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De carne y hueso; cuentos

IDOLOS CAIDOS ———

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Era de noche. Nos hallábamos en una espaciosa habitación, con los altos techos envigados según antigua costumbre provinciana, las ventanas huérfanas de visillos, cortinajes y demás vistosos paramentos del buen tono, y las paredes sin otro adorno que algunos clavos de donde pendían varias viejas prendas de vestir con esa gravedad soñolienta de las cosas inertes.

Mi amigo estaba acostado en una cama, yo en otra, y ambos conversábamos pausadamente esperando la sorpresa del sueño. Sobre un taburete chisporroteaba la mortecina luz de una lamparilla de aceite; toda la casa yacía en el silencio solemne que envuelve á los pueblos pequeños, y únicamente revoltijeando en el ámbito del dormitorio vibraba el pertinaz y amenazador zumbido de algunos mosquitos hambrientos.

—Pues, mañana—dijo Joaquín,—antes de que el sol caliente, iremos á El Robledal, que es de los mejores y más pintorescos cortijos que posee mi cuñado por estas cercanías: luego visitaremos la iglesia, que tiene una capillita gótica muy notable; y si estamos de humor y la tarde da de sí para tanto, subiremos á Peña-Ramiro, cerro elevadísimo desde cuya cumbre se abarca un grandioso panorama: al fondo del valle, el pueblecito, con su centenar de casitas blancas parecidas á un rebaño de ovejas; después el riachuelo de Guadelzar, en cuyo cauce blanquea un chorrito de plata líquida, semejante al hilillo baboso que hubiera dejado al pasar por allí un caracol gigantesco; y más allá, en los brumosos confines del paisaje, un largo rosario de montañas, enderezando al cielo sus panzas ciclópeas coronadas de nieve...

—¿Y después, por la noche?

—Por la noche—repuso,—iremos á casa de Higinio, un muchacho comerciante que puntea la guitarra y con quien suelen reunirse algunas mozas vecinas y tres ó cuatro de los chicos más galanes y mejor templados del pueblo.

Añadió interrumpiéndose para requerir la almohada y colocarse mejor:

—¡Hombre!... A quien deseo presentarte es al tío Baltasar, el tipo más notable de la provincia. Es un viejo muy corrido que en sus mocedades fué pendenciero temible y sempiterno y afortunado cortejador de doncellas; un don Juan rural, caballeresco y galán á su modo. Nació aquí y de estos contornos nunca salió si no fué para el presidio de Cartagena, á donde le llevaron por dar muerte á un marido que quiso meterse á «médico de su honra»...

Joaquín, vencido por el sueño, articulaba lenta y trabajosamente; yo, empezanado por aquel inseguro balbuceo, cerré los ojos. Luego exclamé haciendo esfuerzos para no dormirme:

—¡Es raro que ese Baltasar haya llegado á viejo!

—¿Por qué?

—Porque... lo que el adagio enseña: el buen vino y los hombres guapos, duran poco...

Pronunciábamos las palabras lentamente y separando unas sílabas de otras: era una conversación lánguida, incoherente, como un diálogo de sonámbulos.

—Pues, por esta vez, falló el refrán... porque Baltasar fué de los majos que tosió más fuerte entre los barateros de mejor resuello. Una noche, y esta anécdota te servirá para conocer la calidad y buen temple de su ánimo... detuvo él solo, trabuco en mano y por apuesta, á la diligencia de Almería.

No dijo más, ó si continuó yo no le oí, rindiéndome al sopor que me infundieron la tarda exposición de aquellos romancescos disparates y el rítmico sonsonete de los mosquitos volanderos.

* * *

Al día siguiente me levanté tarde; y como Joaquín se hubiese marchado de jira con varios amigos y yo no tuviera otro asunto de más bulto y provecho en qué emplearme, salí á dar un paseo por el pueblo.

En un villorrio tan incivil y menguado como aquel, la presencia de un forastero es motivo poderoso de curiosidad y de fisgoneo; por todas partes veía chiquillos que se quedaban embelesados y boquiabiertos mirándome pasar, cual si yo fuese un ente raro oriundo de lejanos planetas, y ojos femeninos que me avizoraban por entre las hendiduras de las persianas; y tanto llegó á molestarme aquella impolítica curiosidad, y tan feo me pareció el lugar con sus retorcidos callejones desempedrados y su pobrísimo caserío, que renuncié al paseo. Di, pues, media vuelta, y aventurándome por un angosto pasadizo abierto entre los bardales de dos huertas, anduve un buen trecho y llegué á la plaza: triste, polvorienta, rodeada de casuchas irregulares, con la iglesia á un lado y una fuentecilla á la que prestaban sombra escasa algunos arbolillos. Permanecí inmóvil largo rato, examinando el aspecto de aquel paraje que reconcentraba las vidas comercial, religiosa y hasta elegante de la población, puesto que allí concurrían á coquetear por las tardes los muchachos y mocitas casaderas.

Eran las doce; el sol caía perpendicularmente, y aquellos torrentes de luz cenital, sumados á la intensa reverberación del suelo, producían una especie de peplo luminoso que esfumaba el contorno de los objetos; un remusgo cálido agitaba los toldos multicolores extendidos sobre la puerta de algunas tiendas, y la torre de la iglesia, altiva y robusta como el torreón aspillerado de un castillo medioeval, proyectaba sobre el suelo polvoriento una sombra gigante. Sentado en un poyo junto á la fuentecilla, había un viejo, al cual gritaban y silbaban hasta una docena de deslenguados arrapiezos.

—¡Que baile el tío Baltasar!—gritaban aquellos indígenas.

—¡No!, que no baile...—decían otros,—es mejor que cante...

Y entonces todos empezaron á pedir rítmicamente y con cierta cadencia:

—¡Que cante el tío Baltasar, que cante, que cante!...

Algunos individuos, sentados en el suelo y á la hila de las paredes, atisbaban la escena sonriendo; el tío Baltasar, por su parte, únicamente amenazaba á los chicuelos más atrevidos que se le acercaban demasiado y con la poca caritativa intención de colgarle algún ahimelollevas. Sofocado por el calor y deseando ver la capillita gótica de que Joaquín me había hablado, crucé la plaza en derechura á la iglesia. Al pasar junto á la fuentecilla, molestado por el griterío de los chicos, no pude abstenerme de espantarles á voces y de repartir varios pescozones entre los más indómitos.

—¡Déjeles usted estar, señorito, pues no me incomodan!—exclamó el viejo.

Volvíme para mirar á quien tan mal agradecía mi protección y ayuda, y era un hombre setentón, con grandes patillas cortadas según la usanza de la clásica flamenquería y majeza andaluzas: los ojos nobles y fieros, la boca desdeñosa, la nariz aguileña y enérgica, el busto de complexión elegante y recia... y comprendí hallarme delante del célebre Baltasar, de quien tantas lindezas refería mi amigo.

—Celebro conocerle dije entonces;—aunque recién llegado aquí, ya me han dicho mucho bien de usted. Si la fama no miente, usted fué, allá en sus mocedades, un buen gallo...

—Hombre... sí, señor—repuso con esa modesta mansedumbre de los héroes encanecidos;—cuando lleva uno en las venas mucha sangre y muy caliente, comete muchas tonterías.

—¿Y ahora?

—¿Ahora?... ¿Qué quiere usted que haga, más que tomar el sol ó la sombra, según la estación?

Los chicos se habían retirado y nos contemplaban desde lejos. Baltasar y yo continuamos charlando, cautivándome él por sus espontáneas caballerosidad y bizarría.

—Ogaño estoy mandado retirar por inútil—decía;—pues los gallos sin pico ni espolones no sirven para el reñidero ni para el corral... Pero antes... ¡ja, ja!... antes no hubo en toda la provincia otro majo que cantase más alto que yo...

Según hablaba, los recuerdos iban exaltando las energías de su espíritu y tenía frases y gestos autoritarios que recordaban sus ya lejanos extremos de sultán dictador... Y había algo solemne en el ocaso de aquel ídolo caído.

Luego Baltasar, como quien va á decir un gran secreto, púsose de pie acortando la distancia que nos separaba.

—Yo, señorito—añadió bajando la voz,—he sido el cogollito y la espuma de esta tierra... el esposo de todas las mujeres bonitas y el coco de todos los maridos... A ellas las quiero, pobrecitas, por agradecimiento, porque fueron buenas para mí; pero á ellos les desprecio, á todos, por cobardes y por... ¿Comprende usted?... Los muy... cuando éramos jóvenes, no tenían coraje para desafiarme y yo les afrentaba á mi antojo; si eran solteros, les quitaba la novia; si casados, les robaba la mujer... Y ellos, nada, tragando hieles... Ahora parecen vengarse de mí echándome sus hijos para que me chillen y atormenten; no me enfado, no puedo enfadarme, porque la voz de la sangre... ¿sabe usted, señorito?... Entre esos niños ¡habrá tantos hijos míos, tantos!...

Miré á Baltasar, el antiguo recluso de Cartagena, admirando aquella frase tan obscena en la forma y que envolvía, no obstante, un dulce sentimiento paternal. Aquella frase era para la humanidad una puñalada terrible; ¡una puñalada de presidiario!

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