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De carne y hueso; cuentos

La herencia de un gran hombre ———

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Ella le amaba mucho, locamente, con ese cariño sumiso, idolátrico, que las mujeres sencillas profesan á los hombres de genio.

El matrimonio fué para Luisa una negación de sí misma; Pablo la empequeñecía y eclipsaba como el sol obscurece el brillo de los planetas que de él reciben luz y calor: cuantas personas visitaban su casa preguntaban por él... de ella nadie se acordaba: ella sólo era la mujer del gran hombre, una cifra sin valor, una compañera fiel que, después de introducir á los visitantes en el despacho de su marido, se retiraba discretamente cerrando la puerta. Y, sin embargo, aquella negación, aquel olvido, constituían, sus mayores orgullos, pareciéndola que su infinitesimal pequeñez era lo que mejor acreditaba la pasmosa altitud y endiosamiento del esposo.

Tan idolátrico fué aquel amor, que Luisa nunca sintió su pobreza; pues conviene advertir que su marido era muy pobre, con pobreza tan supina, tan solemne, como su mismo genio. Pablo tenía humorismos de loco: á veces el dinero que guardaba para gastos indispensables lo invertía en comprar un cuadro ó cualquier otro objeto artístico, pero inútil; ó bien regalaba á su mujer un traje de seda, sin acordarse de que no tenía zapatos. Mas á pesar de estos desequilibrios que solían ponerles en extremados aprietos, Luisa era feliz, con esa felicidad rotunda de los espíritus cándidos.

Así vivieron hasta que Pablo publicó un artículo violentísimo contra cierto crítico que le había censurado rudamente: aquel artículo provocó otros varios, y todos un desafío en el que Pablo recibió una estocada mortal.

Luisa, de pronto, se encontró viuda y sin otro cariño que el de un hijo pequeño. La muerte de Pablo fué tan repentina que ni siquiera tuvo el consuelo de poder llorarle; su pena no la arrancó ni un solo grito y sus lágrimas corrieron por dentro mientras sus ojos permanecían tristes y enjutos: fué un dolor mudo como el de los pajarillos á quienes el vendaval dejó sin nido en la época mejor de sus amores.

Al principio la joven fué lanzada en el torbellino de una existencia febril que no daba espacio á la reflexión: en pocos días recibió centenares de telegramas que había de contestar inmediatamente, y hallóse solicitada y perseguida por individuos que acudían á darla el pésame, y por periodistas que deseaban publicar el retrato y la biografía del ilustre finado: los actores la hablaban del último drama que estaban ensayando; los editores de la última novela: todos querían algo, todos pedían algo... y Luisa les veía pasar creyendo que aquella grave y ceremoniosa procesión de sombras enlutadas, no concluiría nunca.

Esta solicitud, no obstante, fué disminuyendo, la casa del gran artista iba sumiéndose en el silencio tétrico de las cosas olvidadas, y al fin Luisa se encontró sola en un hogar pobrísimo cuya frialdad y desnudez no había reparado hasta entonces.

Así permaneció varios meses: por la mañana le enseñaba á leer á su hijo en una novela de su padre, y leyendo aquellas páginas que ella vió escribir, lloraba copiosamente; por las tardes permanecía brazo sobre brazo, no sabiendo cómo emplearse ni qué hacer para conjurar la miseria.

Ella había vivido tan ajena á toda suerte de negocios y Pablo dejó sus asuntos tan embrollados, que la joven no pudo cobrar nada de los libros ni de los dramas de su marido: los editores decían que ninguna de aquellas obras estaba registrada y el abogado que se ofreció á poner en claro todo aquel laberinto, empezó exigiendo algunos centenares de pesetas para sufragio de los primeros gastos.

Luisa, acobardada, renunció á todo y vendió algunos manuscritos de Pablo para seguir viviendo; y entretanto, el prestigio del gran hombre muerto menguaba mucho más de lo que Luisa creía.

Llegó momento en que la pobre viuda, vendidos todos sus muebles y empeñadas todas sus alhajas, cayó en una situación precaria. En la cajita donde guardaba sus secretillos de esposa feliz, conservaba todavía un artículo de Pablo: ¡el último artículo!

Luisa dudó mucho antes de resolverse á vender aquel manojito de queridas cuartillas: era un cuento muy bonito, muy tierno, que había leído muchas veces. Pero era preciso decidirse y se decidió, constreñida por el apremio brutal de la necesidad.

Aquella misma noche, vestida con un modesto trajecillo negro y llevando á su hijo de la mano, la viuda se encaminó á la redacción del periódico que su marido dirigió algunos años y, durante el trayecto, pensaba en aquellas cuartillas que oprimía nerviosamente contra su seno dolorido, dándolas un romántico adiós, apasionado y mudo. Cuando subía las escaleras de la redacción, un ordenanza le salió al encuentro.

—¿El señor director?—preguntó Luisa.

Está ocupado.

—Dígale que la viuda de don Pablo de Tal..... desea verle.

El ordenanza se fué y luego reapareció murmurando:

—Pase usted.

Luisa penetró en un despacho decorado con elegante sobriedad: la sillería era de cuero, el piso estaba alfombrado y los huecos de las ventanas disimulados por densos cortinajes de color obscuro. Ante una mesa había un individuo que escribía febrilmente, con el pálido semblante bañado en la penumbra melancólica de un quinqué con pantalla verde. Al ver á Luisa, aquel caballero se levantó con afectada solicitud y la ofreció una silla. Después hablaron un poco del ilustre muerto; los ojos de Luisa se humedecieron; su interlocutor también pareció muy conmovido; luego la invitó á que explicara el objeto de su visita...

—Le traigo á usted un artículo.

—¿Un artículo?

—Sí, señor; de Pablo...

—¿Para qué?

Luisa se detuvo dolorosamente, sorprendida por la pregunta del que fué antiguo compañero de su marido.

—Por si lo quiere usted—repuso tras una breve pausa;—no puedo cobrar nada de lo que empresarios y editores me deben, y ahora tengo compromisos...

Sus mejillas echaban fuego; no podía hablar.

—¡Oh!... Comprendo; pero, ahora, un artículo de Pablo... no tiene oportunidad... ¡Si hubiera sido cuando él murió!...

Luisa rompió á llorar.

—Tiene usted razón—murmuró;—pero éste es su último artículo, el último... y yo no quería venderlo.

—Vaya, no se aflija usted, aquello pasó... Siento que el periódico no pueda pagar lo mucho que valdrán esas cuartillas; pero, en fin, ¿cuánto quiere usted?

Lo que ella deseaba era concluir pronto y escapar de allí; el precio ya no la importaba.

—¿Pondremos... cuarenta pesetas?

—Bien, bien...

Aquello era un suplicio inacabable; una especie de limosna que la ofrecían bajo recibo... Después, mientras salía de la redacción, escuchando el argentino tintineo de las monedas que llevaba en el bolsillo, pensaba en la bancarrota suprema de todas sus ilusiones. ¿Qué quedaba de los ruidosos triunfos de Pablo? De tantos aplausos, de tantas brillantes polémicas, de tantos ensueños ambiciosos, ¿qué quedó?... Sus amigos le habían olvidado; sus discípulos ya no le respetaban: era un maestro enterrado, un ídolo caído...

—¿Dónde fué aquel mundo de doradas quimeras?—pensaba Luisa;—¿qué resta de todo aquel glorioso poderío que me deslumbró?...

Y las monedas recién cobradas, tintineando en su faltriquera, parecían responder:

—«Cuarenta pesetas; la herencia de un gran hombre...»

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