FÉLIX MARÍA DE SAMANIEGO
Reading edition
La Guardia (Álava), 1745; † 1806.
EL CAMELLO Y LA PULGA
Al que ostenta valimiento
cuando su poder es tal
que ni influye en bien ni en mal,
le quiero contar un cuento.
En una larga jornada
un camello muy cargado
exclamó ya fatigado:
—¡Oh qué carga tan pesada!
Doña Pulga, que montada
iba sobre él, al instante
se apea y dice arrogante:
—Del peso te libro yo.
El Camello respondió:
—Gracias, señor Elefante.
LA ALFORJA
En una alforja al hombro
llevo los vicios;
los ajenos, delante;
detrás, los míos.
Esto hacen todos:
así ven los ajenos,
mas no los propios.


EL CUERVO Y EL ZORRO
En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
un Zorro muy maestro
le dijo estas palabras,
a poco más o menos:
—Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño;
vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo;
yo no gasto lisonjas
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el Fénix
de sus vastos imperios.
Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,
dejó caer el queso,
y el muy astuto Zorro,
después de haberle preso
le dijo: —Señor bobo,
pues sin otro alimento
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras digiero el queso.
Quien oye aduladores
nunca espere otro premio.

EL PERRO Y EL COCODRILO
Bebiendo un Perro en el Nilo
al mismo tiempo corría.
—Bebe quieto —le decía
un taimado Cocodrilo—.
Díjole el Perro prudente:
—Dañoso es beber y andar;
pero ¿es sano el aguardar
a que me claves el diente?
¡Oh qué docto Perro viejo!
Yo venero su sentir
en esto de no seguir
del enemigo el consejo.
LAS DOS RANAS
Tenían dos ranas
sus pastos vecinos:
una en un estanque,
otra en un camino.
Cierto día a ésta
aquélla le dijo:
—¿Es creíble, amiga,
de tu mucho juicio,
que vivas contenta
entre los peligros,
donde te amenazan
al paso preciso
los pies y las ruedas,
riesgos infinitos?
Deja tal vivienda,
muda de destino,
sigue mi dictamen
y vente conmigo.
En tono de mofa,
haciendo mil mimos,
respondió a su amiga:
—¡Excelente aviso!
¡A mí novedades!
Vaya ¡qué delirio!
Eso sí que fuera
darme el diablo ruido.
¡Yo dejar la casa
que fué domicilio
de padres, abuelos,
y todos los míos,
sin que haya memoria
de haber sucedido
la menor desgracia
desde luengos siglos!
—Allá te compongas,
mas ten entendido,
que tal vez sucede
lo que no se ha visto.
Llegó una carreta
a este tiempo mismo,
y a la triste Rana
tortilla la hizo.
Por hombres de seso
muchos hay tenidos,
que a nuevas razones
cierran los oídos.
Recibir consejos
es un desvarío:
la rancia costumbre
suele ser su libro.

LA ZORRA Y EL BUSTO
Dijo la Zorra al Busto
después de olerlo:
—Tu cabeza es hermosa,
pero sin seso.
Como éste hay muchos,
que aunque parecen hombres,
sólo son bustos.
EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO
Con las orejas gachas
y la cola entre piernas
se llevaba un Raposo
un Gallo de la aldea.
Muchas gracias al alba
que pudo ver la fiesta
al salir de su casa
Juana la madruguera.
Como una loca grita:
—¡Vecinos, que le lleva!
¡Que es el mío, vecinos!
Oye el Gallo las quejas,
y le dice al Raposo:
—Dile que no nos mienta,
que soy tuyo y muy tuyo.
Volviendo la cabeza
le responde el Raposo:
—Oye, gran embustera,
no es tuyo, sino mío:
él mismo lo confiesa.
Mientras esto decía,
el Gallo libre vuela,
y en la copa de un árbol
canta que se las pela.
El Raposo burlado,
huyó, ¡quién lo creyera!
Yo, pues, a más de cuatro
muy zorros en sus tretas,
por hablar a destiempo
les vi perder la presa.


EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE
Cierto artífice pintó
una lucha en que, valiente,
un hombre tan solamente
a un horrible León venció.
Otro León, que el cuadro vió,
sin preguntar por su autor,
en tono despreciador
dijo: —Bien se deja ver
que es pintar como querer
y no fué León el pintor.

La lechera.
LA LECHERA
Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
—¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento.
Marchaba sola la feliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:
—Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero;
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña, engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
el ver cómo le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado;
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero
que salte y corra toda la campaña
hasta el monte cercano a la cabaña.
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera,
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! ¡Adiós, leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero!
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa,
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles, impaciente, el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.

LOS GATOS ESCRUPULOSOS
¡Qué dolor! Por un descuido
Mizifuf y Zapirón
se comieron un capón
en un asador metido.
Después de haberse lamido
trataron en conferencia
si obrarían con prudencia
en comerse el asador.
—¿Le comieron? —No, señor:
Era caso de conciencia.
EL VIEJO Y LA MUERTE[7]
Entre montes por áspero camino,
tropezando con una y otra peña,
iba un Viejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte
que apenas levantarse ya podía,
llamaba con colérica porfía
una, dos y tres veces a la Muerte.
Armada de guadaña en esqueleto
la Parca se le ofrece en aquel punto;
pero el Viejo, temiendo ser difunto,
lleno más de temor que de respeto,
trémulo la decía, y balbuciente:
—Yo... señora... os llamé desesperado;
pero... —Acaba: ¿qué quieres, desdichado?
—Que me carguéis la leña solamente.
Tenga paciencia quien se cree infelice,
que aun en la situación más lamentable
es la vida del hombre siempre amable:
el viejo de la leña nos lo dice.
LA MONA
Subió una Mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde
en la cáscara la muerde,
con que le supo muy mal.
Arrojóla el animal,
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona
porque halla, como la Mona,
al principio que vencer.

LOS DOS AMIGOS Y EL OSO
A dos amigos se aparece un Oso:
el uno, muy medroso,
en las ramas de un árbol se asegura:
el otro, abandonado a la ventura,
se finge muerto repentinamente.
El Oso se le acerca lentamente;
mas como este animal, según se cuenta,
de cadáveres nunca se alimenta,
sin ofenderle le registra y toca,
huélele las narices y la boca,
no le siente el aliento
ni el menor movimiento,
y así se fué diciendo sin recelo:
—Este tan muerto está como mi abuelo.
Entonces el cobarde,
de su grande amistad haciendo alarde,
del árbol se desprende muy ligero,
corre, llega y abraza al compañero;
pondera la fortuna
de haberle hallado sin lesión alguna,
y al fin le dice: —Sepas que he notado
que el Oso te decía algún recado.
¿Qué pudo ser? —Diréte lo que ha sido:
estas dos palabritas al oído:
“Aparta tu amistad de la persona
que si te ve en el riesgo te abandona.”

LA ZORRA Y LAS UVAS
Es voz común que a más del mediodía,
en ayunas la Zorra iba cazando:
halla una parra; quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.
Causábale mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.
Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vió el imposible ya de fijo;
entonces fué cuando la Zorra dijo:
—No las quiero comer: No están maduras.
No por eso te muestres impaciente,
si se te frustra, Fabio, algún intento;
aplica bien el cuento,
y di: No están maduras, frescamente.


EL CONGRESO DE LOS RATONES[8]
Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
que después de las aguas del diluvio
fué padre universal de todo gato,
ha sido Miauragato
quien más sangrientamente
persiguió a la infeliz ratona gente.
Lo cierto es que obligada
de su persecución, la desdichada,
en Ratópolis tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso
echarle un cascabel, y de esa suerte
al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno a uno.
¿Quién lo ha de ejecutar? Eso, ninguno.
—Yo soy corto de vista. —Yo, muy viejo.
—Yo, gotoso—, decían. El consejo
se acabó como muchos en el mundo.
Proponen un proyecto sin segundo:
le aprueban. Hacen otro. ¡Qué portento!
¿Pero la ejecución? Ahí está el cuento.

El Congreso de los ratones.
EL CHARLATÁN
—Si cualquiera de ustedes
se da por las paredes
o arroja de un tejado
y queda a buen librar descostillado,
yo me reiré muy bien, importa un pito,
como tenga mi bálsamo exquisito.
Con esta relación un chacharero
gana mucha opinión y más dinero,
pues el vulgo, pendiente de sus labios,
más quiere a un Charlatán que a veinte sabios.
Por esta conveniencia
los hay el día de hoy en toda ciencia
que ocupan, igualmente acreditados,
cátedras, academias y tablados.
Prueba de esta verdad será un famoso
doctor en elocuencia, tan copioso
en charlatanería,
que ofreció enseñaría
a hablar discreto con fecundo pico,
en diez años de término, a un borrico.
Sábelo el rey, le llama, y al momento
le manda dé lecciones a un jumento;
pero bien entendido
que sería, cumpliendo lo ofrecido,
ricamente premiado,
mas cuando no, que moriría ahorcado.
El doctor asegura nuevamente
sacar un orador asno elocuente.
Dícele callandito un cortesano:
—Escuche, buen hermano;
su frescura me espanta;
a cáñamo me huele su garganta.
—No temáis, señor mío
—respondió el Charlatán—, pues yo me río;
en diez años de plazo que tenemos,
el rey, el asno o yo ¿no moriremos?
Nadie encuentra embarazo
en dar un largo plazo
a importantes negocios; mas no advierte
que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA[9]
Cantando la Cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del preciso sustento,
sin mosca, sin gusano,
sin trigo, sin centeno.
Habitaba la Hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto,
la dijo: —Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste Cigarra,
que alegre en otro tiempo
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.
La codiciosa Hormiga
respondió con denuedo,
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
—¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Qué has hecho en el buen tiempo?
—Yo —dijo la Cigarra—,
a todo pasajero
cantaba alegremente
sin cesar ni un momento.
—¡Hola! ¿Conque cantabas
cuando yo andaba al remo?
Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo.

