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Antología de prosistas castellanos

D. FRANCISCO MANUEL DE MELO (1611-1667)

Reading edition

Publicó el año de 1645 su Historia de los movimientos y separación de Cataluña, y de la guerra entre la Majestad Católica de Don Felipe el IV y la Diputación General de aquel Principado.

Aunque Melo era natural de Lisboa, su lenguaje es castizo y elegante castellano, modelo en la expresión feliz y acertada. Multitud de portugueses de los siglos XVI y XVII miraban como suya propia a nuestra lengua.

La dicción de Melo, breve, cortada y aforística, recuerda al tan imitado Mendoza, que es su modelo; también, como éste, se inspira en Tácito, de quien copia el corte general de su Prólogo. Pero no queda, como Moncada, restringido a estos modelos antiguos; Melo pertenece de lleno, por su estilo, al gusto del siglo XVII, y es un imitador de Quevedo; aunque esto se ve más en sus otras obras (Las tres musas, Política militar, Eco político), también resalta en la Guerra de Cataluña, donde abundan las frases henchidas de pensamientos agudos y profundos, las metáforas audaces e ingeniosas.

En el arte de la historiografía, representa una tendencia más decidida a retratar con superior viveza y realidad los hechos de que había sido testigo presencial, y, sobre todo, a caracterizar los personajes, ayudándose para esto hasta de las arengas, que en la pluma de otros historiadores no servían sino de mero adorno retórico: «Procuro no faltar a la imitación de los sujetos cuando hablo por ellos, ni a la semejanza cuando hablo de ellos; en inquirir y retratar afectos, pocos han sido más cuidadosos; si lo he conseguido, dicha ha sido de la experiencia que tuve de casi todos los hombres de que trato; he deseado mostrar sus ánimos, no los vestidos de seda, lana o pieles, sobre que tanto se desveló un historiador grande de estos años, estimado en el mundo.» Pero entiéndase que esta mayor profundidad a que aspira Melo, no va guiada hacia un fin científico de exactitud, sino hacia un ideal puramente literario, deseando con ese análisis de caracteres dar más interés dramático a su historia; por lo demás, para lograr efectos artísticos, calla la verdad o la violenta sin escrúpulo, como hacían todos los historiadores a la manera clásica; por ejemplo: Melo, buscando el interés para su relato, puso artificiosamente como primer estallido de la revolución el tumulto que ensangrentó las calles de Barcelona el día del Corpus de 1640, con cuya descripción formó una de las páginas más hermosas de su obra, de la que aquí incluímos un extracto, y, sin embargo, para concertar en ella el efecto, hubo de callarse que hacía ya treinta y siete días que los disturbios habían comenzado[624].

HISTORIA DE LA GUERRA DE CATALUÑA

LIBRO I, PÁRRAFOS 79 A 99

Estalla la revolución en Barcelona el 7 de junio de 1640

Había entrado el mes de junio, en el cual, por uso antiguo de la provincia, acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos que lo más del año viven desordenadamente, sin casa, oficio o habitación cierta; causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares donde los reciben; pero la necesidad precisa de su trato, no consiente que se les prohiba; temían las personas de buen ánimo su llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su atrevimiento en perjuicio del sosiego público.

Entraban, comúnmente, los segadores en vísperas del Corpus, y se habían anticipado aquel año algunos; también su multitud, superior a los pasados, daba más que pensar a los cuerdos, y con mayor cuidado por las observaciones que se hacían de sus ruines pensamientos.

El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola, estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo, juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza; que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban justificar su intención por cualquier suceso.

Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres; empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su remedio podía estar en sus manos.

Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio; continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores. Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.

Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia, sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano, sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía, deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese un miserable suceso...

Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos, apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído. La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos; sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso, pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo, servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería, y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado, y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y dichoso.

Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.

Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona, sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos los trances de su fortuna.

Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.

No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus acciones.

Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.

Intentó por última diligencia satisfacer su queja al pueblo, dejando en su mano el remedio de las cosas públicas, que ellos ya no agradecían, porque ninguno se obliga ni quiere deber a otro lo que se puede obrar por sí mismo; empero ni para justificarse pudo hallar forma de hacer notoria su voluntad a los inquietos, porque las revoluciones interiores, a imitación del cuerpo humano, habían de tal suerte desconcertado los órganos de la república, que ya ningún miembro de ella acudía a su movimiento y oficio.

A vista de este desengaño se dejó vencer de la consideración y deseo de salvar la vida, reconociendo últimamente lo poco que podía servir a la ciudad su asistencia, pues antes el dejarla se encaminaba a la lisonja o a remedio acomodado a su furor. Intentólo, pero ya no le fué posible, porque los que ocupaban la tarazana y baluarte del mar, a cañonazos habían hecho apartar la una galera, y no menos porque para salir a buscarla a la marina era fuerza pasar descubierto a las bocas de sus arcabuces. Volvióse, seguido ya de pocos, a tiempo que los sediciosos a fuerza de armas atropellaban las puertas; los que las defendían, entendiendo la causa del tumulto, unos les seguían, otros no lo estorbaban.

A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas y voces; cada casa representaba un espectáculo; muchas se ardían, muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía a la furia; olvidábase el sagrado de los templos; la clausura e inmunidad de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas; hallábanse hombres despedazados sin examinar otra culpa que su nación; aun los naturales eran oprimidos por crimen de traidores: así infamaban aquel día a la piedad, si alguno abría sus puertas al afligido o las cerraba al furioso. Fueron rotas las cárceles, cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes.

Había el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces de los que le buscaban pidiendo su vida; y depuestas entonces las obligaciones de grande, se dejó llevar fácilmente de los afectos de hombre; procuró todos los medios de salvación, y volvió a proseguir en el primer intento de embarcarse; salió segunda vez a la lengua del agua, empero como el aprieto fuese grande y mayor el peso de las aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguían, porque llegando al esquife de la galera, que no sin gran peligro los aguardaba, hiciese como lo esperase también; no quiso aventurar la vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse el mozo, y alcanzando la embarcación, no le fué posible detenerla (tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina); navegó la galera, que le aguardaba fuera de la batería. Quedóse el Conde mirándola con lágrimas, disculpables en un hombre que se veía desamparado a un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto de su perdición, volvió con vagorosos pasos por la orilla opuesta a las peñas que llaman de San Beltrán, camino de Monjuich.

A esta sazón, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de aquella victoria; todos sus pasos reconocían los de la tarazana: los muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente a la muerte, hicieron que no pudiese ocultarse a los que le seguían. Era grande la calor del día, superior la congoja, seguro el peligro, viva la imaginación de su afrenta; estaba sobre todo firmada la sentencia en el tribunal infalible; cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo, donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban, fué muerto de cinco heridas en el pecho.

Así acabó su vida don Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, dando famoso desengaño a la ambición y soberbia de los humanos, pues aquel mismo hombre, en aquella región misma, casi en un tiempo propio, una vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Oh grandes, que os parece nacisteis naturales al imperio! ¿Qué importa, si no dura más de la vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al precipicio?

NOTA

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