturden. ¡Chistosa libertad por cierto es la de un pueblo donde la autoridad, es decir, la nacion hecha hombre, se inclina ante la decision de un juez de paz!
En la calle hallamos al cuácaro, siempre impasible. A una señal de Fox, siguiónos en silencio. Marta acercóse á mí suspirando.
—Amo, dijo, en este mismo empedrado fué donde nos caimos el otro dia tu hija y yo.
¡Oh poder de una palabra! A estas sencillas palabras mis ideas se trastornaron: ¡Susana, Susana mia, tú eras quien perturbaba mi conciencia! Cierto, yo tengo una fé política á prueba de las locuras modernas; con la cabeza en el cadalso, sostendria contra todo el mundo que la autoridad no se equivoca jamás,—que está perdida si se deja discutir. Que un caballo, y hasta un cristiano se rompa el pescuezo en un empedrado mal tenido, es una desgracia; ¡pero qué importa! ¡Los caballos pasan, los principios quedan! El interés general está arriba de esas miserias del interés particular.—Hé ahí el dogma conservador que me han enseñado; yo lo profeso, y sin embargo, cuatro dias antes, la vista de mi hija herida habíame hecho olvidar mi símbolo. Yo tambien, en mi loca cólera, hubiera querido encontrar delante de mí un funcionario responsable, y si lo hubiese tenido habria obrado como aquel miserable cuácaro, salvo la memoria de dos mil quinientos francos. ¡Qué débil es nuestro corazon, y cuan infestados no estamos del veneno republicano!
Humbug estaba en su gabinete; entramos en él, Marte no se habia separado de su bien amado. ¿Era este un nuevo enemigo conjurado contra mí?
—Buen dia doctor, gritó Humbug apenas me vió á lo lejos. Muy bien os sienta á vos el honrar con vuestra presencia mi modesto tribunal. Nunca se enseñará demasiado á los hombres á respetar la justicia, hermana de la relijion:
Dicite justitiam moniti et non temmere Divos.
—Señor majistrado, le dije, no es un amigo sino un litigante quien comparece ante vos.
—Un pleito, dijo él á su vez, frunciendo su tupido entrecejo. Habeis olvidado la sábia leccion de nuestros padres? Para poner ó aceptar un pleito, se necesitan seis cosas: primo,—una buena causa; secundo, un buen abogado; tertio, un buen consejo; quarto, buenas pruebas; quinto, un buen juez, y sexto, una buena suerte. Reunir todas estas condiciones es cosa tan casual, que yo aconsejo á todo el mundo el atenerse á esta máxima del Evanjelio. “Si alguien quiere pleitear contra tí para quitarte tu vestido, dale todavia tu manto.” Ganareis con ello la tranquilidad de espíritu, y ademas de esto los gastos de justicia.
Mientras que Humbug firmaba algunos papeles, apercibí en un rincon á Seth y á Marta en gran discusion. Las pocas palabras que cojia al vuelo no me permitian entender su diálogo. Seth hablaba de insulto, de una buena ocasion, de arreglos de familia. Marta suspiraba y jesticulaba, hablaba de honradez de Biblia y de casamiento. Era visible que los dos tórtolos se picoteaban. Bravo Marta, ella al menos habia tomado á lo sério esa Biblia que leía todos los dias. Su fidelidad doméstica triunfaba de su amor, y quizá tambien no la disgustaba asegurarse antes del casamiento de quien seria el dueño de casa.
—Escojed, pues, dijo ella, apartándose del cuácaro con un jesto de impaciencia.
—Veamos, veamos, respondió Seth, un poco de calma.
Y esto diciendo, acercóse tranquilamente á Fox, que no tuvo trabajo en demostrarle que para un hombre prudente hay siempre beneficio en perder una mujer y ganar un pleito.
El escribano anunció que la hora de la audiencia habia sonado.
Entremos, dijo Humbug; doctor, os doy el primer turno. Los pleitos son como las muelas enfermas; es menester librarse de ellas lo mas pronto posible; una vez arrancadas, pronto se las echa en olvido.
—En qué consiste, preguntéle, que hay tan poca jente en la sala? yo creia que en un pais libre la justicia era el gran asunto de los ciudadanos.
—Querido doctor, repuso el juez de paz, veis esos tres taquígrafos que preparan su papel y su pluma? Os diré, pues, como lord Mansfield en otra ocasion: “El pais está ahí.” Estad tranquilo, antes de dos horas todo París se ocupará de vuestro pleito. La publicidad de la justicia es la publicidad de los diarios. Suprimid el extracto y sereis juzgado en secreto, estrangulado entre dos puertas aunque haya trescientas personas de por medio. El foro de un pueblo de treinta millones de almas, el nuestro, es el diario. Merced á él, el menor litigante, el mas oscuro criminal, tiene por juez, por testigo y abogado, al pais entero. La prensa, mi buen amigo, creédselo á un viejo periodista, es la única garantia de la justicia y de la libertad.
En estas palabras de Humbug, yo no ví sino una cosa, ese diabólico tablero que iban á levantar en la calle, á fin de divertir á todo París, con mi mala ventura. Para librarme de tal fastidio, tomé una heróica resolucion. Perderé mi pleito, me dije, pero pondré á los que se rien de mi parte.
Iba á hablar; pero Fox ya habia leido sus conclusiones y comenzado su alegato.
—Hay, dijo ajitando su brazo del lado mio, hay ciertos hombres, que sin jenio, sin talento, sin capacidad; pero aflijidos por una ambicion ridícula ó por una comezon mal sana, mendigan el sufrajio popular, imajinándose que las funciones públicas son hechas para satisfacer su pueril vanidad.
Este exordio me bastaba; curábame poco de que imprimieran lo que pudiera venir en seguida.
—Permitid, le dije....
—No me interrumpais, esclamó con su mas agria voz, y poniéndose en jaque como un gallo cuyas plumas se encrespan, no me interrumpais, volvió á repetir.
—Perdonad honorable attorney, repuse yo, antes de pleitear es menester que haya un proceso, aquí no lo hay.
—Señor juez, continué, nombrado inspector desde hace cuatro dias, podria escusarme con la novedad de mis funciones, y acusar á mi predecesor de una neglijencia de que yo no soy culpable; pero Dios no permita que un oficial público, un mandatario del pueblo incurra en semejantes chicanas. El cargo obliga; yo quiero ser el primero que dé el ejemplo del respeto á la ley. Me reconozco responsable de un accidente que lamento, es pues inútil que ataqueis á un hombre que no sueña en defenderse siquiera.
—Muy bien esclamó el cuácaro, incapaz de contenerse. Amigo Daniel, tú eres un funcionario segun el corazon de Dios: un Booz, un Samuel; dame los quinientos dollars ó una fianza bastante y me declaro satisfecho.
—Un poco de paciencia, repliqué yo; estoy pronto á pagar sobre tablas toda indemnizacion lejítima; pero no quiero discutir siquiera esa indemnizacion. Defiero el juramento á mi adversario; que este buen cuácaro sea el que por sí mismo fije la cifra del daño que le he causado.
—No acepto, gritó Seth, furioso y turbado, me gusta mas pleitear; mi abogado me habia prometido un éxito completo. Un cuácaro presta acaso juramento? Daniel, no lees el Evanjelio? Cristo ha dicho: “No jures en manera alguna, ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque esta le sirve de escabel á sus pies; ni por Jerusalem.”
—Basta, dijo Humbug; acabe ahí ese canto inútil. No se te pide que digas en presencia de Dios, y como Cristo lo enseña: esto es ó esto no es. Entra en tu conciencia, piensa en tu salud. Te exijo la verdad, toda la verdad, solo la verdad. Con todo lo cual, Dios te ayude.
El cuácaro se rascó la cabeza y miró á su abogado con aire lastimoso. Fox permaneció mudo. Seth se volvio, y viendo á Marta de pié y silenciosa cerca de él, palideció y se puso á balbucear. Su conciencia, su interés, su amor, sostenian una terrible batalla; y es menester decirlo para honor del cuácaro, el interés no llevaba la mejor parte.
—Aquí está el memorial, dijo él, los hechos son exactos, pero naturalmente en el precio algo se puede rebajar. Las baras no eran nuevas; sin embargo será necesario componerlas. Cinco dollars, no es mucho, no es verdad, Marta?
La muchachona hizo una señal con la cabeza como la estátua del comendador en la Opera de D. Juan.
—Pongamos cinco dollars, repuso el cuácaro con tono lamentable. El caballo ya estaba maltratado, pero la llaga ha vuelto á abrirse. Esto vale muy bien cinco dollars, no es verdad, Marta?
—Para mí, continuó, no pido nada; pero mi pantalon está roto y he perdido mi dia. Pongamos diez dollars, no te parece Marta?
—Y el abogado, gritó Fox, vas á olvidarlo?
—El abogado, repuso el cuácaro, dichoso de descargar el furor de su avaricia contra alguien; el abogado es un tonto que me ha dado un mal consejo. Cinco dollars, en pago de diez palabras inútiles, es demasiado, qué dices Marta?
Y los ojos de Seth resplandecieron viendo que su bien amada echaba á la risa el percance de Maese Fox.
—He aquí los veinticinco dollars, dije yo á mi turno, felicitándome de quedar á mano á tan poca costa.
—Ah! Marta, esclamó el cuácaro, que ruina es la conciencia. Seguro estoy de que no la tienen las jentes que hacen fortuna, y si la tienen no se sirven mucho de ella que digamos.
—Silencio, hijo de Belial! dijo Marta; bendito sea el cielo que me ha colocado cerca de tí.
—Bravo! doctor, me dijo Fox haciendo una respetuosa reverencia, sois pasablemente artéro, y no es poca dicha para nosotros que no seais abogado.
—Pues estais equivocado, cófrade, repuse yo sonriendo, soy del oficio.
—Como así? dijo Humbug.
—Hace algunos años hice una memoria de medicina legal á propósito de las mujeres que dulcifican indefinidamente el carácter de sus maridos, á fuerza de láudano discretamente administrado. Esto me valió un díploma de la universidad de Kharkoff; soy abogado y doctor en derecho entre los cosacos.
Cófrade, dijo Humbug, con tono solemne, hacedme el honor de sentaros á mi lado, y vosotros, señores estenógrafos, no olvideis este hecho maravilloso. Un médico, doctor en derecho de la universidad de Kharkoff, es cosa que no se vé sino en América. Estoy seguro de que en toda la vieja Europa no se hallaria un fénix semejante al que poseemos en París....en Massachusetts. Kharkoff, señores, no lo olvideis, Kharkoff!