DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS (1580-1645)
Reading edition
Su Política de Dios fué publicada en 1626; en igual año, la Vida del Buscón; los dos Sueños titulados: las Zahurdas de Plutón y la Visita de los Chistes en 1627, y el Marco Bruto en 1644.
El siglo XVI había adornado el lenguaje con el período amplio y la frase fluida y encadenada. Fray Luis de Granada y Fray Luis de León, habían adiestrado en su uso la prosa doctrinal; Cervantes, la prosa narrativa. Sólo en los historiadores (sobre todo en Mendoza, bastante menos en Mariana) se advertía la opuesta tendencia, a la frase cortada y breve. Esta manera especial de los historiadores obedecía, según se ha dicho, a la imitación de Salustio y Tácito, y como en el siglo XVII abundan, al par de los historiadores, los escritores moralistas, que se inspiraban habitualmente en las obras de Séneca el filósofo, cuajadas de sentencias, antítesis y simetrías, de ahí que, contrastando con el lenguaje del siglo XVI, predomine en el del XVII la frase elíptica. Era ésta la forma apropiada para el estilo conceptuoso que entonces predominó entre los prosistas (contrario al que dominó en los poetas, el culterano); la cláusula corta se prestaba muy especialmente para exponer los conceptos, que así llamaban a la comparación primorosa de dos ideas que mutuamente se esclarecen, y en general todo pensamiento agudo enunciado de una manera rápida y picante. Lo que principalmente buscaba el conceptista al escribir, era hacer gala de agudeza e ingenio, por eso muestra gusto especial por las metáforas forzadas, asociaciones anormales de ideas, transiciones bruscas, y gusto por los contrastes violentos en que se funda todo humorismo, que humoristas son los grandes escritores de este siglo, Quevedo y Gracián. En estos autores geniales, el conceptismo aparece lleno de profundidad, la frase encierra más ideas que palabras (al revés del culteranismo, que prodiga más las palabras que las ideas); pero en los autores de orden inferior de este siglo la agudeza suele estribar únicamente en lo rebuscado del pensamiento, en equívocos triviales y en estrambóticas comparaciones. El siglo XVI fué el de esplendor de la prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra literaria el artificio y la agudeza.
Quevedo es el representante más notable del estilo propio de los autores del siglo XVII y el maestro de casi todos ellos. Es un genio, aunque un genio de la decadencia; modelo en la expresión siempre penetrante y enérgica, en el lenguaje satírico lleno de ironía y escarnio, en el chiste pronto y centelleante, en los abultados rasgos con que esboza los tipos caricaturescos de sus obras festivas y las tétricas fantasías burlescas de sus Sueños. El defecto que a veces echa a perder el estilo de Quevedo es la exageración del ingenio, la originalidad extravagante, la oscuridad del concepto; como dice Fernández Guerra: «hacen sudar sus genialidades y agudezas, y sobre todo su lenguaje es tan idiótico y exquisito, que pone a prueba, para sólo entenderlo a veces, a los talentos más ejercitados en el estudio de nuestro riquísimo idioma».
En su lenguaje se mezclan el artificio literario con la castiza llaneza popular; su vocabulario, al par que abunda en términos técnicos y pedantescos, es de los más ricos en toda clase de términos vulgares, sin que retroceda ante lo más grosero y soez, ofreciéndonos así mezcladas las reminiscencias de la poderosa cultura del autor con la vena genial de su inspiración picaresca.
En el manejo de los caudales de la lengua, muestra Quevedo soltura y desenfado tan magistral, que halla siempre en ella instrumento dócil a sus más sutiles y extrañas ocurrencias; se doblegan a los caprichos de su imaginación lo mismo la sintaxis que la significación de las voces, a las que frecuentemente da un valor convencional y de ocasión, o las leyes de composición de las palabras, pues las forja nuevas siempre que las echa de menos para lograr un efecto cómico, creando así un diccionario burlesco suyo propio, lleno de voces tales como titulecer, remedo de amanecer; disparatario, por vocabulario de disparates; pretenmuela, cuando no le parece propio usar «pretendiente», y otros innumerables, algunos de los cuales forman parte de nuestro lenguaje ordinario. La invención de Quevedo en el vocabulario de burlas la continúan otros autores de este siglo, Gracián por ejemplo, en el vocabulario de las ideas abstractas; y de esta labor de enriquecimiento y neologismo proviene la mayor parte del caudal de la lengua moderna que hoy hablamos. La riqueza heredada, que el lenguaje del siglo XVI ostentaba como único tesoro, parecía ya escasa.
POLÍTICA DE DIOS Y GOBIERNO DE CRISTO
En esta obra dirige Quevedo a Felipe IV reglas de buen gobierno fundadas en los textos de la Biblia. Aquí, comentando a San Lucas, VII, y San Mateo, XI, da las señas ciertas del verdadero rey.
Envió San Juan sus mensajeros a Cristo, que le preguntaron si era el que había de venir, el que esperaban, el Mesías prometido, el rey Dios y hombre. Bien sabía San Juan que era Jesús el prometido, y que no había que esperar a otro: no aguardó a nacer para declararlo[577]. ¿Por qué, pues, manda a sus discípulos el Precursor santísimo que de su parte le pregunten a Cristo lo que él sabía? La materia fué la más grave que dispuso el Padre Eterno, y que obró el Espíritu Santo, y que ejecutó el amor del Hijo: tratábase de dar a entender al mundo con demostración que Jesús era hombre y Dios, el rey ungido que prometieron los Profetas; quiso[578] que su pregunta enseñase con la respuesta de Cristo lo que no podía tener igual autoridad en sus palabras. Literalmente lo probaré con el texto sagrado.
Preguntaron a Jesús si era el prometido, el que había de venir; y Cristo respondió con obras sin palabras; pues luego resucitó muertos, dió vista a ciegos, pies a tullidos, habla a los mudos, salud a los enfermos, libertad a los poseídos del demonio; y después dijo: «Id y diréis a Juan que los muertos resucitan, los ciegos ven, los mudos hablan, los tullidos andan, los enfermos guarecen.» Quien a todos da y a nadie quita; quien a todos da lo que les falta; quien a todos da lo que han menester y desean, ese Rey es, ese es el Prometido, es el que se espera, y con él no hay más que esperar. Pobladas están de coronas y cetros estas acciones. No dijo: «Yo soy rey»; sino mostróse rey. No dijo: «Yo soy el Prometido»; sino cumplió lo prometido. No dijo: «No hay que esperar a otro»; sino obró de suerte, que no dejó que esperar de otro.
Sacra, Católica, Real Majestad[579], bien puede alguno mostrar encendido su cabello en corona ardiente en diamantes, y mostrar inflamada su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio el cetro con el peso del oro, y dificultarse a la vista remontado en trono desvanecido[580], y atemorizar su habitación con las amenazas bien armadas de su guarda[581]; llamarse rey, y firmarse rey; mas serlo y merecer serlo, si no imita a Cristo en dar a todos lo que les falta, no es posible, Señor. Lo contrario, más es ofender que reinar.
Quien os dijere que vos no podéis hacer estos milagros, dar vista y pies, y vida, y salud, y resurrección y libertad de opresión de malos espíritus, ese os quiere ciego, y tullido, y muerto, y enfermo, y poseído de su mal espíritu. Verdad es que no podéis, Señor, obrar aquellos milagros; mas también lo es que podéis imitar sus efectos. Obligado estáis a la imitación de Cristo. Si os descubrís donde os vea el que[582] no dejan que pueda veros, ¿no le dais vista? Si dais entrada al que necesitando de ella se la negaban, ¿no le dais pies y pasos? Si oyendo a los vasallos, a quien[583] tenía oprimido el mal espíritu de los codiciosos, los remediais, ¿no les dais libertad de tan mal demonio? Si oís al que la venganza y el odio tiene condenado al cuchillo o al cordel, y le hacéis justicia, ¿no resucitáis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de las viudas, que son mudos, y para quien todos son mudos, ¿no les dais voz y palabras? Si socorriendo los[584] pobres, y disponiendo la abundancia con la blandura del gobierno, estorbáis la hambre y la peste, y en una y otra todas las enfermedades, ¿no sanáis a los enfermos? Pues, ¿cómo, Señor, estos malsines de la doctrina de Cristo os acreditarán los milagros de esta imitación, que sola os puede hacer rey verdaderamente, y pasar la majestad de los cortos límites del nombre? Por esto, soberano Señor, dijo Cristo: «Mayor testimonio tengo que Juan Bautista, porque las obras que hago dan testimonio de mí.» Y reconociendo esto San Juan, no dijo lo que sabía, sino mandó a sus discípulos le preguntasen quién era, para que respondiendo sus obras viese el mundo mayor testimonio que el suyo.
Pues si no puede ser buen rey, imitador del verdadero Rey de los reyes, el que no diere a los suyos salud, vida, ojos, lengua, pies y libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto? Será, sin duda, mal espíritu, enfermedad, ceguera y muerte. Considere Vuestra Majestad si los que os apartan de hacer estos milagros quieren ellos solos veros y que los veáis; acompañaros siempre; que no habléis con otros, y que otros no os hablen; que no obréis salud y vida y libertad, sino con ellos; y sin otra advertencia conoceréis que os ciegan, y os enferman, y os tullen, y os enmudecen; y os hallaréis obseso de malos espíritus vos, cuyo oficio es obrar en todos los vuestros lo contrario.
¡Insensatos electores de imperios son los nueve meses! Quien debe la majestad a las anticipaciones del parto y a la primera impaciencia del vientre, mucho hace si se acuerda, para vivir como rey, de que nació como hombre. Pocos tienen por grandeza ser reyes por el grito de la comadre; pocos, aun siendo tiranos, se atribuyen a la naturaleza: todos lo hacen deuda a sus méritos. Dichoso es quien nace para ser rey, si reinando merece serlo; y no se merece sino con la imitación de las obras con que Cristo respondió que era rey. El angélico Doctor Santo Tomás, en el opúsculo De la enseñanza del príncipe, dice que si los monarcas, que están en la mayor altura y encima de todos, no son como el fieltro, que defiende de las inclemencias del tiempo al que le lleva encima, son como las inclemencias, diluvios y piedra sobre las espigas que cogen debajo. Lleva el vasallo el peso del rey a cuestas como las armas, para que le defienda, no para que le hunda. Justo es que recompense, defendiendo, el ser llevado y el ser carga.
VIDA DE MARCO BRUTO
Haciendo amplios comentarios al texto de la Vida de Bruto, escrita por Plutarco, supone que el matador de César pronuncia ante el pueblo esta oración:
«Ciudadanos de Roma: Las guerras civiles, de compañeros de Julio César os hicieron vasallos; y esta mano, de vasallos os vuelve a compañeros. La libertad que os dió mi antecesor Junio Bruto contra Tarquino, os da Marco Bruto contra Julio César. De este beneficio no aguardo vuestro agradecimiento, sino vuestra aprobación. Yo nunca fuí enemigo de César, sino de sus designios; antes tan favorecido[585], que en haberle muerto fuera el peor de los ingratos, si no hubiera sido el mejor de los leales. No han sido sabidoras de mi intención la envidia ni la venganza. Confieso que César, por su valentía y por su sangre, y su eminencia en la arte militar y en las letras, mereció que le diese vuestra liberalidad los mayores puestos; mas también afirmo que mereció la muerte, porque quiso antes tomároslos con el poder de darlos, que merecerlos: por esto no lo he muerto sin lágrimas. Yo lloré lo que él mató en sí, que fué la lealtad a vosotros, la obediencia a los Padres; no lloré su vida, porque supe llorar su alma. Pompeyo dió la muerte a mi padre; y aborreciéndole[586] como a homicida suyo, luego que contra Julio en defensa de vosotros tomó las armas, le perdoné el agravio, seguí sus órdenes, milité en sus ejércitos, y en Farsalia me perdí con él[587]. Llamóme con suma benignidad César, prefiriéndome en las honras y beneficios a todos. He querido traeros estos dos sucesos a la memoria, para que veáis que ni en Pompeyo me apartó de vuestro servicio mi agravio, ni en César me granjearon contra vosotros las caricias y favores. Murió Pompeyo por vuestra desdicha: vivió César por vuestra ruina: matéle yo por vuestra libertad. Si esto juzgáis por delito[588], con vanidad le confieso; si por beneficio, con humildad os le propongo. No temo el morir por mi patria; que primero decreté mi muerte que la de César. Juntos estáis, y yo en vuestro poder; quien se juzgare indigno de la libertad que le doy, arrójeme su puñal, que a mí me será doblada gloria morir por haber muerto al tirano. Y si os provocan a compasión las heridas de César, recorred todas vuestras parentelas, y veréis cómo por él habéis degollado vuestros linajes, y los padres con la sangre de los hijos, y los hijos con la de sus padres, habéis[589] manchado las campañas y calentado los puñales. Esto, que no pude estorbar y procuré defender[590], he castigado. Si me hacéis cargo de la vida de un hombre, yo os le hago de la muerte de un tirano. Ciudadanos: si merezco pena, no me la perdonéis; si premio, yo os le perdono.»
LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN
El autor finge en este Sueño que, dejando el camino desagradable y solitario de la virtud, se pasa a otro atestado de gente de todas condiciones que por él corría; encarece el humor agradable y entretenido de estos pasajeros, y pondera su contento de ir en compañía tan reverenda y honrada.
Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas: «¡Dejen pasar los boticarios!»[591]—¿Boticarios pasan?—dije yo entre mí—; al infierno vamos. Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como[592] de ratonera, fácil de entrar[593], e imposible de salir por ella.
Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: «Al infierno vamos»; y todos, estando en él, dijeron muy espantados: «¡En el infierno estamos!» ¿En el infierno?—dije yo muy afligido—; ¡no puede ser! Quíselo poner a pleito; comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas; y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo, y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto[594] había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto.
Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes. Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre; díjele y pasé. Llegaron a mis compañeros, y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos: «Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.» Preguntó otro diablo cuántos eran; respondieron que ciento, y replicó un verdugo mal barbado entrecano: «¿Ciento, y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.» Afligiéronse ellos; mas al fin entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero[595] un negro, chiquito, rubio, de mal pelo; dió un salto en viéndose allá, y dijo: «Ahora acá estamos todos.» Salió de un lugar, donde estaba aposentado, un diablo de marca mayor[596], corcovado y cojo; y arrojándolos en una hondura muy grande, dijo: «Allá va leña.» Por curiosidad me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo (que era diablo de pocas palabras): «Yo era recuero de remendones. Iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas me hice corcovado y cojo; he dado en la cuenta, y hallo que se vienen mucho más apriesa que yo los puedo traer.» En esto hizo otro vómito dellos el mundo, y hube de entrarme porque no había donde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno, remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.
Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre, que por las tinieblas no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía. «¿No me conoce? me dijo; a...» (ya lo iba a decir) y prosiguió tras su nombre:... «el librero? Pues yo soy. ¡Quién tal pensara!» Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros... «¿Qué quiere?—me dijo viéndome suspenso—pues es tanta mi desgracia que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y por lo[597] que hicimos barato de los libros en romance y traducidos del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.» Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos de hojas de sus libros, y otro a leerle alguno dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí: Hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieran propias?
En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo, y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos[598]. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros; y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más (a manera de decir) lidiar con lacayos; porque había cochero de aquellos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes tan bien como ellos...
Y lleguéme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello; y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo: «Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares, chocarreros hombres por demás[599] y que sobran en el mundo, y que están aquí retirados, porque si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta, que templaría el dolor del fuego.» Pedíle licencia para llegar a verlos; diómela, y calofriado llegué y vi la más infame casilla del mundo, y una cosa que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados que yo había tenido por tales; pregunté la causa, y respondióme un diablo que eran aduladores, y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[600]. Y repliqué yo, cómo se condenaban, y me respondieron: «Gente es que se aviene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha como en su casa. Y en parte los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros, y nos ahorran de trabajos, y se condenan a sí mismos; y por la mayor parte en vida los más ya andan con marca del infierno, porque el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas en las nalgas o pelar las cejas; y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos después de las penas sólo echan menos las pagas...»
Y volviendo vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego, ni hielo, ni demonio, ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos. ¡Válgame Dios!—dije en mi alma, ¿de qué se queja éste no atormentándole nadie? Y él cada punto doblaba sus alaridos y voces. «Dime, dije yo: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde[601] ni el hielo te cerca?»—«¡Ay!, dijo dando voces, que la mayor pena del infierno es la mía: ¿verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?», dijo; y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir; «vélos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer, y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú, y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar, y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles, y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí miserable y perpetuo alimento de sus dientes.» Y diciendo esto, salió[602] la voz: «¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a[603] mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y fueron discretos; ellos se son infierno y martirio de sí mismos.» Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo: ¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién se lo vió[604] llorar sólo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno?
VISITA DE LOS CHISTES
En este Sueño el autor ve en el Infierno a varios personajes que se nombran en frases hechas. Entrevista con Don Enrique de Villena.
Descubrióse una grandísima redoma de vidrio, dijéronme que llegase, y vi jigote, que se bullía[605] en un ardor terrible, y andaba danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo un brazo, un muslo y una pierna, y al fin se coció y enderezó[606] un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé, y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no me diferenciaba de los muertos. ¡Jesús mil veces!, dije, ¿qué hombre es éste, nacido en guisado, hijo de una redoma? En esto oí una voz que salía de la vasija, y dijo: «¿Qué año es éste?»—«De seiscientos y veinte y dos», respondí.—«Este año esperaba yo.»—«¿Quién eres, dije, que, parido de una redoma, hablas y vives?»—«¿No me conoces?, dijo; la redoma y las tajadas ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa?[607] ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal?»—«Toda mi vida lo he oído decir, le respondí; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre dijes y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a sospechar fué que eras algún alquimista que penabas en esa redoma, o algún boticario; todos mis temores doy por bien empleados por haberte visto.»—«Sábete, dijo, que mi nombre no fué del título que me da la ignorancia[608], aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos.»—«Sí me acuerdo, dije yo: oído he decir que estás enterrado en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.»—«Ya que has venido aquí, dijo, desatapa esa redoma.» Yo empecé a hacer fuerza y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era hecha, y díjome: «espera; dime primero: ¿hay mucho dinero en España? ¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito? ¿Qué valor?» Respondíle: «No han descaecido las flores de las Indias, aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas desde España al cerro del Potosí, con que se van restañando las venas, y a chupones se empezaron a secar las minas.»—«¿Ginoveses andan a la zacapela con el dinero?, dijo él; vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con gatos[609]. Y vese que son lamparones, porque sólo el dinero que va a Francia[610] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo[611] andando esos usagres de bolsas por las calles? No digo yo hecho jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes que verlos hechos dueños de todo.»—«Señor nigromántico, repliqué yo, aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo caudal, úntanse de señores, y enferman de príncipes; y con esto y los gastos y empréstidos[612] se apolilla la mercancía y se viene todo a repartir en deudas y locuras. La verdad adelgaza y no quiebra, en esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y quiebran.»—«Animádome has, dijo, con eso. Dispondréme a salir desta vasija, como primero me digas en qué estado está la honra en el mundo.»—«Mucho hay que decir en esto, le respondí yo; tocado has una tecla del diablo: todos tienen honra y todos son honrados, y todos lo hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estados debajo de tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado antes se ha de dejar morir entre dos paredes que sujetarse a nadie, y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la cuenta, y llaman honra a la comodidad; y con presumir de honrados y no serlo, se ríen del mundo.»—«El diablo puede salir a vivir en ese mundecillo, dijo el. Considérome yo a los hombres con unas honras títeres que chillan, bullen y saltan; que parecen honras, y mirado bien son andrajos y palillos. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El embuste y la trapaza caballería? ¿Y la insolencia donaire? Honrados eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos a los extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España ni el vino se queja de mal bebido ni los hombres mueren de sed. En mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora parece que se sube hacia arriba... Dime, ¿hay letrados?»—«Hay plaga de letrados, dije yo; no hay otra cosa sino letrados; porque unos lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio, y déstos pocos; y otros (éstos son los más) son letrados porque tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré como apasionado), y todos se graduan de dotores y bachilleres, licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que por las universidades; y valiera más a España langosta perpetua que licenciados al quitar.»—«Por ninguna cosa saldré de aquí, dijo el nigromántico. ¿Eso pasa? Ya yo los temía, y por las estrellas alcancé esa desventura; y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de letrados me avecindé en esta redoma, y por no los verme quedaré hecho pastel en bote.» Repliqué: «En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos dotores, y hála sucedido lo que a los enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia, por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada como especias. Un Fuero Juzgo con su maguer y su cuemo, y conusco y faciamus, era todas las librerías; y aunque son voces antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil, y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios, Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios, consejos y decisiones y responsiones y lecciones y meditaciones; y cada día salen autores, y cada uno con tres volúmenes: Doctoris Putei, I, 6, volúmenes 1, 2, 3, 4, 5, 6 hasta 15. Licenciati Abbatis de Usuris, Petri Cusqui in Codicem, Rupis, Brutiparcin, Castani, Montocanense de Adulterio et Parricidio, Cornazano, Rocabruno, etc. Los letrados todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan diciendo: tengo tantos cuerpos; y es cosa brava que las librerías de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus amos. No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí. Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar a él; que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas: los pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador, sin justicia, y la justicia sin dinero, de las partes. ¿Queréis ver que tan malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles, no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de un licenciadito, lo que disimula una barbaza[613] y lo que autoriza una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán: Negocio es de estudio; diga vuesa merced, que ya estoy al cabo; habla la ley en propios términos.—Toman un quintal de libros, dánle dos bofetadas hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa, arremedando un abejón, luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa, muy esparrancado de capítulos, y dicen: En el propio caso habla el jurisconsulto. Vuesa merced me deje los papeles; que me quiero poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y vuélvase por acá mañana en la noche; porque estoy escribiendo sobre la tenuta de Trasbarras; mas, por servir a vuesa merced, lo dejaré todo. Y cuando al despediros le queréis pagar (que es para ellos la verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver), dice, haciendo grandes cortesías y acompañamientos: ¡Jesús, señor! Y entre Jesús y señor, alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca un doblón.»—«No he de salir de aquí (dijo el nigromántico) hasta que los pleitos se determinen a garrotazos; que en el tiempo que por falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían que el palo era alcalde[614], y de ahí vino: Júzguelo el alcalde de palo. Y si he de salir ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes del mundo, que quien quisiere estar en paz y rico, me pague los letrados a su enemigo para que lo embelequen y roben y consuman. Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?»—«Sí la hay, dije yo; no hay otra cosa sino Venecia y venecianos.»—«¡Oh! dóila al diablo (dijo el nigromántico) por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda darla a nadie sino por hacerle mal. Es república esa, que mientras que no tuviere conciencia durará, porque si restituye lo ajeno no le queda nada. ¡Linda gente!, la ciudad fundada en el agua, el tesoro y la libertad en el aire, la deshonestidad en el fuego; y al fin es gente de quien huyó la tierra[615], y son narices de las naciones y el albañal de las monarquías por donde purgan las inmundicias de la paz y de la guerra; y el turco los permite por hacer mal a los cristianos, los cristianos por hacer mal a los turcos, y ellos, por poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos, y así dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los suyos contra los cristianos. ¡Ea, que antes fuisteis venecianos que cristianos! Dejemos eso, y dime: «¿hay muchos golosos de valimientos de los hombres del mundo?»—«Enfermedad es (dije yo) esa de que todos los reinos son hospitales.» Y él replicó: «Antes casas de orates entendí yo; mas según la relación que me haces, no me he de mover de aquí. Mas quiero que tú les digas a esas bestias que en albarda tienen la vanidad y ambición, que los reyes y príncipes son azogue en todo. Lo primero, el azogue, si le quieren apretar, se va; así sucede a los que quieren tomarse con los reyes más mano[616] de lo que es razón. El azogue no tiene quietud; así son los ánimos por la continua mareta de negocios. Los que tratan y andan con el azogue, todos andan temblando; así han de hacer los que tratan con los reyes, temblar delante dellos de respeto y temor, porque si no, es fuerza que tiemblen después hasta que caigan. ¿Quién reina ahora en España, que es la postrera curiosidad que he de saber; que me quiero volver a jigote, que me hallo mejor?» «Murió Filipo III», dije yo.—«Fué santo rey y de virtud incomparable (dijo el nigromántico), según leí yo en las estrellas pronosticado.»—«Reina Filipo IV días há», dije yo.—«¿Eso pasa? (dijo). ¿Qué, ya ha dado el tercero cuarto para la hora que yo esperaba?» Y diciendo y haciendo subió por la redoma, y la trastornó y salió fuera. Iba diciendo y corriendo: «Más justicia se ha de hacer ahora por un Cuarto que en otros tiempos por doce millones.»
Yo quise partir tras él, cuando me asió del brazo un muerto, y dijo: «Déjale ir; que nos tenía con cuidado a todos; y cuando vayas al otro mundo di que Agrages estuvo contigo, y que se queja que le levantéis: Agora lo veredes[617]. Yo soy Agrages: mira bien que no he dicho tal; que a mí no se me da nada que ahora ni nunca lo veáis; y siempre andáis diciendo: Agora lo veredes, dijo Agrages. Sólo ahora que a tí y al de la redoma os oí decir que reinaba Filipo IV, digo que ahora lo veredes. Y pues soy Agrages, agora lo veredes, dijo Agrages.»
VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS
EJEMPLO DE VAGABUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS
El buscón cuenta cómo estuvo en pupilaje con un compañero suyo de escuela, hijo de un notable segoviano.
Determinó, pues, Don Alfonso de poner a su hijo en pupilaje: lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado Cabra, que tenía por oficio de criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese. Entramos primer domingo después de Cuaresma en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. El era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir[618] para quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color. Los ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz entre Roma y Francia...; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba comérselas; los dientes le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanos y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de media abajo, parecía tenedor, o compás con dos piernas largas y flacas; su andar muy de espacio; si se descomponía algo, se sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro[619]; la habla ética; la barba grande, por nunca se la cortar[620], por no gastar; y él decía que era tanto el asco que le daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras, y guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos de caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra, y desde lejos entre azul; llevábala sin ciñidor; no traía cuello ni puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta, lacayuelo[621] de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él: conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas; al fin, era archipobre y protomiseria. A poder, pues, déste vine y en su poder estuve con Don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que por no gastar tiempo no duró más; díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuímos allá: comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio era un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo: «¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo.»
Yo con esto me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas, con unas caras que parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición; comieron una comida eterna, sin principio ni fin; trajeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligraba Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo güérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo: «Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.» Acabando de decillo, echóse su escudilla a pechos[622], diciendo: «Todo esto es salud y otro tanto ingenio.» ¡Mal ingenio te acabe! decía yo entre mí, cuando vi un mozo, medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas, y dijo el maestro: «¿Nabos hay? No hay para mí perdiz que se le iguale: coman, que me huelgo de vellos comer.» Repartió a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las uñas y se les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba, y decía: «Coman, que mozos son, y me huelgo de ver sus buenas ganas.» Mire vuesa merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.
Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato unos pellejos y unos güesos; y dijo el pupilero: «Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.» ¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado, decía yo; que tal amenaza has hecho a mis tripas! Echó la bendición, y dijo: «Ea, demos lugar a los criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.» Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese modestia, y tres o cuatro sentencias viejas, y fuése. Sentámonos nosotros; y yo, que vi el negocio mal parado, y que mis tripas pedían justicia, como más cano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los dos y el un[623] pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra diciendo: «Coman como hermanos, pues Dios les da con qué; no riñan, que para todos hay.» Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a vuesa merced que había uno dellos que se llamaba Surre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no la acertaba a encaminar de las manos a la boca.
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