LIII EL RACIMO OLVIDADO
Reading edition · Edition 2
DESPUÉS de las largas lluvias de Octubre, en el oro celeste del día abierto, nos fuimos todos á las viñas. Platero llevaba la merienda y los sombreros de los niños en un cobujón del seroncillo, y en el otro, de contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albérchigo, á Blanca..
¡Qué encanto el del campo renovado! Iban los arroyos rebosantes, estaban blandamente aradas las tierras, y en los chopos marginales, festoneados todavía de amarillo, se veían ya los pájaros, negros.
De pronto, los niños, uno tras otro, corrieron, gritando:
—¡Un racimo! ¡Un racimo!
En una cepa vieja, cuyos largos sarmientos enredados mostraban aún algunas renegridas y rojizas hojas secas, encendía el picante sol un claro y sano racimo de ámbar. ¡Todos lo querían! Victoria, que lo cogió, lo defendía á su espalda. Entonces yo se lo pedí, y ella, con esa dulce obediencia voluntaria que presta al hombre la niña que va para mujer, me lo cedió de buen grado.
Tenía el racimo cinco grandes uvas. Le di una á Victoria, una á Blanca, una á Lola, una á Pepe, y la última, entre las risas y las palmas de todos, á Platero, que la cogió, brusco, con sus dientes enormes.