XXXIX RETORNO
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VENÍAMOS los dos, cargados, de los montes: Platero, de almoraduj; yo, de lirios amarillos.
Caía la tarde de Abril. Todo lo que en el poniente había sido cristal de oro, era luego cristal de plata, una alegoría, lisa y luminosa, de azucenas de cristal. Después el vasto cielo fué cual un zafiro transparente, trocado en esmeralda. Yo volvía triste.
Cerca ya, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Era, de cerca, como una Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba en ella un consuelo melancólico.
Retorno... ¿adonde?, ¿de qué?, ¿para qué?... Pero los lirios que venían conmigo olían más en la frescura tibia de la noche que se entraba; olían con un olor más penetrante y, al mismo tiempo, más vago, que salía de la flor sin verse la flor, que embriagaba el cuerpo y el alma desde la sombra solitaria.
—¡Alma mía, lirio en la sombra!—dije. Y pensé, de pronto, en Platero, que, aunque iba debajo de mí, se me había olvidado.