LA COMEDIANTA ———
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Echado afanosamente sobre la barandilla del palco, con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del desdichado que siente la angustiosa atracción de los abismos, Claudio Roldán espiaba las movimientos de Matilde, la actriz prodigiosa en quien hallaban eco todas las notas de la gama sentimental: el cariño y el odio, la duda y la fe, los arrebatos del deseo y el amor reservado y discreto de las vírgenes....
Matilde estaba en la plenitud de sus facultades y en el apogeo de su belleza. Su voz, clara y dulce, resonaba en el teatro con inflexiones suaves, resbalando cariciosa sobre la cabeza de los espectadores atentos; luego, en los recitados, la tiple se metamorfoseaba en verdadera actriz; el genio hermoseaba sus ojos; una sonrisa dulce, como promesa de amor, embellecía sus labios; su rostro brillaba bajo el casco de sus cabellos rizosos y sus ademanes adquirían elegancia y desenfado encantadores... Y mientras Matilde representaba, Claudio Roldán, fascinado, iba acercándose á la barandilla del palco, adelantando el busto, alargando el cuello con un embeleso en que había algo fatal.
Aquella pasión fué creciendo, ponzoñosa y devoradora como un cáncer, y Claudio ya no pudo resistir la tentación de conocer personalmente á Matilde. Un actor amigo suyo se ofreció á presentarle, y aquella misma noche, durante un entreacto, Roldán fué al cuarto de la actriz. Era un gabinete monísimo, tapizado de azul, sobre cuyas paredes la luz de una lamparilla eléctrica vertía suave resplandor nimbado.
La presentación fué breve y expresiva:
—Aquí tiene usted á Claudio Roldán, escritor de gran corazón, buen amigo y buen artista...
Claudio encomió la hermosura y el talento de la actriz; ella respondía sonriendo, halagada, entornando los párpados modestamente; y estaba seductora con sus ojos perversos de mujer muy vivida, que todo lo sabe, su entrecejo pensativo, su traviesa naricilla de artista y sus labios finos, alegres y dulces, como un epitalamio...
Aquella primera entrevista sirvió de prólogo á otras muchas, y lo que en un principio fué afición discreta y suave, trocóse bien pronto en furioso deseo. Claudio amó á Matilde con pasión frenética: amó sus ojos negrísimos, sus labios que, á pesar del fuego calcinante de las pasiones, se mantenían purpurinos y frescos como los de una virgen que nunca ha besado; la dulce expresión de su rostro, siempre propicio á la risa; su cuello oculto bajo la brillante cascada de sus cabellos negros; su cuerpo prodigioso, ramillete de femeniles hechizos... Claudio amó todo esto en Matilde, y contribuyó á fortalecer su pasión la perfecta identidad moral y física que halló entre la actriz y la mujer que inspiró sus primeros amores y que murió llevándose á la tumba la dorada primera juventud de Claudio Roldán. La presencia de Matilde retrotraía á la memoria del escritor los años pasados; volvió á sentirse mozo y á reconocerse capaz de vencer la corriente fatal de las cosas, tornando á vivir lo ya vivido, si, como suponía, Matilde se prestaba á ayudarle.
Durante varias noches consecutivas, Claudio Roldán fué al cuarto de la actriz resuelto á descubrir el misterio de su cariño; pero nunca se atrevió, acobardado bajo la mirada zahorí de aquella mujer en cuya historia no se insinuaba el recuerdo de ninguna pasión, y que siempre parecía recibirle con cierto agasajo desdeñoso y burlón. Al fin, convencido de que no sabía hablarla, resolvió escribirla: fué una carta admirable que compendiaba todo un drama de amor. En ella se advertían contradicciones encantadoras. Temiendo la posibilidad de que la actriz contestase á su declaración con una negativa rotunda, el tímido amante disimulaba el verdadero alcance de sus deseos con una modesta petición.
«Yo, pobre y obscuro, ¿cómo he de abandonarme á la ilusión de llegar á usted, rica, feliz y envuelta en el nimbo glorioso de sus triunfos artísticos?... No, Matilde, yo no aspiro á tanto: mis ambiciones se reducen á conversar con usted algunas horas; no en su cuarto, donde nunca faltan visitantes importunos que me molestan, sino por ahí, á solas, donde pueda yo dar libre curso al flujo tempestuoso de mis pensamientos.
»No desoiga usted mi ruego, Matilde; usted es artista y los artistas se deben al público; y, pues usted procura agradar y divertir á los espectadores que acuden al teatro, ¿por qué no había usted de resignarse á divertirme á mí solo algunos momentos?... Aparte de que usted no será para mí necio divertimiento ni pasatiempo vano, sino preciosísimo rayo de luz, de cuyo benéfico calor quedarán en las yertas lobregueces de mi vida imperecedero recuerdo...»
Continuaba hablando de su melancólica existencia de artista pobre, de sus ambiciosos ensueños, no realizados aún, y agregaba:
«Necesito que pasemos una tarde juntos, como si fuésemos amantes: yo la esperaré en un coche de alquiler que nos llevará á un café de los arrabales. Ya sé que tiene usted coche propio, mas no puedo subir á él; porque ese coche lo compró usted con el dinero que ganó divertiendo al público, y estoy celoso de esas ráfagas de deseo que palpitan en el aplauso de las multitudes: creo que en ese vehiculo, sobre cuyos muelles asientos usted se adormece cuando sale del teatro, yo me ahogaría... Durante esas tres ó cuatro horas que su bondad me otorgue, hablaré libremente... es decir, hablaremos; porque también necesito que usted me trate como á un viejo amigo, y nos tutearemos, si su condescendencia para conmigo llega á tanto... Y si durante esta conversación soy tan menguado que no acierte á decir á usted nada que la interese, tiene usted derecho para despedirme...»
Cuando aquella noche Claudio Roldán se presentó en el cuarto de Matilde, ésta le recibió sonriendo:
—He leído su carta—dijo;—es usted un hombre original.
—¿Y accede usted á mi deseo?
—Sí... ¿por qué no?... Los artistas, como usted advierte muy discretamente, nos debemos al público.
Roldán no supo qué responder, estremeciéndose de cabeza á pies con un sacudimiento delicioso, cual si acabase de recibir en la espalda una ducha de felicidad. Luego, queriendo cerciorarse de que sus oídos no le habían engañado, preguntó:
—¿Cuándo nos vemos?
Ella frunció el lindo entrecejo, dudando.
—Espere usted... Mañana, no tengo ensayo; pues... mañana mismo.
—¿Dónde?
—En la plaza del Rey, á las dos de la tarde.
Lo dijo con afabilidad desdeñosa, como quien no da importancia á lo que dice.
Al día siguiente, en efecto, se vieron. El esperaba desde hacía largo rato cuando ella llegó; iba ataviada con elegancia y sencillez, como una burguesita de buen gusto.
—Esto—dijo, estrechando cordialmente la mano que Claudio le ofrecía,—viene á ser algo así como una función de tarde.
El la miró receloso y feliz: después subieron al coche. Durante el paseo, Claudio estuvo conversador, apasionado, elocuente...
—Tú eres—decía,—el ideal que yo perseguí tantos años, y si tuve relaciones con otras mujeres, fué porque en ellas creía hallarte. Todas tenían algo tuyo: unas, tus ojos, brillantes y agudos; otras, tu ingenio picante, de variados recursos, ó tu frente pequeña, bombeada, embellecida por el arco pensativo de tus cejas; ó tu boca de rojos y cariñosos labios, llenos de piedad, ó tus manos, entre cuyos dedos infantiles algún hechicero puso el difícil secreto de todas las voluptuosidades... Por eso te quiero tanto, Matilde, porque tú sola, con ser tan pequeña, comprendías cuanto de hermoso y adorable mi experiencia fué hallando en las demás mujeres.
Ella le escuchaba sonriendo, y en la penumbra del coche sus ojos parpadeaban con expresión indescifrable, desesperante... De pronto Claudio creyó que la actriz le engañaba, y exclamó:
—Pero... ¿oyes lo que digo? ¿Es cierto que me quieres?
—Sí.
—¿Es cierto que mis palabras despiertan en tu alma un eco simpático?
—Sí.
La miró de hito en hito, temiendo haberse franqueado tanto con aquella mujer que nunca había querido. En el café, Claudio Roldán estuvo más sereno y su conversación fué menos arrebatada, más íntima. Hablaba en voz baja, oprimiendo entre sus manos las manos de la actriz; luego intentó una caricia algo más atrevida: la joven le contuvo suavemente:
—¡Ambicioso!—dijo,—¿no estás contento aún?
Claudio la miró con ojos bañados en lágrimas de agradecimiento infinito.
—¡Tienes razón!—murmuró;—me has hecho muy feliz; el recuerdo de esta cita durará lo que dure mi vida...
Quedó silencioso, la cabeza caída sobre el respaldo del diván, mirando al techo.
—Hablemos—dijo Matilde.
—No—repuso Claudio,—mejor estamos así; hay estados de alma intraducibles, estados que se sienten, pero que no se oyen... Déjame...
Ella le miró sonriendo, con risa compasiva. Luego dijo:
—¿Vámonos?
Roldán levantó la cabeza bruscamente, atónito, como quien despierta de un sueño profundo.
—¿Ya?—dijo.
—Sí, son las siete.
El se encogió de hombros.
—Bien—murmuró;—como quieras...
Tornaron á subir en el coche, que les esperaba á la puerta del café, y Matilde dió al cochero las señas de su casa.
—¿Cuándo volveremos á vernos?—preguntó Claudio.
El rostro de la actriz expresó una sorpresa perfectamente estudiada.
—¡Cómo!—dijo;—¿vernos, como hoy, á solas?
—Sí.
—¡Ah, eso... nunca!...
Claudio la miró con ojos inmóviles, brillantes; ojos de loco que no pestañea; sus labios lívidos temblaban. Matilde continuó:
—Yo me he limitado á complacerle en todo cuanto usted ha solicitado de mí...
—De suerte que esto ha sido...
—Una comedia.
—¡Una... comedia!
—Sí.
Claudio Roldán, anonadado, no supo qué responder. La joven agregó:
—Usted me decía en su carta que «los artistas nos debemos al público...» y yo, como actriz, accedí á su deseo. Usted era para mí... un espectador; un espectador á quien aprecio mucho, y para cuyo recreo he representado la comedia del amor durante algunas horas.
Y añadió tras una breve pausa:
—Separémonos, Claudio. El telón ha bajado ya; la representación ha concluído.
Barcelona.—Noviembre, 1899.
FIN