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De carne y hueso; cuentos

LA ABUELA ———

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La abuela Francisca se quitó los gafas, restañó las lágrimas que arrancó de sus ojos el penoso esfuerzo de una lectura demasiado larga, y el periódico resbaló de sus rodillas al suelo. Aquel periódico relataba los últimos momentos de Pelo-Rojo: una bailarina que había muerto en su hotel de París debiendo trescientos mil francos, y por la que cierto marqués millonario dejó, á sus hijos sin pan.

—¡Para esas mujeres es el mundo!—pensó la abuela Francisca.

Discurría así, melancólicamente, junto á la ventana, sobre cuyos cristales la lluvia rimaba su canción, la dulce canción hermana del sueño: la habitación estaba á obscuras, sin otra luz que el pobrísimo resplandor crepuscular que caía del cielo; todo callaba en aquel gabinete apercibido ya á los rigores del invierno; con su suelo alfombrado y sus cortinajes de pesado terciopelo, cerrando el paso al frío. Allá lejos, en las profundidades de la casa, resonaban el chirrido alegre del aceite que hervía en las sartenes, y el ruido de platos y voces infantiles...

¿Quién hubiera creído que en el corazón de aquel confortable hogar burgués y tras la santa y castísima frente de la abuela Francisca, la muerte de Pelo-Rojo despertaría un recuerdo tenaz?...

Y, no obstante, así era: Francisca, ligando los datos biográficos que de la bailarina aparecieron desperdigados por la prensa, durante aquellos días, imaginaba conocer su historia exactamente: la veía saliendo de España, llegando á París, donde las locuras de un sportman, que se mató por ella la pusieron en moda; y luego en Londres, disputando á las cortesanas inglesas el oro de sus amantes; después en Monte-Carlo y Niza, donde corrió el Carnaval con una carroza cuajada de rosas valencianas... Y más tarde, en París otra vez, siempre pródiga, caprichosa, indócil, dejando las comodidades de su hotel por los estudios de Montmartre. A Pelo-Rojo la conocían en todas las delegaciones: se embriagaba y reñía con otras mujeres; adoraba á los hombres de arrestos que no saben amenazar sin herir; la gran pasión de su juventud fué Luis, un pintor de mucho talento que la pegaba porpelo todo y que una noche la castigó dejándola dormir en la escalera de su taller.

—¡Y que hombres ricos y de talento pierdan el seso por mujeres así!—murmuró la anciana.

En su honrado pensamiento, monstruosidad semejante no hallaba cabida y, sin embargo, reconocía que en el viejo mundo pagano, como en el nuestro, la juventud, la felicidad y el dinero, siempre fueron satélites de la diosa Locura. Tan hermosa como Pelo-Rojo fué ella, la abuela Francisca, cuarenta años antes, y á querer... Pero no se atrevió; era buena y el ejemplo de su madre, primero, y la educación de su hija, después, apartaron de su voluntad todo deshonesto impulso.

Tan cuerdo discurrir no impedía que la anciana sintiese un desvío secreto, una especie de inexplicable envidia hacia la aventurera que había fallecido, casi repentinamente, bajo una bata de encajes y en un hotel suntuoso que el talento de algunos y el dinero de muchos, convirtieron en museo... Porque á esas grandes perdidas, enemigas adoradas de todo el mundo, se las solicita, se las aplaude, se las adula; mientras que de las mujeres honradas, que vivieron para el hogar, ¿quién se acuerda?...

Allá adentro, en los profundos de la casa, el aceite chirriaba bullicioso sobre las cacerolas puestas al fuego, y las criadas aderezaban la mesa, dejando chocar los platos unos contra otros; en los cristales de la ventana, la lluvia repetía su serenata de ensueño; en el piso inferior, acompañando los acordes de un piano, varias voces infantiles cantaban:

«Mambrú se fué á la guerra, mire usted, mire usted qué pena...»

Eran las niñas que habían vuelto del colegio y jugaban felices, esperando la cena, con la despreocupación de la inocencia que ignora ser el pan de cada día algo muy triste, porque se gana difícilmente... La canción volvía, trepando hacía los cuartos superiores de la casa, invadiéndola, alegre y pujante:

«Mambrú se fué á la guerra, no sé cuando vendrá...»

Por la imaginación de la abuela Francisca, pasaron en incongruente aquelarre las remembranzas de su juventud, ya muy lejana. Se vió niña, yendo al colegio con un aya inglesa que la llamaba «señorita»; levantándose en invierno muy tarde, corriendo feliz tras su aro en las luminosas mañanas primaverales, bajo la bóveda esmeráldica que tejieron las hojas tempranas de los árboles en flor... Luego recordó su primer vestido largo, su primer novio, su matrimonio que, trayéndola una hija, la llenó de cuidados; cuidados que alejaron su niñez, empujándola allá, muy lejos...

La vida de la abuela Francisca fué algo callado, perfectamente uniforme, sin notas alegres ni brochazos de color, como esos paisajes septentrionales dormidos y borrados bajo la niebla. Su matrimonio con don Alejandro fué su primera decepción, porque aquellas relaciones no trajeron luchas novelescas, ni lágrimas, ni traza alguna de esos accidentes que, mortificando el ánimo, embellecen la vida; sino que todo ello fué deslizándose suavemente, con la mansedumbre de las aguas que corren bajo tierra. Después llegaron esos innúmeros quehaceres de la existencia conyugal, donde la mujer, aunque pasiva, se asocia á todos los combates del marido, y luego la educación de su hija, cada día mayor y más hermosa, según la vida de la pobre madre iba retirándose.

Sólo un hecho sencillo pintaba un oasis riente en el horrible desierto de aquellos cuarenta años.

Fué una tarde, después del almuerzo; su hija había ido al colegio, don Alejandro á sus quehaceres; las criadas también habían salido. Francisca cruzaba el recibimiento cuando llamaron á la puerta de la escalera; la joven abrió: era Enrique, el amigo y consocio de don Alejandro.

—Mi esposo no está—dijo Francisca.

—Ya lo sabía—repuso Enrique.

—¡Ah!

—¡Sí, lo sabía; por eso he venido!

Aquella contestación extraña desconcertó á Francisca, que adivinaba en Enrique un enemigo. Este, tras un breve preámbulo, declaró á la joven su amor loco, hincándose de rodillas ante ella, cubriendo de besos ardientes sus lindas manos.

—¡La adoro á usted!—repetía.

Sus labios se cubrían de espuma; sus ojos llameaban; estaba hermoso y repugnante á la vez. Pero Francisca permaneció impasible, y hubo tal tristeza en sus palabras y tanta dignidad en su repulsa, que Enrique, humillado y corrido, salió de la habitación á reculones y huyó, sin atreverse á levantar los ojos. No pasó más.

Esta aventura era el único recuerdo pintoresco, y, ¿cabe decirlo?... la única alegría de la abuela Francisca.

Durante muchos años recordó la escena: el salón cuadrangular, con su piano y su sillería de yute obscuro; y á Enrique de rodillas, devorándola con los ojos, mientras ella, orgullosa como una reina, le indicaba la puerta con un gesto frío... Recordaba estos pormenores porque aquella declaración fué la sola bocanada de pasión impetuosa, desbordante, genuinamente criminal, que el vicio lanzó sobre ella; la única vez que se reconoció hembra, hembra deseable, apetecible, con ese apetito pujante que allana los hogares, que conduce al asesinato y á la bancarrota y al suicidio... y que ha sido, una vez por lo menos, el ideal de la mujer más santa.

Recordando á Enrique, la abuela comprendía las salvajes pasiones que Pelo-Rojo encendió, y dolíase secretamente de que su destino hubiera sido tan obscuro y diferente del de la célebre bailarina. Mas ¿á qué evocar aquello tan distante, tan empujado por el tiempo hacia los remotos linderos de lo irremediablemente perdido?

En el piso de abajo, los niños cantaban á voz en cuello la epopeya del guerrero Mambrú:

«No sé cuando vendrá...»

La abuela Francisca pensaba:

—Para las perdidas del arroyo son las alegrías tumultuosas, las aventuras, la popularidad, el lujo... para las honradas, la soledad aburrida del hogar, la paz, el silencio... Pelo-Rojo murió joven: ¿y qué?... ¿Acaso hay en toda mi vida los placeres que ella amontonaba en una siesta?...

Las cenas en fondas y parajes de dudoso prestigio; los bailes de máscaras, esos viajes improvisados que parecen fugas... todo cruzó su cerebro en confusa visión cinematográfica; y por primera vez, después de haber consagrado toda su vida al bien, creyó sentir que hay en los hogares honrados y en la virtud algo seco que ahoga.

Pasaban los minutos; la habitación, con sus cortinajes y su severo mobiliario, naufragaba en la sombra; la lluvia repetía sobre el zinc de la ventana su canción de ensueño. De pronto se abrió una puerta, recortando en la alfombra del gabinete un rectángulo luminoso, y dos niñas de ocho á diez años penetraron corriendo, dejando flotar sobre sus hombros, llenos de gracia, sus cabellos rubios como el oro y limpios y brillantes como el sol.

—¡Abuela, abuela!—gritaron alegremente:—¡la cena está en la mesa! ¡A cenar!...

—Ya voy... ya voy—murmuró la anciana estremeciéndose.

Hablaba sin abrir los párpados.

—¿Tienes sueño, abuela?—preguntó una de las niñas.

Y la otra añadió imperativa:

—Corre, ven con nosotras; ¡anda!... ¡No te duermas, abuela!... Ven; luego nos contarás un cuento.

La abuela Francisca se dejó llevar; en el comedor la esperaban, como siempre, su yerno, su hija, don Alejandro; todos tranquilos, sentados alrededor de la mesa bajo la luz inmóvil y blanca del quinqué. La anciana ocupó su asiento. Don Alejandro preguntó:

—Tienes los ojos enrojecidos...

Y su hija agregó, llena de interés:

—¿Has llorado, mamá?... ¿Tienes pena? ¿Estás mala? Di, ¿qué te pasa?

Hubo varios momentos de expectación, durante los cuales las cucharas quedaron suspendidas entre el plato y la boca. Pero la abuela Francisca hizo un gesto negativo y empezó á comer, venciendo valerosamente el apretado nudo que el dolor la echaba al cuello. Prefirió callar; ¿cómo explicar su pena? ¿Quién hubiera podido comprender la tragedia que estaba desencadenándose bajo la nieve de sus cabellos?...

Aquel incidente se olvidó; la sopa estaba muy buena, el vino llenaba las copas, las niñas, de rodillas en sus asientos, reían. La abuela Francisca pensaba, tragándose sus lágrimas:

—¡No haber sido mala!... ¡Ni una vez!...

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