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Paris en América

CAPITULO IX. Donde se le dice su merecido á la verdad.

Lucio V. Mansilla translation

Cuando la crisis hubo pasado, y el enfermo recobró aliento, Humbug apoyó ambos codos sobre la mesa, y con una voz que trató de hacer alegre, sin conseguirlo:

—Mi querido Truth, dijo no resistais por mas tiempo á vuestra verdadera vocacion; haceos pastor. Los vicios son de buena pasta; se dejan maltratar sin decir palabra. Todos los domingos se les fustiga vigorosamente sobre los hombros del prójimo, despues de lo cual se almuerza en paz y se come lo mismo. Pero esos bípedos que se creen hombres por que caminan en dos pies, esos lobos con sombrero redondo, esos zorros con lentes, esos monos encorbatados, esos ganzos con levita negra, á esos es necesario mirarlos de cerca para reir de su crueldad, de su avaricia, de su cobardia, de su estupidez. El que los toma á lo serio, muere con el corazon despedazado.

—Hé aquí á mi sucesor, dijo Truth tomándome de la mano: el doctor será un buen asociado para vos.

—El doctor! respondió Humbug, es imposible: si tiene traza de cervatillo!

—¿Cual es pues, esclamé, la especie de bestia que produce los periodistas?

—Para ser un buen periodista, dijo Humbug con gravedad cómica, se necesita la cara de un perro, el olfato de un perro, la impudencia de un perro, el valor de un perro y la fidelidad de un perro. La cara de perro para intimidar á los picaros: el olfato del perro para sentirlos de lejos, la impudencia del perro para ladrar tras de ellos apesar de sus gestos y sus amenazas: el valor del perro para saltarles á la garganta: la fidelidad del perro para irse, detenerse y volver al primer llamado de la verdad.

—Señor director de los avisos, dijo yo con impaciencia, no suponia que tuvieseis por la verdad una pasion tan viva y tan desinteresada.

—¿Porqué no, sabio Esculapio? respondió en tono chocarrero. ¿Creeis que no sé que dos y dos son cuatro? ¿Qué es lo que hace el precio de los avisos? El número de lectores. ¿Qué es lo que trae lectores? La opinion. ¿Engañando acaso á la opinion se la gana? La verdad es el cuerpo del diario; los anuncios no son sino la crinolina, ridículo traje, provisto por la mentira y la vanidad. Desinit in piscem mulier formosa superné. ¿Quien tiene la culpa? El espíritu y el buen gusto del público.

—Señor, le dije haciendo dar vueltas la tabaquera en mis manos para apoyar mis palabras, toda verdad no es bueno decirla. Hay algunas que turban y desgarran la sociedad.

—Si, querido doctor; la verdad es revolucionaria.

—Al fin, esclamé, lo confesais!

—Sin duda. Ved la Reforma. ¿A qué precio ha libertado la conciencia?

—Eso es, dije yo, golpeando con mi baston, eso es!

—Y el Evanjelio, respondió Humbug. Qué trastorno! Una civilizacion destruida, Jupiter destronado, los Césares despreciados y derribados. Cuán conveniente hubiese sido que ahogasen en su orijen á esta verdad que mataba un mundo y engendraba uno nuevo! Eh! bien, querido Hipócrates ¿no decis nada? ¿Y la Revolucion Francesa?

—Señor, esclamé, no toquemos las cosas sagradas. La resistencia de los privilejios fué la que hizo todo el mal. Confesad que hay verdades que asustan.

—Si, como la luz intimida á los ladrones.

—Hay algunas que son odiosas, para quien las escucha.

—Sí, cuando se perturba la embriaguez, ó se recuerdan los remordimientos.

—Hay algunas que son peligrosas para los que las dicen.

—Sí, cuando tienen un corazon de esclavo ó de lacayo. Di la espalda á aquel sofista desvergonzado que no temia atacar sabias preocupaciones y sacudir la almohada en que el mundo duerme en paz hace dos mil años. Me dirijí á Truth, que habia vuelto á empezar sus recortes y que parecia no escucharnos.

—¿En qué pensais, querido enfermo? le dije; nuestra conversacion os fatiga quizá.

—Doctor, respondió sonriendo, perdonad la impertinencia de mi fantasia, pensaba en Pilatos. Escuchaba á este grave administrador decirle á Cristo: ¿Qué es la verdad? y salir sin esperar la respuesta. En tiempo de Tiberio César, habriais sido un excelente gobernador de Judea.

—Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad, sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad. Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres. Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué? Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por su voluntad todo poderosa.

—Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son hechos para los pueblos........

—¿Y dudais?—dijo Truth.

—No, no dudo teóricamente; pero tratad de poner en práctica esas bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?

—Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad. Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene la necesidad de creer y de esperar.

—Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis; si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?

Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug en pleno rostro:

—Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio. En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado. La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del bien.

—Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y está hallada la cuadratura del círculo.

—Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.

—Doctor, eso es teoria!

—No señor, es observacion. En este gobierno hay ministros inteligentes........

—Comprendo, dijo el insoportable bromista, ministros ilustrados, morales, paternales, y que no piensan sino en el bien de sus administrados.

—Si, señor, y estos ministros tienen bajo sus órdenes millones de agentes........

—Todos ilustrados, morales, paternales etc., en una palabra, una lejion de ánjeles con frac negro.

—En nombre del cielo, Humbug, callaos, esclamó Truth. Dejadlo concluir su cuento de hadas; me parece oir á un Francés que se imajina raciocinar porque enfila paradojas y surce palabras.

—Señor Truth, respondí secamente, la razon y la esperiencia hablan por mi boca; escuchadme. En manos de este gobierno, que todo lo sabe, que todo lo vé, que todo lo entiende, que no tiene ni preocupaciones, ni pasiones, en esas manos es, decia, en las que pongo el depósito de la verdad; no quiero por esto darle el monopolio, soy amigo de la libertad, pero reglamentada, limitada y moralizada! Reduciria el número de los impresores, de modo de hacer de la tipografia una censura prudente y discreta, un sacerdocio conservador; en seguida, limitaria el número de los diarios, de modo de constituir un pequeño número de tribunas, verdaderas cátedras de donde no se dejaria hablar sino á la decencia y á la moderacion. Habria periodistas como hay sacerdotes, es decir, ministros de la verdad que recibirian del gobierno su investidura y su símbolo. Si, apesar de la sabia direccion del Estado, algun gacetillero insolente, olvidando la gravedad de sus deberes, faltase al respeto que debe á la autoridad, personificacion de la justicia y de la verdad, entonces no recurriria al juri, que tiene la mano pesada y deja deslizar entre sus dedos mas de una inocencia dudosa; es á la administracion, siempre paternal y protectora, á quien yo dejaria la santa mision de confundir la mentira, en caso de necesidad, de contenerla antes que aparezca—Es á la administracion, siempre prudente, ilustrada, desinteresada, y que sabe mejor que nadie, lo que la conviene y lo que la daña, es la administracion la que herirá á la audacia y la ignorancia; ella ahogará la oposicion naciente como Hércules en la cuna ahogó las serpientes. Gracias á esta higiene ingeniosa, los diarios serán un alimento inocente, un remedio en vez de un veneno. La prensa será una antorcha en manos del gobierno: no se temerá ya el incendio. Se prepararán preocupaciones útiles, errores saludables; se sujetará la verdad á las necesidades del Estado á la fuerza de las poblaciones; y si alguna nueva doctrina aparece en el estranjero, se esperará á que haga fortuna en el pais de su orijen, antes de molestar á almas tranquilas y que no aspiran sino al reposo. Hé ahí mi teoria: señor Humbug ¿qué decis de ella?

D—d rascal! esclamó descargándome sobre el hombro un puñetazo, capaz de descornar á un buey. ¡Cuán feliz es uno con tener injenio, siempre se tiene una bestialidad á mano que decir! Con su aire solemne, he visto el momento en que este socarron mistificaba á un viejo Yankee como yo.

—Señor Humbug, le dije frotándome el hombro, esos argumentos groseros no son de mi gusto. Pegar no es responder!

—Estrangular tampoco! gritó el periodista riendo. Continuad, doctor; sois mas entretenido de los que pensais! Verba placent et vox. Pero, adios: ha llegado la hora de hacer el diario; tiempo es dinero—me arruinais!

Una vez solo con M. Truth, le pregunté, si no estaba sorprendido como yo de lo que habia de profundo en el sistema que le exponia; si podía poner en términos de comparacion á la turbulencia y al desorden de la prensa americana con ese mecanismo compacto que debia en poco tiempo embridar al pueblo mas ardiente del mundo, y darle la habitud de la moderacion y el gusto de una inocente libertad.

—Doctor, dijo con dulzura, soy del parecer de Humbug: os reis de nuestra simplicidad. Esa doctrina, que nos presentais como una invencion nueva, hace mucho tiempo que la conozco. Es el dogma de la inquisicion: la verdad hecha cosa oficial, instrumentum regni, y monopolizada por la Iglesia y el Estado. Hace tres siglos que Lutero ha soplado esas peligrosas quimeras y repuesto á cada cristiano en posesion de su conciencia y de su derecho. En los primeros dias del mundo la verdad salió de la caja de Pandora, con tantos otros bienes, que son otros tantos males en manos inespertas; buscar la verdad, es la obra de todos,—apoderarse de ella, no pertenece á nadie. No os pagueis de palabras: Gobierno, ministros, funcionarios, qué es todo esto, sinó hombres que no son ni mas infalibles ni mas sábios que nosotros? Hacer de ellos los dispensadores de la verdad, es un sueño. La verdad es de todo el mundo, como el aire y la luz; lo único posible es ahogarla, no impedir que los hombres piensen, sino que hablen. ¿Quién se aprovechará de tan detestable invencion? ¿La autoridad? Será la primera víctima. Se la engañará sin cesar; bastará un puñado de intrigantes para seducir al majistrado mas honrado y comprometerlo en las mas locas aventuras. ¿No veis, por otra parte, que dais á vuestro gobierno todo el poder de hacer mal, con tal que tenga el cuidado de raciocinar mal? ¿Ganarán con ello los ciudadanos? Desde el momento en que la cosa pública no les pertenezca, les quitais lo que hay de mas noble, de mas bello, de mas grande en la vida: el amor á la patria, la pasion de la libertad. Quitad la ajitacion de la tribuna y de los diarios, y la sociedad no será sino una agua mansa de donde saldrán la corrupcion y la muerte. ¿Asegurareis, por lo menos, la prosperidad material, único incentivo de la multitud? Muy al contrario: la riqueza es el fruto de la libertad. No hay seguridad, ni rentas, ni comercio, ni industria, sino en los paises donde pululan esos diarios cuya voz os importuna. El silencio es el triunfo de los nécios, la noche no es el reino de las jentes honradas; dejadnos la luz, el ruido y la vida. Recordad que en Roma tambien se gritaba contra la charlatanería de los tribunos; que un dia Syla los hizo callar, con gran placer de los utopistas, y que, desde entonces comenzó una decadencia, de la que el mismo cristianismo no pudo levantar al universo.

—Permitidme, respondí, admirado del curso que tomaba la discusion; no pretendo haber encontrado la piedra filosofal en política. Todo sistema tiene sus abusos; es una cuestion de proporcion. Confesad que el lenguaje de vuestros diarios es espantoso, y que no hay mal mas horroroso que su licencia desenfrenada.

—Doctor, vos sabeis lo que dice el Evanjelio; Es en el fruto en lo que los conocereis. Encontradme un pais donde haya mas luces, mas caridad, mas prosperidad material que en América.

—No veo sino escándalo por todas partes, respondí. Los fundamentos mismos de la sociedad se hunden en esa arena movediza que llamais la democracia. ¿Qué es lo que respetais? ¿La relijion? Eh bien! que un pastor falte á su deber, que su conducta sea lijera, en el acto veinte periodistas se echarán á reir, como el indigno hijo de Noé, en vez de ocultar á todos las miradas una debilidad cuya deshonra repercute sobre la Iglesia.

—La verguenza, dijo Truth, es para la Iglesia que patrocina la causa del culpable, no para la Iglesia que arroja de su seno á un miembro gangrenado.

—¿Os llevais bien con la justicia? Ayer no mas, vuestro diario atacaba con cínica acritud á un juez que, en un instante de mal humor, habia maltratado á no sé que pícaro. ¿Cómo quereis que se respete al juez, si no es infalible?

—La justicia, dijo Truth, es hecha para el acusado, y no el acusado para la justicia.

—Que un subalterno, continué yo, salga de sus atribuciones, que por casualidad olvide la ley, que detenga por inadvertencia á un inocente: inmediatamente diez diarios aullarán contra la tirania; como perros que ladran á la luna; incendiarán el pais por la causa del último de los miserables, qué sé yo? por un mendigo, ó un ladron puesto preso sin que las formas hayan sido observadas.

—Tendrán razon, dijo Truth; la libertad del último de los miserables atañe á todos. Desde el momento en que se violen las formas legales, desde el momento en que un ciudadano es injustamente agredido, todos están amenazados. El que no comprenda esto no sabe lo que es la libertad.

—Pero, es que algunas veces es necesario cubrir la estátua de la ley y salvar el pais á despecho de una falsa legalidad.

—Doctor, vos teneis una especie de inclinacion á Pilatos. El tambien no se detuvo ante una falsa legalidad, le pareció mejor condenar á un inocente que perder su puesto. Era un hombre habil; no sé por que el mundo es tan severo con él.

—¿A dónde iriais? continué, cada vez mas irritado de la frialdad de Truth. Doce ó quince diarios, hé ahí los dueños de la opinion y de la república.

—Quince diarios, dijo Truth asombrado: ¿qué quereis decir con eso? Tenemos trescientos; es poco para un millon seiscientas mil almas. Boston tiene cien para menos de doscientos mil habitantes, es cierto que en Boston, la ciudad puritana, se comprende la libertad y la civilizacion de otra manera que en París.

—Trescientos diarios! esclamé, sorprendido por esta cifra formidable. ¿Entonces quién dirije y gobierna la opinion? El primer desconocido puede, sin mision alguna, erijirse en profeta y lejislador; el primer soñador puede decir lo que quiera é imponer sus opiniones á la multitud. Qué atroz despotismo!

—Mi buen amigo, dijo Truth, bajando la voz para colocarme en un diapason menos ruidoso, no comenceis de nuevo vuestras bromas: ellas divierten á Humbug á mi me hacen daño. Allí donde todo el mundo puede hablar, no hay ni mision, ni profeta, ni primer desconocido: hay un derecho que pertenece á ciudadano, y de que todo ciudadano usa en su interés particular ó en el interés jeneral. ¿En un pueblo libre, quién se ha imajinado poder dirijir y gobernar la opinion? ¿Hay un solo Yankee que no se haga él mismo su regla de conducta, y que no escoja con conocimiento de causa su partido y su bandera? La prensa es un éco que repite las ideas de todo el mundo, y nada mas. Esos innumerables diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las ideas, multiplicar y esparcir la luz! Mientras mas hay, cada ciudadano se encuentra en mejores circunstancias para leer, reflexionar, y juzgar por sí mismo. Poner la verdad al alcance de todos, hé ahí nuestra ambicion. El pretendido despotismo de los diarios no existe sino en vuestra imajinacion. Cuando mas seria posible allí donde un gobierno mal aconsejado y que hiciera del periodismo un monopolio contra si mismo, no sufriese sino diez ó quince hojas, obligando asi á los partidos á aliarse contra él, y cuando su naturaleza tiende á dispersarlos. Pero en América donde hay ochocientos ó novecientos diarios, donde nacen nuevos todos los dias, el número de los tiranos ha muerto la tirania.

—Sea; es un réjimen que Aristóteles no ha previsto: una democracia de papel. En este pais bienaventurado, todo es gobierno, escepto el gobierno mismo. Vosotros los periodistas [y aqui todo el mundo es periodista], vosotros, sois mas que la Iglesia, mas que la Justicia, mas que el Estado! ¿Qué sois pues?

—La respuesta es muy fácil, dijo Truth; somos la sociedad:

—Pero si la sociedad, si el pueblo gobierna, ¿quién será el gobernador?

—Doctor, respondió el periodista sonriendo, cuando andais por la calle, quién es el conducido? Por amor á una palabra, necesitais muletas? Cuando gobernais vuestras pasiones [lo que no siempre haceis], ¿quién es el gobernado? Hay una edad madura para los pueblos como para los individuos. Compadezco á la China envejeciéndose en una infancia eterna; pero nosotros cristianos, nosotros ciudadanos de un gran país, nosotros no somos un pueblo de idiotas y de privados: hace mucho tiempo que hemos salido de la tutela, y que nosotros mismos hacemos nuestros negocios. ¿Qué es esa soberania del pueblo, que hace setenta años ponemos al principio de nuestras constituciones, sino una declaracion de mayor edad?

—Las comparaciones no prueban nada, respondí secamente; lo que es cierto respecto á un individuo, no lo es respecto á una nacion.

—Siempre palabras, doctor. Una nacion, es una coleccion de individuos. Lo que es cierto respecto á diez, á veinte, á mil personas, es tambien cierto respecto á un millon. ¿En qué cifra comienza pues la incapacidad?

—No, dije yo, no es cierto que una nacion sea una simple coleccion de individuos; es cosa muy distinta.

—Es decir que el total de una adicion es cosa diferente de la suma de todas las unidades?

—Error! esclamé fatigado de discutir con una intelijencia tan limitada. Hay aquí una diferencia que salta á la vista. ¿Para desembarazarse de los intereses particulares, cual es la palabra májica que invocan los hombres de Estado? El interés jeneral. ¿Cuando se quiere anular derechos y pretensiones que dañan al gobierno, qué se alega? Un interés superior, el interés social. La utilidad pública, es la negacion de los derechos individuales: tal es al menos la manera de raciocinar y de obrar en todo país civilizado. Si bastase escuchar el deseo de la mayoría y sumar los intereses y las voluntades, os pregunto lo que sería la política: un oficio de almacenero, un papel al alcance del primer hombre honrado que se presentára; os figurais á un César, un Richelieu, un Cromwell, un Luis XIV, escuchando la voz del campecino, ó tomando el voto de algunos millones de paisanos? ¿A qué quedarian reducidas las combinaciones, las alianzas, las guerras, las conquistas, todos esos esplendores, todos esos juegos de fortuna donde triunfan los héroes? Arrastrar una nacion á la victoria y á la gloria, imponer á la masa popular ideas que no son las suyas, hacerla servir á una ambicion y á proyectos que en nada le importan,—hé ahí la obra del jénio! Hé ahí lo que aman los pueblos: adoran á aquellos que los pisotean. Dejad esas pobres jentes entregadas á sí mismas, sembrarán sus coles, sus anales serán de dos renglones, como la moraleja de los cuentos de hadas: Vivieron mucho tiempo, fueron felices, y tuvieron muchos hijos. ¿Qué seria la historia con ese bello sistema? ¿Y de retórica qué les enseñarian á nuestros hijos?

Yo estaba elocuente, lo sentía. Truth confundido me miraba con un aire singular.

—Doctor, me dijo, yo no amo los sofismas: pero de todos esos juegos de injenio no hay ninguno que me sea mas odioso que las paradojas de otros tiempos, mentiras muertas hace mucho. Me hacen el efecto de una vieja cortesana que ha olvidado de hacerse enterrar, y que pasea entre la juventud disgustada, sus afeites, sus falsos cabellos y sus arrugas. Washington ha enseñado al mundo lo que es un hombre honrado gobernando á un pueblo libre; la prueba está hecha; el siglo del egoismo político ha pasado, ahora no hay lugar sinó para la abnegacion. El que esto no comprenda, el que no escuche la voz de las jeneraciones nuevas, el que no sienta que la industria, la paz y la libertad son las reinas del mundo moderno, ese no es sinó un soñador y un insensato. No es á la gloria á donde camina,—es al ridículo.

—Acabemos de una vez, señor, esclamé levantándome, y apesar mio, llevé la mano á la empuñadura de mi espada ausente. Si hubiese tenido mi uniforme de cirujano de la Guardia Nacional, habria obligado á aquel insolente á empuñar su acero: haciéndole morder el polvo le habria probado sin réplica que la América no entiende jota de civilizacion, y que un francés nunca deja de tener razon.

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