DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
Reading edition
Madrid, 1600; † 1681.
POR UN CERO
De una dama era galán
un vidriero, que vivía
en Tremecén, y tenía
un grande amigo en Tetuán.
Pidióle un día la dama
que a su amigo le escribiera
que una mona remitiera;
y como siempre quien ama
se desvela en conseguir
lo que su dama le ordena,
por escoger una buena
tres o cuatro envió a pedir.
El tres o cuatro escribió
en guarismo el majadero:
y como es allí la o cero,
el de Tetüán leyó:
“Amigo, para personas
a quien tengo voluntad,
luego al punto me enviad
trescientas y cuatro monas.”
Hallóse afligido el tal;
pero mucho más se halló
el vidriero cuando vió
contra su frágil caudal,
dentro de muy pocos días,
apearse con estruendo
trescientas monas, haciendo
trescientas mil monerías.
(El secreto a voces, jornada 1.ª, escena XIII.)

COMEDIMIENTO Y ASTUCIA
A cuatro o cinco chiquillos
daba de comer su padre
cada día; y como eran
tantas porciones iguales,
un día se olvidó de uno.
Él, por no pedir (que es grave
desacato de los niños),
estábase muerto de hambre.
Un gato maullaba entonces,
y dijo el chiquillo: —¡Zape!
¿De qué me pides los huesos,
si aún no me han dado la carne?
(El pintor de su deshonra, jornada 3.ª, escena XXI.)

EL CONSUELO
Cuentan de un sabio que un día,
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
—¿Habrá otro—entre sí decía—
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
(La vida es sueño, jornada 1.ª)
DESPRECIO DE LA GRANDEZA HUMANA
Medita un poco este ejemplo:
Un filósofo que estaba
en un monte, o en un valle
(que no importa a la maraña
que esté en bajo o esté en alto),
vió un soldado que pasaba;
se puso a parlar con él,
y al fin de pláticas largas,
le dijo: —¿Posible ha sido,
que nunca has visto la cara
de Alejandro, nuestro César,
de aquel cuyas alabanzas
le coronan de laureles
y rey del orbe le aclaman?
El filósofo le dijo:
—¿No es un hombre? ¿Qué importancia
tendrá el verle más que a ti?
O si no (para que salgas
desa adulación común),
del suelo una flor levanta,
llévala y dile a Alejandro
que digo yo que me haga
sola una flor como ella.
Verás luego que no pasan
trofeos, aplausos, glorias,
lauros, triunfos y alabanzas
de lo humano, pues no puede,
después de victorias tantas,
hacer una flor tan fácil,
que en cualquier campo se halla.
(La cisma de Ingalaterra, jornada 2.ª, escena II.)
PASIÓN DE POETA
Oye lo que sucedió
a un poeta con su ama:
Como dicen que se inflama
de un espíritu su pecho,
de cuyo ardor satisfecho
es el corazón la llama,
él enfurecido estaba,
y tanto se divertía
del afecto que llevaba,
que todo cuanto escribía
a voces representaba.
Llegó al paso de un león
a aquella misma ocasión
que con la comida entraba
el ama, y como él estaba
llevado de su pasión:
—¡Guarda el león! —con voz fiera
dijo—. Y el ama ligera,
que ya temió sus cosquillas,
con puchero y escudillas
rodó toda la escalera,
diciendo: —¡Ay, Virgen Sagrada,
librad a Mari-Guisada
de sus uñas importunas!
Quedando el amo en ayunas,
y la rucia ama, rodada.
(Lances de amor y fortuna, jornada 3.ª, escena IV.)
CULPAR AL PRÓJIMO DE LA FALTA PROPIA
Sordo un hombre amaneció,
y viendo que nada oía
de cuanto hablaban, decía:
—¿Qué diablos os obligó
a hablar hoy de aquesos modos?
Volvían a hablarle bien,
y él decía: —¡Hay tal! ¡Que den
hoy en hablar quedo todos!,
sin persuadirse a que fuese
suyo el defecto. Tú así
presumes que no está en ti
la culpa; y aunque te pese,
es tuya, y no la conoces,
pues das, sordo, en la locura
de no entender la hermosura
que el mundo te dice a voces.
(El pintor de su deshonra, jornada 2.ª, escena II.)
POR NO HABLAR CLARO
Pues mal hace en no decirlo
claro: dolores y penas
no se han de decir por frases.
Dolíale a un hombre una muela;
vino un barbero a sacarla,
y estando la boca abierta:
—¿Cuál es la que duele? —dijo—.
Dióle en culto la respuesta,
—La penúltima —diciendo—.
El barbero, que no era
en penúltimas muy ducho,
le echó la última fuera.
A informarse del dolor
acudió al punto la lengua,
y dijo en sangrientas voces:
—La mala, maestro, no es ésa.
Disculpóse con decir:
—¿No es la última de la hilera?
—Sí —respondió—; mas yo dije
penúltima, y ucé advierta
que penúltimo es el que
junto al último se asienta.
Volvió mejor informado,
a dar al gatillo vuelta,
diciendo: —En efecto, ¿es
de la última la más cerca?
—Sí —dijo—. —Pues vela aquí,
—respondió con gran presteza,
sacándole la que estaba
penúltima; de manera
que quedó, por no hablar claro,
con la mala y sin dos buenas.
(Los dos amantes del cielo, jornada 2.ª, escena VI.)
CONTENTAR A TODOS
Hay cerca de Ratisbona
dos lugares de gran fama,
que el uno Ágere se llama,
y el otro, Macarandona.
Un solo cura servía,
humilde siervo de Dios,
a los dos, y así a los dos
misa las fiestas decía.
Un vecino del lugar
de Macarandona fué
a Ágere, y oyendo que
el cura empezó a cantar
el prefacio, reparó
en que a voces aquel día
Gratias agere, decía,
y a Macarandona no.
Con lo cual muy enojado
dijo: —El cura gracias da
a Ágere, como si acá
no le hubiéramos pagado
sus diezmos—. Cuando escucharon
tan bien sentidas razones
los nobles macarandones,
los bodigos le sisaron.
Viéndose desbodigar,
al sacristán preguntó
la causa. Él se la contó,
y él dió desde allí en cantar,
siempre que el prefacio entona,
por que la ofrenda se aplique:
Tibi semper et ubique
gratias a Macarandona.
(El secreto a voces, jornada 2.ª, escena XVIII.)
LOS HUÉSPEDES QUÉ GUSTO DAN...
Llegando una compañía
de soldados a un lugar,
empezó un villano a dar
mil voces, en que decía:
—Dos soldados para mí.
—Lo que excusar quieren todos
—dijo uno—, ¿con tales modos
pides? Y él respondió: —Sí;
que aunque molestias me dan
cuando vienen, es muy justo
admitirlos, por el gusto
que me hacen cuando se van.
(El pintor de su deshonra, jornada 1.ª, escena III.)
LA MANDA DEL SOLDADO
Un soldado de hartos bríos,
muriéndose, así decía:
—Ítem, es voluntad mía
que los camaradas míos
me lleven en mi ataúd;
a quien quiero se les dé
treinta reales, para que
los beban a mi salud.
(Los dos amantes del cielo, jornada 2.ª, escena XVII.)
EL GANGOSO
Cautivó un moro a un gangoso;
y él, bien o mal, como pudo,
se fingió en la nave mudo,
por no hacer dificultoso
su rescate; de manera
que cuando el moro le vió
defectüoso, le dió
muy barato. Estando fuera
del bajel: —Moro —decía—,
no soy mudo, hablar no ignoro.
A quien oyéndolo el moro,
de esta suerte respondía:
—Tú fuiste gran mentecato
en fingir aquí el callar;
porque si te oyera hablar,
aún te diera más barato.
(Los dos amantes del cielo, jornada 2.ª, escena XVII.)

APRENDIERA BUEN OFICIO
De una fiesta a su lugar
volvía un tamborilero,
y un fraile también volvía
de la fiesta a su convento.
El tamborilero iba
en un burro caballero,
y el fraile a pie. Preguntóle
el padre: —¿De dónde bueno?
—De tañer —dijo— esta flauta
y este tamboril. —Por eso
—le preguntó—, ¿qué le han dado?
Él respondió: —Poco, cierto:
cincuenta reales, comido
y bebido, que no es menos,
llevado y traído; sin otros
regalillos que aquí tengo.
—¿Eso es poco? —dijo el padre—.
Pues yo de predicar vengo,
y ni aun de comer me han dado,
y como ve, a pie me vuelvo.
El tamborilero entonces
dijo enojado y soberbio:
—Pues tamborilero y padre
predicador ¿es lo mesmo?
Aprendiera buen oficio,
y no se quejara deso,
que no somos todos unos
frailes y tamborileros.
(De una causa dos efectos, jornada 2.ª, escena IX.)

EL MAL PINTOR
Un mal pintor compró una
mala casa, y muy contento,
un mal amigo llevó
a enseñarla; lo primero
fué un mal aposento y dijo:
—¿Veis este mal aposento?
Pues dejádmele blanquear,
y que yo le pinte luego
de mi mano todo él,
las paredes y los techos,
y veréis qué bueno queda.
A que el amigo, risueño
dijo: —¡Bueno quedará!,
mas si le pintáis primero,
y le blanqueáis después,
quedará mucho más bueno.
(Los dos amantes del cielo, jornada 1.ª, escena IV.)
LA LIBERALIDAD
Pobre y miserable un día
llegó a los pies de Alejandro
el doctísimo Tebandro,
celebrado en la poesía;
y queriendo con alguna
merced el César ufano
hacer paces, aunque en vano,
entre el ingenio y fortuna,
le dió tan preciosos dones,
que desvanecer pudieran
a la ambición cuando fueran
los átomos ambiciones.
Suspenso el sabio quedó
sin responder, temeroso
a la merced, y dudoso
Alejandro preguntó:
—¿Cómo el bien das al olvido
y a la memoria el agravio?
¿Tú cómo puedes ser sabio,
siendo desagradecido?
A quien Tebandro miró,
diciendo: —Si el gusto está
en la mano del que da,
y del que recibe no,
yo no debo agradecerte
el bien que me haces aquí.
Tú has de agradecerme a mí
el darte yo desta suerte
ocasión en que mostró
tu pecho grandeza tal,
pues no fueras liberal
si no fuera pobre yo.
(Saber del mal y del bien, jornada 1.ª, escena XII.)
EL CIEGO
Un ciego en Londres había
tal, que no determinaba
los bultos con quien hablaba
en el resplandor del día:
Y una noche que llovía
(como una de las pasadas)
a cántaros y a lanzadas,
por las calles caminando,
se iba mi ciego alumbrando
con unas pajas quemadas.
Uno que le conoció,
dijo: —Si no os alumbráis,
¿para qué esa luz lleváis?
Y el ciego le respondió:
—Si no veo la luz yo,
la ve el que viene, y así
no encuentra conmigo aquí;
con que aquesta luz que ves,
si no es para ver yo, es
para que me vean a mí.
(La cisma de Ingalaterra, jornada 1.ª, escena VI.)
REGATEO
[Uno] llamó al sacristán
y le dijo: —¿Cuánto quiere
vuesarced por enterrarme?
Él dijo, supongo: —Veinte
reales. —¿Quiere diez y seis?
—dijo. —Más costa me tiene
—le replicó el sacristán—.
A que respondió el doliente:
—Pues mire si le está bien
y entiérreme en diez y siete,
porque no me moriré
como un cuarto más me cueste.
(Dicha y desdicha del nombre, jornada 3.ª, escena V.)
PARA ABLANDAR LA CAMA
Con hambre y cansancio un día
a una posada llegó
cierto fraile, y preguntó
a la huéspeda qué había
de comer. —Si una gallina
no mato —le dijo ella—,
nada hay. —¿Quién podrá comella
—respondió con gran mohina—
acabada de matar?
—Tierna estará —replicó
la huéspeda—, porque yo
sé un secreto singular
con que se ablande—. Y cogiendo
la polla, que viva estaba,
vió que los pies la quemaba,
con que a nuestro reverendo
muy blanda le pareció;
y aunque el hambre pudo hacello,
atribuyéndolo a aquello,
en la cama se acostó.
Estaba la cama dura,
tanto que le tenía inquieto;
y él, cayendo en el secreto,
pegarla a los pies procura
la luz. Dijo al ver la llama
la huéspeda: —Padre, ¿qué es
eso?— Y él dijo: —Nuestra ama,
porque se ablande la cama,
quemo a la cama los pies.
(No siempre lo peor es cierto, jornada 2.ª, escena XIII.)

