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Paris en América

CAPITULO XXIII. La audiencia de un Juez de Paz.

Lucio V. Mansilla translation

Sentéme al lado de Humbug, teniendo cuidado de echarme respetuosamente para atrás; y mientras despachaban asuntos civiles sin importancia, me puse á examinar la sala y los actores.

No habia estrado para que el majistrado quedára mas alto que el justiciable; una simple barra de madera separaba al tribunal y al público. Humbug estaba sentado detrás de un gran escritorio, y á su lado escribía el clerc ó escribano. Frente al juez habia una especie de palco con reja destinado al acusado; un poco adelante del acusado habia una mesa para el querellante y los testigos. Nada mas. Lo que aumentaba la simplicidad del espectáculo, era que nadie llevaba traje especial. Humbug estaba de frac negro, sentado y con el sombrero puesto; los abogados no tenian ningun distintivo particular. Allí no se veían ni capelo, ni toga, ni pelucas. Aquel pueblo primitivo tiene una fé tan injénua en la justicia, que cree en ella sin ceremonias. Siéntese en todas partes la grosería puritana. Añadid que habia un puesto de honor para los estenógrafos. Ellos son los que representan al pueblo, vijilando á sus majistrados y juzgando á la justicia. Oh democrácia! y son esos tus trofeos? Y sin embargo, no hay un pais donde se lleve mas lejos el respeto á la ley y la confianza en el majistrado. Es una de esas rarezas que prueban hasta la última evidencia que el Sajon ha sido creado para la libertad, así como el Francés para la guerra y el Aleman para las cóles, el jamon y la filosofía. Suponer que tan fuerte alimento conviene á todos los estómagos fué la locura de nuestros padres. Los pobres, no adivinaron en su ignorancia que hay razas individualistas y razas centralistas (qué dos lindas palabras!), las unas hechas para cernirse solitariamente en el espacio á la manera del Milano; las otras para vivir en rebaños y ser esquiladas como los carneros. La política, la relijion, la filosofía, la libertad, son cuestiones de historia natural, variedades que distinguen al homo civilizatus entre todas las bestias de dos ó de cuatro patas. Admirable descubrimiento! Eterno honor de los grandes injenios de nuestros tiempos.

Así que hubo terminado la lista de los pleitos civiles, hicieron entrar á un acusado en el palco. Era un jóven pálido, de largos cabellos y aire afeminado é impudente. Interpelado por Humbug, dijo su nombre y su domicilio y que pleiteaba no culpable.[50] Sentóse en seguida, y pasando la mano por los bucles de sus cabellos, miró á sus acusadores con desdeñosa sonrisa.

—Señor majistrado, dijo un policemen[51], teneis delante de vos á uno de los mas hábiles rateros de la ciudad; entre la multitud donde le hemos aprehendido habian cortado seis bolsillos en un cuarto de hora. Al fin hemos cojido á este pícaro, que no nos era desconocido; en el forro de su frac tenia estas grandes tijeras; pero en sus bolsillos no hemos hallado nada.

—Hay algun otro testigo, alguna otra prueba? preguntó el juez.

—Nó, señor majistrado.

—Entónces, haced salir á ese gentleman[52], y otra vez procurad ser mas hábiles.

El ladron saludó á Humbug, y se retiró tranquilamente, como un hombre que no ha dudado un punto de su absolucion.

—Cómo! le dije yo á Humbug, así soltais á ese pícaro?

—Sin duda, no hay cuerpo de delito.

—Pero, y la mala reputacion de ese miserable, y esos bolsillos cortados y esas tijeras? Qué! no son pruebas?

—Nó, repuso Humbug; esas son simples presunciones. Es muy probable que ese hombre haya entrado entre la multitud para robar; pero la ley que castiga el crímen no castiga la intencion. Ella deja lugar á la hesitacion, al miedo, á los remordimientos. Si fuéramos á condenar á las gentes por sus intenciones, cuál es el hombre de bien que no habria merecido ser colgado diez veces en su vida? Y por otra parte, si le dais al juez el derecho de leer en el alma del acusado, qué es la justicia humana, sino una hipócrita arbitrariedad? El acto culpable deja de constituir el delito, y es el capricho ó la preocupacion del majistrado el que lo constituye.

—Dichoso pais, esclamé, donde la ley proteje al ladron.

—Mas proteje al inocente contestó Humbug.

—Con vuestro sistema de inquisicion, quién escaparia á los ódios privados ó á las venganzas políticas? Con vuestro derecho de interpretacion, qué juez no estaria espuesto al error y al arrepentimiento? Temis es ciega, amigo mio,—ni oye, ni siente. Si quereis que obre, echad en su balanza un cuerpo de delito, alguna cosa material, pesada, que haga inclinar el platillo; pero presunciones, intenciones, recuerdos enojosos, nada de esto tiene peso.

Sunt verba et voces, prætereaque nihil.

En aquel momento, una especie de hércules vestido de policeman, entró en la audiencia, asiendo del cuello á un hombrecito que jesticulaba como un diablo en una pila de agua bendita; no garantizo la exactitud de la comparacion. El jigante empujó vigorosamente al enano en el palco; en seguida, acomodándose el frac, cuyo cuello se habia roto, y limpiándose la cara toda arañada:

—Ved lo que hay, señor majistrado, dijo con voz jadeante; es un rebelde lo que os traigo.

—Perdon, dije yo á Humbug; supongo que no vais á juzgar sobre tablas un delito flagrante cometido fuera de la sala.

—Por qué nó? repuso el juez, sorprendido de mi pregunta.

—Y las formas, esclamé. Comenzad por poner á ese hombre preso, dejad que la policia levante un sumario, en seguida haced deponer una queja, sobre esa queja proceded á una fria y séria instruccion; hecho esto, fiscalizad esa misma instruccion, para no dar cabida al error, ni á la pasion. Tomad quince dias, tomad un mes, tomad tres meses, si es menester, el tiempo no es nada; pero observad las formas; ellas son las garantias de la libertad.

—Estad tranquilo, doctor; vamos á hacer la instruccion en la audiencia, en público, con el pais por testigo. Semejante luz disipa todo error y toda pasion.

Solem quis dicere falsum Audet.[53]

El acusado tendrá todas las garantias que pedis, salvo la prision preventiva, en la que supongo no tiene tanto interés como vos.

—Pues es el caso, continuó el policeman, que yo llegué ayer de mi provincia, y que haciendo esta mañana mi primera ronda, acudió á mí este señor muy apurado, respirando apenas y colorado como una remolacha—“Policeman, me gritó; al fin os encuentro! Pronto, pronto, socorro; hay necesidad de vos. “Qué hay?” le contesté. “Hay, respondió, que van á cometer una muerte abominable, si vos no os interponeis. Veis aquel jentío que se revuelve; allí hay un hombre que apalea su mujer con un garrote. Escuchad, gritan al asesino! Corred pronto, evitad una desgracia.”

—Y quién es ese particular? le pregunté yo.

—“No es grande, me contesta, pero es un salvaje.” Bueno le dije, he visto peores aun.

Abreviad, dijo Humbug.

—Voy á acabar, mi majistrado; corro y me abro paso por entre la muchedumbre, que no se movia; el hombre estaba allí, descargando sendos garrotazos sobre la cabeza de su mujer.

—Le habeis arrestado?

—No, mi juez, dijo el hércules rascándose la oreja y bajando la voz; era.... era Polichinelle.

—Continuad, dijo Humbug mordiéndose los lábios, mientras que el público reía de buena gana á la vez que el acusado.

—Sí, mi majistrado. Vuelvo á mi puesto, un tántico contrariado, como era natural. Y entonces llegan todos los pilluelos de la ciudad, encabezados por el señor, y silvando á cual mas. “Policeman, me gritan, os llaman; al asesino! al matador! Polichinelle mata su mujer!” Yo me dije: “Me han jugado una farsa, la ley no la prohibe; he caido en el lazo, callémonos; es menester que uno pague su aprendizaje.” Sigo caminando pacíficamente, como si nada hubiera pasado, cuando este señor, que á lo que parece le han pagado para que divierta la ciudad, se planta delante de mí, y me dice en alta voz: “Te conozco, te conozco, tú eres un ladron, un asesino!” Yo, le grito. “Sí, tú, me contesta. Ciudadanos, os pongo á todos por testigos y jueces. Decid si no ha muerto un Ourang-outang para robarle la cara?”

—Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!

El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un delito jugando como Polichinelle.

—Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada. Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez dollars de multa, y diez dollars por los perjuicios causados á este bravo policeman. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los dedos erais hombre muerto.

El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera por los silbidos de la multitud que aplaudia al policeman. Esta vez Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la justicia en juego.

Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos, borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin quejarse, un castigo previsto,—me reconcilié con el modo de actuar de los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo. Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian. Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,—hé ahí el problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á nosotros,—la casualidad les ha servido á ellos.

Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de todo ello por sí solo,—es una responsabilidad terrible.... No valdria mas dividirla?

—Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad, es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera, tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con quién se entenderá la opinion?

—Sin embargo, le dije, ved el jurado.

—Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay una cuestion moral,—no un problema de aritmética; la voz que absuelve tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador pide, no es la mayoria,—es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una responsabilidad dividida en doce partes,—son doce responsabilidades. En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa responsabilidad.

Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!

Un movimiento que se hizo en el auditorio,—movimiento seguido de un largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas se leía la insolencia de sus veinte millones.

Tras él, dos policemen, conducian á un hombre de gran estatura, flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.

—Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero, que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana, ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus cómplices.

—Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra; reflexionad antes de hablar.

—Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.

—Entonces me obligais á enviaros ante la corte de assises por falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros preso.

—Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.

—Muy bien. Subid en carruaje con dos policeman, y ved á vuestros amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros libros, tomando otras precauciones del caso.

—Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se escapará?

—La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas, se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante la corte de assises, y para que el interés se adhiera, no al robado, sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de la verdad.

—Con vuestra falsa humanidad, esclamé, desarmais la sociedad; no es así como yo entiendo la justicia.

—Cómo la entendeis pues? preguntó Humbug.

—Permitidme una comparacion, repuse. En la sociedad lo mismo que en un bosque, hay aves de rapiña y animales de presa; son los enemigos que la policia y la justicia buscan constantemente para cazarlos. La policia los acecha, la justicia los espera al paso; el majistrado, cazador hábil, abate y destruye esa ralea maldita. Pedidle al lobo una fianza, ofrecedle un salvo conducto al zorro, vereis qué se hacen los carneros y los pollos.

Protejer á las jentes de bien, es el primer deber de la justicia; á los malos no les debe sino castigo y esterminio.

—Caro amigo, dijo Humbug, vuestras bromas son crueles.

Quænam ista jocandi Sævitia.

Si hay lobos entre los pobres humanos, lo que estoy lejos de negar, por lo menos tienen la misma piel que las ovejas; antes de matar al salteador, es menester reconocerlo. Esa obra requiere una mano mas delicada que la del cazador. La justicia, no es bajo otro nombre, sino la sociedad, madre de todos los ciudadanos; hasta la condenacion, ella cree en la inocencia de sus hijos. Esa confianza maternal no es una palabra vana; es una ternura activa que proteje y sostiene al acusado, sin abandonarle un momento. Vos creis sin duda que es el jurado quien castiga el crímen; desengañaos. La instruccion se hace entre nosotros de una manera tan franca, tan libre, tan jenerosa, que á decir verdad es el culpable el que se condena á sí propio, aceptando la expiacion. Seguid nuestras cortes de assises, vereis que lo que desarma al acusado, es la misma dulzura de nuestros procedimientos judiciales. Si se le ataca, se subleva; si se le insulta, se ultraja; el orgullo y la cólera sostiene al malvado lo mismo que al hombre de bien. Pero justificarse cuando solo los hechos acusan, esponer uno simplemente su conducta, dar cuenta de sus acciones, es el privilejio de la inocencia. Nada espanta á un criminal como el sentirse solo cara á cara consigo mismo,—teniendo por testigo y por jueces al presidente que lo proteje y al jurado que lo acusa. Así lo mas frecuente es que concluya confesando su falta ó encerrándose en un silencio obstinado lo que equivale á una confesion. Lo que vos llamais la debilidad de nuestras leyes, es lo que hace su virtud y su hermosura.

No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no es asi como se entiende y se practica la justicia........

En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo, esos caballeros no son cristianos.

Son cristianos como yo, repuse, pero........

Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me reconoceis?

Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.

Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los policeman,—estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”—Esto, dije, enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.—“Es tu enemigo repuso él.”—Eh bien, policeman es menester amar á vuestros enemigos. Esto diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el policeman me atrapa del hombro diciéndome: “Tienes tres dollars qué pagar?” No, mi bolsillo tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.—“Si no tienes con qué pagar la multa, añade, porqué te bates?”

Policemen, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun sus medios,—con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas elecciones; es demócrata.—“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es brujo.”

Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:—Te ahorco, le dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.

Para que confiese qué, preguntó Humbug.

Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.

Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y peleado en la calle tendreis que pagar diez dollars.

Diez dollars! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?

Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán chancelado.

—Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.

—Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya tarde.

Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios; el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais: la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La justicia no es sino otro nombre de la igualdad.

—Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos! se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la igualdad!

—No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les trate como á nobles,—no á los nobles como á siervos.

—Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto, el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.

Nuestras viejas leyes Sajonas, que vos encontrais duras, y yo hallo justas y suaves, siempre cuidan de tratar bien á la libertad. Escepto los crímenes atroces, ellas atacan la bolsa,—no á la persona culpable. Si el verdadero medio de contener al hombre arrastrado por la pasion es ponerle delante la responsabilidad que le espera, nada vale lo que las penas pecuniarias; creed en la esperiencia. Hay paises donde el adulterio es una gracia; la falta de fé un juego permitido; el duelo una proeza que honra hasta el malvado. Entre nosotros, no se seduce ni á la mujer ni á la hija del vecino, ni se mata á las jentes para reparar la injuria que se les hace. Por qué? Por la muy prozaica razon de que cada una de esas amables locuras cuesta quince ó veinte mil dollars. Nadie tiene interés en arruinarse para ser la fábula de la ciudad, y lo que es peor aún, un objeto de burla.

—Tal es la ley, cuya fuerza y sabiduria ha consagrado un uso diez veces secular. Pero qué hacer cuando el condenado no tiene nada? Debe dársele al pobre un privilejio de impunidad, sacrificar la libertad por amor á la uniformidad? Nuestros antepasados han decidido y nosotros hemos conservado su máxima: El que no puede pagar con su bolsillo paga con su piel: luat cum corio. Entre nosotros la multa es la regla, la cárcel la escepcion. Porqué? Porque la libertad es el principio; y á decir verdad, la cárcel no es sino un medio de ejecucion contra un deudor insolvente. Qué veis de injusto en todo esto?

—No veo la igualdad, repuse.

—Pues bien, doctor, sois ciego. Hay dos especies de igualdad: la una, que no conviene á las sociedades humanas,—es la igualdad material y brutal que no toma en cuenta ni la edad, ni el rango, ni la fortuna. Las mismas penas en condiciones iguales, es la igualdad absoluta, es decir, la suprema injusticia. La otra igualdad es la que proporciona el castigo,—no segun la definicion del delito, que no es sino una palabra, sino segun el acto mismo y segun la persona del culpable. Al rico una fuerte multa, al pobre una multa suave, y en defecto de paga algunos dias de prision,—es una ley en la que tanto la justicia y la igualdad verdaderas se encuentran consultadas no menos que la libertad.

—Paddy! esclamé llamando al borracho que levantó hácia mi sus grandes ojos con asombro: tomad estos diez dollars, buen hombre, idos en paz á vuestra casa, y no volvais á pecar. Hé ahí mi respuesta, añadí, volviéndome hácia Humbug: es una protesta contra la iniquidad de vuestras leyes.

Es la justificacion de su escelencia, respondió él. Si por amor á la igualdad, hubiéramos establecido la prision como pena de la embriaguez, qué socorro hubiérais podido prestarle á esa interesante víctima? La multa, por el contrario, tiene el gran mérito que las almas tiernas pueden siempre correjir la dureza de nuestros juicios. Y digan lo que digan los lejistas, esa raza de corazon empedernido, cuando hay lucha entre la caridad y la justicia, es bueno que la última palabra se diga en favor de la caridad.

—Gracias, doctor, gritó Paddy, deshaciéndome los dedos entre sus manos; voy á beber á vuestra salud; el primero que se atreva á decir que sois brujo, lo aplasto, á fé de cristiano.

—Ved ahí un hombre correjido, dijo Humbug. Ahora si no hay nada mas á la órden del dia levantemos la sesion.

De allí volvimos á mi gabinete, donde encontramos al Presidente de la corte, de assises en una gran ajitacion.

—Os esperaba, le dijo á Humbug: héme aquí en un gran embarazo. El jurado está reunido, el attorney jeneral me falta á su palabra. Me escribe que está en cama, retenido por tales dolores de entrañas que le es imposible levantarse.

—Entrañas.... un attorney jeneral! Eso es inverosímil, esclamó Humbug.

—Amigo mio, no riais, y socorredme, dadme alguien que pueda reemplazar á nuestro acusador público.

—Tomad á este querido Daniel, dijo el juez, siempre dispuesto á reir. Es el hombre que buscais. Abogado y doctor de la universidad de Kharkoff. Un prodigio de gravedad, de inflexibilidad, de legalidad y de sentimentalismo. Teneis ahí en una sola persona,—un Coke, un Mansfield, un Erskine y demás.

—Venid pronto señor, dijo el presidente, tomándome el brazo; vos me salvais la vida.

—Permitid, le dije........

—No, no, interrumpió él, no escucho nada. Nada de falsa modestia; sois doctor, eso basta.

Al mismo tiempo, Humbug me cojió del otro brazo; lleváronme á la sala, presentáronme al jurado, y me instalaron sin haber podido soplar una palabra. Humbug se puso despues de mi, y riéndose de mi percance, me mostró en el banco de la defensa á Fox estupefacto, que me miraba cerrando los ojos.

—No habia como desdecirse; la suerte que se burlaba de mi me condenaba á representar una nueva comedia: el attorney por fuerza.

Notes in this chapter

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