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Fábulas y cuentos en verso

JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH

Reading edition

Madrid, 1806; † 1880.

LAS ESPIGAS

La espiga rica en fruto

se inclina a tierra;

la que no tiene grano

se empina tiesa.

Es en su porte

modesto el hombre sabio

y altivo el zote.

LOS TRES QUEJOSOS

—¡Qué mal —gritó la mona—

que estoy sin rabo!

—¡Qué mal estoy sin astas!

—repuso el asno—.

Y dijo el topo:

—Más debo yo quejarme,

que estoy sin ojos.

No reniegues, Camilo,

de tu fortuna;

que otros podrán dolerse

más de la suya.

Si se repara,

nadie en el mundo tiene

dicha colmada.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

EL DROMEDARIO Y EL CAMELLO

El camello le dijo

al dromedario:

—Comparado contigo,

¡cuánto más valgo!

No cabe duda:

yo tengo dos jorobas;

tú tienes una.

EL COMPRADOR Y EL HORTERA

Cuentecillo forjado por deleite

parecerá sin duda la contienda

que se trabó en Madrid en una tienda

de vinagre y aceite.

Despachaba en la calle de Torija

líquidos un muchacho madrileño;

y otro, según la traza, lugareño,

fué por aceite allí con su vasija.

—Tú, cara de lechuza

—dijo sin aprensión el forastero—,

despáchame ligero,

lléname bien la alcuza.

—Cuando sepas hablar en castellano

—le replicó el hortera—

sabrás que lo que tienes en la mano

se llama la aceitera.

—En toda tierra que garbanzos cría

—contestó el provincial enardecido—

alcuza siempre ha sido,

y alcuza la nombramos en el día.

—En tierra —dijo el otro— de garbanzos,

corre por aceitera solamente,

y quien le ponga nombre diferente

ha nacido entre malvas y mastranzos.

El patán en sus trece se mantuvo;

le rechazaba el horterilla listo:

se incomodaron, y hubo,

por consiguiente, la de Dios es Cristo.

A las voces y apodos

cachetina siguió, larga y furiosa:

todo por una cosa

que se puede llamar de entrambos modos.

Pueril extravagancia

es, pero comunísima en el hombre,

no poner en disputa la sustancia

y reñir por el nombre.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

EL JUMENTO MURMURADOR

—Señor, es fuerza que la sangre corra

—dijo al león solícita la zorra—;

sin cesar el estúpido jumento

de ti murmura con furor violento.

—¡Bah! —respondió la generosa fiera—,

déjale que rebuzne cuanto quiera.

Pecho se necesita bien mezquino

para sentir injurias de pollino.

EL AVARO Y EL JORNALERO[4]

Todo su caudal guardaba

cierto avariento cuitado

en onzas de oro, metidas

en un puchero de barro.

Por tenerlo más seguro,

fué con su puchero al campo:

al pie de un árbol cavó,

y lo enterró con recato.

Amaneció al otro día

hambriento y desesperado

un jornalero, sin pan

ni esperanza de ganarlo.

Sacudió las faltriqueras,

y hallando en una cuartos,

sale, se compra una soga,

y en seguida, como un rayo,

se va al campo a que le quite

los pesares el esparto.

Trataba de ahorcarse, en fin,

y escogió para ello el árbol

que era del tesoro en onzas,

inmóvil depositario.

Al afianzar de una rama

bien la soga el pobre diablo,

se le hundió en el hoyo un pie

y halló el puchero enterrado.

Cogióle, besóle y fuese,

y corriendo, a corto rato,

sus preciosas amarillas

vino a visitar el amo.

La tierra encontró movida

y el hoyo desocupado;

pero de puchero y onzas

no vió ni sombra ni rastro.

Reparó en la soga entonces,

y haciendo a la punta un lazo,

se ahorcó para no vivir

sin su tesoro adorado.

Así el puchero y la soga

mal o bien se aprovecharon:

él en un hambriento, y ella

en el cuello de un avaro.

LAS INDIRECTAS DEL PADRE COBOS

Célebres entre agudos y entre bobos

las indirectas son del padre Cobos;

mas como habrá sin duda quien aprecie

que le declare alguno lo que fueron

las tales indirectas en su especie,

trasládole el informe que me dieron.

Parece, pues, que había

en cierta población de Andalucía

un convento ejemplar, con un prelado,

siervo de Dios perfecto y acabado,

que de ciencia y paciencia era un portento;

por lo cual, uno a uno,

dió en irle a visitar a su convento,

sin qué ni para qué, tanto importuno,

que siempre andaba el pobre atropellado

para cumplir las reglas de su estado.

Era portero de la casa un lego,

catalán o gallego,

Cobos apellidado,

Bartolomé de nombre, alto, robusto,

de resuelto genial y un poco adusto.

Llamóle el superior, y dijo: —Mire

si puede hacer, por indirecto modo,

que esa gente comprenda

que de tanta visita me incomodo.

—Yo haré que se retire

la tal familia presto

—respondió el motilón—. —Sí, ponga enmienda,

pero indirectamente, por supuesto.

—Fíe, padre, en el tino de Bartolo;

para indirectas, ¡oh!, me pinto solo.

Viene al siguiente día,

madrugando solícito, un molesto.

Llama. Tilín, tilín... —Ave María.

Bartolo, sin abrir la portería,

dice al madrugador: —Hermano, trate

de ir a otro manantial que no se agote:

desde hoy ningún pegote

pruebe de mi prior el chocolate.

Oyendo el hombre la indirecta rara,

se fué, brotando bermellón su cara.

Llega un necio en seguida,

y Cobos dice: —Excuse la venida:

mientras el cargo ejerza de portero,

no entra aquí ni gandul ni majadero.

Despedido el segundo visitante,

cata el número tres. —Coja el portante

—prorrumpe el fiero Cobos— usiría:

no está bien entre monjes un espía.

Con una añadidura semejante,

y en tono proferida nada blando,

Bartolo a cada cual fué despachando;

y desde entonces al prior bendito

no perturbó en su celda ni un mosquito.

Contento el padre, y a la par confuso,

al lego preguntó: —¿De qué manera

con aquella familia se compuso

para que así de verme desistiera?

—Fué cosa muy sencilla,

mi querido prior —Cobos repuso—;

cada quisque llevó su indirectilla,

y huyó de mí la incómoda cuadrilla.

—Cuénteme las discretas expresiones,

cuya virtud a la razón los trajo.

—Les dije la verdad: “Sois un atajo

de tunos, de chismosos y de hambrones.”

—¿A eso llama indirectas, en efecto?

—Yo nunca en ellas fuí más circunspecto.

—Pues, hermano, mentiras o verdades,

sus indirectas son atrocidades.

Dijo bien el prior; mas como hay entes

en grado escandaloso impertinentes,

échaseles también de buena gana

tal cual indirectilla cobosiana.

LA ALACENA

Caminando un relator

del Consejo de Ultramar,

hizo noche en un lugar

en casa de un labrador.

Acompañaba al viajero

un tal Ayerbe de Ruiz,

mozo de experta nariz,

pero insigne majadero.

Cenaron en paz de Dios,

trataron de madrugar

y hubiéronse de acostar

en una alcoba los dos.

Veíanse en los costados

de la estancia, frente a frente,

iguales perfectamente,

cuatro postigos cerrados.

El un par era un balcón,

el otro correspondía

a una alacena en que había

seis quesos de Villalón.

Cogió el sueño tarde y mal

el relator, y durmiendo

soñó sentir el estruendo

de un turbión descomunal.

Cerca de la madrugada

le dijo al Fulano Ayerbe:

—Levántese usted y observe

si huele a tierra mojada.

Saltó Ayerbe de su lecho,

y a tientas de mano y pie,

por ir al balcón, se fué

a la alacena derecho.

Abrió, zampó la cabeza,

y aunque miró y remiró,

tan negro el boquete halló

como el resto de la pieza.

Pero un olor en seguida

percibió en aquel recinto,

que le pareció distinto

del de tierra humedecida.

Y entonces dijo el camueso

con mucha formalidad:

—No hay en el aire humedad;

está oscuro y huele a queso.

Así ciega y tontamente

críticas hacen famosas

los que no miran las cosas

desde el punto conveniente.

Tacha de oscuro y condena

tal concepto Santillana,

y es que huye de la ventana

y se asoma a la alacena.

EL CABALLO DE BRONCE

Niños, que de siete a once,

tarde y noche, alegremente,

jugáis en torno a la fuente

del gran caballo de bronce

que hay en la plaza de Oriente.

Suspended vuestras carreras,

pues hace calor, y oíd

una historia muy de veras,

y de las más lastimeras

que se cuentan por Madrid.

Ese caballo... Yo empleo

esta expresión, algo tonta,

porque en mi conciencia creo

que decir caballo es feo,

no atendiendo a quien le monta.

Felipe cuarto es el tal;

pero el uso general,

que tiene fuerza de ley,

hace que, olvidando al rey,

se nombre al irracional.

La razón yo no la sé;

a muchos la pregunté

y nadie fundarlo supo;

en fin, caballo diré,

mas ha de entenderse grupo.

Ese caballo, años ha

estaba, como quizá

sabréis sin que yo lo indique,

dentro del Retiro, allá

frente a la casa del Dique[5].

Allí da el jardín frescura

con sus aguas y verdor,

y el canoro ruiseñor

tiene morada segura

de enemigo cazador.

Allí al caballo volaban

con fácil y presto arranque

mil pájaros que llegaban

a beber en el estanque,

cuyas ondas le cercaban.

Allí, con reserva poca,

le corría todo entero

la turba intrépida y loca,

y hallábale un agujero

que tuvo el jaco en la boca.

Y tal la disposición

fué del tal, que por afuera

sufría la introducción

de un pajarillo cualquiera

del tamaño de un gorrión.

Por adentro era al revés:

bien que el intruso pasara

cabeza y cuello; después,

no hallando en qué afianzara

ni las alas ni los pies,

ellos no eran de provecho,

y eran ellas el estorbo;

y empujando con despecho

le hería garganta y pecho

el borde cortante y corvo.

Y víctima el animal

de su imprudencia fatal,

que fuga no permitía,

bregaba mientras podía

por la cárcel de metal.

Donde, triste, prisionero,

pidiendo en vano merced,

sobre muchos que primero

tuvieron su paradero,

perece de hambre y de sed.

Mil avecillas, buscando

sombra densa en el estío,

mil en el invierno, cuando

ya lloviendo, ya nevando,

traspasábalas el frío,

embocáronse en la panza

del caballo, que en venganza

debió decir para sí:

—Renunciad a la esperanza,

pájaros que entráis en mí.

Con el tiempo se mudó

del jardín en que habitó,

a la plaza donde está,

y entonces se desarmó

el cuerpo que encima va.

Y los cóncavos secretos

del cuadrúpedo cruel

aparecieron repletos

de plumas y de esqueletos

de aves, tragadas por él.

Mano de piedad movida

cerró, como era razón,

el menudo pozo Airón,

que se sorbió tanta vida

de pajarillo simplón.

Dañosa curiosidad

los condujo a muerte cruda.

¡Ay! ¡Cuántos en nuestra edad

por la brecha de la duda

se abisman en la impiedad!

Abismo donde pedir

favor al mortal discurso

no basta para salir;

él nos deja sin recurso

desesperar y morir.

LA REBANADITA DE PAN[6]

Ya sentado a su mesita

Basilio para cenar,

en su cuarto, sin llamar,

entrósele una visita.

Era una bella señora

la que invadió el domicilio,

diciendo: —Yo soy, Basilio,

una sabia encantadora.

Sé que no eres haragán,

y es escasa tu fortuna:

por tu bien, me has de dar una

rebanadita de pan.

Una onza tan sólo quiero,

y otra pediré mañana:

préstelas de buena gana

el honrado jornalero.

—Nada me sobra, en verdad;

una hija tengo y un hijo

y mujer —el hombre dijo—,

mas no le hace: bien, tomad.

Y con buen talante y fe

la rebanada partió

Basilio; la recibió

la encantadora y se fué.

La esperaba con ahinco

Basilio al siguiente día:

volvió la señora mía

trescientos sesenta y cinco.

Y era en la pobre morada

grande el júbilo y contento

de todos, en el momento

de ofrecer la rebanada.

Cumplido el año, tornó

la mágica pedigüeña

con la cara más risueña

que en el año se le vió;

y de un elegante escriño

roscas empezó a sacar

y en los brazos a ensartar

a padres, a niña y niño;

y díjoles: —Os presento

junto el pan que recibí

de vosotros; eso sí,

viene con algún aumento.

No es magnífico el socorro,

pero él os hace merced;

esta lección aprended

de la maga del ahorro.

Según deis, os volverá

beneficio, grande o chico:

la receta de ser rico

en vuestras manos está.

¿Queréis feliz situación

para los días de anciano?

Sed hormigas en verano,

como enseña Salomón.

A SU TIEMPO CADA COSA

Una zorra iba huyendo

por una loma

de un mastín que llevaba

casi a la cola.

Por encima volando

la ve una alondra,

que en el aire piaba

muy sin zozobra.

—Oye —dice a la que huye—

mi voz sonora.

—¡Para música vamos!

—dijo la zorra—.

Divertir quiere a todos

cierta persona,

y por no ser a tiempo

los incomoda.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

Notes in this chapter

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