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Fábulas y cuentos en verso

ANTONIO DE TRUEBA

Reading edition

Bilbao, 1821; † 1889.

EL EJEMPLO

Cuenta un autor, cuyo nombre

no conservo en la memoria,

porque fácilmente al hombre

se le va el santo a la gloria;

cuenta, repito, que un día

en una ciudad que expresa,

se sentó como solía

una familia a la mesa.

Según los datos completos

que tenemos a la vista,

constaba de los sujetos

que marca la adjunta lista:

un viejo temblón y cano;

dos esposos, por lo visto

hijo y nuera del anciano,

y un niño travieso y listo.

Cada cual con mucho celo

el estómago repara;

mas hete que al pobre abuelo

se le escurre la cuchara,

y como ésta es de metal,

hace doscientos añicos

un plato de pedernal,

por más señas, de los ricos.

El marido y la mujer

gritan con mil desacatos:

—¡A ese modo de romper

no ganamos para platos!

Continuó la pelotera,

y cuentan que al otro día

en un plato de madera

el pobre viejo comía;

mas tan mal se las compuso,

como estaba tan temblón,

que pan y manteles puso

hechos una perdición.

—¡Esto ya pasa de raya!

—gritan marido y mujer—;

levántese usted y vaya

a la cocina a comer;

y si allí no le conviene,

vaya a comer al establo,

que a todos dados nos tiene

con su suciedad al diablo.

En cuanto oyó este consejo

o más bien, este mandato,

bajó la cabeza el viejo

y se largó con su plato;

y desde aquella función

despachaba en la cocina

tristemente su ración

por evitar tremolina.

Llorando el anciano un día

la ingratitud de sus hijos,

sus tristes ojos tenía

el pobre en su nieto fijos.

Y al ver que un madero grueso

el niño afanoso esconde,

le dice: —¿Para qué es eso?

Y su nieto le responde:

—De este madero saldrá

un plato de buena clase

para que papá y mamá

coman cuando yo me case.

Y exclama el mísero anciano:

—¡Hará lo que hacen conmigo!

¡Dios mío! ¡Tu santa mano

puso en la culpa el castigo!

LOS TRES AMIGOS

Según Herder, un sujeto

que tenía tres amigos

a dos de ellos profesaba

el más profundo cariño,

y a la amistad del tercero

se mostraba siempre frío.

Cierto día fué acusado

de un horroroso homicidio,

y se hallaba con el alma

como quien dice en un hilo,

aunque era el hombre inocente

de tan bárbaro delito.

—Amigos míos, me acusan

de un asesinato —dijo—,

y el juez, según me han contado,

está como un basilisco.

Soy inocente, y deseo

que vengáis los tres conmigo

a declarar mi inocencia

en calidad de testigos.

Dió por excusa el primero

unos asuntos precisos;

acompañóle el segundo

si bien un poco remiso,

pero así que vió la turba

de centinelas y esbirros

que el tribunal custodiaban,

volvió pies atrás, más listo

que Cardona, temeroso

de que le echaran los cinco.

No esperaba el acusado

mucho del tercer amigo;

pero éste, fiel y animoso,

compareció ante el ministro

de la ley, y al acusado

defendió tan a lo vivo

que declarado inocente

fué en aquel instante mismo.

Tres amigos tiene el hombre

en el mundo en que vivimos,

¿cómo se portan con él

ante el tribunal divino?

El dinero es el primero

de los tres en su cariño,

y es el primero también

que le abandona mezquino.

Los deudos y los parientes

tiene por segundo amigo;

hasta junto a su sepulcro

van haciendo pucheritos,

mas se asustan de la muerte

y se vuelven atrás listos

diciendo a lo más: —Allá

nos esperes muchos siglos.

Por último, son las obras

buenas su tercer amigo,

y aunque con indiferencia

por él miradas han sido,

de tal modo le defienden

ante el tribunal divino,

que al fin el manto de gracia

cubre todos sus delitos.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

LA PARTE DEL LEÓN[2]

Fuéronse de caza

sin perros ni trompas

el león, el oso,

el lobo y la zorra;

y así que cazaron

porción nada corta

de cabras y ovejas

y chotos y potras,

—Hagamos —dijeron—

el reparto ahora

e inmediatamente

llenemos la andorga.

—¿Quién se encarga de ello?

—preguntó con sorna

el león, sin duda

buscando camorra—.

—¡Yo! —responde el oso,

cuya afición tonta

es hacer el ídem.

—Pues manos a la obra.

Cuando en cuatro partes

la caza amontona,

al león el oso

le dice que escoja

una de las cuatro,

que iguales son todas.

—¡Tú partir no sabes!

—gruñe con voz ronca

el león al oso,

que replicar no osa.

Y ¡ham! de un dentellazo

me lo descogota,

y a la zorra dice

con frase melosa:

—Chiquita, el reparto

vas a hacer tú ahora,

que fío has de hacerlo

a pedir de boca,

pues como chiquita

no eres maliciosa.

En cinco montones

la repartidora

reparte la caza,

y acabada su obra

al león le dice

con una graciosa

reverencia: —Vuestra

majestad escoja

de estas cinco partes

las tres que le tocan:

como león, una,

como monarca, otra,

y otra como jefe...

—Hola, hola, hola

—dice el león—; veo

que tú no eres boba.

Y añade, moviendo

de gusto la cola:

—Di, ¿quién te ha enseñado

todas esas cosas?

—¿Quién, señor...? El oso,

—contesta la zorra.

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental
Viñeta ornamental
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EL LOBO Y EL CORDERO[3]

El lobo y el cordero llegaron a un arroyo,

el lobo atormentado más de hambre que de sed,

y entre lobo y cordero sobrevino este diálogo,

que a mí me suena como sobrevenido ayer:

—Súbdito miserable, morirás, pues el agua

que yo, tu rey, bebía, te atreviste a enturbiar.

—¿Cómo, señor, haceros tal injuria he podido

estando más abajo que vuestra majestad?

—Si no lo has hecho ahora, lo hiciste hace seis meses.

—Señor, si todavía de edad no tengo dos.

—Pues si tú no lo has hecho, tu padre es quien lo haría,

y es justo que ahora mismo sufras la expiación.

Así diciendo, el lobo, sin conciencia ni entrañas

hizo al cordero víctima de su voracidad;

que siempre los tiranos, a falta de razones

para oprimir al justo, razones falsas dan.

Viñeta ornamental
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