CAPITULO XXIV. Un attorney jeneral.
Lucio V. Mansilla translation
Querido lector! Os ha empujado alguna vez al agua por sorpresa, una mano traidora, y sin saber nadar? Pues bien, entonces podeis haceros una idea de mi triste situacion. No me sentia en estado de decir dos palabras seguidas, pero retirarme hubiera sido ridículo; no habria habido bastantes silvidos para mi en toda la ciudad; resolví pues, armarme de paciencia y sostener mi papel hasta el fin.
Saqué mi cartera, arranqué de ella algunas hojas y me puse á escribir de memoria algunas de esas bellas fraces que no dicen nada; pero que hacen el mayor efecto, cuando se las coloca á propósito en una improvisacion cuidadosamente preparada. Armado así, esperé la batalla, con la firmeza de un soldado que va al fuego, diciéndose que hará pié.
El primer acusado que condujeron era un malvado abominable, que habia envenenado lentamente á su mujer, despues de haberle dictado un testamento; el crímen era flagrante y las pruebas irrecusables, de manera que el miserable ni siquiera tentó defenderse.
—Me defiendo culpable, murmuró con voz trémula, pálido el rostro y ojos de loco. La muerte, pido la muerte. Que me quiten la vida.
La asamblea quedó en profundo silencio.
Levantéme majestuosamente, puse mi lente á caballo sobre mi nariz, tosí tres veces, y teniendo mis apuntes en la mano izquierda, mientras movia mi brazo derecho cadenciosamente, comencé con voz baja y lenta:
“Señor presidente, señores jurados:
“Nemo auditur perire volens, no se escucha al que quiere morir, es una de las grandes y saludables máximas que nos ha legado la profunda sabiduria de nuestros venerables antepasados, sabiduria bien superior á la loca ciencia y á la orgullosa razon de las jeneraciones de hoy dia; nemo auditur perire volens es una máxima que no ha sido inventada solamente, para protejer al culpable contra su propia desesperacion, sino para asegurarle á la sociedad la justa satisfaccion de una venganza lejítima.
“Sí, señores, cuando un crímen execrable ha sido cometido; cuando nuestra admirable ciudad, rejuvenecida por el esplendor de esas gloriosas construcciones que hacen honor infinito al jénio prodijioso de nuestra hábil y sábia edilidad; cuando, decía, nuestra ciudad, Roma moderna, mil veces mas bella y mas grande que la Roma de los Césares, se despierta al amanecer, terrificada por la noticia imprevista de uno de esos horribles atentados que revelan una depravacion incalificable, fruto intoxicado de una civilizacion que las revoluciones y el periodismo han corrompido; entonces, entonces, señores, la justicia, que vela siempre, debe cumplir una mision sagrada, mision tan difícil como grandiosa. En defecto de una palabra fácil, en defecto de esa elocuencia majistral, gala de tantos de mis ilustres cólegas, que no nombro, teniendo en consideracion su exesiva modestia, los magistrados que al menos se inspiran en su conciencia traen á este recinto su enérjica conviccion, su humilde y firme abnegacion á la causa del órden, de las leyes y de la sociedad.
“Aquí, señores jurados, se dá un grande y hermoso espectáculo, aquí vuelve á empezar en todos sus detalles, una trajedia, dolorosa sin duda para las jentes honradas, pero necesaria á la espiacion del crímen y á la edificacion del pais entero. En este drama espantoso, el libertinaje hace la esposicion, la avaricia llena el segundo acto, el veneno es su nudo, la instruccion, por su maravillosa habilidad, precipita las terribles peripecias, y así llegamos al desenlace fatal y próximo. Ese desenlace vengador, está en vuestras manos, señores jurados, vuestro veredicto no es dudoso. Abrumado, por el peso de su falta, vencido por la justicia, el culpable ha confesado todo; ahí está ante vosotros agobiado, herido por los remordimientos. Su condena está escrita sobre su frente malvada, como lo está en vuestros nobles corazones.
“Que no crea que esa confesion forzada pueda librarle de la afrenta que ha merecido. En vano aparta su cabeza criminal, en vano aleja sus lábios impuros del cáliz amargo que su crímen execrable le ha preparado; la ley ciega y muda, la ley justamente inexorable, la ley santamente implacable, quiere que apure hasta las heces su maldad. Su suplicio es el castigo del pasado y la leccion del porvenir.”
—Basta, por Dios, basta, me dijo Humbug tirándome el faldon de mi frac: Res sacra miser[54], amigo mio.
Dejadme pues, le dije, con un jesto de impaciencia. La acusacion nada tiene que hacer con la humanidad.
—“Es á nosotros, continué animándome, es á nosotros, ministros de la vindícta pública, es á nosotros representantes de la sociedad ultrajada, es á nosotros á quienes incumbe el penoso y santo deber de sofocar hasta las palpitaciones de nuestro corazon de hombre, es á nosotros á quienes toca remover ese fango y dominar invencibles desagrados, es á nosotros....”
¡Imprudente! al hacer un jesto magnífico, alcé los brazos, abrí entrambas manos, y hé aquí que todos mis papeles caen en tierra y mi elocuencia con ellos; me agaché para recojer todo junto, pero el acusado aprovechándose de aquella casualidad desgraciada, se levantó bruscamente, diciendo:
—Señor Presidente, ¿hasta cuando sufrireis que el attorney jeneral, juegue conmigo como un gato con un raton? La ley dice que sois el abogado del acusado; por qué dejais insultar mi miseria. Espero la sentencia, y no veo qué ganais con prolongar mi suplicio.
—Tiene razon, dijo un jurado mal enseñado, estamos aquí para hacer justicia no para oir un sermon.
Quise hablar; el presidente me detuvo haciéndome una seña con la mano, y cubriéndose, pura y simplemente pronunció la sentencia del culpable, y la pena de muerte. No hubo ni resúmen, ni palabras bien sentidas, ni leccion dada al acusado, ni al jurado, ni al público, nada que aumentára la solemnidad de aquella escena palpitante de interés. Antes por el contrario, todo se hizo con una familiaridad de mal gusto y como pactando con el culpable.
—Condenado, dijo el presidente, en adelante no espereis nada de la misericordia de los hombres, no os resta sino implorar la justicia de Dios. ¿Cuántos dias necesitais para arreglar vuestros negocios y poner en órden vuestra conciencia?
—Bastarán tres dias, repuso, tengo prisa de acabar.
—¡Eh bien! contestó el presidente, dentro de cinco dias á contar de la hora presente, comparecereis ante el único juez que puede perdonaros.
El condenado saludó al presidente con respeto y salió, lanzándome una mirada que me turbó. ¿No habia yo cumplido con mi deber? ¿Debe uno piedad hasta á los asesinos?
Introdujeron al segundo acusado. Era este un pícaro descarado, que habiendo salido de la cárcel dos dias antes se habia hecho culpable de fractura, de robo y de tentativa de asesinato. Habia roto las ventanas de una casa de Montmorency, amenazando á una desgraciada sirvienta que la cuidaba y robádose todo, inclusive el carruaje y los caballos.
La cara de aquel pícaro bastaba para hacerlo condenar. Era la maldad en persona. Veíase en él á un hombre para quien la sociedad no era mas que un enemigo, y que tenía tanto desprecio por la ley como odio por el majistrado; en una palabra, una de esas bestias salvajes que es menester matar para no ser devorados por ella.
—Acusado, dijo el presidente, ¿os defendeis culpable ó no culpable?
La pregunta es diestra, repuso el ladron, con audaz indiferencia. ¿Culpable ó no culpable? Ni vos ni yo podemos saberlo antes de haber oído á los testigos.
Señores jurados, esclamé, ¿tenemos acaso necesidad de oír mas? Retened esa confesion. Hay ejemplo de que un inocente haya hesitado un instante en proclamar su no culpabilidad? Solo un bandido de profesion puede tener semejante descaro. Ved si ese miserable no lleva el sello del crímen impreso en su cara impudente.
—Protesto contra esa teoria, esclamó el defensor del acusado. Aquella voz perruna me hizo estremecer: una vez mas la irónica fortuna me ponia en frente de Fox, mi eterno enemigo.
—Sí, continuó, protesto y protestaré siempre, contra una doctrina que jamás ha sido recibida en los tribunales de la libre América. Vos no teneis el derecho de torturar las palabras de un acusado para sacar de ellas una condenacion. Vos no teneis el derecho de interpretar su porte, su jesto, el tono de su voz para deducir de ello su culpabilidad. Si permitido fuera invocar esos signos falaces que la pasion esplica á su antojo, ¿quién escaparia á la elocuencia de los señores attorneys jenerales? ¿Calla el acusado? son los remordimientos que le abruman, el silencio es una confesion.—¿Protesta con calma? es un descarado, el descaro es una confesion.—¿Se exalta, se chancea? es un insolente que ultraja la justicia; el insulto es una confesion. La debilidad, la enerjía, la humildad, el orgullo, las lágrimas, las cóleras, todo es confesion para los espíritus mal dispuestos, que solo ven las cosas de un lado. Eh! señores, comenzad por establecer los caractéres físicos de la virtud y del crímen. Cuando la ciencia haya realizado los sueños de Labater, condenareis á las jentes por su cara; hasta entonces dejad á los decidores de buena ventura, ese arte pérfido y peligroso. La justicia no conoce sino los hechos, no discute sino los hechos, no falla sino sobre los hechos. Ahí está su seguridad y su grandeza. Que el señor attorney jeneral guarde su talento para mejor ocasion. Pasemos al exámen de los testigos.
—Señor Presidente, esclamé yo, solo por respeto á la corte, es que he sufrido hasta el fin la impertinencia de esas palabras; un attorney jeneral no tiene lecciones que recibir de un abogado, requiero....
—Calma, señor, dijo el majistrado. A la defensa le es permitido todo salvo la injuria; las palabras del honorable abogado no esceden en nada el derecho de sus funciones. En cuanto á su doctrina es la que nuestros precedentes han consagrado. En todas nuestras compilaciones encontrareis esos principios que yo me hago un honor en profesar.
Caí en mi asiento á la manera de un Titan fulminado. El presidente, convertido en apóstol de teorias que hacen descender la acusacion al nivel de la defensa; el presidente, desertor de nuestras filas y haciéndose cómplice del abogado, era el último golpe! Si esto es lo que los yankees llaman justicia, yo no la conozco ni por el forro. Recorred la Europa civilizada, y no hallareis allí nada semejante.
—Muy bien, me dijo el escelente Humbug, para darme un poco de valor. Hablais como un senador; pero con demasiado celo solamente. Moderaos, mi buen amigo, hareis mas efecto.
No habia salido todavia de mi sorpresa cuando llamaron á los testigos; esperaba que solo el presidente los interrogára de concierto conmigo. Esperanza vana! El presidente era una estátua impasible; frente á él, el acusado guardaba el mismo silencio. Cuando quise interrogarle, un grito jeneral me enseñó que, segun la ley yankee, no hay favor sino para los pícaros. Cualquiera que hubiera visto al majistrado y al acusado inmóviles y mudos, habría dicho que ajenos á lo que pasaba en la audiencia, eran los jueces del campo. Los combatientes, ó mejor dicho las víctimas, eran los testigos, entregados á la merced del abogado, interrogados, desmentidos, vituperados, hostigados por un hombre sin carácter público y que no tenia otro título sino defender la dudosa inocencia de un pícaro envejecido en el crímen. En aquel trastorno de todas las ideas recibidas, cualquiera habria tomado al acusado por un testigo, á y los testigos por acusados.
Una de las preguntas hechas por Fox me pareció tan impertinente, que me opuse á que el testigo contestára.
—Con qué derecho? esclamó Fox, siempre furioso.
—Olvidais le dije, que no os debo cuenta de ningun jénero: soy aquí el representante del Estado.
—Qué nueva químera es esa? repuso, con su insolencia habitual, en este recinto no hay Estado. Aqui no hay lugar sino para la justicia, admirablemente representada por la imparcialidad del majistrado y la sabiduría del jurado. Vos, sois tan abogado como yo. Yo represento al acusado, vos representais al querellante, á quien la sociedad os da por sosten. Vos no teneis un solo derecho que no me pertenezca á mí,—asi como yo no tengo un solo privilejio que vos no podais revindicar. Si de otra manera fuesen las balanzas de la justicia no serian de buena ley y la acusacion seria mas fuerte que la defensa; á qué estaria reducida la libertad del ciudadano?
—Señor presidente, dije, tambien es esa una de las teorías consagradas por vuestros precedentes?
—Señor attorney jeneral, repuso con tono pesaroso, vuestra pregunta me sorprende. En un pais libre puede acaso ponerse en duda la igualdad de la defensa y de la acusacion?
No me quedaba mas recurso que callarme; dejé á Fox torturar á los testigos á su gusto. Una sola cosa me consoló. No hay abuso que, al lado de mil inconvenientes, no lleve aparejado alguna pequeña ventaja. Habituado desde la infancia á las rudas pruebas de la vida pública, los testigos no se dejaban intimidar por la aspereza de las preguntas que se les dirijian. En aquel duelo de palabras, Fox no siempre llevaba la mejor parte. Es verdad que tenia la piel dura; cada vez se levantaba con nueva rabia. Jamás se ha defendido la libertad de un hombre con una enerjía mas desesperada.
Entre los testigos figuraba Seth el cuácaro, personaje importante en Montmorency, por su calidad de posadero. Seth le tenia mala voluntad al abogado desde el lance de por la mañana, y así sus contestaciones envolvian una malicia que me hizo sonreir apesar de mi mal humor.
—Conoces al acusado? preguntó Fox.
—Sí, dijo el cuácaro, le conozco por su desgracia y por la mia.
—¿Te atreverias á afirmar bajo juramento, que es un mal hombre?
—No he dicho nunca que le hubieran acusado de ser un mal hombre, repuso el amigo Seth con la mayor dulzura.
—¿Qué interés tenia en robar un carruage con caballos?
—Ninguno, que yo sepa, dijo el cuácaro. Hubiera hecho mejor en comprarlos y no pagarlos, á la manera de los honorables gentlemen. Quizá no tenia el crédito de ellos.
Despues del posadero, vino el turno de la sirvienta; era esta una gordiflona rubia, de aire cándido y alegre; pero que no carecia de uñas y de pico, como toda hija de los campos.
—Vos pretendeis, dijo el abogado, que reconoceis al acusado; afirmais que os ha dirijido amenazas en términos mas que inconvenientes.
—Sí, señor, murmuró poniéndose colorada.
—Hablad mas alto, dijo Fox, los señores jurados no os oyen.
—No puedo, repuso toda turbada.
—Sí, podeis; haced como yo, gritad.
—Vos, es diferente, repuso, es vuestro oficio; desde chiquito os han acostumbrado á ello.
—Vos afirmais continuó Fox, que el acusado se ha servido de palabras abominables, tan abominables, señores jurados, que el pudor me impide repetirlas en público.
—Si, señor, dijo la muchachona, poniéndose cada vez mas colorada.
—Muy bien, repetid esas palabras á la corte y al jurado.
—Señor, dijo ella, irguiéndose, si vuestro pudor no os permite reproducir esas palabras, no comprendo como es que podeis suponer que el mio me lo permita.
—Muy bien, repuso Fox sin desconcertarse; el jurado apreciará. Habeis dicho que el acusado hablaba como un descarado. ¿Sabeis lo que es hablar como un descarado?
—Lo sospecho, repuso, mirando al abogado de tal manera que la asamblea se puso á reir y que Fox abandonó el testigo.
Agotada la lista de los testigos, tomé yo la palabra; la cólera me hacia elocuente, lo sentia, y así me abandoné al placer de declamar. En una requisitoria que merecia ser estenografiada, hice la historia completa de aquel bandido. Le cojí del lecho para no dejarle sino ante el tribunal, donde iba al fin á recibir un justo castigo. Primero, le pinté á los tres años, como uno de esos niños malditos que no han hecho jamás sonreir á su madre; en seguida, le acompañé á la escuela, le mostré perezoso, mentiroso, pendenciero, preludiando al patíbulo con sus robos de nueces y ciruelas en los árboles del camino. Por una fortuna inaudita, habia hallado entre los testigos, á tres de sus honrados camaradas, que veinticinco años antes habian hecho el merodeo con aquel futuro pícaro. De la escuela pasé al taller, y allí tracé un retrato horrible del hombre que debia parecérsele. Hice contra la embriaguez, ese veneno criminal, un trozo que arrebató al auditorio; estaba todavia á diez años del crímen, y el acusado era ya hombre perdido en la opinion del jurado. Despues de mi discurso, la única cosa que debia sorprender, era que el acusado no hubiera muerto á su padre. No dudaba que aquel malvado tuviera el alma parricida; y así lo dije al jurado; pero el cielo le habia ahorrado al muy pillo el mayor de todos los crímenes; ¡el miserable tenia la felicidad de ser huérfano!
Mientras que el auditorio estaba suspenso de mis labios elocuentes, miré al acusado que se torcía bajo el látigo de mis palabras vengadoras. Herido por mis reproches, incapaz de resistir á sus remordimientos violentamente despertados, levantóse, é interrumpiéndome:
—Presidente, dijo con voz ronca, si esto debe durar mucho tiempo así, es bastante para mí, me confieso culpable. Prefiero estar cinco años preso, antes que escuchar á este caballero.
—Desdichado, dijo Fox, ¿habeis pensado en ello? Retirad esas palabras funestas.
—No, no, dijo, este caballero me fastidia; daria mi cabeza por hacerlo callar.
—Acusado, dijo el presidente, reflexionad antes de hacer una declaracion que os pierde. Pensad que si renovais friamente esa confesion, solo me resta pronunciar vuestra condena.
—Os doy las gracias, mi presidente dijo, sois un digno majistrado; vos no pisoteais á un pobre gusano que se halla en desgracia. Qué quereis, no tengo suerte; si me cayera de espaldas me romperia el pescuezo. Despues de todo, yo he robado, que justicia sea hecha. Pero ¿qué tiene que hacer este caballero con lo que le he dicho á mi madre ó he hecho en la escuela cuando era muchacho?
Mi victoria era completa. Vencido por mi elocuencia mas que por sus remordimientos, el culpable confesaba su crímen. Para colmo de felicidad, Fox, cuya lengua audaz yo temia, no podia ni contestarme siquiera. Faltaba, pues, únicamente que la justicia y la autoridad cumpliesen con su deber.
Levantada la sesion, uno de los jurados vino donde yo estaba y me estrechó la mano. Era un orador célebre, un espíritu lleno de recursos que, mas de una vez en las Cámaras, habia derrotado á sus adversarios teniendo estos razon. Tal sufrajio agregaba á mi triunfo, un gran esplendor; asi fué que en vano procuré disimular mi alegria por tan gloriosas felicitaciones.
—Estoy encantado de vuestro injenioso descubrimiento, me dijo mi nuevo amigo. En la primera ocasion que se me presente me propongo imitaros y espero ser tan feliz como vos. Tomar á un hombre al nacer, apoderarse en su jérmen del vicio, del error, de la preocupacion describiendo é interpretando su largo desarrollo, eso es admirable. No creo que haya persona alguna que pueda salir intacta de esa revista histórica; siguiendo vuestro proceder me siento capaz de demostrar que Caton era un malvado y Sócrates un atéo.
—Yo no he inventado nada, le dije con modestia; vos me lisonjeais.
—No, me dijo; en este pais jamás se ha razonado de esa manera sutil. Es una lójica nueva que os hace el mayor honor. Los yankees son jentes groseras, que persiguen el crímen y no al hombre; para vos el hecho material no es nada, el hombre es todo. Si no hay prueba suficiente de la atrocidad que se le imputa, poco importa; ha sido capaz de cometerla? la presuncion está en contra de él y por otra parte es probable que haya cometido muchas otras. Hé ahí lo que yo llamo una buena justicia, una justicia que proteje á la sociedad y que solo se inquieta del bien público. Sois americano de oríjen?
—Esta brusca pregunta os sorprende, continuó sin averiguar la causa de mi sorpresa. Perdonad mi indiscrecion; mi madre era francesa y á ella le debo ciertas ideas que no han entrado jamás en una cabeza sajona. Esas ideas se acercan mucho á las vuestras, y me inspiran las mas vivas simpatias por la orijinalidad de vuestro talento.
—Así, por ejemplo, para mí el Estado es todo; y á pesar de la estúpida charla de ignorantes moralistas, sostengo que no se puede poner en balanza el interés de todo un pueblo y el pretendido derecho de un mísero individuo! Soy socialista en el buen sentido de la palabra, el Estado antes que el individuo! Los yankees, al contrario, espíritus limitados, méollos estrechos, han traido de Inglaterra una preocupacion egoista y salvaje. Si un juez le falta al respeto á una vieja gitana, si un attorney jeneral pierde la paciencia acusando á un pícaro, ó trae á maltraer á un asesino—en el acto sale un sajon que grita hasta desgañitarse que se viola la gran Carta, y que se ultraja á la humanidad. Y en el acto una multitud imbécil acude á la voz del que ladra, haciendo al rededor del majistrado un ruido semejante al de los perros que siguen un caballo al galope. Diríase que es un pueblo de ladrones, donde cada cual tiene miedo de ir al dia siguiente ante la corte de assises, y que defiende la libertad de los demás en el interés de la suya propia. Gracias á la solidez de mis principios, yo entiendo la justicia de otra manera. Veo con placer que hay en América dos hombres de la misma opinion. Nadie es un santo cuando aparece ante el jurado, y yo prefiero mandar tres inocentes al patíbulo antes que dejar escapar veinte pícaros. Soy un hombre sólido; tocad aquí; entre los dos reformaremos la educacion de este pueblo monótono que no tiene sino una palabra en la boca: Libertad!
Despidióse de mí apretándome la mano de la manera mas cordial; pero cosa estraña, sus elojios me desagradaron y mi triunfo comenzó á asustarme.
—Si habré ido demasiado lejos, pensaba. Si me habré dejado arrebatar por el ardor de la persecucion, á la manera de un cazador que solo oye su pasion? Yo no me he engañado, desde que el culpable confiesa su crímen; pero las armas de que me he servido han sido lejítimas? Le es permitido todo á la justicia? El acusado no tiene ningun derecho al respeto?
A pesar mio estos pensamientos me ajitaban. La idea de la venganza pública no me satisfacía ya. Entreveía vagamente una doctrina mas pura, doctrina que sometía la justicia humana á los preceptos del Evanjelio; y decía en mis adentros: para el cristiano toda debilidad es santa, toda miseria sagrada,—con el niño, con la mujer, con el pobre y hasta con el culpable, la autoridad debe desconfiar de su fuerza y temer el tener demasiada razon.