CAPITULO XIV. Vanitas, Vanitatum.
Lucio V. Mansilla translation
Cuando la multitud se hubo escurrido, llevando á lo lejos la gloria y el nombre del futuro Webster, abracé á mis anchas al orador, y tomé de nuevo con él el camino de casa. Avergonzado del papel mudo á que me habia condenado mi ridícula timidez, no pude menos de zaherir un poco al Ciceron en ciernes.
—Hola! bribonzuelo, le dije, ¿dónde has adquirido esa facilidad de charlar y esa seguridad que nada perturba? Improvisar, declamar, unir el ademan á la palabra, ese arte perdido desde la antiguedad—¿dónde te lo han enseñado?
—En la escuela, dijo mi hijo. Tú lo sabes papá, tú que tantas veces me has hecho recitar mi Enfield.[27] ¿He tenido aplomo? ¿He alzado el brazo mas arriba de la cabeza? ¿Estás contento?
—¿Y todos tus camaradas charlan como tú?
—Sin duda papá. Lindos ciudadanos serian los de un pueblo mudo! Hablar y jesticular nos es tan necesario como leer y escribir. No hay ninguno de nosotros que no esté destinado á ser algo en la sociedad, en el comun, en el Estado. Miembros de un meeting ó de una asociacion, electores, candidatos, majistrados, senadores, todos tendremos necesidad de dirijirnos al público: se nos habitúa, pues, desde la escuela. Improvisar no es dificil y es muy entretenido. En nuestras recreaciones, nuestro placer es discutir; he hecho ya cien discursos á mis futuros electores. Pero mi fuerte es el jesto. “La accion, dice Demóstenes, en mi Enfield, la accion! la accion!” Miradme, papá.
Y héteme ahí á mi muchacho que se pasea declamando no sé que discurso de lord Chatham contra la guerra de América. Camina, se detiene, alza los ojos al cielo, junta las manos, adelanta con puño cerrado, apoya un brazo sobre el corazon, y concluye por saltarme al cuello riendo á carcajadas; mientras que yo, su padre, incapaz de decir una palabra y de mover un dedo, permanecia confundido ante aquella perversidad precoz, fruto de una educacion mal sana. Mi hijo no era un prodijio, no era sino un Yankee criado demasiado hábilmente.
—¡Desgraciado niño! le dije, puesto que te vas á la India, ¿para qué te servirá ese arte de histrion? Pase todavía si fueras abogado.
—Lo seré algun dia, papá, respondió Enrique. Dejadme ganar diez mil dollars allá; á mi vuelta estudiaré derecho, y me asociaré con un maestro esperto.
—¿Y en seguida? pregunté admirado de esa jóven ambicion.
—En seguida, papá, me haré nombrar representante en el Estado de Massachusetts, y seré senador.
—¿Y en seguida?
—En seguida, papá, seré diputado al congreso, y mas tarde senador de la Union.
—¿Y en seguida?
—En seguida, papá, seré ministro como M. Seward, si no puedo conseguirlo, seré presidente como M. Lincoln.
—¿Y en seguida? esclamé, ocuparás sin duda el puesto de Lucifer; porque tienes la ambicion y el orgullo de un demonio!
—Papá, repuso el niño, inquieto de mi vivacidad, todos mis camaradas piensan como yo. Nuestros maestros nos han dicho siempre que éramos la esperanza de la patria y que la república tenia necesidad de nosotros. Entrar en la carrera política, no es ambicion, es un deber. El ciudadano que vá mas lejos es el que sirve mejor á su pais.
—Oh! los paganos, los paganos! esclamé: hénos aquí que volvemos á los escándalos de Atenas y de Roma. El primer deber de un cristiano, señor, es permanecer en su humildad, es huir de la política, es no mesclarse jamás en los asuntos de su pais, á menos que la autoridad no os obligue á ello.
—Papá, no es eso lo que nos han enseñado en el púlpito. El domingo último, nos han citado á un papa, Pio VII, segun creo, que decia, cuando no era sino obispo, es cierto: Sed buenos cristianos, y sereis buenos republicanos. Todas nuestras libertades vienen del Evanjelio: Se nos ha repetido constantemente que la moral de Cristo conduce á la democracia, es decir á la igualdad fraternal y al respeto del mas ínfimo individuo. Amaos los unos á los otros, ¿qué quiere decir esto, sino que el mas fuerte debe ayudar al mas débil con su fortuna, con sus consejos y con su abnegacion?
Me tomé del brazo de Enrique.
—Pobre niño enceguecido por la locura de tus maestros, le dije, mira á donde va la democracia.
Delante de nosotros caminaba á pocos pasos de distancia, un hombre encajonado en unas planchas de madera. Sobre aquel cartelon ambulante se leia, escrito en grandes caracteres:
EL LINCE.
Diario de los Demócratas.
CIUDADANOS!
Cuidado con los intrigantes y los necios!!
GREEN—SMITH—HUMBUG. ó EL RIDICULO TRIO DESENMASCARADO.
—Dadme el Lince, dije á un vendedor de diarios.
—Hélo aquí, señor, respondió el hombre con tono chocarrero; pero si quereis reir, os ruego que tomeis el Sol y la Tribuna, alli es donde vereis al trio fustigado lindamente.
El Lince me bastaba, abrí aquella hoja execrable. Green era burlado cruelmente, á Humbug le decian verdades de á puño; pero á mí, gran Dios; ¿cómo me trataban? Qué de mentiras! qué de injurias! qué abominacion!
Estregué ese miserable panfleto, iba á arrojarlo en el lodo, su verdadero lugar, cuando en el umbral de mi casa encontré la alegre cara é impertinente sonrisa de Humbug.
—Triunfais, señor periodista, le dije metiéndole el Lince por las narices. Elecciones, hé ahí vuestras fiestas, vuestras saturnales de la calumnia.
—La calumnia, dijo el hombron encojiéndose de hombros, es como el sarampion: cuando sale á la superficie, sana; cuando se resume mata.
—Solo en vuestras democracias se imprimen semejantes infamias!
—Ya lo creo! respondió el sofista, contento de tomar al vuelo una nueva paradoja. En las monarquias del Viejo Mundo, se guardan de imprimir la calumnia, la dicen al oido: es un medio mas pérfido y mas seguro. No atacan á las jentes de frente, se defenderian: se las asesina por la espalda; es donde reinan sin rivales, la intriga y la mentira, alli es donde el principe es la primera víctima de ese veneno que él impide se exhale. Summa petil livor. La calumnia, doctor, es el flajelo y el castigo del despotismo; en un pais libre es una picadura de avispa; no se piensa en ella al dia siguiente.
—Señor filósofo, dije secamente, leed ese diario; se trata de vos.
—Razon mas para que no lo lea. Siempre es el mismo tema, con ocho ó diez sustantivos en epitetos pretencioso, para variar el estribillo. ¿Teneis la audacia de no seguir á los dóciles carneros que arrastran los hábiles guias? ¿os atreveis á tener una opinion propia y una voluntad? sois un orgulloso soñador y un ambicioso fanático. Decis la verdad á vuestros conciudadanos; ¿quereis ilustrarlos sobre las condiciones de la libertad, premunirlos contra los peligros de la anarquia? sois un infame aristócrata, un servil admirador de la pérfida Albion. En otros términos, abrirle los ojos al pueblo es arruinarla industria de los conductores de ciejos y echar á la calle á jentes honradas que nada perdonan.
¿Hablais francamente, llamais por su nombre los abusos, y á los que viven de ellos?—sois un adulador de la multitud, y un cobarde demagogo. Elojios irónicos si vuestra candidatura vá mal,—injurias groseras y comunes si triunfa: hé ahí la eterna cancion de los diarios y de los periodistas que no se respetan. Nos parecemos mucho á los órganos de Berberia. Ese es el placer de los envidiosos, de las comadres, y de las buenas jentes que tienen el oido falso. Es necesario ser induljente con las pequeñas miserias de la humanidad.
—Leed el artículo, repuse impaciente; veremos hasta dónde llega vuestra dulzura.
Una vez que hubimos entrado al salon, donde por fortuna estábamos solos, Humbug se puso á leer la injuriosa diátriba, mientras Enrique corria en busca de noticias.
Green no tiene de que quejarse, dijo riendo el morrudo periodista. Por la manera ruda como le tratan, es claro que sus acciones suben en plaza. Las mias no van mal. Un Falstaff descarado, es cosa linda ese Sileno avinado, á quien no falta ni su asno cuando el doctor esta ahí, es de una mitolojia que hace honor á la erudicion del escritor. Todo esto es la telum imbelle, since ictu de un partido agonizante.
—¿Porqué no se impide hablar á esos miserables?
—Doctor ¿habriais encontrado la piedra filosofal? Saber de antemano lo que esas jentes dirán es un secreto que se busca todavia; el único medio de evitar ese escándalo que os aterroriza es enmordazar á todo el mundo: remedio heróico que mata á las jentes para impedirles que vivan mal. ¿Es esa la medicina que poneis en práctica? Esos pillos, direis son pagados para ejercer un oficio innoble; abusan de la libertad, la prostituyen; convengo en ello, pero ese abuso nos garantirá el uso de nuestros derechos. Hay señoritas que abusan del derecho de pasearse por las calles, ¿encerraremos por eso á nuestras mujeres en un harem? Hay jentes que se matan por la glotoneria y la borrachera, ¿nos sujetareis por eso al réjimen de Sancho en la ínsula Barataria? Por miedo á un incendio, ¿prohibireis los avios de encender y los fósforos? Por miedo á un asesino ¿nos quitareis uno de los primeros derechos de los pueblos libres, el derecho de tener armas? Toda libertad arrastra consigo un abuso posible: toda fuerza y todo instrumento hace lo mismo. Suprimir la libertad para evitar el abuso, impedir el bien para impedir el mal, es hacerle el proceso á Dios mismo, y probarle que no entendia jota de la creacion.
—Si no podeis evitar la calumnia, esclamé, castigadla; inventad suplicios terribles; herid al que me quita el honor como heris al que me arranca la vida.
—Teneis abiertos los tribunales, respondió Humbug; pero el desprecio es una justicia mas pronta y mas segura. Mañana los electores os vengarán de las injurias de hoy dia. ¿Es cierto por otra parte que nos hayan calumniado? Por lo que á mí respecta no me siento herido.
—No sé lo que teneis en las venas, le dije, arrancándole el diario de las manos. Oid como un anónimo cobarde se atreve á tratar á un hombre de mi posicion y de mi edad, en seguida os mostraré como se castigan semejantes infamias.
Y con voz trémula de cólera leí lo que sigue:
“El doctor es un triple necio: Es un necio de nacimiento á quien treinta años de estudio han puesto mas necio todavia; no le faltaba mas que un ápice de ambicion para perder el poco sentido comun que el trabajo le ha dejado. Se conoce la locura de que padece este infeliz que no vé mas allá de sus narices. Estúpido admirador del pasado, su ideal es la vieja Europa; no vé nada mas bello que esas sociedades decrepitas, donde la tradicion romana ó el despotismo de la administracion ahoga toda independencia y toda vida. El sábio Smith, la gloria de veinte academias desconocidas, es uno de esos tembladores que el dia de la creacion, habria gritado: “Deteneos, mi Dios; vais á descomponer el Caos!” Se parece á esos conductores de los caminos de hierro que dan la espalda al tren que los arrastra. No vé, no admira si no lo que huye y desaparece en la sombra del pasado; no siente que detras de él se levanta un sol y un mundo nuevo: el reinado del individuo, el triunfo de la libertad. Que semejante momia se quede en su gabinete de curiosidades y reciba la adoracion de los papanatas, nosotros no iremos á molestarlo allí; pero á la gran luz de la vida pública, ¿qué harán esos ojos estinguidos, esa boca muda, ese brazo inútil? Lo que necesita nuestra jóven y gloriosa república, son hombres de nuestra época, banqueros que hagan avanzar la civilizacion creando dia á dia nuevas empresas y acciones, oradores que nos guien hácia los destinos magníficos que el porvenir nos reserva. Dejemos á los muertos sepultar á los muertos; vengan á nosotros los corazones que se abren á todas las grandes aspiraciones sociales, las cabezas que se ajitan con las cuestiones palpitantes de la actualidad. Que los bobos y los flojos voten por sus viejos ídolos, nuestros candidatos son los hombres que la Europa nos envidia, el hábil y jeneroso banquero Little, el elocuente y célebre abogado Fox!”
“Mañana la voz del pueblo, saliendo del escrutinio, como el trueno que sale de la nube, proclamará por toda la América la victoria de los elejidos de la Democracia: Viva Little, viva Fox!”
—Bravo! dijo Humbug, estais picado doctor. Hé ahí un bello trozo; nada que ataque vuestro carácter; bromas un poco fuertes, es cierto; pero con cierto tacto, verbosidad, finura, sin hablar del estilo á la moda. El mozo que ha escrito ese trozo no es un imbécil.
—Acompañadme á la oficina del Lince, dije á mi vez; y vereis como un triple nécio cachetea á un mozo de injénio; es una leccion que necesita ese señor.
—¿Estais loco? esclamó el hombron levantándose de una pieza. Si otro que yo os escuchára, os harian dar una fianza de diez mil dollars ú os enviarian á la penitenciaria. ¿Nos tomais por los Pieles-Rojas? ¿Sois cristiano? En las soledades de Arkansas es donde los furiosos discuten revolver en mano; en Massachusetts no hay mas venganza que la de la ley. En un pueblo civilizado se habla mucho y se querella vivamente; pero no se asesina á un rival, ni tampoco se bate uno con él.
—Salvajes! esclamé, que no conoceis ni el punto de honor siquiera!
—Salvaje vos! repuso Humbug riendo. Verdaderamente, doctor, la picadura os pone feroz. Matar á las jentes ó hacerse matar por ellas ¿de qué puede servir eso á la causa de la justicia y de la razon? Un duelo no aprovecha sino al médico ó al sepulturero.
—¿Qué haceis entonces, señor, cuando sois cobardemente insultado por un folletinista?
—Mi querido doctor, respondió aquel candidato sin verguenza: repito en voz baja ó en alta voz un proverbio turco, cuya profunda sabiduría os recomiendo: El que se pare á tirar piedras á todos los perros que ladren tras de él, no llegará nunca al fin de su viaje. Con lo que, voy á ocuparme de mi eleccion y de la vuestra; haced otro tanto por vuestra parte; pronto olvidareis al Lince y su retórica.
Tu ne cede malis, sed contra audentior ito[28].
Adios.