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De carne y hueso; cuentos

ENTRE ELLAS ———

Reading edition

Mariana: treinta y cuatro años; viuda.—Luisa: dieciocho años; soltera. Aparecen sentadas en dos cómodos silloncitos enanos y con los pies sobre los morillos de la chimenea encendida.

Mariana.—A todas las mujeres nos sucede lo mismo. Primero luchamos por conquistar un novio, luego batallamos por enloquecerle y rendirle á nuestro talante; las inquietudes que nos atormentaron durante el noviazgo se recrudecen la semana anterior á la boda y después...

(Pausa.)

Luisa.—¿Después?

M.—¡Qué sé yo!... Diríase que la misma intensidad de las emociones relaja la tonicidad de los nervios y apenas comprendemos lo que sucede.

L.—Pero, ¿es cierto que el matrimonio es la triaca del veneno del amor?

M.—¡Oh! ¡Quién sabe!... A veces parece que queremos al marido más que al novio: otras diríase que el cariño muere á manos de la costumbre.

(Pausa.)

L.—Dime; ¿qué secretos, qué misterios, qué locuras hay en la intimidad del matrimonio?

(Mariana ríe burlona.)

L.—(Amostazándose.) ¡Bah! ¿Te ríes de mi pregunta?

M.—Sí, me río... ¿Cómo no?

L.—Ninguna de mis amigas casadas quiso decírmelo.

M.—¡Naturalmente! La mujer, al contrario del hombre, es gran avara de sensaciones; sin duda porque en los lances del amor desempeña un papel pasivo, y esta pasividad implica caída, vencimiento, vergüenza...

L.—No comprendo.

M.—¿Cómo así?... Todo ello es bien claro. Daniel, por ejemplo, ¿no ha intentado besarte la mano?

L.—Sí.

M.—Pues si él reclamó ese pequeño favor y tú se lo concediste, créeme; la vencida fuiste tú. Conque imagina que muy pronto te unirás á él, esto es, le pertenecerás completamente; no tendrás derecho á regatearle tus caricias, ni á poner coto á sus exigencias; y el marido ya no querrá besarte la punta de tus dedos enguantados, sino que te estrechará entre sus brazos y dispondrá de ti á su antojo... y tú le dejarás hacer... ¿Quién será la vencida? No lo dudes. En el mundo sólo hay vencedores y vencidos, y el Destino quiso que el último papel lo representásemos nosotras.

(Nueva pausa, durante la cual la joven se frota las manos nerviosamente.)

M.—¿En qué piensas?

L.—En todo eso... ¡Es extraño! Voy á casarme y no experimento regocijo intenso.

M.—¿No quieres á Daniel?

L.—Sí, pero...

M.—¡Cómo! ¿Es posible que ese hombre ya tenga peros para ti?

L.—Te diré... si acierto á explicar mi pensamiento. Le encuentro tímido, demasiado respetuoso, comedido en demasía...

M.—Ya... Te gustaría verle más animoso, hablándote con más calor, propasándose, tal vez, á darte un abrazo sin pedirte consejo...

L.—¡Mariana!

M.—Fuera hipocresías... estamos solas.

L.—Pues bien, sí... El dice que me quiere mucho, que me adora, que está loco por mí... No le creo; quien está loco, hace locuras... y él, cuando estuvo á solas conmigo, no las hizo...

M.—(Suspirando.) Tampoco mi marido.

L.—¿Sí? Y tal vez pensabas entonces como yo pienso ahora.

M.—Lo mismo. (Con tristeza.)

L.—(Con arrebato.) No comprendo que un hombre pueda respetar tanto á la mujer á quien ama... ¡No lo comprendo! En nuestras largas conversaciones, Daniel dice que mis ojos le emborrachan, que mi cariño es sol de su alma, que soy su ilusión única... Pero advierto que está más pendiente de quienes nos ven que de mi persona; la canción de su amor me la recita demasiado bien, con ampulosidades gongorinas que aburren, con atildamientos académicos que empachan... Habla, en fin, esa oratoria fría y correcta de los salones; no el lenguaje atropellado, incorrecto y ardiente que, á mi entender, debe hablarse en las alcobas.

M.—¡Luisa!

L.—¿Qué, te asusto?

M.—Soy viuda y no puedo asustarme de nada, pero... sabes demasiado.

L.—Nada sé, pues nada he aprendido: todo esto lo adivino, lo presiento... Por eso me disgusta Daniel.

M.—Haces mal: Daniel te respeta porque es hombre educado, incapaz de abusar...

L.—(Interrumpiéndola y con despecho.) ¡Malhaya la educación que hiela el alma; malhaya el respeto que mata el cariño!...

M:—¡Pobre soñadora!

L.—Sí, dices bien, ¡pobre de mi!... Porque es muy difícil la felicidad en brazos de un marido así. El hombre que yo imaginaba cuando empecé á sentir los primeros cosquilleos del sentimiento, era muy distinto. Nunca pensé en que fuese rubio, ni moreno, ni guapo, ni feo... me era indiferente; sólo me preocupaba su carácter, su alma... Yo queria un corazón de fuego; un hombre que se mirase en mis ojos, que bebiese la vida en mis labios, que tuviese todos los desplantes y los brutales arrebatos de los temperamentos ardientes, y que me amase mucho, mucho... Me imaginaba hablando con él y le veía sumiso, sin atreverse, casi, á poner sus deseos en mí... Y también me le representaba enloquecido, atropellando miramientos, cogiéndome entre sus brazos y sin curarse de nadie...

M.—¡Luisa, Luisa... si te oyese Daniel!...

L.—¿Y qué?... Entonces me conocería y tal vez cambiase...

M.—(Con hipocresía.) Debemos hacernos respetar.

L.—Convenido; pero concede también que los hombres no deben pujar su respeto tan lejos; porque si ellos lo hacen todo, ¿qué haremos nosotras?... Si ellos no suplican, ni atacan, ¿cómo podremos defendernos? Dime, ¿es cierto que no hay nada tan aburrido, tan estúpido, como un hombre siempre respetuoso?

(Daniel y el anciano vizconde de Marimón se acercan lentamente al salón donde están Luisa y Mariana.)

Daniel.—Luisa es una mujer excepcional.

Vizconde.—Seguramente.

D.—Cándida, sin la menor idea del amor...

V.—No afirmaría yo tanto.

D.—Usted es un escéptico sistemático.

V.—Usted un niño sin experiencia...

D.—¡Bah! tengo bastante mando para saber que Luisa me ama con frenesí.

V.—¿En qué lo conoce usted?

D.—En sus ojos, que no mienten.

V.—¿Eso es todo?

D.—En sus miradas.

V.—¿Nada más?

D.—¿Qué más puede conceder una mujer inocente?

V.—Una mujer inocente... conforme; pero una mujer enamorada... suele otorgar muchísimo más.

(Entran en el salón.)

D.—¡Hola, señoras mias! ¿De qué hablaban ustedes?

M.—De música.

L.—De perfumes de flores... Yo le decía á Mariana que la mejor esencia es el Chipre... Ella prefiere la violeta de Parma.

V.—(Al paño.) ¿Eh? ¿Qué tal? La música... los perfumes... las flores... los enemigos capitales de la virtud.

D.—(Contestando al vizconde, pero dirigiéndose á las damas.) ¿Con que charlando de perfumes, de flores y de música? ¡Qué candor!... ¡No hablarían de otra cosa los ángeles!...

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