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Platero y yo

XLVI EL LORO

Reading edition · Edition 2

ESTÁBAMOS jugando con Platero y con el loro, en el huerto de mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven, desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes de llegar, avanzando el negro mirar angustiado hasta mí, me había suplicado:

—Señorito: ¿está ahí ese médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, á cada instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traían á otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo.

Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fué tocando huesos y músculos. De vez en cuando me miraba y me decía:

—Ce n'est rien...

La tarde caía. Llegaba de Huelva un olor á marisma, á brea, á pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; á veces, dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:

—Ce n'est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-¡Ay!

Y el loro, entre las lilas:

—Ce n'est rien... Ce n'est rien.

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