CAPITULO XV. Un recuerdo de la patria ausente.
Lucio V. Mansilla translation
La llegada de mi mujer y de mis hijos dulcificó mi mal humor: las noticias eran buenas. Alfredo y Enrique habian recorrido todas las asambleas, recojiendo bravos y promesas. Jenny y Susana habian visto á todas sus amigas. Doscientas señoras, las mas respetables de la ciudad, llevaban al cuello mi fotografia en un medallon: la eleccion estaba asegurada.
La alegria de nuestra modesta comida concluyó de curar mis heridas. Todos teníamos solo un corazon y un alma. Mi Jenny estaba mas animada que en el bautismo de su primojénito. He notado siempre que las mujeres son naturalmente ambiciosas; un marido jóven y bello, pero que no es nada, no tendrá nunca el arte de agradarlas largo tiempo; un marido viejo, recibirá sus mas dulces caricias si la fortuna ó la gloria corona sus cabellos blancos. Cuando al amor se une esa lejítima ambicion, la mujer se hace entonces, en toda la belleza de la palabra, nuestra verdadera mitad. Se vive, se piensa, se sueña á duo, es la felicidad perfecta en la tierra, felicidad casi desconocida en Francia, donde la moda priva á las mujeres de los gustos sérios, de las pasiones jenerosas,—felicidad comun en los Estados-Unidos, donde la opinion invita á las mujeres á tomar parte. Susana era mas ardiente que su madre: era mi sangre! no hablaba sino de mi eleccion. Es cierto que ella habia hecho de Alfredo uno de mis mas grandes electores; ocuparse de mí, era ocuparse de él.
A la noche tuvo lugar una nueva demostracion electoral. Todos los bomberos, de gran parada y llevando cada uno una antorcha en la mano, desfilaron bajo nuestras ventanas, con música á la cabeza. Los jóvenes de la ciudad vestidos con uniformes y trajes diversos, los acompañaban con largas varas coronadas de linternas. En medio de aquel cortejo, un inmenso estandarte con un transparente iluminado mostraba á la multitud absorta dos especies de diablo negros saliendo de las llamas con dos rollos blancos. El nombre de Green y de Smith, escrito debajo de las figuras, daba un sentido humano á aquella escena infernal, que aplaudian á su paso. La mujer y el niño que habiamos salvado eran conducidas en una volanta tirada por cuatro caballos blancos, y enteramente adornada con linternas é inscripciones. Era una marcha triunfal, una procesion digna de los bellos dias de Eleusis. De todas partes estallaban los gritos, los bravos, y algunas veces tambien ciertos gruñidos, ahogados inmediatamente por los hurrahs. La oposicion estaba vencida y derrotada por la belleza de nuestras invenciones. Era difícil que Little tratára de rivalizar con nuestras maravillas. ¿Qué podia pasear por las calles? ¿Accionistas arruinados? No se seduce á un pueblo con ese espectáculo de todos los dias.
A las diez, Jenny nos leyó la Biblia. Habiamos quedado en el quinto capítulo de Daniel, es decir, en la historia del rey Baltazar, y de la mano vengadora que escribió sobre la muralla la sentencia de muerte: Mané, Thecel, Pharés. Era para Marta una bella ocasion de profetizar; no dejó de hacerlo. De buen ó mal agrado, me comparó á Nabucodonosor y me condenó á vivir con los asnos salvajes, y á comer la yerba de los campos, como un buey, si alguna vez olvidaba que el Altísimo tiene un poder soberano sobre los hombres, y que instala sobre el trono á quien le agrada. La leccion me parecia un poco fuerte para un futuro inspector de calles; pero no hay quizá necesidad de ser rey para tener el orgullo y la insolencia de Nabucodonosor. ¿Quién sabe si los empleados de Asiria no eran mas impertinentes todavia que su magnífico soberano?
Me burlé de la sibila; sin embargo estaba conmovido con aquella candidatura, y demasiado conmovido para conciliar el sueño. Así, apenas subí á mi cuarto, cargué una pipa con escelente tabaco de Virjinia, y sentándome cerca de la ventana, traté de adormecer mis sentidos agitados.
La calle estaba desierta, y la luna iluminando con su pálida luz las casas mudas y cerradas, aumentaba el misterio y la calma de la noche: todo dormia á lo lejos; todo callaba. El único ruido que turbaba aquel silencio universal, ó mas bien dicho que lo hacia sentir mejor, era el tic tac de un cuco colocado á los costados de mi cama. Arrullado por aquel canto monótono, embotado por el humo del tabaco, dejaba correr mis ensueños, cuando de repente el reloj se anunció. El rechinar de las poleas, el jemir de las ruedas y de los correajes anunciaban que iba á dar la hora. Me levanté para admirar aquella obra maestra de la relojeria alemana. A mi llegada un gallo de madera pintado, trepado en lo mas alto del cuco, aleteó y lanzó tres gritos agudos. Debajo del gallo se abrió bruscamente una puerta, mostrándome á París, el Sena, y la casa municipal en 1830. La Fayette, con peluca rubia, frac azul y pantalon blanco, abrazaba á la vez á mi infante, un jendarme y una bandera tricolor sobre la que se leia en letras de oro: LIBERTAD, ORDEN PUBLICO. Once veces sonó el reloj, y once veces el bravo La Fayette sacudió la cabeza y movió su bandera; en seguida la puerta se cerró y el gallo galo ajitó sus alas, gritó mas desapaciblemente que nunca, y la vision desapareció.
Aquel recuerdo perdido, aquella divisa olvidada hace tanto tiempo, despertaron los sueños dorados de mi juventud. Cuánto palpitaban nuestros corazones en 1830! Pobres ignorantes, no sabiamos entonces que la libertad, como todas las queridas, aruina y traiciona á aquellos que la aman. Libertad, órden público; palabras terribles: Mane, Thecel, Pharés de los tiempos modernos! Hé ahí el enigma que, cada quince años, la esfinje de las revoluciones propone á la Francia, siempre pronta á devorar al Edipo que no adivina. Libertad, órden público, se diria que son dos enemigos inmortales, que, vencedores y vencidos á su vez, se entregan á un combate sin fin, del cual somos nosotros el premio. Llega un dia en que la libertad vence, el cielo resplandece de alegria y de esperanza, pero bajo la máscara de aquella divina sirena, es la anarquia la que triunfa, trayendo tras de sí la guerra civil, atacando todos los derechos, amenazando todos los intereses, haciendo retroceder de horror á un pueblo aterrado. En el dia, es el órden público lo que se instala, sable en mano: dando la paz, imponiendo el silencio, rompiendo bien pronto la valla y deslizándose por su propio peso al abismo donde cae todo poder que nada aconseja y que nada contiene. ¿De dónde nace que hace setenta años que un pueblo honrado, bravo é injenioso, no edifica sino ruinas, descontento y decepciones?
¿Cómo es que en los Estados-Unidos, donde la libertad enloquece todas las cabezas, donde nadie habla de órden público la paz interior no es perturbada jamás? En aquella democracia turbulenta, en aquella multitud entregada á si misma, sin policia y sin jendarmes, ¿porqué no hay ni tumultos ni revoluciones? La América no tiene como nosotros, cien mil funcionarios alineados en batalla, una administracion admirable que dispone todo; no tiene frente á esa organizacion compacta, un pueblo docil, ordenado, ocupado, dirijido, reglamentado, y, sin embargo, es tranquila y próspera. La libertad, garantida en su pleno ejercicio por la ley, castigada en sus escesos por la justicia, hé ahí el órden público para los Americanos. Su espíritu limitado no se ha elevado jamás hasta esa centralizacion tutelar que hace nuestra unidad y nuestra gloria. En aquel pueblo primitivo, no se ha separado la libertad del órden público, no se la ha personificado, no la han rodeado de formidables reductos y de cañones siempre cargados. Nada de administracion jerárquica, nada de policía preventiva, nada de ordenanzas, nada de funcionarios inviolables, nada de tribunales privilejiados. Nada de esa sabia mecánica, que en las naciones civilizadas rompe toda resistencia, y traba á todo individuo. La ley todo poderosa, el ciudadano dueño y responsable de sus acciones, el funcionario reducido al derecho comun, la administracion justiciable ante los tribunales, solo el juez intérprete de la ley: hé ahí todo el sistema. Es de una sencillez ridícula. No hay en aquel embrion de gobierno sino leyes y jueces, y sin embargo, la paz y la riqueza reinan por do quier. Es una estraña burla de la fortuna que nuestros grandes políticos no han conseguido esplicar todavia. ¿Cómo no se les ha probado ya á los americanos que son felices contra todas las reglas, y que deben envidiarnos nuestras revoluciones?
Me dormí con estas bellas reflexiones.
No sé cuanto tiempo hacia que descansaba, cuando me sentí bruscamente sacudido por una mano vigorosa. A mi lado, sobre mi cama, estaba un sarjento de jendarmeria. Su vista me alegró. Un jendarme! Yo estaba en Francia, volvia á encontrar á mi patria.
—Arriba, arriba, señor Lefebvre, me gritó el sarjento, con un acento gascon que apestaba á ajos desde lejos.
Miré de cerca á aquel amable mensajero; su figura no me era desconocida. Esa mirada, esa voz, esa risa sardónica,—era el terrible espiritista, Jonatas Dream, mi enemigo. Al aspecto de aquel traidor, mi gozo se cambió en terror.
—¿Quién sois? ¿Qué quereis? pregunté yo. ¿Con qué derecho entrais de noche en casa de un pacífico ciudadano?—Mi casa es mi fortaleza.
—Silencio, paisano, respondió el jendarme. No tengamos la sinrazon de razonar con la autoridad, que no razona, puesto que siempre tiene razon. Con lo que abrió su canana y sacó un rollo de papel sellado.
—Número uno, dijo: Al señor Lefebvre; á él en persona ó á quien se diga serlo. Por haber tenido la imprudencia de criticar en un papel público á la autoridad municipal, á propósito del empedrado de la calle: se le amonesta por primera vez, esperando se corrija.
—Vaya una cosa fuerte, esclamé. En lugar de advertirme, la autoridad, haria mejor en dirijirme sus escusas y cambiar el empedrado.
—Silencio, paisano, repuso el soldado. Como particular, no niego que el empedrado sea inferior: acabo de levantar dos bestias que se cayeron frente á esta puerta; pero como jendarme, declaro que vuestra queja es tan indiscreta como importuna. Si mi coronel me dijera: Sarjento, mañana será de noche á medio dia, yo responderia: Está bien, coronel, y meteria en la sala de policia al primer pilluelo que se atreviera á negarlo. La consigna dice que el empedrado es bueno; luego debe ser bueno; solo los malévolos por malicia culpable, pueden hacerse romper la nuca intencionalmente.
—Cómo, dije indignado, ¿no tengo el derecho de criticar la autoridad que no hace su deber?
—Al contrario, paisano, repuso el sarjento, quejaos; la autoridad francesa ama bastante que se la censure; pero es necesario ser político con ella. Vos no le habeis pedido permiso para criticarla. Habeis estado grosero, querido amigo.
—Amigazo, os respeto, pero raciocinais como una canana. La autoridad ha sido hecha para nosotros, supongo, y no nosotros para la autoridad.
—Error colosal, amiguito, repuso el jendarme con un aire de desprecio que me sublevó. Los que obedecen han sido hechos para los que mandan; los que mandan no han sido hechos para los que obedecen.
—Pero nosotros somos la Francia, somos el pais.
—El pais, amiguito, dijo el impasible sarjento, se compone de mariscales, jenerales, coroneles, capitanes, tenientes, prefectos, intendentes y otras casacas bordadas que yo respeto; el resto es un ato de conscriptos y de contribuyentes que debe obedecer y callarse....
—¿Sin murmurar, no es esto? conozco esa cancion. Ah! si tuviésemos justicia!
—No tendríais administracion, paisano; seríais un Iroques, como los ingleses y otros caníbales que hacen lo que quieren. No tendríais el honor de ser un civilizado y un francés.
—Número dos, continuó. Al señor Lefebvre, por haber tenido la audacia de pasear de puerta en puerta su triste persona: significacion del señor Prefecto, que lo destituye de sus funciones gratuitas de miembro de la oficina de beneficencia, esperando mejor conducta.
—Toda candidatura es libre, esclamé.
—Sin duda, respondió el jendarme, es libre; pero con la autorizacion de la autoridad.
—Número tres. Al susodicho Lefebvre, por haber distribuido ó hecho distribuir boletines electorales que llevaban su nombre, ó el de ciertos quidams, igualmente desconocidos y escandalosos: obligacion de comparecer de hoy en ocho dias hábiles, ante los señores presidente y jueces que componen el tribunal de policia correccional, para responder por el susodicho Lefebvre, al delito de distribucion de impresos no autorizados.
Cómo, ¿no puedo distribuir á mis electores el boletín que lleva mi nombre?
—Lo podeis todo, amiguito, respondió el jendarme,—con autorizacion de la autoridad. Pero, como si no convenis en ello ¿os imajinais que la autoridad protectora y tutelar ha de dejar hacer á los papanatas una tontera que dejeneraria en oposicion? ojalá fuese yo el gobierno, os encerraria debidamente, esperando mejor oportunidad!
—Número cuatro. Al susodicho Lefebvre por haberse juntado públicamente á una pandilla de quidams, reunidos en una titulada asamblea electoral; lo que constituye un club, sino es una sociedad secreta, obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, para verse condenar á prision en virtud del artículo 291, del Código penal, esperando otra resolucion.
—Número cinco. Al susodicho Lefebvre, por haber incitado á su hijo menor á pronunciar en el susodicho club un discurso incendiario contra la honorable y discreta persona de M. Petit, candidato de la autoridad: obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, como fautor, complice y ademas como civilmente responsable del susodicho delito; esperando se corrija.
—Qué ¿no tengo derecho para reunir mis electores, y no tienen ellos el derecho de saber lo que piensa su representante?
—Tienen todos los derechos, amiguito, respondió el sarjento, pero siempre con la autorizacion de la autoridad. ¡Linda cosa, seria que en una caserna dejáran á los soldados reunirse y gritar sin permiso.
—Pero nosotros no estamos en una caserna.
—A palabras necias oidos sordos, repuso el jendarme. Sin embargo, paisano, quiero condescender hasta ilustrar vuestra ignorancia profunda. Todo francés ha nacido soldado y ha sido hecho para esperar la palabra de órden. Cuanto mas mandado está, tanto mas contento se halla. Que no se altere la obediencia que hace su alegría. Si yo fuera gobierno, colgaria á todos los hablantines, esperando mejor oportunidad.
—Número seis. Al susodicho Lefebvre, por haber cubierto ó dejado cubrir las murallas con carteles insignificantes y criminales; item por haber organizado ó dejado organizar una procesion revolucionaria, y preparado una asonada inconveniente, que habria estallado á no ser las precauciones y la vijilancia de la policía, que siempre tiene abierto el ojo; obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal; para verse y oirse condenar á las penas dictadas por la ley, esperando se corrija.
—Por favor, sarjento, esclamé, por favor, señor jendarme! soy víctima de un error. En Francia, sin duda, seré un gran culpable; pero estamos en América, soy inocente. Lo que es un crímen en Francia es un derecho en los Estados Unidos.
—Hacedme merced de vuestros favores, respondió el inflexible jendarme sacando de su bolsillo algo que parecian esposas. Como particular, no tengo el corazon insensible, me lisonjeo de ello, pero, en este momento, soy el órgano de la ley.
—Entonces la ley es una fanfarronada.
—Silencio, rebelde, basta de conversacion.
Si se les escuchára, serian todos inocentes como un recien nacido. Inocente ó no, pekin[29], sospecho que eres sospechoso, y por precaucion te apaño.
Diciendo esto, me apretó el brazo con tal fuerza que lanzé un grito de dolor. Ese grito me recordó. Gracias á Dios, era un sueño.
Encendí el gas para sacudir aquella pesadilla abominable. Horror! en el fondo de la cama descubrí la sombra de un brazo amenazante, y ese tricornio y ese pompon que hacen palidecer á los mas atrevidos.
Helado, temblándome el corazon, quedé inmóbil como un criminal que espera la sentencia de muerte. En aquel momento cantó el gallo del cuco, el gallo que hace huir á los malos espíritus de la noche; me dí vuelta hácia la pared.... y lanzé una carcajada. El brazo de que me espantaba, era el mio, ese tricornio era la sombra de mis cabellos alborotados; ese terrible pompon, en fin, era la punta de mi.... No concluiré por respeto al pudor de mis lectoras.
Apagué la luz, y volviéndome á mi cama:
—Oh jendarme, esclamé, bravo y leal soldado, corazon sencillo y jeneroso, nadie mejor que tú representa el órden público en un pueblo que no concibe la autoridad sino en uniforme, y la paz sin una espada en la mano! Espanto del mendigante y del vagabundo, remordimiento del cazador furtivo, conciencia del hostelero y del vendedor de vino, relijion y moral del paisano, brazo derecho del señor Intendente, órgano del señor Prefecto, oh jendarme! yo te respeto y te amo; pero perdona las temeridades de mi fantasia; yo quisiera que algun dia la miseria no fuera ya un crímen; quisiera que la policía no impidiera el bien que superabunda por evitar el mal, que no es mas que la escepcion; quisiera que la libertad, devuelta á todos los ciudadanos, arrojase de nuestras leyes delitos que no lo son; quisiera en fin, (¡ho ministro de la autoridad no os encojais de hombros!) quisiera que solo la justicia te impartiese órdenes, y que tu mision vengadora se redujera á perseguir á los pícaros y á encarcelar á los bandidos denunciados legalmente!
Yo sé, oh sarjento! cuanto te hará reir esta utopia americana, pero yo la lego al siglo vijésimo primero, como el pensamiento que, algun dia, inmortalizará mi nombre. Entonces pido que en mi ciudad natal, en medio de la plaza que reemplazará mi calle y mi casa, se me eleve un busto imajinario encima de una fuente sin agua, y que se grabe en ella la inscripcion siguiente:
AL SOÑADOR QUE EN 1862 PEDIA QUE LA JUSTICIA SOLO TUVIERA EL DERECHO DE ARRESTAR Á LOS CIUDADANOS Y SOLAMENTE POR DENUNCIA LEGAL, LA JENDARMERIA RECONOCIDA 14 DE JULIO 2089.
Y lego mi última pieza de cinco francos á la Academia de inscripciones y bellas letras, con los intereses capitalizados durante dos siglos, para que se redacte en hebreo en copto, sanscrito y siriaco, una idea, que el frances mal inclinado de nacimiento, no ha comprendido nunca, y que su idioma es impotente para espresarla: Sub lege libertas.