CREPÚSCULO ———
Reading edition
Cae la tarde; un vientecillo suave arrastra por el suelo húmedo las primeras hojas secas; las lejanías del paisaje desaparecen tras el vaho neblinoso que enceniza el cielo; los árboles, de donde huye la vida, levantan sus ramas con desesperado ademán y su gesto simula responder á la conciencia que tienen de que la muerte llegará fatalmente para ellos con la paralización de la savia; los herbazales que visten los recuestos también están tristes, amarilleando entre el lodo; á lo largo de las tapias algunas enredaderas alargan sus ramas escuetas; bajo el espacio triste la tierra toda se estremece en una convulsión agónica.
Personajes: Ella; treinta años. Avanza rápidamente, mirando á todas partes con los hermosos ojos muy abiertos por la impaciencia de ver pronto al amado, que la espera. Viste sombrero redondo de fieltro y un gabán varonil, con cuello Imperio y doble hilera de botones, que la llega á los pies: es alta, elegante y lamida de formas como una amazona inglesa.
El: treinta y cuatro años; gallardo y simpático; su delicado temperamento de sentimental lo reflejan la mirada distraída de sus ojos, ensombrecidos por el insomnio; su frente, abrillantada por el nimbo indefinible de los ensueños; la línea de sus labios que, habiendo gustado los amargores de la vida, quedaron algo tristes.
Eulalia.—(Viendo, de pronto, al galán que entretiene su fastidio leyendo un periódico.) ¡Niño, ya estoy aquí...!
Fernando.—(Vivamente emocionado.) ¡Ah, qué impaciencia tan cruel!... Si yo estudiase metafísica, para representarme el concepto de eternidad evocaría la duración de las horas que vivo sin ti.
(Se dan las manos.)
E.—(Mirando á todas partes.) No hay nadie.
F.—(Mirando también.) Nadie.
E.—Toma mis labios.
(Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente, imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.)
F.—(Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.) ¿Y tu marido?
E.—En la Audiencia.
F.—¡Batallando, según costumbre, por enviar gente á presidio!
E.—No sé. Damián es un hombre terrible que, como las cadenas, parece fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su ley; el deber frío y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha sofocado el natural amor á sí mismo; ¡no se ama!... (Con volubilidad.) Después de almorzar me fingí enferma, para quedarme sola.—«Bien—replicó él;—te acompañaré.» Fué morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba á fracasar... ¡Qué martirio! (Fernando escucha acariciando entre sus manos una de las enguantadas manecitas de la joven. Ella continúa.) De pronto salí del gabinete y momentos después reaparecí diciendo que hallándome mejor, necesitaba salir.—¿Dónde?—preguntó mi tirano.—A hacer algunas compras—repuse;—no hay manteles; además, á la doncella le prometí ayer una blusa y debo cumplir lo ofrecido.—Mejor sería—contestó,—que te vistieras bien y fueses á visitar á la vizcondesita Matilde, que está enferma. ¡Debemos cumplir con todo el mundo!... Acepté la proposición haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegría: aquel era un feliz pretexto que me facilitaba una hora más de libertad que dedicarte, mejor y más hermosa para mí, que un rayo de luz. En un santiamén me puse mi mejor traje y volví al gabinete; Damián, al verme se levantó.—«Vaya—dijo,—hoy, para mí, es día de asueto; te acompaño.» ¿Cómo rechazarle? Humillé la cabeza y eché á andar con la sombría resignación del que camina hacia el patíbulo. Cuando llegábamos al recibimiento, vibró el timbre de la escalera; abro la puerta... ¡Era un ordenanza que traía... no sé qué papelotes de la Audiencia! Un asunto urgentísimo.
F.—La causa de algún desgraciado á quién el Código tendrá deseos de apretar el cuello...
E.—Probablemente. Mas... ¡en fin!... gracias á eso, sea lo que fuere, estoy aquí. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no una cabeza.
(Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo entristecido por los reflejos crepusculares.)
F.—Te quiero.
E.—No más que yo á ti.
F.—(Enternecido.) ¡Carne de mi alma!
E.—(Con arrebato.) ¡Alma de mi cuerpo!...
F.—Dame tus labios otra vez.
E.—Tómalos. ¿No son tuyos?... ¿A qué me los pides?...
F.—(Rodeándola el talle con un brazo.) ¡Oh!... ¡qué adormecedora, qué dulce es la canción de los amores!... ¡Cómo pesa sobre los párpados, con qué arpegios de ensueño roza los oídos!... Y simultáneamente penetra hasta mis tuétanos y calofría mi espalda con la suave caricia del terciopelo.
E.—¡Fernando... (Entorna los párpados y su cabeza mareada por la rara espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de apoyo.)
F.—Habla... necesito oirte... dí algo... arrúllame...
E.—(Sin abrir los ojos.) ¿Qué quieres que diga?
Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar, produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y Fernando se detienen.
F.—¿Quieres?... (En voz muy baja.)
E.—¿Aquí?
F.—Sí. Sentémonos.
E.—¡Oh, es imposible!
F.—¿Por qué?... Estamos solos.
E.—Sí, pero... ¿y mi traje?
F.—Extenderé sobre el suelo mi pañuelo para que no te manches.
E.—No basta. Y, mira... el piso está enfangado.
F.—(Pensativo.) Es cierto.
E.—Seamos juiciosos.
F.—¿Qué remedio?...
(Se contemplan mezclando sus alientos, mirándose á los ojos ávidamente, con el vientre y las rodillas y los pies unidos.)
E.—(Deseando tranquilizar á su amante.) Mira, cómo vengo.
(Le enseña sus botas de tafilete, su magnífico traje de seda color salmón, su largo gabán de finísimo paño.)
F.—(Extasiado.) ¡Como una reina! (Pausa.) Y, sin embargo... perder estos instantes... es un crimen.
E.—Ya lo sé, rey; pero, ¿qué quieres?... La fatalidad...
F.—¿Me amas?
E.—Más que á nadie.
F.—¿Eres muy feliz entre mis brazos?... (Empujándola.) Entonces... ¿Qué importa lo demás?...
E.—(Resistiendo.) Pero... ¿no comprendes?... Estamos en un lodazal.
F.—A tu marido le dices que te caiste; un accidente... un coche que pasaba... cualquiera cosa.
E.—Eso es lo de menos; un pretexto se busca fácilmente.
F.—Entonces...
E.—Es mi traje, mi sombrero, que representan un capital.
F.—(Alzándose de hombros.) ¿Qué vale todo eso, comparado con lo otro?... Un vestido que se mancha ó que se rompe, puede ser substituído; ¿pero quién recobrará el rato de felicidad que se pierde?
E.—No me vuelvas loca.
F.—Pronto nos separaremos y... ¿quién podrá consolarnos mañana de la hora feliz que hoy desaprovechamos?...
E.—(Languideciendo.) Déjame.
F.—El peinado que se deshace, como el sombrero ó el traje que se ensucian, constituyen pequeñas desgracias, fácilmente remediables; pero, ¿cuándo ni dónde rescataremos las dulzuras de un feliz momento perdido?... Dime; ¿en qué bazar podrían los pobres viejos desencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?... Ven, ven... el placer como la alegría, duran poco.
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Han pasado treinta años; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida, conserva entre sus más preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde otoñal, húmeda y callada, en que dió noventa duros por un rato de amor. ¡El amor!... Lo que no se compra...