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Antología de prosistas castellanos

DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN (1760-1828)

Reading edition

El folleto de la Derrota de los Pedantes apareció en 1789.

Moratín, el hijo, descuella sobre todo por su admirable prosa dramática, que no se había vuelto a escribir desde La Celestina de Rojas, y La Dorotea de Lope; pero es también muy digno de atención en sus otras obras, donde se muestra, como dice Menéndez y Pelayo, «uno de los escritores más correctos y más cercanos a la perfección que hay en nuestra lengua, ni en otra alguna. Niéganle algunos viveza de fantasía, profundidad de intención, calor de afectos y abundancia de estilo. Aun la misma perfección de su prosa antes estriba en la total carencia de defectos que en cualidad alguna de orden superior, sin que conserve nada de la grande y caudalosa manera de nuestros prosistas del siglo XVI. La sobriedad del estilo de Moratín, se parece algo a la sobriedad forzada del que no goza de perfecta salud; hay siempre algo de recortado y de incompleto que no ha de confundirse con la sobriedad voluntaria, última perfección de los talentos varoniles y señores de su manera.»

Su vocabulario es de una riqueza muy estimable, pero también es más estudiado que espontáneo; lamentábase Moratín del olvido en que se habían perdido multitud de voces y frases, y de la pobreza y sequedad increíbles a que se reduce el lenguaje usual, aun en personas letradas, y se propuso resucitar en sus escritos, lográndolo con gran tino y acierto, buen número de expresiones que sin duda no había recibido él por la tradición oral, sino por la lectura de nuestros clásicos a que desde niño era aficionado.

DERROTA DE LOS PEDANTES

Los poetastros pedantes asaltan el Parnaso; Mercurio les impone una tregua, y cogiendo prisionero a uno de ellos, lo lleva ante Apolo en calidad de embajador.

Entraron, pues, en un salón magnífico y espacioso; el pavimento y las paredes eran de esquisitos mármoles, la decoración corintia, las basas y capiteles de sus columnas de oro purísimo, como también los adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la pintura todos los encantos de la ficción.

Allí se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento humano: muda historia, capaz de encender el ánimo y arrebatarle a la contemplación de los objetos más sublimes. En una parte se veía a los hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura tomó las formas que dió después a materias más durables, variando, según la mayor o menor consistencia de ellas, la proporción de sus edificios. A otro lado los egipcios daban principio a la geometría, señalando sus campos con términos de piedras hacinadas, para que el Nilo en sus inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros señalaban en el suelo los contornos de la sombra, de donde tomó su origen la pintura, perfeccionándose después lentamente con la invención casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció la antigüedad. Otros cortaban la corriente de un río, fiados a un tronco mal seguro; una gran multitud admiraba desde la opuesta orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban al pecho sus pequeñuelos hijos. Los árabes y caldeos observaban el aparente giro del sol, y en las serenas noches al planeta que recibe su luz, y los demás astros que la distancia nos amenora o nos oculta. La escultura en otra parte ponía sobre las aras bultos informes que adoraba supersticioso el temor, y más allá los Fidias, Lisipos y Praxiteles daban a los mármoles y bronces tan elegante forma, que en algún modo parece que el arte disculpaba la idolatría. Allí Orfeo reducía a los hombres en vida social, les daba leyes, y les persuadía la necesidad de un culto religioso. Confucio enseñaba virtudes morales a los remotos chinos. Eaco, Radamanto, Minos, Solón, Licurgo y Numa establecían leyes, gobernando en justicia y paz nuevas repúblicas; y a más distancia se veían florecer las ciencias y las artes a la sombra de la libertad. Allí estaba representado el padre Homero, a quien rodeaban con admiración los poetas de todas las naciones y todos los siglos. Píndaro, al son de la lira, celebraba con sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el nombre de Hierón. Simónides cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos, añadiendo nuevos sonidos a las cuerdas griegas, hacía aborrecible entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en amor, se precipitaba del promontorio de Leucate al mar, y repetía muriendo el nombre de su ingrato Faón; en tanto que Anacreón de Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano, danzaba alegre al son de las flautas entre las Gracias y los Amores. Allí acudía la juventud de Grecia a escuchar en las Academias, el Liceo y el Pórtico las austeras lecciones de la moral; y no muy lejos se levantaban teatros magníficos para declamar con el auxilio de la música las grandes obras de Eschilo, Sófocles y Eurípides, que alternaban con las del atrevido Aristófanes, a quien Menandro siguió después para obscurecer la gloria de cuantos le habían precedido. En otra parte Demócrito y el divino Hipócrates, reclinados junto a un sepulcro ya destruído, conversaban profundamente a la sombra de unos cipreses mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida, los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá Demóstenes desde la tribuna de las arengas conmovía al pueblo ateniense, le persuadía por algunos instantes a sacudir el yugo macedónico; excitaba en él estímulos de valor, recordándole las épocas gloriosas de sus triunfos, los nombres santos de Milciades, Conón, Cimón y el justo Arístides; y oponiéndose, por una parte, a todo el poder de Filipo, y por otra, a la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia de un vulgo corrompido e ingrato, veía a pesar de su elocuencia irresistible perecer para siempre la libertad de su país, y perecía con ella.

En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los más célebres poetas españoles, según la edad en que florecieron, así ocupaban por su orden las sillas.

Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no menos se admiraron todos los demás al ver su figura ridícula, porque era el hombre la más triste visión que imaginarse puede: reviejuelo, arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo tiñoso, chiquirritillo y contrahecho, si bien es verdad que le desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en unas bayetas pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un ribete de arambeles por las orillas a modo de randas o cucharetero; sus movimientos eran más vivos de lo que su edad prometía, la acción teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.

—«Este es, dijo Mercurio a su hermano, el que he podido agarrar entre aquella turba; él te dirá lo que deseas saber;»—y acercándose a él, le dijo al oído: «mirad, señor, que aquí no os sufrirán disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y a qué es su buena venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar a los perros, según le he visto de mal humor esta tarde;» y habiendo dicho ésto, se fué volando a observar lo que pasaba en la escalera.

El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías, y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó a delirar de esta manera:

«Reverberante Numen que del Istro Al Marañón sublimas con tu zurda, Al que en ritmo dulcísono te urda Elogio al son del címbalo y del sistro: Si la alígera prole de Caistro Blandos ministra acentos a mi burda Armónica pasión, ¡ay! no te aturda Ver rompo de tu tímpano el teristro. La nubígena Dea en alto plaustro, Ungiendo el nervio de oloroso electro, Me lleva en alas del Ouest y el Austro, Y hurtando a las Memnósides el plectro, Hoy me intromito en el fulgente claustro, Obstupefacto, a venerar tu espectro.»

Reventaba Apolo entre la indignación y la risa; las musas se tendían por los suelos dando exorbitantes carcajadas; los poetas se miraban los unos a los otros sin saber lo que les sucedía, y el badulaque, muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo: «Ved, señor enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es...».—«¡Ah! dijo el de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decírmelo, que ya lo he comprendido, lo que quiere es otro soneto con los mismos consonantes; pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benévolo...»

Pero volvamos la mal tajada péñola a referir lo que Mercurio hizo mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse ni fiar a la fortuna el éxito de aquella empresa; había llegado a entender, aunque confusamente, la pretensión estrafalaria de los filólogos; y conociendo que Apolo no podía concederles nada, pensó seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que sólo a garrotazos se podría concluir tan enrevesado asunto.

Llamó a consejo a los poetas que imaginó más inteligentes y acostumbrados a tales peleonas; tratóse el caso con la madurez que requería, y se acordó, por último, que se hiciera provisión de armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros, que estaban en las inmediaciones de la cocina destinados a socarrar pollos y envolver especias, y que además se recogiesen cuantos trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para convertirlos en armas arrojadizas, o en parapetos y trincheras.

Tratóse después del orden que se debía guardar en los ataques, y resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de la escalera, obligando a los eruditos a que, dejando el portalón, pasaran al patio, creyendo todos que allí se les podría combatir más a placer, ya fuese en batalla campal, o ya arrojando sobre ellos, desde las ventanas que había alrededor, cuanto pudiera ofenderlos y destruirlos.

Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar herido Cervantes, mandase el ala derecha; la izquierda, don Diego de Mendoza; el centro, don Alonso de Ercilla, y el cuerpo de reserva, que debía acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al conde de Rebolledo, acompañado de Lope de Vega, Cristóbal de Virués y otros sujetos de acreditado valor y experiencia militar.

Después de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hacia la escalera cuanto hallaron que podía ser útil para un caso de rompimiento; acudieron luego al repuesto de los malos libros, y llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces no habían servido de gloria a sus autores, ni de utilidad alguna al género humano, y en aquel día se hicieron apreciables; porque no hay duda en que un mal libro, por malo que sea, siempre sirve, y más si es de buen tomo, para descalabrar con él a cualquiera cuando no hay a mano abundante provisión de cachiporras o peladillas de Torote.

Hecho, pues, todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver a la zurra, fuese volando a decir a su hermano cuanto había dispuesto. Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse a los enemigos, creyendo que a sus razones y autoridad ni debían ni podían oponerse. Dudó mucho Mercurio si aquella cuadrilla desvergonzada guardaría respeto y moderación, hallándose ya obstinada en conseguir por fuerza lo que pretendía; pero hubo de ceder, mal de su grado, a las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al techo para anunciar su venida.

A este tiempo empezó a notarse un rumor y conmoción general en el bando contrario, mal satisfecho del suceso que había tenido la erudita oración de su embajador; pero, dando Mercurio un grande aullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que Apolo iba a presentarse; que venerasen en él al grande hijo de Júpiter, y que, pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.

Apolo entonces, levantado en hombros de los más robustos, se dejó ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y agradable a persuadirlos que, dejando las armas, se volviesen a sus casas a cuidar de sus mujeres e hijos, si los tenían. Que no creyesen que la nación perdería nada, perdiéndolos a ellos; pues no sólo la harían una gran merced en quemar todos sus papeles y no volver a escribir jamás ni aun la cuenta de la ropa, sino que, por otra parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras pasadas, podían dedicarse a varios ejercicios honestos, y adquirir por ellos una subsistencia segura como buenos ciudadanos y gente de juicio. Díjoles también que los hombres habían nacido para trabajar, y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos pocos, siendo buenos, bastan para ilustrar a todos los demás con su sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera y trivial como se habían imaginado, pues cualquiera ciencia o facultad necesita todo un hombre, toda una vida, y tal reunión de circunstancias, que rara vez llega a verificarse; y aun por eso, siendo tantos los que siguen la carrera de las letras, son tan pocos los que han llegado a poseerlas en grado sobresaliente, y a merecer el aprecio público por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la literatura nacional a otros talentos muy superiores, sin comparación, a los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudición enciclopédica que tanto les había trastornado la racionalidad, y tan ridículo papel les había hecho hacer en estos últimos años a los ojos de la Europa culta; y que sobre todo abjurasen de buena fe el error de haberse creído poetas. Que no envidiasen esta gloria a los que realmente lo son; gloria mezclada siempre de sinsabores los más amargos; gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo a los que, viviendo, pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las cenizas de los que ya no existen.

Más iba a decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en el zaguán, los gritos y amenazas, que Apolo, temiendo algún insulto de parte de aquel populacho feroz, se bajó a toda prisa del trono racional en que estaba encaramado, y comenzó a echar tacos y reniegos por aquella boca, que Dios nos libre.

Seguía entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el endiablado tuerto corría de un lado a otro atizando el fuego de la discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le había hecho y el poco aprecio que le merecían las doctas fatigas de tantos sabios; ellos, que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo que no es posible ponderar a qué extremo llegó entonces su frenesí.—«No es ese, decían, no es ese Apolo; a ese no le conocemos, y estos son ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros, tomándolo a fiesta y tararira; que venga el hijo de Latona, que venga, él nos conocerá y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.»

—«Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invención? Pero yo les juro por la asquerosa Estigia que no se han de reir de mí; no, si no hacéos de miel y paparos han moscas; para ellos no sirven razones; lo que no les duele, no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta, que la paguen, y acabemos de una vez con ellos.»

Dicho esto, se metió entre los suyos, repitió las órdenes, previno los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de Apolo las nuevas armas de que se habían prevenido.

Llovían librotes sobre los literatos intrusos; unos viejos, sucios y despilfarrados; y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda, y con láminas y elogios ultramontanos, y notas y animadversiones. Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida de sus gentes; pues aseguran algunos sujetos fidedignos, apoyados en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece o catorce contusionados o aturdidos.

Con esta pérdida se notó algún desfallecimiento en aquellas tropas, y nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo a cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los jefes procuraban contenerlos, conociendo cuán cerca está de ser temeridad el valor si la prudencia y el arte no le dirigen.

Pero a este tiempo ocurrió un accidente que puso a los de la escalera en grave peligro de perderse; porque acabada que fué la primera descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso Macabeo de Silveira, que arrojado de robusta mano parecía una bala de cañón, según el ímpetu que traía; hirió de paso, aunque levemente, a Luis Barahona de Soto; y, volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al tierno Garcilaso, que sin ser poderoso a resistirle, cayó aturdido sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.

Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignación y dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis o siete tomos que vió a sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo. No bien llegaron allá los Comentos de Góngora, que ésta era la gracia de los tales volúmenes, cuando se conoció el horrible estrago que habían hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios; lo que advertido por los de Apolo, se adelantaron algunos a querer seguir hacia aquella parte la derrota; pero así que se alejaron de los demás, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso a la escalera; dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo pudieron volverse a incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.

VIAJE A ITALIA

Fragmento de esta obra póstuma

Debajo de Pórtici y Resina está sepultada la ciudad de Herculano; los edificios más considerables de ella que hasta ahora se han descubierto, son un foro y un teatro; en el foro se hallaron las dos estatuas ecuestres de los Balbos, una de Vespasiano y otras de varias familias ilustres. El proscenio del teatro tiene ciento y treinta pies de ancho, y en las veinte y una gradas destinadas a los espectadores y los espacios restantes, se ha calculado que cabían diez mil personas. La cantidad de ceniza y lavas que cayeron sobre esta ciudad fué tal, que sus edificios se hallan a sesenta, ochenta y cien pies de profundidad. Esto hace muy difícil la excavación, pues además de la consistencia y grueso de las materias que hay que romper a pico, es necesario sostener con postes y estribos las excavaciones, para que todo no se hunda y arruine; y además, ¿cómo es posible taladrar un terreno sobre el cual existen en pie tantos edificios, sin que éstos se resientan? Mientras permanezcan Resina y Pórtici, no se pueden adelantar los descubrimientos de Herculano.

Siguiendo el camino, que va siempre inmediato al mar, se hallan después de Resina la torre del Greco y la de la Anunciata, poblaciones contiguas unas a otras con poca o ninguna interrupción, bien situadas y alegres, de mucha gente, llenas de casas de campo, con jardines, huertas y abundante cultura. Atraviesa el camino por encima de un gran torrente de lava que arrojó el Vesubio en 1760, mezclada con cenizas y enormes piedras; abrasó todo el terreno, destruyó los edificios que halló al paso, y bajó hasta el mar con estrago espantoso. A poca distancia se hallan las ruinas de Pompeya, ciudad antigua que hasta la mitad de este siglo permaneció tan oculta a la vista humana, que nadie se atrevía a fijar el paraje en que estuvo. La multitud de cenizas que cayeron sobre ella, detenidas de los huecos de sus calles y edificios, formaron una elevación de terreno, el cual, haciéndose con el tiempo vegetal y fértil, comenzó a labrarse, y hoy se ve encima de los templos, teatros y sepulcros de Pompeya, enlazarse las parras a los chopos, y segar el labrador mieses abundantes. Las excavaciones que se hacen en este sitio cuestan poco trabajo, así porque todo es ceniza lo que hay que romper, como porque es mucho menor la profundidad a que se encuentran las ruinas que en Herculano. Hasta ahora se han descubierto dos calles, una de ellas con la puerta de la ciudad, y varios sepulcros, un cuartel, un templo de Isis y dos teatros. No es posible caminar por aquel paraje sin una especie de entusiasmo que todos aquellos objetos inspiran. Este era el teatro: aquí se acomodaba el pueblo, allí la nobleza, por allí salían los actores, aquí se oyeron los versos de Terencio y Plauto, este recinto sonó con aplausos públicos; los hombres desaparecieron, y el lugar existe. Este era el templo: allí está la inscripción, allí las aras; las paredes anuncian todavía, en pinturas y estucos, los atributos de la deidad. Aquí se degollaban las víctimas; aquí, escondidos los sacerdotes, prestaban su voz a un mudo simulacro, y el pueblo, lleno de terror, creía escuchar la divinidad misma anunciando a la ignorancia humana los futuros destinos. Esta es una calle: empedrada está, como las de Nápoles, con lavas que ha vomitado ese volcán vecino; a un lado y otro hay ánditos para que pase el pueblo seguro de los carros: aun se ven las señales de las ruedas. Veis aquí las tiendas: allí se vendieron licores; la insignia que está a las puertas, la señal que ha dejado el pie de las copas sobre el mostrador, y las hornillas inmediatas para tener caliente la bebida, lo manifiestan. Allí hay otra donde se vendían príapos: la insignia está esculpida sobre la puerta; allí está el aparador repartido en gradas, donde se exponían estos dijes a la vista pública. Estas son casas de gente rica; este es el pórtico, sostenido en columnas de ladrillo revestidas de estuco, con decoración dórica; allí está el patio con la galería que le rodea: estancias pequeñas, altas, con mosaicos en el suelo y pinturas en las paredes; el baño, la estufa, con pared hueca, por donde se comunicaba el calor; el jardín, la fuente, la bodega, con grandes cántaros; la sala de conversación, la de comer, la alcoba, el poyo donde estaba el lecho; pinturas voluptuosas por todas partes, triunfos de amor. Veis allí los sepulcros que erigió la patria agradecida a sus hijos ilustres; la inscripción anuncia sus nombres y su calidad; allí reposan sus cenizas. ¡Qué silencio reina en todo el contorno! ¡Qué soledad horrible! Y ¡todavía el Vesubio arroja llamas y retumban sus cavernas con rumor espantoso!

Este monte, distante dos leguas y media de Nápoles, hacia la parte oriental, tiene de altura unas seiscientas toesas; su figura es cónica, con base muy ancha, la parte superior se compone de lavas, piedras, cenizas, arenas y escorias, sin yerbas, ni plantas, ni árboles, ni animales, ni hombres; aspereza horrible, cavernas profundas, soledad, silencio en la parte inferior, donde es el terreno fertilísimo; hay mucha cultura de árboles y viñas, que producen excelentes vinos, y en lo más llano, cerca ya del mar, se ven las alegres poblaciones de Pórtici, Resina, Torre del Greco, Torre de la Anunciata, y otras muchas que le rodean. Si se considera la inmediación de este volcán y el riesgo inminente de que un día reviente incendios, trastorne toda su circunferencia, y sepulte en fuego y cenizas aquellas moradas deliciosas, centro del lujo y de los placeres, se conocerá ¡cuán fácilmente se olvidan los hombres del peligro, por más que vean presente la amenaza! Pórtici está edificada encima de Herculano opulenta; Pompeya se descubre ahora, después de haber permanecido largos años oculta bajo las cenizas que en ella cayeron; en los jardines del rey y en otras varias partes en que se han hecho excavaciones profundas, se hallan hasta treinta capas distintas de lava, y éstas seis o siete veces interrumpida con tierra vegetal y restos confusos de edificios, que es decir: treinta veces aquel terreno, que ahora habitan los hombres con tal seguridad, ha estado cubierto de torrentes de fuego con el trascurso de los siglos; seis o siete veces se han olvidado los hombres del estrago anterior, han cultivado y han habitado aquel territorio; otras tantas se han repetido aquellos horrores, y, no obstante, hoy viven sobre tantas ruinas, sin temer que la naturaleza, en un solo momento, renueve igual destrozo. La montaña de Soma, que por el lado de Oriente y Mediodía rodea al Vesubio, parece ser una parte de él; ambos están sobre una misma base, y parece haberlos desunido algún hundimiento, de que resultó una abertura lateral, aumentándose después la cima del volcán con las materias mismas que arroja. Las montañas de Soma, por la parte interior, que mira al Vesubio, toda está rota y quebrantada, y la opinión de haber sido en otros tiempos estos dos montes uno solo se fortifica, no solamente por la forma de entrambos, sino también por la identidad de las materias de que se componen. Este volcán tiene, además de la boca principal, varias aberturas, que rompen u obstruyen sucesivamente la dimensión de la crátera; se ha encontrado diferente en varias ocasiones también la distancia que hay desde sus bordes hasta donde se halla el fuego; toda la parte interior de su gran boca, compuesta de ásperas masas de piedras, lavas, cenizas, pómez y escorias metálicas y bituminosas, presenta a la vista varios colores, siendo los principales el blanco, verde, amarillo, ceniciento y morado. Casi siempre arroja humo con más o menos abundancia; de noche se ven salir por su boca llamaradas y materias líquidas que se revierten en varias direcciones, y a corta distancia se congelan. Si se examinan las señales que ha dejado este volcán en sus erupciones, se pierde la imaginación en el cálculo de su antigüedad; la memoria de los hombres, limitada y oscura, abraza apenas un corto espacio de su edad larga, anterior a todos los monumentos que conocemos y a las naciones de que tenemos algunas noticias. La primera erupción de que hablan los escritores es la del año de 79 de Jesucristo, en que perecieron Herculano y Pompeya. Plinio el naturalista, que se hallaba en Miseno, atravesó el mar con deseos de observar sus efectos, y murió a las faldas de este monte, sofocado por el humo. Desde entonces hasta la edad presente se cuentan treinta y tres o treinta y cuatro erupciones, más o menos terribles, que han hecho de aquel país un montón confuso de ruinas, convirtiéndole muchas veces en un desierto. No pueden leerse sin admiración y horror los efectos de estas erupciones. Suena un rumor confuso en las cavernas de la gran montaña, sale humo espeso por su boca, le agita el aire y esparce oscuridad y fetor por los campos vecinos; se aumenta el estruendo, revienta el monte, y entre una espesa lluvia de ceniza ardiente, que cubre la atmósfera y sepulta en tinieblas a la populosa Nápoles, con estampidos y relámpagos sale una columna altísima de fuego, arrojando al aire enormes piedras candentes, que se precipitan a los valles; brama impetuoso el viento, se altera el mar, tiembla la tierra, inflámase por todas partes el monte y derrama torrentes de agua entre las lavas que desde su altura bajan ardiendo al mar, abrasando y reduciendo a cenizas los árboles, las mieses, los edificios, las ciudades, que al pasar aniquila o sepulta; irritados los elementos, anuncian el trastorno final del mundo, y en sólo un momento desaparecen naciones enteras.

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