FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
Reading edition
Granada, 1789; † 1862.
EL TOPO Y EL GUSANO DE LUZ
Por una estrecha hendidura
sacó la cabeza un topo,
con poca carne en los huesos
y mucha piel en los ojos.
No sabe si es noche o día;
pero siente en el contorno
a un gusanillo de luz,
y le dice de este modo:
—Ufano puedes estar,
tamaño como un gorgojo,
llevando en parte vedada
la linterna por adorno:
ya la muestras, ya la ocultas,
tan altivo y orgulloso
como fanal que en la torre
enseña el puerto al piloto.
—No tal —contestó el gusano—,
que mi pequeñez conozco;
mas a ninguno hago daño,
y algún bien procuro a otros.
Doy luz, oculto en la hierba,
sobre las plantas me poso,
y los insectos acuden
a guarecerse en su tronco.
Ni destruyo las raíces,
ni las semillas me como,
ni por temor a los hombres
bajo la tierra me escondo.
Esto dijo el gusanillo;
y lo dijo con tal tono,
que el dañino animalejo
quedó aún más ciego de enojo:
fué a replicar, y no pudo;
sintió encendérsele el rostro,
y, murmurando entre dientes,
metióse dentro de un hoyo.
Así en el mundo sucede:
que los más torpes y tontos,
al que brilla poco o mucho
le zahieren envidiosos.
EL ZAGAL Y EL NIDO
—¿Dónde vas, zagal cruel;
dónde vas con ese nido,
riendo tú, mientras pían
esos tristes pajarillos?
Su madre los dejó solos
en este momento mismo
para buscarles sustento
y dárselo con su pico...
Mírala cuán azorada
echa menos a sus hijos,
salta de un árbol a otro,
va, torna, vuela sin tino:
al cielo favor demanda
con acento dolorido,
mientras ellos en tu mano
baten el ala al oírlo...
Tú también tuviste madre,
y la perdiste aún muy niño,
y te encontraste en la tierra
sin amparo y sin abrigo...
Las lágrimas se le saltan
al cuitado pastorcillo,
y, vergonzoso y confuso,
deja en el árbol el nido.

