POR UNA ERRATA ———
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Desde muy joven su imaginación soñó amores difíciles: las novelas del viejo Lamartine, los versos de Otello, las cartas de Werther, deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoña suicida; cualquiera mujer le apasionaba con pasión loca que no hubiese dudado ante el atropello ó violación de lo más santo; tenía el doble anhelo de lo sublime y de lo raro y envidiaba á Safo más que á Paón; á Safo amante, ganando la inmortalidad con la trágica elipse que describiera arrojándose al mar desde el promontorio Léucades.
—¡Morir!—pensaba Julio,—¿qué importa morir, si muriendo perpetuamos nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeñoso y adorado?
Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinión; iba cruzando por el mundo como en éxtasis, el busto rígido, los ojos esclavizados en la ilusión paradisíaca del supremo amor, alzándose despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que puede olvidar.
El no sabía hacer esto; por nada hubiese cambiado de ídolo ni de fe; antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansón, entre los escombros del templo: sólo así lograría la veneración de aquellos escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religión. Fortalecido por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y desune: él no sería uno de tantos; él moriría antes que renegar de su fe. ¿Qué queréis? El romanticismo ha matado más gente que el arsénico. La figura de Julio Riego traducía su carácter fielmente: era un tipo sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante, la frente triste, aguileña la nariz; sus largos cabellos negros se abullonaban sobre las orejas de su rostro pálido, con palidez mortuoria, como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la garganta, parecía venir de muy lejos ó de muy hondo.
Pasados tres ó cuatro años de relaciones íntimas, Julio y Mariana Paredes riñeron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado por un espíritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir á carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros meses, la melancolía de Riego interesó su imaginación; la nostalgia es misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio atrae: después continuó tolerándole por miedo, temiendo que su desvío le indujese al suicidio; más tarde, la callada presencia de aquel espíritu tétrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la desesperación y los celos, llegó á serla intolerable y decidió romper con él. Aquella vez no ocurriría lo que otras; estaba resuelta á recobrar su libertad antigua; reñirían para siempre: sus palabras tendrían autoridad inapelable.
Algo desusado hubo de sugerir á Julio Riego la certidumbre cruel de quedar despedido irrevocablemente. Fué una mañana, poco antes del almuerzo, tras una noche que ella pasó durmiendo tranquila de cara á la pared, y él con un codo apoyado sobre las almohadas y los ojos, llenos de lágrimas, de par en par abiertos ante las tinieblas de la alcoba; alcoba triste como nido roto caído al pie del árbol... Se separarían; Mariana lo acordó así en uso de su voluntad libérrima; ella necesitaba nuevas impresiones, otra vida, otro hombre... En pie cerca de la puerta, con el sombrero en la mano, dispuesto ya á marcharse, Julio repuso con su voz enturbiada por la pena:
—No lo tendrás; ese hombre que deseas no será nunca tuyo. Yo lo impediré, matándome; no podrás olvidarme; entre él y tú dormirá todas las noches mi recuerdo; ante tus ojos, el hilo sangriento que brote de mi herida correrá eternamente.
Mariana Paredes se encogió de hombros; sus vehementes anhelos de tornar á ser libre endurecían su corazón.
—Puedes hacer tu gusto—murmuró;—cada cual obra según su criterio.
* * *
Se despidieron: él iba resuelto á matarse; lo había prometido y los hombres no deben renegar de su palabra: además, aquel era el único medio de castigar á la ingrata, lanzando sobre su frívolo vivir la noche ineluctable del remordimiento. Mariana quedó tranquila, segura de que Julio Riego no cumpliría su amenaza. Aquella noche, sin embargo, la joven leyó los diarios atentamente, buscando alguna noticia relacionada con su amante. No halló nada.
—¡Bien decía yo!—murmuró.
Y de pronto sintióse un poco triste, humillada y como pesarosa de que aquel hombre no la hubiese amado lo bastante para matarse por ella.
Pasó otro día; Mariana Paredes iba adormeciéndose en la confianza de la impunidad; aquella era una historia casi olvidada. Por la noche, de vuelta del teatro, se acostó y cogió un periódico; el sueño comenzaba á pesar sobre sus párpados; no obstante ojeó los telegramas, una Crónica de bastidores, otra de política general...
En la sección de noticias, vió la siguiente:
«Ayer se suicidó, disparándose un tiro en el pecho, un joven decentemente vestido, llamado Julio Pérez.»
No pudo seguir leyendo; el cansancio cerraba sus ojos; el periódico resbaló de la cama al suelo.
No sucedió más.
Por una errata deslizada en aquel apellido, el sacrificio del pobre muerto no tendrá historia; las noches de Mariana Paredes no tendrán pesadillas...
¡Más vale así!