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De carne y hueso; cuentos

DECLARACION ———

Reading edition

Noche primaveral. Sobre el velador hay un elegante quinqué de mármol, vestido por amplia pantalla de muselina azul; de las paredes cuelgan tapices estilo Watteau, con pastores y emperifolladas princesitas que se enamoran sobre un fondo gris: los muebles son de felpa, bajos y muelles; sutil esterilla de junco cubre el suelo; en el comedio de la habitación, suspendidos del techo por invisibles cabellos rubios, varios pájaros disecados parecen sostenerse sobre sus alas extendidas; desde el balcón abierto se abarca un ancho trozo de mar, mar calmoso cuyas olas fosforean con vago y melancólico cabrilleo bajo la luz lunar. Del horizonte asciende el gemido inmenso de la marea; suspiro doloroso que llena el espacio remontándose hasta la región inaccesible de las estrellas inmóviles.

Personajes:

Elisa.—Treinta años, viuda. Regular estatura, pelo y ojos negrísimos, labios tristes, frente distraída, más que reflexiva. Ocupa una mecedora junto al balcón.

Claudio.—Cuarenta años; elevada estatura, semblante de Greco, largo y seco; uno de esos rostros ascéticos que las ideas fijas empalidecen. Sus miradas curiosean el espacio.

Elisa.—¿En qué piensa usted?

Claudio.—No sé... oía...

E.—¿Qué?

C.—Al mar.

E.—Las olas hablan, ¿no es cierto?

C.—A ratos; esos diálogos que el hombre sostiene con la Naturaleza dependen del observador, de sus nervios, del momento psicológico que atraviese... A veces los pajarillos, el viento, las nubes, dicen cosas agradables, sin trascendencia, que hacen amable la vida; otras, de noche especialmente, el mar y los cielos parecen revelarse á nosotros cual si, temerosos de quedar eternamente ignorados, pretendiesen descubrirnos el secreto de lo incognoscible, de lo que nunca podrá saberse...

E.—¿Y ahora?... ¿Qué dicen las olas?...

C.—¡Oh!... ¿Cómo quiere usted que yo reduzca á palabras lo que apenas cabe en la amplitud de mi pensamiento? El mar y los astros que sobre él se reflejan, son para mí imagen ó fiel trasunto del amor, ideal supremo del espíritu. Todos los hombres de imaginación llevamos un prototipo femenino que provoca y presido la germinación de nuestros amores; cada cual tiene su Julieta, su Beatriz... ¿De dónde surgió esa mujer, arquetipo fantástico de toda belleza y de toda virtud?... ¡Quién sabe! Probablemente nació con nosotros, y luego adquirió forma con la lectura del libro de versos que hojeamos una noche de fiebre, ó con el retrato de la diosa desnuda que vimos en la biblioteca de nuestro padre siendo niños... Más tarde, el recuerdo de ese ideal nos acosa, nos sigue á todas partes y creemos verlo en cuantas mujeres tropezamos, porque á todas ellas alcanza su luz. «¡Esta es!»... Decimos llenos de júbilo y no sosegamos hasta obtener su amor; y después, desvanecida la ofuscación del primer momento, el alma desolada murmura: «¡No, no era ella!... ¿Comprende usted? La pasión siempre es única; sólo varia la forma ó el objeto en que dicha pasión se complace, así vemos brillar en todas las olas la luz del mismo astro; mas como no hay en ellas nada estable ni sólido, su mentiroso cristal varía y la ilusión huye, y con ella la serena luz robada á los cielos.

E.—De modo que las mujeres son para usted... olas...

C.—Esto es, olas del mar humano; olas poderosas que acarician, que suelen llevarnos muy lejos y que, como las del Océano, pueden darnos ó quitarnos la vida.

E.—Olas que pasan...

C.—Que pasan llenándonos de amargura el alma, pues sólo reflejan fugitivamente la luz del astro que nuestra generosa imaginación colgó muy alto, en la serena región donde los huracanes pasionales no llegan. (Pausa.)

E.—¡Pobre Claudio! ¡Usted es un náufrago! (El la mira sorprendido, ella prosigue.) Un náufrago que bracea desesperadamente contra el turbión que le arrastra.

C.—(Con tristeza.) ¡Tal vez!

E.—¿Qué edad tiene usted?

C.—Más de cuarenta años.

E.—¡Cuarenta años!... A esa edad todavía el corazón y los músculos conservan su vigor, pero la ilusión y la fe, brújulas ó divinos orientes del espíritu ya se han apagado, y el horizonte obscuro es una amenaza, una promesa siniestra. ¡Si usted hallase un leño, un salvavidas á que unirse!...

C.—(Mirándola sorprendido, como despertando de un sueño.) Ya le he hallado.

E.—(Con súbita alegría.) ¿Es posible?

C.—Sí.

E.—¿Quién?

C.—¡Oh!... (La mira de modo singular, y luego baja los ojos avergonzado.)

E.—(Tristemente.) ¡Bah! ¿Para qué saberlo? Esa mujer... será una de tantas; reflejo que se extingue, ola que pasa...

C.—No, Elisa; se engaña usted; á mi edad la fantasía, domada por los desengaños, no forja ilusiones. La mujer de que hablo... es la soñada, el ideal, la estrella que yo coloqué muy alto, allá arriba... en el cielo, donde nos esperan todos los seres queridos que ya han callado... (Pausa.)

E.—¿Y ella, le quiere á usted?...

C.—(Vacilando.) No sé.

E.—¿Nunca la descubrió usted su pasión?

C.—Nunca.

E.—¿Y ella, sabe que usted la ama?

C.—(Con firmeza.) Sí.

E.—¡Es raro!...

(Le mira de hito en hito; él desvía los ojos, confuso.)

E.—¿Hace mucho tiempo que la trata usted?

C.—Dos años.

E.—¡Lo mismo que á mí!

C.—(Ruborizándose, temiendo haber dicho demasiado.) Precisamente.

E.—(Sondeándole astutamente.) Pues... pasión que tanto se oculta y recata, no puede ser firme.

C.—Al contrario.

E.—¿Cómo?

C.—Porque ese amor es una esperanza... ¡mi última esperanza!... y el temor de perderla me aterra. Soy como jugador que malgastó un capital, como padre que perdió muchos hijos: la desgracia me acobarda, el recelo de que esa ilusión se convierta en desengaño y no en realidad, refrena mi impaciencia: ella es mi último duro, el último hijo que puedo perder...

E.—(Pensativa.) Comprendo su pensamiento. No obstante, yo, en su caso, no sabría esperar; ¡es tan cruel la incertidumbre!...

(Pausa. En el silencio el rugido del mar llena los horizontes como eco apocalíptico de una voz lejana.)

E.—Hable usted, Claudio, sea franco conmigo.

C.—¿Qué más puedo decir?

E.—¿Conozco yo á esa mujer?

C.—(Titubeando.) Sí.

E.—¡Ah!... ¿Quién es?

C.—Elisa, perdóneme usted, no puedo decirlo...

E.—Basta. ¿Cómo es? ¿Se parece á mi?

C.—Sí... (Con arrebato.) ¡Oh sí!... ¡Mucho!

E.—¿Tiene mi estatura?

C.—Sí.

E.—¿Y el pelo?

C.—Como usted.

E.—¿Y los ojos?

C.—Como usted.

E.—(Fingiendo admirarse.) ¡Es extraño!... ¡Dijérase que soy yo misma. (Pausa. Las mejillas de Claudio echan fuego.) ¿Y en el carácter también se parece á mí?

C.—También.

E.—¿Su nombre?... (El la mira suplicante.) ¡Tiene usted razón!... Había olvidado que debo saberlo.

C.—(Tragando saliva.) Por ahora no; mañana...

E.—¿Mañana, sí?

C.—Sí.

E.—(Riendo.) ¡Es usted un hombre original!

C.—No se burle usted de mi cortedad; es que así, de sopetón... no podría... no sabría decírselo...

E.—¿Y mañana?

C.—Mañana... le enviaré á usted su retrato.

E.—¡Ah!... (Sorprendida.) ¿Tiene usted su retrato?

C.—No.

E.—Entonces...

C.—Es decir... (Tartamudeando.) Es... ¿cómo explicarme?... es un retrato que... sólo usted puede ver.

E.—No comprendo.

C.—Ni yo acierto á expresarme mejor. (Levantándose.) Adiós. Elisa.

E.—¿Quedamos, pues, en que mañana quedará despejada la incógnita?

C.—(Con firmeza.) Sí.

E.—¿Palabra de honor?

C.—Palabra de honor.

(Se despiden estrechándose las manos largamente.)

Al día siguiente Elisa recibió el retrato prometido. Venía dentro de un estuche. Era un espejito de mano.

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