JUAN RUIZ DE ALARCÓN
Reading edition
N. en Méjico, hacia 1581; † 1639.
EL OFENSOR OFENDIDO
Oye este caso, señor:
En una casa en que había
conversación cierto día
salieron al corredor
dos solos, que una cuestión
tenían que averiguar,
y en ella le vino a dar
uno a otro un bofetón.
Pues el que le recibió,
a grandes voces y apriesa
dijo al otro: —Tomaos ésa.
La gente, que dentro oyó
el golpe, y no vió la mano,
atribuyó la victoria
al que cantaba la gloria
tan orgulloso y ufano.
Y así, con esta invención,
vino a quedar agraviado
aquel mismo que había dado
al contrario el bofetón.
(La prueba de las promesas, acto 3.º)
EL COBARDE
Sacó la espada un valiente
contra un gallina, y huyendo
el cobarde, iba diciendo:
—Hombre, que me has muerto, tente.
Acudió gente al ruïdo,
y uno, que llegó a buscarle
la herida para curarle,
viendo que no estaba herido,
dijo: —¿Qué os pudo obligar
a decir, si no os hirió,
que os ha muerto? Y respondió:
—¿No me pudiera matar?
(Los pechos privilegiados, acto 2.º, escena XII.)

EL SABIO ENTRE LOS LOCOS
. . . . . . . . . . . . . . . .
Un aguacero cayó
en un lugar, que privó
a cuantos mojó de seso.
Y un sabio que por ventura
se escapó del aguacero,
viendo que al lugar entero
era común la locura,
mojóse y enloqueció,
diciendo: —En esto ¿qué pierdo?
Aquí, donde nadie es cuerdo,
¿para qué he de serlo yo?
(El examen de maridos, acto 1.º, escena XV.)
DESPUÉS DE YO MUERTO
Diógenes, cuando veía
su fin cercano, mandó
no enterrarse; replicó
un su amigo que sería
pasto su cuerpo de fieras.
Él dijo: —Un palo tendré
con que me defenderé.
—Pues dime: ¿No consideras
—su amigo le replicó—
que muerto, ni sentirás
ni defenderte podrás?
Y el sabio le respondió:
—Luego son tus miedos vanos;
que si he de estar sin sentido,
¿qué importa más ser comido
de fieras que de gusanos?
(Hazañas del Marqués de Cañete, acto 2.º)
QUIEN PIDE, ALCANZA
Callando, ¿quién persuadió?
¿Quién venció sin intentar?
¿Quién obligó sin rogar?
¿Quién sin pedir alcanzó?
Aun con los dioses, que entienden
las humanas intenciones,
a fuerza de peticiones
negocian lo que pretenden;
y al fin, para concluír,
oye una comparación:
Al tribunal del león
llegó una oveja a pedir
justicia de un carnicero
lobo, que un hijo le había
muerto, de dos que tenía;
y con el otro cordero
que vivo quedó, postrada,
por dalle más compasión,
ante los pies del león,
calló un rato, o bien turbada,
o bien por encarecer
desta suerte de su mal
el extremo, que es señal
de gran pena enmudecer.
Estaba hambriento el león,
y como calló la oveja,
o no previno su queja,
o no quiso su intención
entender; hízose bobo,
y fingiendo que pensaba
que el cordero le endonaba,
hizo lo mismo que el lobo.
La oveja, con agonía
balando, empezó al momento
a declaralle el intento
con que allí venido había.
Mas él dijo: —No negaras
tanto la voz a los labios:
si era contar tus agravios
tu fin, al punto empezaras,
hablando, a informarme dellos;
que en esto de corazones
sabemos más los leones
de comellos que entendellos.
(La amistad castigada, acto 2.º, escena IV.)
EL RUIN CON MANDO
Juntó cortes el león,
estando enfermo una vez,
para elegir un juëz
a quien la jurisdicción
de sus reinos encargase.
Los animales, atento
a que es tan manso el jumento,
pidieron que él gobernase.
Tomó, al fin, la posesión;
y por dalle autoridad,
junto con la potestad,
sus uñas le dió el león.
Parabién le vino a dar
luego con grande alegría
un rocín, que ser solía
su amigo; y él, por usar
del poder, dos uñaradas
le dió al amigo inocente;
y viéndose injustamente
las carnes acribilladas,
dijo llorando el rocín:
—No tienes tú culpa, no,
sino quien uñas le dió
a un animal tan ruin.
El león, airado y fiero,
le quitó con el oficio
las uñas, y al ejercicio
le hizo volver de arriero.
Pues hombre que oficio empuñas,
sabe templado ejercello,
pues a tantos, por no hacello,
has visto quitar las uñas.
(La crueldad por el honor, acto 2.º, escena V.)
LA CORNEJA CON PLUMAS AJENAS
Bien lo pudiera entender
quien la fabulilla vieja
supiera de la corneja,
que ha mucho ya que por ser
tan común nadie contó,
y de puro no contada
es de muchos ignorada,
y así he de contarla yo,
porque al caso se acomoda;
y tú, para disculpar
a Leonor, la has de escuchar.
Asistir quiso a la boda
del águila, mas se halló
la corneja tan sin galas,
que adornó el cuerpo y las alas
de varias plumas que hurtó
a otras aves; de manera
que apenas llegó a las bodas,
cuando conocieron todas
sus plumas, y la primera
el águila la embistió
a cobrarlas con tal furia,
que para la misma injuria
ejemplo a las otras dió.
—Detente. ¿Qué rabia es ésta?
—dijo la corneja—. Advierte
que sólo por complacerte,
y por venir a tu fiesta
más brillante, las hurté.
Y el águila respondió:
—Necia, ¿por ventura yo
pudiera culpar tu fe,
siendo tu fortuna escasa,
cuando galas no trujeras?
O con las tuyas vinieras,
o estuviéraste en tu casa.
(No hay mal que por bien no venga, acto 2.º, escena VIII.)

