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Fábulas y cuentos en verso

TOMÁS DE IRIARTE

Reading edition

Santa Cruz de Orotava, Canarias, 1750; † 1791.

LOS DOS CONEJOS

Por entre unas matas,

seguido de perros

(no diré corría)

volaba un Conejo.

De su madriguera

salió un compañero,

y le dijo: —Tente;

amigo, ¿qué es esto?

—¿Qué ha de ser? —responde—,

sin aliento llego...

dos pícaros galgos

me vienen siguiendo.

—Sí —replica el otro—;

por allí los veo;

pero no son galgos.

—Pues ¿qué son? —Podencos.

—¿Qué? ¿Podencos dices?

Sí; como mi abuelo.

Galgos y muy galgos;

bien vistos los tengo.

—Son podencos: vaya,

que no entiendes de eso.

—Son galgos, te digo.

—Digo que podencos.

En esta disputa

llegando los perros,

pillan descuidados

a mis dos conejos.

Los que por cuestiones

de poco momento

dejan lo que importa,

llévense este ejemplo.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

EL GOZQUE Y EL MACHO DE NORIA

Bien habrá visto el lector

en hostería o convento

un artificioso invento

para andar el asador.

Rueda de madera es

con escalones, y un perro

metido en aquel encierro

le da vueltas con los pies.

Parece que cierto Can

que la máquina movía,

empezó a decir un día:

—Bien trabajo, y ¿qué me dan?

¡Cómo sudo! ¡Ay, infeliz!

Y al cabo por gran exceso,

me arrojarán algún hueso

que sobre de esa perdiz.

Con mucha incomodidad

aquí la vida se pasa;

me iré, no sólo de casa,

mas también de la ciudad.

Apenas le dieron suelta,

huyendo con disimulo,

llegó al campo, en donde un Mulo

a una noria daba vuelta.

Y no le hubo visto bien

cuando dijo: —¿Quién va allá?

Parece que por acá

asamos carne también.

—No aso carne, que agua saco,

—el Macho le respondió—.

—Eso también lo haré yo

—saltó el Can—, aunque estoy flaco.

Como esa rueda es mayor,

algo más trabajaré.

¿Tanto pesa...? Pues ¿y qué?

¿No ando la de mi asador?

Me habrán de dar, sobre todo,

más ración, tendré más gloria...

Entonces el de la noria

le interrumpió de este modo:

—Que se vuelva le aconsejo

a voltear su asador,

que esta empresa es superior

a las fuerzas de un Gozquejo.

¡Miren el Mulo bellaco,

y qué bien le replicó!

Lo mismo he leído yo

en un tal Horacio Flaco,

que a un autor da por gran yerro

cargar con lo que después

no podrá llevar: esto es,

que no ande la noria el Perro.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental
Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

LA ARDILLA Y EL CABALLO

Mirando estaba una Ardilla

a un generoso Alazán,

que dócil a espuela y rienda

se adiestraba en galopar.

Viéndole hacer movimientos

tan veloces y a compás,

de aquesta suerte le dijo

con muy poca cortedad:

—Señor mío:

de ese brío,

ligereza

y destreza

no me espanto;

que otro tanto

suelo hacer, y acaso más.

Yo soy viva,

soy activa,

me meneo,

me paseo,

yo trabajo,

subo y bajo;

no me estoy quieta jamás.

El paso detiene entonces

el buen potro, y muy formal,

en los términos siguientes

respuesta a la Ardilla da:

—Tantas idas

y venidas,

tantas vueltas

y revueltas,

quiero, amiga,

que me diga:

¿son de alguna utilidad?

Yo me afano,

mas no en vano.

Sé mi oficio,

y en servicio

de mi dueño

tengo empeño

de lucir mi habilidad.

Conque algunos escritores

ardillas también serán,

si en obras frívolas gastan

todo el calor natural.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

LA COMPRA DEL ASNO

Ayer por mi calle

pasaba un borrico,

el más adornado

que en mi vida he visto.

Albarda y cabestro

eran nuevecitos,

con flecos de seda

rojos y amarillos.

Borlas y penacho

llevaba el pollino,

lazos, cascabeles

y otros atavíos;

y hechos a tijera,

con arte prolijo,

en pescuezo y anca

dibujos muy lindos.

Parece que el dueño,

que es, según me han dicho,

un chalán, gitano

de los más ladinos,

vendió aquella alhaja

a un hombre sencillo;

y añaden que al pobre

le costó un sentido.

Volviendo a su casa,

mostró a sus vecinos

la famosa compra,

y uno de ellos dijo:

—Veamos, compadre,

si este animalito

tiene tan buen cuerpo

como buen vestido.

Empezó a quitarle

todos los aliños;

y bajo la albarda,

al primer registro,

le hallaron el lomo

asaz malferido,

con seis mataduras

y tres lobanillos,

amén de dos grietas

y un tumor antiguo

que bajo la cincha

estaba escondido.

—¡Burro —dijo el hombre—,

más que el burro mismo

soy yo, que me pago

de adornos postizos!

A fe que este lance

no echaré en olvido;

pues viene de molde

a un amigo mío,

el cual a buen precio

ha comprado un libro

bien encuadernado

que no vale un pito.

EL NATURALISTA Y LAS LAGARTIJAS

Vió en una huerta

dos Lagartijas

cierto curioso

naturalista.

Cógelas ambas

y a toda prisa

quiere hacer de ellas

anatomía.

Ya me ha pillado

la más rolliza;

miembro por miembro

ya me la trincha;

el microscopio

luego le aplica.

Patas y cola,

pellejo y tripas,

ojos y cuello,

lomo y barriga,

todo lo aparta

y lo examina.

Toma la pluma,

de nuevo mira,

escribe un poco,

recapacita.

Sus mamotretos

después registra,

vuelve a la propia

carnicería.

Varios curiosos

de su pandilla

entran a verle.

Dales noticia

de lo que observa:

unos se admiran,

otros preguntan,

otros cavilan.

Finalizada

la anatomía,

cansóse el sabio

de Lagartija;

soltó la otra,

que estaba viva.

Ella se vuelve

a sus rendijas,

en donde, hablando

con sus vecinas,

todo el suceso

les participa.

—No hay que dudarlo,

no —les decía—;

con estos ojos

lo vi yo misma.

Se ha estado el hombre

todito un día

mirando el cuerpo

de nuestra amiga.

¿Y hay quien nos trate

de sabandijas?

¿Cómo se sufre

tal injusticia,

cuando tenemos

cosas tan dignas

de contemplarse

y andar escritas?

No hay que abatirse,

noble cuadrilla;

valemos mucho,

por más que digan.

¿Y querrán luego

que no se engrían

ciertos autores

de obras inicuas?

Les honra mucho

quien los critica.

No seriamente,

muy por encima

deben notarse

sus tonterías;

que hacer gran caso

de Lagartijas,

es dar motivo

de que repitan:

—Valemos mucho,

por más que digan.

EL TOPO Y OTROS ANIMALES

Ciertos animalitos,

todos de cuatro pies,

a la gallina ciega

jugaban una vez.

Un Perrillo, una Zorra

y un Ratón, que son tres;

una Ardilla, una Liebre

y un Mono, que son seis.

Este a todos vendaba

los ojos, como que es

el que mejor se sabe

de las manos valer.

Oyó un Topo la bulla,

y dijo: —Pues, pardiez,

que voy allá, y en rueda

me he de meter también.

Pidió que le admitiesen;

y el Mono, muy cortés,

se lo otorgó (sin duda

para hacer burla de él).

El Topo a cada paso

daba veinte traspiés,

porque tiene los ojos

cubiertos de una piel;

y a la primera vuelta,

como era de creer,

facilísimamente

pillan a su merced.

De ser gallina ciega

le tocaba la vez;

y ¿quién mejor podía

hacer este papel?

Pero él, con disimulo,

por el bien parecer,

dijo al Mono: —¿Qué hacemos?

Vaya, ¿me venda usted?

Si el que es ciego y lo sabe,

aparenta que ve,

quien sabe que es idiota,

¿confesará que lo es?

Animales jugando a la gallina ciega
Animales jugando a la gallina ciega

El topo y otros animales.

EL OSO, LA MONA Y EL CERDO

Un Oso con que la vida

ganaba un piamontés,

la no muy bien aprendida

danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,

dijo a una Mona: —¿Qué tal?

Era perita la Mona,

Y respondióle: —Muy mal.

—Yo creo —replicó el Oso—,

que me haces poco favor.

Pues qué, ¿mi aire no es garboso?

¿No hago el paso con primor?

Estaba el Cerdo presente,

y dijo: —¡Bravo! ¡Bien va!

¡Bailarín más excelente

no se ha visto ni verá!

Echó el Oso, al oír esto,

sus cuentas allá entre sí,

y con ademán modesto

hubo de exclamar así:

—Cuando me desaprobaba

la Mona, llegué a dudar;

mas ya que el Cerdo me alaba,

muy mal debo de bailar.

Guarde para su regalo

esta sentencia un autor:

“Si el sabio no aprueba, ¡malo!;

si el necio aplaude, ¡peor!”

LOS DOS LOROS Y LA COTORRA

De Santo Domingo trajo

dos Loros una señora.

La isla es mitad francesa

y otra mitad española;

así, cada animalito

hablaba distinto idioma.

Pusiéronles al balcón,

y aquello era Babilonia.

De francés y castellano

hicieron tal pepitoria,

que al cabo ya no sabían

hablar ni una lengua ni otra.

El francés del español

tomó voces, aunque pocas;

el español al francés

casi se las toma todas.

Manda el ama separarlos,

y el francés luego reforma

las palabras que aprendió

de lengua que no es de moda.

El español, al contrario,

no olvida la jerigonza,

y aun discurre que con ella

ilustra su lengua propia.

Llegó a pedir en francés

los garbanzos de la olla;

y desde el balcón de enfrente

una erudita Cotorra

la carcajada soltó,

haciendo del Loro mofa.

Él respondió solamente,

como por tacha afrentosa:

—Vos no sois que una purista.

Y ella dijo: —¡A mucha honra!—

¡Vaya, que los Loros son

lo mismo que las personas!

LA CAMPANA Y EL ESQUILÓN

En cierta catedral una Campana había

que sólo se tocaba algún solemne día.

Con el más recio són, con pausado compás,

cuatro golpes o tres solía dar no más.

Por esto y ser mayor de la ordinaria marca

celebrada fué siempre en toda la comarca.

Tenía la ciudad en su jurisdicción

una aldea infeliz, de corta población,

siendo su parroquial una pobre iglesita

con chico campanario a modo de una ermita,

y un rajado Esquilón, pendiente en medio de él,

era allí quien hacía el principal papel.

A fin de que imitase aqueste campanario

al de la catedral, dispuso el vecindario

que despacio y muy poco el dichoso Esquilón

se hubiese de tocar sólo en tal cual función,

y pudo tanto aquello en la gente aldeana,

que el Esquilón pasó por una gran campana.

Muy verosímil es, pues que la gravedad

suple en muchos así por la capacidad;

dígnanse rara vez de despegar sus labios,

y piensan que con esto imitan a los sabios.

EL PEDERNAL Y EL ESLABÓN

Al Eslabón de cruel

trató el Pedernal un día,

porque a menudo le hería

para sacar chispas de él.

Riñendo éste con aquél,

al separarse los dos,

—Quedaos —dijo— con Dios.

¿Valéis vos algo sin mí?

Y el otro responde: —Sí,

lo que sin mí valéis vos.

Este ejemplo material

todo escritor considere

que largo estudio no uniere

al talento natural.

Ni da lumbre el pedernal

sin auxilio de eslabón,

ni hay buena disposición

que luzca faltando el arte;

si obra cada cual aparte

ambos inútiles son.

EL BURRO FLAUTISTA

Esta fabulilla,

salga bien o mal,

me ha ocurrido ahora

por casualidad.

Cerca de unos prados

que hay en mi lugar,

pasaba un borrico

por casualidad.

Una flauta en ellos

halló, que un zagal

se dejó olvidada

por casualidad.

Acercóse a olerla

el dicho animal,

y dió un resoplido

por casualidad.

En la flauta el aire

se hubo de colar,

y sonó la flauta

por casualidad.

—¡Oh —dijo el Borrico—,

qué bien sé tocar!

¡Y dirán que es mala

la música asnal!

Sin reglas del arte

borriquitos hay,

que una vez aciertan

por casualidad.

Viñeta ornamental
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