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De carne y hueso; cuentos

NOCHE ———

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La locomotora lanzó un silbido autoritario y el tren echó á rodar cachazudamente, estremeciéndose con un sacudimiento lento y suave, como un desperezo; luego aceleró su marcha, los coches pasaron veloces unos tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareció en su vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras sí todo lo que huye...

Allá lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la estación con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las máquinas, su flaca techumbre de pizarra y su miserable andén de apeadero provinciano, iluminado por una linterna colgada junto á un reloj.

Dentro, en el saloncillo destinado á la carga y descarga de los equipajes, había un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro, entre un maletín de viaje y un lío de ropas, permanecía inmóvil, el rostro inclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueño: él, menos fatigado ó más impaciente, paseaba de un extremo á otro, con las manos metidas en los bolsillos de un viejo gabán que casi le llegaba á los talones. Al otro extremo del salón, un empleado dormitaba embozado en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de los árboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.

De pronto el individuo del gabán interrumpió sus paseos parándose delante de la mujer que dormía.

—¿Sabe usted—dijo—á qué hora pasa la diligencia para Almería?

Ella levantó la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fué hermoso, pero que los años estropearon, dejándolo marchito y enjuto como un bagazo.

—Creo—repuso—que sale de aquí á las cinco. La diligencia que yo he de tomar parte á la misma hora.

El no contestó y reanudó su paseo, andando á largas zancadas, pisando recio para ahuyentar el frío que le atería los pies. Era un viejo de mediana estatura, con rostro simpático y un continente imperativo y desembarazado de gran señor, que parecían protestar de la horrible estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.

Pasaron algunos minutos y el desconocido tornó á prender la hebra con la viajera. Hablaban lentamente, como á la fuerza, cual si de todos los males que sufrían el de la conversación fuese el menor. El iba á Lucainena de las Torres; ella á Lubrín.

—¿De dónde viene usted?—preguntó la vieja.

—De Buenos Aires.

—Allí he vivido yo algunos años... Ahora vengo de Madrid... He viajado mucho...

—Yo, también.

Hablando, hablando, vinieron en conocimiento de que la suerte les había llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en París, en Londres y en América... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos una repentina corriente simpática.

—En la fecha á que usted se refiere—decía él—yo trabajaba en el teatro Español con don José Roldán.

Ella lanzó un grito de sorpresa.

—¡Cómo!—exclamó—¿usted conocía á Pepe?

—Muchísimo; fué mi maestro.

—¿Y á Rosario Molina?

—También. ¡Pobrecita!... Murió estando yo en París...

La viajera se había levantado y miraba á su interlocutor azorada.

—Claro es—dijo tras una breve pausa,—que si conoció usted á Rosario, conocería también á su íntimo amigo Daniel Santana, el pintor...

—¿Cómo no?...—interrumpió el anciano admirado de que aquella vieja tan mal traída por la suerte le hablase de tantas personalidades ilustres;—Daniel y yo nos quisimos como hermanos...

Contempláronse perplejos, agradeciéndose el inesperado bienestar y suave contento que mútuamente se proporcionaban.

—Indudablemente—exclamó ella,—nosotros nos conocemos; usted se llama...

—Mariano Guzmán.

—¡Mariano Guzmán!—repitió la anciana cruzando las manos;—¡oh, sí!... Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... ¿cómo conocerle á usted después de tantos años?

Le miraba maravillándose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con su gabán raído y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su rostro de hombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba también adivinando sus pensamientos.

—¿Y usted—preguntó—quién es?...

—Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadros Safo y Venus dormida, premiados con medalla de oro en la Exposición de París...

Poseído de verdadera emoción, Mariano Guzmán se aproximó á su interlocutora para examinarla mejor.

—¡Elisa, Elisa!—repetía;—¡ah, que cambiada está usted!... ¡Usted es la mujer más hermosa que he conocido!...

Hablando así la cogió familiarmente por los hombros, admirado de verla tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante alargado y marchito por el sufrimiento...

—No hable usted, Mariano—repuso ella en voz baja,—de mi antigua belleza, ya que ahora sólo soy la caricatura lamentable de lo que fuí: los años crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos. ¡Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... ¡Ni el recuerdo!

El viejo actor alzó los hombros.

—¡Ni un recuerdo!—murmuró;—dice usted bien... ¡Tampoco se acuerda nadie de mí!...

Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando sus efímeros triunfos de viejos ídolos abandonados.

Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus pueblos algún pariente que les amparase hasta que viniese para su desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan fértil en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.

Mariano Guzmán, cuyo nombre figuró en las páginas más brillantes de nuestro teatro, era una especie de dios caído. Hubo un tiempo en que la fortuna le acarició y encumbró como á hijo predilecto; los mejores dramas fueron estrenados por él; los actores imitaban sus actitudes, su voz, sus gestos, y rindió á muchas mujeres prendadas de su gallarda apostura y altos merecimientos artísticos... Después, la estrella de sus aventuras empezó á eclipsarse: vinieron los disgustos con compañeros poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones provincianas que tanto gastan y achabacanan á los buenos artistas, los viajes á América, los amores desgraciados que exprimen el alma... Insensiblemente fué quedándose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no hallaba aquellas exaltaciones trágicas, aquellos gestos sublimes conque antaño vencía la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio declinaba. Cuando regresó á Madrid, el público no quiso reconocerle y tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fué para Mariano Guzmán el descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un lado á otro, siempre bajando; hoy un poquito, mañana un poco más... Y al fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volvía al miserable pueblecillo de donde cincuenta años antes le sacó su ambición, con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador á quien nunca había escrito...

Mientras el anciano hablaba, su interlocutora hacía con la cabeza signos melancólicos de asentimiento.

Ella también había luchado y contribuído eficazmente á la elaboración de muchas preclaras reputaciones artísticas.

Elisa Marcial fué una de las mujeres más hermosas de su época: la copia de los cuadros que su guapeza inspiró se vendieron á millares, y no hubo aficionado para quien el cuerpo de la célebre modelo tuviese secretos: arrogante y esbelta como la Duval, de Gérome; voluptuosa y sensual como aquella Adriana, que el genio de Rallí ha legado desnuda á la posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mórbidas de mujer ardiente... Elisa recorrió las principales ciudades europeas, luego fué á América, en brazos de un millonario brasileño, y cuando regresó á Madrid, muchos años después, comprendió que la brillante novela de sus triunfos terminaba.

Había menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios, menos gallardía en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros la trataban con cierto aire de compasiva protección, como á una vieja amiga con quien sólo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la encontraban en la calle, miraban á otra parte, esquivando el trabajo inútil de saludar á una mujer fea...

—El tiempo—agregó Elisa Marcial—había dispersado la alegre comparsa de mis amigos y era inútil querer reconquistarles. En ese Madrid, testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me permite satisfacer este último capricho y regreso á mi pueblo, donde me espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...

No dijo más y aquellos dos náufragos ilustres á quien el espantoso vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Después, él preguntó:

—¿No tiene usted hijos?

—No.

—Yo tampoco...

Sus amores, como sus triunfos artísticos, fueron estériles. Aquello parecía una maldición.

—No nos queda nada—agregó Guzmán;—nada... ¡Ni siquiera un hijo que nos recuerde!

Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudió sus victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos de sí. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que perpetúe su nombre; pero, ¿qué resta de los actores muertos, y qué de las modelos á quienes el tiempo privó de encantos?

—Todo ha concluído para nosotros—murmuró Guzmán.

—¡Todo—repitió Elisa!

Hablando así, aquella mujer á quien un millonario brasileño sedujo en París envolviéndola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos vestidos agujereados. De repente se oyó ruido de caballos y de coches que se acercaban.

—Ahí están las diligencias—dijo el actor,—vámonos.

Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer aparecía la carretera que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda quedaba la vía férrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de un enorme torrente seco. Las diligencias sólo se detenían allí algunos instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse después de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.

—Adiós, Mariano—dijo ella,—hasta otra vez...

Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lágrimas. El apretó convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su interlocutora y se alejó sin responder, avergonzado de que le viesen llorar. Cada uno parecía llevarse el pasado del otro. Cuando las diligencias partieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos, asomados á las ventanillas de sus vehículos, agitaron sus pañuelos dándose el último adiós, dejando tras sí esa melancolía inexplicable de todo lo que huye...

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