UN CUENTO RARO ———
Reading edition
Yo dirigía, por aquella fecha, un periódico diario de gran circulación. Era una madrugada de Enero: me hallaba en mi despacho, escribiendo á vuela pluma la última hora. Los suelos estaban alfombrados, los cortinajes de las ventanas corridos; en el hogar ardía un buen fuego de tuero y encina; el quinqué con pantalla verde puesto sobre mi mesa de trabajo, proyectaba á su alrededor un cono luminoso: las manecillas de un grave reloj de bronce colocado en la chimenea, bajo un almanaque de pared, marcaban las tres de la madrugada.
La puerta del despacho abrióse lentamente y un ordenanza anunció la llegada de un caballero que deseaba hablar conmigo.
—¿Quién es?—pregunté.
—No sé; no quiso decir su nombre. Asegura que necesita verle á usted para un asunto urgentísimo y de mucha importancia...
—Está bien; que pase.
Permanecí mirando impaciente á la puerta, irritándome contra el desconocido importuno que venía á interrumpir mi trabajo. Luego mi mal humor cesó, trocándose en un sentimiento de curiosidad que había de ir en aumento. El recién llegado era un hombre alto, extraordinariamente delgado, preso en un gabán azul. Representaba cuarenta años: tenía la frente grande, el rostro enjuto, la barba canosa y mal cuidada, la nariz aguileña, los labios desencantados y finos; sus ojos miraban con esa expresión penetrante y fría de los marinos viejos acostumbrados á interrogar el horizonte...
Saludóme con una leve inclinación de cabeza, y sin más ambages se acercó presentándome una docena de cuartillas.
—Tome usted—dijo,—es un cuento, acaso una historia... que acabo de escribir.
—¡Un cuento!—repetí admirado de que viniesen á ofrecerme á tales horas un retazo de amena literatura.
—Sí—añadió mi interlocutor sin inmutarse,—un cuento precioso, originalísimo, que debe publicarse en el número de mañana.
—¡Usted está loco!—exclamé riendo, más sorprendido que irritado de aquella exigencia;—á hora tan avanzada de la noche los periódicos diarios sólo pueden admitir telegramas y noticias de gran actualidad é interés general.
—Es que mi cuento tiene actualidad...
—En ese caso...
Alargué la mano y cogí las cuartillas que el desconocido continuaba ofreciéndome. Le dí aquella contestación ambigua que á nada me comprometía, para que se fuese y quedarme tranquilo. El así lo comprendió, porque repuso:
—¿Cumplirá usted su palabra?...
Y me miraba, registrándome con los ojos el pensamiento. Yo, creyendo realmente habérmelas con un loco, contesté:
—Sí.
—¿Lo promete usted por su fe de caballero?
—Lo prometo... siempre que el artículo sea bueno.
—Entonces me voy tranquilo; el artículo es bueno; se publicará...
Dió algunos pasos para marcharse; de pronto se detuvo dándose una palmada en la frente, recordando algo muy importante:
—Mi cuento—dijo,—no está concluído, pero no importa... voy á terminarlo dentro de un momento; falta sólo una cuartilla, la última. Cuartilla que traerán, caso de que yo no pudiese volver, antes de media hora.
Y sin darme tiempo á contestar, saludó y salió del despacho como una sombra, sin ruido.
—Decididamente—pensé—ese hombre está loco.
No obstante, cogí su artículo y empecé á leer. Era un cuento autobiográfico muy raro, escrito con estilo enérgico y fácil, salpicado de incongruencias deslumbrantes, que esclavizaron mi atención. Lo leí rápidamente, de un tirón. Se trataba de un viejo libertino que, la noche del último día de Diciembre, había querido epilogar la larga historia de sus azarosos amores y romper definitivamente con todo su pasado. Para ello colocó sobre la mesa de su despacho el baulito donde desde hacía muchos años, venía guardando los trofeos que de sus diferentes mujeres iba conquistando; retratos, pelo, guantes, cintas; flores marchitas, restos melancólicos de primaveras remotas, zapatitos de seda que recordaban algún baile de máscaras... El desengañado burlador quería conservar cuanto perteneció á la amada muerta, á la inolvidable, y romper el resto. De pronto, su mano febril tropezó con la arquilla, ésta cayó al suelo y los recuerdos de aquellos viejos amores quedaron confundidos y revueltos en galimatías inexplicable. ¿Cómo descubrir entre los numerosos rizos de diferentes cabelleras morenas y rubias los que pertenecieron á la muy amada? ¿Cómo guardar el pelo de una mujer que no quiso? ¿Cómo tirar al arroyo los cabellos de la que amó?... Y el burlador sentía la desesperación trágica, desgarradora como un zarpazo, del fanático que ve caer á sus pies y saltar en pedazos una imagen bendita.
«Desde hace tres días—añadía el autor del cuento—vivo en una incertidumbre cruelísima que trastorna el concierto de mis ideas. ¿Dónde estarán los cabellos de la muerta?... La silueta macabra del suicidio bailotea ante mis ojos y sonríe, mostrándome sobre su semblante de ébano unos dientes muy blancos y unos labios muy rojos, que convidan con el último beso...»
No pude seguir; el regente de la imprenta llegaba pidiendo original.
—¿Cuántas columnas faltan para completar el número?—pregunté.
—Tres.
—Toma ese cuento y que vayan componiéndolo; falta una cuartilla que irá en seguida...
Permanecí solo, el ceño fruncido bajo la impresión poderosa de aquellas cuartillas extrañas, recordando el semblante lívido y enjuto de su autor, y sus ojos inmóviles que parecían inspeccionar lo definitivo... Después volví á la realidad, abismándome en el examen prosaico de los telegramas que iban llegando. Eran las cuatro de la madrugada. Pasó otra media hora. El regente reapareció pidiendo la última cuartilla del cuento... Me quedé perplejo, no sabiendo qué hacer; el desconocido no había vuelto; la tirada del periódico iba á retrasarse por una tontería...
En aquel momento llegó el reporter, que venía del Juzgado de guardia con las últimas noticias.
—¿Qué hay?—pregunté.
—Poca cosa; un incendio en la calle de... y el suicidio de un caballero.
—¿Un hombre de cuarenta años, alto, delgado, vestido con un gabán azul?...
—Sí; ¿cómo sabe usted?...
Entonces lo comprendí todo; yo mismo redacté la noticia; aquella cuartilla era la que faltaba. El hombre raro no me había engañado: su cuento estaba hecho.