LO HORRIBLE ———
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Beltrán empujó la puerta suavemente y entró: era un mozo membrudo, con las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vestía blusa azul y pantalón de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y sólidas; tenía la mandíbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvío.
Al oirle Matilde, su hermana, que parecía meditar junto á la mesa, á la luz de un quinqué, volvió la cabeza. Beltrán preguntó:
—¿Quién ha venido?
—Don José.
—¡Don José!... ¿Qué quería?
—Nada... saber cómo estaba padre: ni siquiera se sentó; no pasó de la puerta.
Beltrán clavó en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego dijo:
—¿Y padre?
—Peor; apenas puede respirar.
El mozo levantó la cortinilla que cubría una puerta y quedóse inmóvil, abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual resonaba rítmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.
—¿Qué dice el médico? ¿Tiene esperanzas?
—No. Asegura que recurrimos á él demasiado tarde.
Beltrán se mordía los labios; Matilde lloraba en silencio, sin parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas á sufrir: tenía el rostro inteligente y pálido, el pelo y los ojos negrísimos: era uno de esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresión y del momento, en quienes los ángeles del bien y del mal parecen luchar á brazo partido sobre un puente muy angosto.
—¿Recetó algo?—preguntó el herrero.
—Sí... mira.
Sacó del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrán leyó y releyó sin comprender.
—¿Cuánto costarán estas medicinas?
—Unas... cuatro pesetas.
—¡Cuatro pesetas!...
—¿De dónde sacarlas, hermano?
Y Matilde miraba á su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la casa toda, en fin, ahogándose de miseria y dolor bajo el declive rápido de los techos aboardillados Beltrán miró también, murmurando:
—No sé, no sé...
—Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida, á todo trance.
Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa. Pero ¿dónde hallar dinero?... Matilde y Beltrán estaban sin trabajo y la enfermedad de su padre agotó sus pequeños ahorros; en pocas semanas todo fué saliendo camino de la prendería ó de la casa de préstamos; fué una venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.
Beltrán alzóse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la miseria había tomado todos los caminos.
—¿Qué piensas?—exclamó Matilde;—¿se te ocurre algo?
—No... nada... ¿y á ti?
—Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... ¡padre se muere!
—Ya lo sé... ya lo sé... Espera.
Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de amigos: con ninguno debían contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y los mejores ya les habían socorrido en diferentes ocasiones. El único que podía ampararles era don José, el propietario, quien, por amor á Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde hacía dos meses. Beltrán conocía aquella pasión; y la vergüenza de sus favores, aceptados por él bajo la presión feroz de la miseria, enrojecían su frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de los hermanos, que veían pasar por entre sombras el hambre y el crimen: Beltrán y Matilde sabían que en los momentos de supremo desamparo los hombres roban, las mujeres se venden...
La joven, más franca que su hermano, preguntó:
—Si recurriésemos á don José...
Beltrán se acercó á ella temblando violentamente, como potro picado del tábano.
—¿Qué has dicho?—gritó;—¿recurrir á don José? ¿Qué es eso?... ¿Has perdido el sentido ó perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas insinuado algo me vuelve loco...
La había cogido por un brazo, apretándoselo entre sus dedos como en un torno.
Matilde bajó sus ojos anegados en lágrimas; en el silencio resonaba el isócrono jadeo del moribundo; aquella respiración anhelante de viajero que va muy cansado. Beltrán callaba, comprendiendo que era necesario optar entre el presidio y la mancebía. De pronto se decidió.
—¡Bien está!—dijo;—ya sé qué he de hacer; venga la receta... no perdamos tiempo.
—¿Tardarás?—preguntó Matilde.
—No... volveré pronto... antes de una hora...
Salió precipitadamente, palpándose debajo de la blusa, cerciorándose de que la navaja estaba en su sitio.
* * *
Beltrán anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba: robaría, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio á hacerlo sin vergüenza ni empacho.
El herrero, recatado en la sombra de una puerta, esperó... esperó...
Los transeúntes eran escasos: todas las circunstancias parecían favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno dormía en un punto distante.
Al principio, Beltrán juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se defendería, pediría socorro y sería necesario taparle la boca, arrojarle al suelo, matarle, tal vez... Luego, según iba apreciando el valimiento y legitimidad de los móviles que le arrastraban á perpetrar aquel despojo, llegó á creer que su conducta era irreprochable y que el primer caballero á quien se dirigiese, no bien supiera de qué se trataba, se apresuraría á favorecerle: todo aquello se le antojaba á Beltrán tan natural, tan noble, tan conmovedor...
De pronto apareció un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrán salió á su encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y miró al herrero, desconfiando.
—Caballero—dijo Beltrán, haciendo con la cabeza un leve saludo;—perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre está agonizando.
El interpelado, ya repuesto, murmuró:
—Dios le ampare, no llevo nada.
Beltrán le miró confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por la vergüenza, palidecieron: había dicho lo más grave, lo más grande, lo más terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el individuo que le oía, lejos de asociarse á su dolor, le escuchaba impasible, encogiéndose de hombros... La ira cegó sus ojos.
—No—gritó,—yo no pido limosna.
—¿Entonces?...
—Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una receta... ¡Lo quiero... son para salvar á mi padre!
Hablando así, zarandeaba á su interlocutor agarrándole por el embozo; el agredido, irritado por una exigencia que juzgó intolerable, le rechazó vigorosamente.
—¡Ladrón!—murmuró.
Entonces Beltrán se abalanzó sobre su enemigo, procurando derribarle; mas el otro, que era mozo y valiente, le echó los brazos al cuello, mientras procuraba sacar un revólver que sin duda llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrán se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastró hacia un callejón vecino.
—¡Miserable, miserable!—repetía.
El asaltado, viéndose perdido, quiso gritar, pero Beltrán le tapó la boca, y, asiéndole por el cuello, le derribó en tierra: cayó de bruces, los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrán oyó ruido de pasos; sin duda venían á prenderle... ¿Qué hacer?... Si huía, su enemigo correría tras él pidiendo socorro... y se vió atado codo con codo, y á su padre muerto, y á su hermana, bonita y en la calle... Fuera de sí, requirió la navaja, y asestó un golpe á su víctima en la nuca, después otro y otro... muchos... para que no hablase; luego registró precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogió una moneda, un duro... ¡uno solo!... y echó á correr desalado.
En el fondo de la calle resonaban voces extrañas que repetían:
—¡A ese... á ese!...
Beltrán corrió mucho tiempo; cuando penetró en una botica llevaba los labios lívidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.
—A ver—murmuró;—despácheme usted, en seguida... en seguida...
El boticario dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó al mostrador tranquilamente.
—¿Qué es ello?
—Tome usted.
El farmacéutico cogió la receta y la leyó poco á poco, informándose bien del nombre de las medicinas.
—¿Tardará usted en despacharme?—preguntó Beltrán suplicante;—el caso es gravísimo.
Le aterraba la idea de que le prendiesen antes de ver á su padre.
No—repuso el boticario,—estas medicinas están hechas.
Marchóse y volvió trayendo dos frasquitos.
—¿Qué valen?—preguntó Beltrán.
—Cuatro pesetas con cincuenta céntimos.
—Cóbrese.
Y arrojó el duro sobre el mármol del mostrador.
El boticario cogió la moneda, la miró atentamente, la hizo resbalar entre sus dedos, volvió á sonarla...
—Este duro—dijo—es falso...