XLII LA NIÑA CHICA
Reading edition · Edition 2
LA niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestídillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo, mimosa:—Platero, Platerillo!—, el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba, igual que un niño, y rebuznaba loco.
Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; ó, cogiéndole las orejas, que él ponía á su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre: ¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete!
En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba, triste: ¡Platerillo...! Desde la casa obscura y llena de suspiros, se oía, á veces, la lejana llamada lastimera del amigo. ¡Oh, estío melancólico!
¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro, declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los hombres, me fuí á la cuadra y me senté á llorar con Platero.