MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616)
Reading edition
Publicóse por primera vez la primera parte del Quijote, en 1605; la segunda parte, en 1615. Las Novelas ejemplares, en 1613.
Los variados encantos en que abunda su dicción, la vida lozana que ostenta, su avasalladora hermosura, y, sobre todo, la inagotable fuerza cómica, se apreciarán más que por la explicación y el análisis, por la reiterada y atenta lectura.
Su sintaxis se prestará a múltiples observaciones de pormenor. En general es, como la del Lazarillo de Tormes, la de la lengua familiar que sigue con ligereza al pensamiento, sin preocuparse de aquella trabazón inflexible que obliga al pensamiento a seguir los lentos pasos de la lógica gramatical. Hoy, en los escritos, no se toleran mil licencias de construcción que usamos al hablar y que usó Cervantes también al escribir; no hemos de corregirlos en sus obras como lo haríamos en los cuadernos de un alumno, sino estudiarlos como una manera de otros tiempos, que al fin y al cabo fueron los más gloriosos de nuestras letras. Por otra parte, estos casos en que Cervantes pasaría hoy por incorrecto, son muchos menos de los que algunos creen, y en los trozos que siguen habrá ocasiones sobradas de rechazar a Clemencín, Hartzenbusch y demás críticos rigoristas, que se empeñan en mirar al autor del Quijote como escritor descuidado. Su prosa (usando las palabras de un censor del Quijote) será siempre maestra soberana «en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación».
Aparte de tal estilo, que es el más admirable suyo, empleó Cervantes otro, libre de esos pretendidos defectos, como más trabajado y artificioso, a la manera que usaban generalmente los que estudiaban los autores latinos e italianos. Este se ve en su primera obra, La Galatea, en la última que escribió, el Persiles y Sigismunda, y en los episodios de tono sentimental e idealista que se intercalan en el Quijote.
En fin, una tercera manera se puede señalar en el estilo de este autor, si bien es pasajera y contrahecha, que aparece en las parodias de los libros de caballerías (por ejemplo, en la descripción del lago encantado que aquí se copia); en ella el lenguaje se llena de afectación y arcaísmo intencionado.
QUIJOTE
PARTE I, CAPÍTULO I
Condición y ejercicio del famoso hidalgo.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme[428], no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero[429], adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero[430], salpicón[431] las más noches, duelos y quebrantos los sábados[432], lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes[433] de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte[434], calzas de velludo[435] para las fiestas con sus pantuflos[436] de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí[437] de lo más fino... Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza... Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en[438] que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos, y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva[439], porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas[440] razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura; y también cuando leía: Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento, que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles si resucitara para sólo ello.
PARTE I, CAPÍTULOS XLIX Y L
Don Quijote es metido en una jaula por el cura y el barbero, que le hacen creerse encantado para grandes empresas, y así le llevan a su casa. En el camino se les une un canónigo de Toledo, quien, compadecido del prisionero, y hallándole cuerdo en sus razones, logra hacerle desenjaular y le exhorta a que abandone sus disparatadas caballerías. Sobre esto se enreda una discusión, que lejos de convencer a Don Quijote, acaba por suscitar en su imaginación el sueño de la más ideal aventura caballeresca. Al principio, el canónigo, fiando mucho en sus buenos consejos, dirige a Don Quijote esta vehemente exhortación:
«Y si todavía llevado de su natural inclinación quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César, Roma; un Anibal[441], Cartago; un Alejandro, Grecia; un Conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia[442]; un Gonzalo Fernández[443], Andalucía; un Diego García de Paredes[444], Estremadura; un Garci Pérez de Vargas[445], Jerez; un Garcilaso[446], Toledo; un don Manuel de León[447], Sevilla; cuya[448] leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Esta sí será letura digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote mío; de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado[449] sin cobardía, y todo esto para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha, do[450], según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.»
Atentísimamente estuvo Don Quijote escuchando las razones del canónigo, y cuando vió que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: «Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender[451] que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho mal en leerlos y peor en creerlos, y más mal[452] en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante[453] que ellos enseñan; negándome que no ha habido[454] en el mundo Amadises ni de Gaula, ni de Grecia[455], ni todos los otros caballeros de que las escrituras están llenas.»
—«Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando»—dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió Don Quijote: «Añadió[456] también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome[457] en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor[458] deleitan y enseñan.»—«Así es»—dijo el canónigo.—«Pues yo—replicó Don Quijote—hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera...; porque querer dar a entender a nadie que Amadis no fué en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fué verdad lo de la infanta Floripés y Gui de Borgoña[459], y lo de Fierabrás con la puente de Mantible[460], que sucedió en el tiempo de Carlomagno? Que ¡voto a tal! que es tanta verdad como es ahora de día; y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el Rey Artús de Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino por momentos[461]; y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino[462] y la de la demanda del Santo Grial[463], y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo[464], como los de Ginebra y Lanzarote[465], habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que fué la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan así[466], que me acuerdo yo que me decía una mi[467] agüela de partes[468] de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona[469]; de donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o por lo menos debió de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija[470] con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán[471], tamaño como una grande viga; de donde se infiere que hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,
destos que dicen las gentes que a sus aventuras van[472].
Si no... digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso[473], las empresas de Mosén Luis de Falces[474] contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos destos y de los reinos extranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.»
Admirado quedó el canónigo de oir la mezcla que Don Quijote hacía de verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería, y así le respondió: «No puedo yo negar, señor Don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles; y asimismo quiero conceder que hubo doce Pares de Francia; pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el Arzobispo Turpín[475] dellos escribe... En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio[476]; pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de los reyes, confieso mi pecado: que soy tan ignorante o tan corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.»
—«Pues allí está, sin duda alguna—replicó Don Quijote—; y, por más señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.»
—«Todo puede ser—respondió el canónigo—; pero por las órdenes que recebí, que no me acuerdo haberla visto; mas, puesto que conceda que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías.»
—«¡Bueno está eso!—respondió Don Quijote—. Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron[477], y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo o caballeros[478] hicieron? Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia—y créame, que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto—, si no léalos y verá el gusto que recibe de su leyenda[479]. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que ver, como si dijésemos, aquí[480] ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima, que dice: Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho, y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de las siete fadas[481], que debajo desta negregura[482] yacen? ¿Y que apenas el caballero no ha acabado[483] de oir la voz temerosa, cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva[484]; ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta[485], que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto[486] de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos, que por los intricados[487] ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan. Acullá vee una artificiosa fuente, de jaspe variado[488] y de liso mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco[489] ordenada, adonde las menudas conchas de las almejas con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá, de improviso, se le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro; las almenas, de diamantes; las puertas, de jacintos; finalmente, él es de tan admirable compostura, que con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura; y ¿hay más que ver después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar, y tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido caballero, que se arrojó en el ferviente lago[490], y llevarle sin hablarle palabra dentro del rico alcázar o castillo... y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo menos menos[491], dicen que suele valer una ciudad[492], y aun más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que tras todo esto le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas con tanto concierto, que queda suspenso y admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos[493], toda de ámbar y de olorosas flores distilada? ¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de marfil? ¿Qué verle servir todas[494] las doncellas, guardando un maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será oír[495] la música, que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni adónde suena? ¿Y después de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero, y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere; y vuestra merced créame y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala.»
PARTE II, CAPÍTULO XVI
Don Quijote en su camino se halla con un discreto caballero de la Mancha, en el cual Cervantes cifra su propio ideal de la vida santa y sencilla.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre, que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán[496] de paño fino verde, jironado[497] de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo[498] de morado y verde; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas, que por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran de oro puro.
Cuando llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y picando a la yegua se pasaba de largo; pero Don Quijote le dijo: «Señor galán, si es que vuesa merced lleva el camino que nosotros, y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.»... Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de Don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo Verde a Don Quijote, mucho más miraba Don Quijote al de lo Verde, pareciéndole hombre de chapa[499]: la edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño, la vista entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas[500]. Lo que juzgó de Don Quijote de la Mancha el de lo Verde fué, que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de su caballo[501], la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura, figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en aquella tierra.
Notó bien Don Quijote la atención con que el caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y como era tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le salió al camino, diciéndole: «esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá, y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas, y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa[502] en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras o en una sola, digo que yo soy Don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura; y puesto que[503] las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto se entiende, cuando no se halla presente quien las diga: así que, señor gentil-hombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago[504].»
Calló en diciendo esto Don Quijote, y el de lo Verde, según se tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le dijo: «acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa[505] el haberos visto, que puesto que como vos, señor, decís que el saber ya quién sois me lo podría quitar, no ha sido así, antes ahora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado. Cómo, ¿y es posible que hay[506] hoy caballeros andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballería? No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera, si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia que vuesa merced dice que está impresa de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres, y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.»—«Hay mucho que decir, respondió Don Quijote, en razón de si son fingidas o no las historias de los andantes caballeros.»—«¿Pues hay quién dude, respondió el Verde, que no son falsas las tales historias?»—«Yo lo dudo, respondió Don Quijote, y quédese esto aquí, que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.»
Desta última razón de Don Quijote tomó barruntos el caminante de que Don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero antes que se divirtiesen en otros razonamientos, Don Quijote le rogó le dijese quién era, pues le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán: «yo, señor caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido: soy más que medianamente rico, y es mi nombre Don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos: mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso[507] o algún hurón atrevido; tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos, y de devoción otros: los de caballerías aun no han entrado por los umbrales de mis puertas; hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje, y admiren y suspendan con la invención, puesto que[508] destos hay muy pocos en España; alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido: son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos: ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.»
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo; y pareciéndola buena y santa, y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fué a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo le preguntó: «¿qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?»—«Déjenme besar, respondió Sancho, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.»—«No soy santo, respondió el hidalgo, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.» Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda malencolía[509] de su amo, y causado nueva admiración a Don Diego.
PARTE II, CAPÍTULO XXIII
Terminado el relato episódico de las bodas de Camacho, o mejor dicho, de Basilio, quiere visitar Don Quijote la Cueva de Montesinos[510]; en esta visita le acompaña un primo de cierto Licenciado, que había hallado Don Quijote en su camino. Después de haber descendido a la sima Don Quijote atado con cuerdas, cuenta al Primo y a Sancho lo que vió en la cueva. Cervantes llena de finísima poesía toda esta concepción fantástico-burlesca.
«A obra de doce o catorce estados[511] de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella[512] un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohino de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino, y así determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes más soga, hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él, pensativo además[513], considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quien me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél, y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de trasparente y claro cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano vestido con un capuz[514] de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra[515], y la barba canísima le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz: el continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia[516], cada cosa de por sí y todas juntas me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme: «Luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo: Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este trasparente alcázar solapa, de quien[517] yo soy alcaide y guarda mayor perpetua[518], porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» Apenas me dijo que era Montesinos[519], cuando le pregunté si fué verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho con una pequeña daga[520] el corazón de su grande amigo Durandarte, y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían verdad sino en la daga, porque no fué daga, ni pequeña[521], sino un puñal buído[522], más agudo que una lezna.»
—«Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el tal puñal de Ramón de Hoces el Sevillano.»—«No sé, prosiguió Don Quijote, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la historia.»—«Así es, respondió el Primo; prosiga vuesa merced, señor Don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.»
«No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo[523], y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño)[524] puesta sobre el lado del corazón, y antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso, mirando al del sepulcro, me dijo[525]: Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín[526], aquel francés encantador, que dicen que fué hijo del diablo; y lo que yo creo es que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó, nadie lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es que sé tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos (y en verdad que debía de pesar dos libras, porque según los naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del[527] que le tiene pequeño); pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero ¿cómo ahora se queja[528] y sospira de cuando en cuando como si estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:
¡Oh mi primo Montesinos! Lo postrero que os rogaba, Que cuando yo fuere muerto, Y mi ánima arrancada, Que llevéis mi corazón Adonde Belerma estaba, Sacándomele del pecho, Ya con puñal, ya con daga[529].
Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de nuestra pérdida; ya os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas[530], yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos, y limpiarme con ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas; y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia de la señora Belerma[531], la cual, con vos y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera[532] y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las Lagunas de Ruidera: las siete son de los Reyes de España[533], y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fué convertido en un río llamado de su mesmo nombre, el cual, cuando llegó a la superficie de la tierra y vió el sol del otro cielo, fué tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otros muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal; pero con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado[534]; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera; sabed que tenéis aquí en vuestra presencia (y abrid los ojos y veréislo) aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados, que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas.—Y cuando así no sea, respondió el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y barajar[535]; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos. Volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal, que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna[536] de las otras: era cejijunta, y la nariz algo chata, la boca grande, pero colorados los labios, los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras: traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos, cómo toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la semana[537] hacían aquella procesión y cantaban, o por mejor decir, lloraban endechas[538] sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo: y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama[539], era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza; y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras... sino del dolor que siente su corazón por el que de continuo tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante: que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos y aun en todo el mundo.—Cepos quedos[540], dije yo entonces, Señor Don Montesinos; cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así no hay para qué comparar a nadie con nadie; la sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor Don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir, que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta satisfacción que me dió el gran Montesinos, se quietó mi corazón del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.»
—«Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de cómo vuesa merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas sin dejarle pelo en ellas.»—«No, Sancho amigo, respondió Don Quijote, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos»[541]. A esta sazón dijo el Primo: «yo no sé, Señor Don Quijote, cómo vuesa merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá abajo[542], haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.»—«¿Cuánto ha que bajé?» preguntó Don Quijote.—«Poco más de una hora», respondió Sancho.—«Eso no puede ser, replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.»—«Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho, que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con sus noches.»
COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]
Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas; es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.
Berganza. Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación, y viene aquí de molde.
Cipión. Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe estar muy lejos el día.
Berganza. Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas[546].
Cipión. Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.
Berganza. Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga a luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro!»—«¿De qué trata el libro?» preguntó el alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento de la Historia de la demanda del Santo Brial[551], y todo en verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir verbo alguno[552].—«A mí, respondió el alquimista, poco se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»—«¿Ha hecho vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales?»—«Yo, respondió el alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»—«Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal; mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venían a morir en los hospitales.
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