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De carne y hueso; cuentos

LA CADENA ———

Reading edition

—Soy fatalista—prosiguió Enrique,—y creo que cuanto el Destino escribió en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los mundos, se cumple aquí abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte, pueda evitarlo...

—¿Y qué?—preguntó Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos, penetrantes como la punta de un bisturí.

—Que nuestra separación estaba prevista desde há tiempo en el índice de los destinos, y que la hora de la emancipación ha llegado.

—¿Serás capaz de abandonarme?

—Sí.

—¿Sin dolor?

—¡No!... Con gran dolor y quebranto gravísimo de mi alma. ¡Pero te dejo!...

—¿Para siempre?

Le miraba fijamente, traspasándole con una de esas miradas desesperadas con que los moribundos se despiden de la luz: él, al principio, sostuvo aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, bajó los ojos. Después, haciendo sobre sí mismo un gran esfuerzo, murmuró:

—Sí, para siempre...

Ella lanzó un grito estridente, cual si la arrancasen á túrdigas las entrañas, y se desplomó en una silla, echándose de bruces sobre una mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visión neta, desgarradora, de que la separación iba á cumplirse. El quedó en pie, las manos metidas en los bolsillos, inmóvil y rígido dentro de su gabán abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la calle ascendían confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de las paredes enjalbegadas pendían cromos y viejos retratos de parientes muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un quinqué vertía á raudales su luz fría... Todo ello hablaba á la imaginación del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los recuerdos: la cómoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas yacieron reunidas varios años, los retratos de todas aquellas personas muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya él conocía; el ramo de flores secas suspendido en el ángulo de un espejo y que recordaba un día feliz... Y revivió las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz serena del quinqué, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro paredes de aquella casa y á trueque del corazón que le dieron, Enrique reconocía haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urgía destruir de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posición respetable, echar los cimientos de un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto, iba á casarse con una linda joven, algo patricia, que le traía en dote medio millón de pesetas.

—Me voy—repitió Enrique;—hora es ya de romper la cadena que nos une: devuélveme mi retrato y mis cartas.

Gabriela levantó la cabeza mirándole con ojos brillantes, inyectados en sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.

—Mañana te los daré.

—¡No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.

Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volvía, ya no sabría marcharse: ella, sospechándolo así, procuró traerle de nuevo á su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.

—¿Temes volver?—preguntó Gabriela.

—¿Temor? ¿Y á qué?... Además, no pienso volver. Todo lo que pido puedes enviarlo á mi casa.

Ella comprendió que la cobardía de su amante le quitaba el último refugio, la última esperanza, y sus ojos se anegaron en lágrimas.

—Bien está—dijo:—todo se hará según tu deseo.

—Pues... adiós.

—Adiós.

Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atravesó la habitación con paso tácito, hundiéndose en la obscuridad de una puerta: ella le siguió con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo desfile de un cortejo fantástico... Enrique llegó al recibimiento, abrió la puerta y salió cerrando tras sí. Al ruido que hizo la puerta, contestó la abandonada con un grito agudo...

Ya en la calle, Enrique echó á andar camino de su casa: en su atolondrado pensamiento sólo esta idea se agitaba:

«Mi pasado ha muerto: ella no me llamará; yo tampoco puedo ir á verla. ¡Todo ha concluído!...»

Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volvía á sus labios:

«¡Todo ha concluído!...»

Hay una memoria, que los psicólogos llaman sensitiva, en virtud de la cual, los músculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginación esté preocupada y distraída con otras fantasías. En Enrique, la intensidad de su preocupación y de su dolor, borraron hasta las últimas manifestaciones de esta memoria orgánica, y concluyó por no saber adónde iba ni por dónde andaba...

—¿Qué barrios son estos?—pensó;—¿qué vengo á buscar aquí?...

Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y de la distancia, arrastrando la cadena que creyó rota.

Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvías habían dejado de circular; en los quicios de algunas puertas insinuábase la silueta borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida, Enrique oyó la voz de una mujer que vendía café caliente.

—Debe de estar amaneciendo—pensó.

Prosiguió andando lentamente, á través de la inmensa ciudad dormida bajo un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria, enloqueciéndole: «Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... ¡todo ha concluído entre nosotros!... ¡Todo!...»

Empezaba á clarear. De pronto Enrique se halló en una calle que conocía y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de Gabriela: sus piernas, que le condujeron allí tantas veces, le habían llevado una vez más. Era algo fatal, como el concierto de los astros... El sereno acudió á abrirle la puerta.

—Buena madrugada, señorito. Hoy se retira usted muy tarde... La señorita estará impaciente.

Enrique, sin responder, cruzó el zaguán, subió las escaleras y llegó al cuarto de Gabriela. Ella, que había reconocido sus pasos, salió á abrir sin darle tiempo á llamar: en su semblante la desesperación y la alegría pintaban una máscara extraña.

—¿A qué vienes?—preguntó.

Rendido á la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz velada de los sonámbulos, repuso:

—¿No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...

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