XXXI LA TÍSICA
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ESTABA derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo ajado, enmedio de la encalada y fría alcoba. Le había mandado el médico salir al campo, á que le diera el sol de Marzo; pero la pobre no podía.
—Cuando llego al p u e n t e—me dijo—, ¡ya ve usted, señorito, ahí al lado que está!, me ahogo...
La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se cae, á veces, la brisa en el estío.
Yo le ofrecí á Platero para que diese un paseíto. Subida en él, ¡qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!
...Las mujeres se asomaban á las puertas á vernos pasar. Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil lirio de cristal. La niña, con su hábito cándido, transfigurada por la fiebre y la alegría, parecía un ángel que entraba en el pueblo, camino del cielo del sur.