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Platero y yo

LVII EL INVIERNO

Reading edition · Edition 2

DIOS está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve. Y las últimas flores que el otoño dejó obstinadamente prendidas á sus ramas exangües, se cargan de diamantes. En cada diamante, un cielo, un palacio de cristal, un Dios. Mira, esta rosa; tiene dentro otra rosa de agua; y al sacudirla, ¿ves?, se le cae la nueva flor brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la mía.

El agua debe ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cuál corren felices, los niños, bajo ella, recios y colorados, con las piernas al aire. Ve cómo los gorriones se entran todos, en bullanguero bando súbito, en la hiedra, en la escuela, Platero, como dice Darbón, tu médico.

Llueve. Hoy no vamos al campo. Es día de contemplaciones. Mira cómo corren las canales del tejado. Mira cómo se limpian las hojas verdes, cómo torna á navegar por la cuneta el barquillo de los niños, parado ayer entre la hierba. Mira ahora, en este sol instantáneo y débil, cuan bello el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga irisación, á nuestro lado.

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