EL P. JUAN DE MARIANA (1536-1623)
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Su Historia de España latina salió a luz por primera vez en Toledo en 1592; en la misma ciudad se publicó la primera edición romanceada en 1601.
La historiografía contaba ya en España con diestros investigadores, que habían rectificado multitud de errores de la historia tradicional, mediante el estudio crítico de crónicas, diplomas, inscripciones, etc.; tales eran Garibay, Ambrosio de Morales, Zurita. Mariana no se sentía inclinado a estas tareas, pues las suyas habituales eran las del teólogo y moralista; sólo como ocupación accesoria se dedicó a componer la Historia de España. Así que no se propuso continuar los estudios especiales en averiguación de la verdad, sino que, contentándose con lo hecho por otros, como en sus obras echaba de menos el arte de la narración, no aspiraba sino a vulgarizar lo estudiado por otros: mi intento no fué hacer historia, sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido. Su principal preocupación fué, pues, la narración agradable; escoge en las diversas fuentes que maneja la versión de los hechos que buenamente le parece más verdadera, y luego la expone sin reparo crítico alguno; sucediendo más de una vez que la hermosura de un relato fabuloso le atrae y le obliga a acogerlo sin expresar la menor duda, pues lo que él pretendía era hacer, más que una historia averiguada, una historia literaria y nacional, de la cual nada bello y nada heroico debía ser excluído. Ciertamente que consiguió tal propósito; su obra es hasta ahora el más digno monumento en honor de la historia y tradiciones españolas, como lo es Tito Livio de las romanas.
En el estilo de esta obra se ven claramente influencias, tanto de la índole personal del autor, como de sus lecturas habituales. La entereza de carácter y la austeridad de pensamiento de Mariana se reflejan en su narración histórica, a veces seca, pero que sabe revestirse siempre de un aire de autoridad y decoro que, como dice Capmany, «apenas distingue uno después si son las cosas o las palabras las que aparecen grandes y majestuosas». Ni aun en las arengas es declamador o retórico.
Las habituales tareas de teólogo, político y moralista a que se consagró Mariana, hacen que su narración, no sólo esté llena de máximas y aforismos, según la costumbre general de los historiadores de la época, sino que se desvíe, más o menos visiblemente, para obligarla a correr por el cauce de las ideas filosóficas y sociales del autor.
Su cultura clásica le hace imitar a Tito Livio en la manera amplia y tranquila de relatar, y a Tácito en las sentencias y reflexiones con que moraliza constantemente el relato. Además, como Mariana había escrito primero su obra en latín, de aquí que al romancearla conservara algún dejo de construcción latina como el que apuntamos en la nota de la página 193.
En fin: la obligada lectura de crónicas castellanas de los siglos XIV y XV le encariñó con el lenguaje viejo, y de ellas se le pegaron multitud de arcaísmos, como: aína ‘presto, luego’; al ‘otro’, asaz ‘bastante, harto’; ca ‘porque’, muy usado por Mariana, y algo también por Fray Luis de Granada; dende ‘desde allí’, hobo ‘hubo’, maguer ‘aunque’, suso ‘arriba’. Sin duda esto tenía por objeto revestir así el lenguaje de un aspecto más venerable. Razón tenía Saavedra Fajardo al decir en su República literaria que así como otros se tiñen las barbas por parecer mozos, Mariana se las teñía por hacerse viejo. Lo cierto es que con ser la Historia de España treinta años posterior a la Guerra de Granada de Mendoza, representa un lenguaje mucho más antiguo. Este no es defecto especial de Mariana, quien sabe mantener en un límite prudente el arcaísmo; las Crónicas ejercían tal atractivo sobre los que las leían, que los poetas que sacaban de ellas romances o comedias, solían imitar su lenguaje arcaico con mucha más exageración que a Mariana, pues llegaban a escribir sus versos contrahaciendo la fabla antigua.
Además del arcaísmo prudentemente manejado, se observa en Mariana alguna otra afectación; sobre todo un particular estudio para huir del uso del gerundio, forma verbal de que tanto abusan las malas narraciones; en su lugar, Mariana emplea con preferencia el participio oracional. Fuera de esto, el estilo de Mariana se distingue por una gran llaneza y naturalidad, y por una construcción ligera que prefiere la nueva yuxtaposición de las cláusulas a englobarlas con relación de dependencia[374].
HISTORIA DE ESPAÑA
LIBRO XVII, CAPÍTULO XIII
Muerte del Rey Don Pedro el Cruel, 22 ó 23 marzo, 1369. En el capítulo anterior contó Mariana cómo Don Enrique, vuelto de Francia, allegó en rededor suyo muchos partidarios; le recibieron por Rey Burgos y otras ciudades, y cercó a Toledo que aún se mantenía por Don Pedro.
El Rey Don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar, y sospechoso de los demás, lo que sólo le restaba, se resolvió de aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas. Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo; estaba aquejado y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación. Esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo y dalle[375] la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla; decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían su voz[376]. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la divina justicia, que estaba ya determinada de muy presto castigallas. Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fué que Vitoria, Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las armas del Rey de Navarra[377], y por falta de socorro por estar Don Pedro tan lejos, se entregaron al Navarro. Ayudó a esto Don Tello[378], el cual, si estaba mal con Don Pedro, no era amigo de su hermano Don Enrique, y así se estaba a la mira[379] en Vizcaya, sin querer ayudar a ninguno de los dos.
Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones, algunos de los que favorecían a Don Enrique intentaron de apoderalle[380] de una torre del muro de la ciudad que miraba al real, que se dice la torre de los Abades. Como no le sucediese[381] esta traza, procuraron dalle entrada en la ciudad por el puente de San Martín[382], sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos.
Sabidas estas revueltas por el Rey Don Pedro, dióse muy mayor priesa a irla a socorrer, por no hallalla perdida cuando llegase. Para ir con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos Don Sancho y Don Diego llevallos a Carmona, que es una fuerte y rica villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la mitad de ellos, ¡mal pecado![383], eran moros, y de quien no se tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío y gallardía que fuera necesario. Dícese que al tiempo de su partida consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una profecía de Merlín[384], hombre inglés que vivió antes deste tiempo, como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra, comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá recoger en sí, y todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y después gormarlo ha[385], y tornará atrás. Y no perecerá luego por esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces: una al mundo, y otra a Dios, y desta manera acabará.» Esta fué la profecía, fuese verdadera o ficción, de un hombre vanísimo que le quisiese burlar; como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.
El Rey Don Pedro, con la hueste que hemos dicho, bajó del Andalucía a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los Oretanos antiguos, cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por Don Enrique la venida de Don Pedro, dejó a Don Gómez Manrique, Arzobispo de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él, con dos mil y cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar el paso de la infantería, partió con gran priesa en busca de Don Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin[386] con seiscientos caballos extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en pelear. Llegaron al tanto[387] allí Don Gonzalo Mejía, maestre de Santiago, y Don Pedro Muñiz[388], maestre de Calatrava, y otros señores principales que venían con deseo de emplear sus personas en la defensa y libertad de su patria. Partió Don Enrique con esta caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los enemigos, antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de Toledo.
Ellos, cuando vieron que estaba tan cerca Don Enrique, tuvieron gran miedo, y pensaron no hobiese alguna traición y trato para dejarlos en sus manos; a esta causa[389] no se fiaban los unos de los otros. Recelábanse también de los mismos vecinos de la villa. Los capitanes, con mucha priesa y turbación, hicieron recoger los más de los soldados que estaban alojados en las aldeas cerca de Montiel; muchos dellos desampararon las banderas de miedo o por el poco amor y menos gana con que servían.
Al salir del sol formaron sus escuadrones de ambas partes y animaron sus soldados a la batalla. Don Enrique habló a los suyos en esta sustancia[390]: «Este día, valerosos compañeros, nos ha de dar riquezas, honra y reino, o nos lo ha de quitar. No nos puede suceder mal, porque de cualquiera manera que nos avenga, seremos bien librados; con la muerte, saldremos de tan inmensos e intolerables afanes como padecemos; con la victoria, daremos principio a la libertad y descanso, que tanto tiempo ha deseamos. No podemos entretenernos ya más; si no matamos a nuestro enemigo, él nos ha de hacer perecer de[391] tal género de muerte, que la ternemos[392] por dichosa y dulce si fuere ordinaria, y no con crueles y bárbaros tormentos. La naturaleza nos hizo gracia de la vida con un necesario tributo, que es la muerte; ésta no se puede excusar; empero los tormentos, las deshonras, afrentas e injurias, evitarálas vuestro esfuerzo y valor. Hoy alcanceréis una gloriosa victoria, o quedaréis como honrados y valerosos tendidos en el campo. No vean tal mis ojos; no permita vuestra bondad, Señor, que perezcan tan virtuosos y leales caballeros. Mas ¿qué muerte tan desastrada y miserable nos puede venir que sea peor que la vida acosada que traemos? No tenemos guerra con enemigo que nos concederá partidos razonables, ni aun una tolerable servidumbre, cuando queramos ponernos en sus manos; ya sabéis su increíble crueldad, y tenéis bien a vuestra costa experimentado cuán poca seguridad hay en su fe y palabra. No tiene mejor fiesta, ni más alegre[393], que la que solemniza con sangre y muertes, con ver destrozados los hombres delante de sus ojos. ¿Por ventura habémoslo[394] con algún malvado y perverso tirano, y no con una inhumana y feroz bestia, que parece ha sido agarrochada en la leonera para que de allí con mayor braveza salga a hacer nuevas muertes y destrozos? Confío en Dios, y en su apóstol Santiago, que ha caído en la red que nos tenía tendida y que está encerrado, donde pagará la cruel carnicería que en nos[395] tiene hecha; mirad, mis soldados, no se os vaya; detenedla, no la dejéis huir, no quede lanza ni espada que no pruebe en ella sus aceros. Socorred, por Dios, a nuestra miserable patria, que la tiene desierta y asolada; vengad la sangre que ha derramado de vuestros padres, hijos, amigos y parientes. Confiad en nuestro Señor, cuyos sagrados ministros sacrílegamente ha muerto, que os favorecerá para que castiguéis tan enormes maldades, y le hagáis un agradable sacrificio de la cabeza de un tal monstruo horrible y fiero tirano»[396].
Acabada la plática, luego con gran brío y alegría arremetieron a los enemigos; hirieron en ellos con tan gran denuedo, que sin poder sufrir este primer ímpetu en un momento fueron desbaratados. Los primeros huyeron los moros[397], los castellanos resistieron algún tanto; mas como se viesen perdidos y desamparados, se recogieron, con el Rey Don Pedro, en el castillo de Montiel. Murieron muchos de los moros en la batalla, muchos más fueron los que perecieron en el alcance[398]; de los cristianos no murió sino sólo un caballero[399]. Ganóse esta victoria un miércoles, catorce días de marzo del año de 1369.
Don Enrique, visto cómo Don Pedro se encerró en la villa, a la hora la hizo cercar de una horma (pared de piedra seca) con gran vigilancia porque no se les pudiese escapar. Comenzaron los cercados a padecer falta de agua y de trigo, ca lo poco que tenían les dañó de industria[400], a lo que parece, algún soldado de los de dentro, deseoso de que se acabase presto el cerco. Don Pedro, entendido el peligro en que estaba, pensó cómo podría huirse del castillo más a su salvo[401]. Hallábase con él un caballero que le era muy leal, natural de Trastamara, decíase Men Rodríguez[402] de Sanabria; por medio deste hizo a Beltrán Claquin una gran promesa de villas y castillos y de docientas mil doblas castellanas, a tal que, dejado a Don Enrique, le favoreciese y le pusiese en salvo. Extrañó esto Beltrán; decía que si tal consintiese, incurriría en perpetua infamia de fementido y traidor; mas como todavía Men Rodríguez le instase, pidióle tiempo para pensar en tan grande hecho. Comunicado el negocio secretamente con los amigos de quien más se fiaba, le aconsejaron que contase a Don Enrique todo lo que en este caso pasaba; tomó su consejo. Don Enrique le agradeció mucho su fidelidad, y con grandes promesas[403] le persuadió a que con trato doble hiciese venir a Don Pedro a su posada, y le prometiese haría lo que deseaba. Concertaron la noche; salió Don Pedro de Montiel armado sobre un caballo con algunos caballeros que le acompañaban; entró en la estancia de Beltrán Claquin con más miedo que esperanza de buen suceso. El recelo y temor que tenía dicen se le aumentó un letrero que leyó poco antes, escrito en la pared de la torre del homenaje del castillo de Montiel, que contenía estas palabras: Esta es la torre de la Estrella. Ca ciertos astrólogos le pronosticaron que moriría en una torre deste nombre. Ya sabemos cuán grande vanidad sea la destos adevinos, y cómo después de acontecidas las cosas se suelen fingir semejantes consejas. Lo que se refiere que le pasó con un judío médico es cosa más de notar. Fué así, que por la figura de su nacimiento le había dicho que alcanzaría nuevos reinos y que sería muy dichoso. Después, cuando estuvo en lo más áspero de sus trabajos, díjole: «cuán mal acertastes en vuestros pronósticos», respondió el astrólogo: «aunque más hielo caiga del cielo, de necesidad el que está en el baño ha de sudar.» Dió por estas palabras a entender que la voluntad y acciones de los hombres son más poderosas que las inclinaciones de las estrellas[404].
Entrado pues Don Pedro en la tienda de Don Beltrán, díjole que ya era tiempo que se fuesen. En esto entró Don Enrique armado; como vió a Don Pedro, su hermano, estuvo un poco sin hablar como espantado; la grandeza del hecho le tenía alterado y suspenso, o no le conocía por los muchos años que no se vieran. No es menos sino que los que se hallaron presentes estaban entre miedo y esperanza vacilando. Un caballero francés dijo a Don Enrique, señalando con la mano a Don Pedro: «mirad que ese es vuestro enemigo.» Don Pedro con aquella natural ferocidad que tenía, respondió dos veces: «yo soy, yo soy.» Entonces Don Enrique sacó su daga y dióle una herida con ella en el rostro. Vinieron luego a los brazos, cayeron ambos en el suelo; dicen que Don Enrique debajo, y que con ayuda de Beltrán, que les dió vuelta y le puso encima, le pudo herir de muchas puñaladas, con que le acabó de matar. Cosa que pone grima, un rey, hijo y nieto de reyes, revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano bastardo. ¡Extraña hazaña!
A la verdad, cuya[405] vida fué tan dañosa para España, su muerte le fué saludable; y en ella se echa bien de ver que no hay ejércitos, poder, reinos ni riquezas que basten a tener seguro a un hombre que vive mal e insolentemente. Fué este un extraño ejemplo para que en los siglos venideros tuviesen que considerar, se admirasen y temiesen y supiesen también que las maldades de los príncipes las castiga Dios, no solamente con el odio y mala voluntad con que mientras viven son aborrecidos, ni sólo con la muerte, sino con la memoria de las historias, en que son eternamente afrentados y aborrecidos por todos aquellos que las leen, y sus almas sin descanso serán para siempre atormentadas.
LIBRO XIX, CAPÍTULO XV
Es alzado por Rey de Castilla Don Juan II. Abnegación de su tío Don Fernando de Antequera.
Hecho el enterramiento y las exequias del Rey Don Enrique con la magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veinte y dos meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno. Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público el testamento del Rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que la Reina, su mujer[406], y el Infante Don Fernando, su hermano, se encargasen del gobierno del reino y de la tutela del Príncipe. A Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la guarda del niño; la enseñanza a Don Pablo, Obispo de Cartagena, para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller mayor, hasta tanto que el Príncipe fuese de edad de catorce años. Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.
Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban que el testamento se hizo un día antes de la muerte del Rey cuando no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido; que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. Desto se hablaba en secreto, desto en público en las plazas y corrillos. Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían mala voz[407] en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba mucho. Ofrecíaseles que el infante Don Fernando los podría sacar de la congoja en que estaban y de la cuita[408], si se quisiese encargar del reino; mas recelábase que no vendría en esto por ser de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada cual les daba el nombre[409] que le parecía, quién de miedo, quién de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios que más a ellas se semejan. La ausencia de la Reina y ser mujer y extranjera daba ocasión a estas pláticas. Estaba a la sazón en Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían aquellas cosas[410] que se removían en Toledo.
Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron dar un tiento al infante Don Fernando. Tomó la mano Don Ruy López Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas razones primero; después, en presencia de otros de su opinión, le hizo para animalle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy pensado desta sustancia: «Nos, señor, os convidamos con la corona de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera[411] para el reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento; ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales personajes acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja. Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos, es cosa fea; mas desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen, enseñan bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar a otro, conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo vivían los hombres derramados por los campos a maneras de fieras; no se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños y aun entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar[412] y defender de cualquier agravio y demasía. Este fué el origen que tuvieron los pueblos, éste el principio de la majestad real[413], la cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía a la virtud y méritos de la vida, dallo al que ninguna muestra ha dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en esto ni valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es averiguado que por la muerte del Rey Don Enrique el Primero sucedió en esta corona, no Doña Blanca, su hermana mayor, que estaba casada en Francia, sino Doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo mostró la santidad y perpetua felicidad de Don Fernando, su hijo. El hijo menor del Rey Don Afonso el Sabio la ganó a los hijos de su hermano mayor el Infante Don Fernando, porque con sus buenas partes daba muestras de Príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas? Vuestro abuelo el Rey Don Enrique quitó el reino a su hermano y privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo hacer, será forzoso confesar que los Reyes pasados no tuvieron justo título. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es deste lugar apurallo; lo que se sabe es que hasta hoy le ha conservado y mantenídose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo acá dos hijas del Rey Don Juan de Aragón perdieron la corona de su padre, que se dió a Don Martín, hermano del difunto, si bien estaba ausente y ocupado en allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos. Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza, sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá por mal que queramos por Rey un Príncipe de la alcuña[414] real de Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno? Mirad, pues, no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el trabajo y la carga desamparar a la patria común, que de verdad, tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno destos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida, no será necesario.»
Después destas razones los demás grandes que presentes estaban se adelantaron, cada cual por su parte, para suplicalle aceptase. No faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo en favor de aquella demanda. A todo esto el Infante, con rostro mesurado y ledo[415], replicó y dijo no era de tanta codicia ser Rey que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba la Reina viuda y sola[416], a cuya defensa toda buena razón le obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona; pero que en ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en dalles por Rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto y por el procomún de la patria él no se quería excusar de ponerse a cualquier riesgo y fatiga y encargarse del gobierno, según que el Rey, su hermano, lo dejó dispuesto; solo, en ninguna manera se podría persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.
Concluído esto, poco después juntó los señores y prelados en la capilla de Don Pedro Tenorio, que está en el claustro de la iglesia mayor. El condestable Don Ruy López, por si acaso había mudado de parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por Rey. El, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién, sino al hijo de mi hermano?» Con esto levantaron los estandartes, como es de costumbre, por el Rey Don Juan el Segundo, y los reyes de armas le pregonaron por Rey, primero en aquella junta, y consiguientemente por las calles y plazas de la ciudad.
Gran crédito ganó de modestia y templanza el Infante Don Fernando en menospreciar lo que otros por el fuego y por hierro pretenden. Los mismos que le insistieron aceptase el reino, no acababan de engrandecer su lealtad, camino por el cual[417] se enderezó a alcanzar otros muy grandes reinos que el cielo por sus virtudes le tenía reservados. Fué la gloria de aquel hecho tanto más de estimar, que su hermano al fin de su vida andaba con él torcido y no se le mostraba favorable.
LIBRO XX, CAPÍTULOS II Y IV
Muerto sin sucesión el Rey aragonés Don Martín, es elegido por sucesor Don Fernando de Antequera.
Los catalanes, aragoneses y valencianos, naciones y provincias que se comprehenden debajo la Corona de Aragón, se juntaban cada cual de por sí para acordar lo que se debía hacer en el punto de la sucesión de aquel reino y cuál de los pretensores les vendría más a cuento. Los pareceres no se conformaban, como es ordinario, y mucho menos las voluntades. Cada cual de los pretendientes tenía sus valedores y sus aliados, que pretendían sobre todo echar cargo y obligarse al nuevo Rey[418] con intento de encaminar sus particulares, sin cuidar mucho de lo que en común era más cumplidero.
Los catalanes por la mayor parte acudían al conde de Urgel, en que[419] se señalaban sobre todos los Cardonas y los Moncadas, casas de las más principales; y aun entre los aragoneses, los de Alagón y los de Luna se les arrimaban; en que pasaron tan adelante, que Antonio de Luna, por salir con su intento, dió la muerte a Don García de Heredia, Arzobispo de Zaragoza, con una celada que le paró[420] cerca de Almunia, no por otra causa, sino por ser el que más que todos se mostraba contra el conde de Urgel y abatía su pretensión. Pareció este caso muy atroz, como lo era. Declararon al que lo cometió por sacrílego[421] y descomulgado, y aun fué ocasión que el partido del conde de Urgel empeorase; muchos por aquel delito tan enorme se recelaban de tomar por Rey aquel cuyo principio tales muestras daba. Los nobles de Aragón asimismo acudieron a las armas, unos para vengar la muerte del Arzobispo; otros para amparar el culpado. Era necesario abreviar por esta causa y por nuevos temores que cada día se representaban: asonadas de guerra por la parte de Francia y de Castilla, compañías de soldados que se mostraban a la raya para usar de fuerza si de grado no les daban el reino. Las tres provincias entre sí se comunicaron sobre el caso por medio de sus embajadores que en esta razón despacharon. Gastáronse muchos días en demandas y respuestas; finalmente se convinieron de común acuerdo en esta traza: que se nombrasen nueve jueces por todos, tres de cada cual de las naciones; éstos se juntasen en Caspe, castillo de Aragón, para oir las partes y lo que cada cual en su favor alegase; hecho esto y cerrado el proceso, procediesen a sentencia; lo que determinasen por lo menos los seis de ellos, con tal, empero, que de cada cual de las naciones concurriese un voto, aquello fuese valedero y firme. Tomado este acuerdo, los de Aragón nombraron por su parte a Don Domingo, Obispo de Huesca, y a Francisco de Aranda y a Berenguel de Bardax[422]. Los catalanes señalaron a Sagariga, Arzobispo de Tarragona, y a Guillén de Valseca y a Bernardo Gualbe. Por Valencia entraron en este número Fray Vicente Ferrer, de la orden de Santo Domingo, varón señalado en santidad y púlpito, y su hermano Fray Bonifacio Ferrer, cartujano, y por tercero Pedro Beltrán[423]. Resolución maravillosa y nunca oída, que pretendiesen por juicio de pocos hombres, y no de los más poderosos, dar y quitar un reino tan importante.
Los jueces, luego que aceptaron el nombramiento, se juntaron y despacharon sus edictos, por los cuales citaron los pretensores con apercibimiento, si no comparecían en juicio, de tenellos por excluídos de aquella demanda. Vinieron algunos; otros enviaron sus procuradores...
Luego que el negocio de la sucesión estuvo bien sazonado, y oídas las partes y sus alegaciones, se concluyó y cerró el proceso[424]; los jueces confirieron entre sí lo que debían sentenciar. Tuvieron los votos secretos y la gente toda suspensa con el deseo que tenían de saber en qué pararía aquel debate. Para los autos necesarios, delante la iglesia de aquel pueblo hicieron levantar un cadahalso muy ancho para que cupiesen todos, y tan alto que de todas partes se podía ver lo que hacían; celebró la misa el Obispo de Huesca, como se acostumbra en actos semejantes. Hecho esto, salieron los jueces de la iglesia, que se asentaron en lo más alto del tablado, y en otra parte los embajadores de los príncipes y los procuradores de los que pretendían. Hallóse presente el Pontífice Benedicto[425], que tuvo en todo gran parte. A Fray Vicente Ferrer, por su santidad y grande ejercicio que tenía en predicar, encargaron el cuidado de razonar al pueblo y publicar la sentencia. Tomó por tema de su razonamiento aquellas palabras de la escritura: «Gocémonos y regocijémonos y démosle gloria porque vinieron las bodas del cordero[426]. Después de la tempestad y de los torbellinos pasados abonanza el tiempo y se sosiegan las olas bravas del mar, con que nuestra nave, bien que desamparada de piloto, finalmente, caladas las velas, llega al puerto deseado. Del templo, no de otra manera que de la presencia del gran Dios, ni con menor devoción que poco antes delante los altares se han hecho plegarias por la salud común, venimos a hacer este razonamiento. Confiamos que con la misma piedad y devoción vos también oiréis nuestras palabras. Pues se trata de la elección del Rey; ¿de qué cosa se pudiera más a propósito hablar que de su dignidad y de su majestad, si el tiempo diera lugar a materia tan larga y que tiene tantos cabos? Los reyes sin duda están puestos en la tierra por Dios para que tengan sus veces, y como vicarios suyos le semejen en todo. Debe, pues, el Rey en todo género de virtud allegarse lo más cerca que pudiere y imitar la bondad divinal. Todo lo que en los demás se halla de hermoso y honesto es razón que él sólo en sí lo guarde y lo cumpla. Que de tal suerte se aventaje a sus vasallos, que no le miren como hombre mortal, sino como a venido del cielo para bien de todo su reino. No ponga los ojos en sus gustos ni en su bien particular, sino días y noches se ocupe en mirar por la salud de la república y cuidar del procomún. Muy ancho campo se nos abría para alargarnos en este razonamiento; pero, pues el Rey está ausente, no será necesario particularizar esto más. Sólo servirá para que los que estáis presentes tengáis por cierto que en la resolución que se ha tomado se tuvo muy particular cuenta con esto: que en el nuevo Rey concurran las partes de virtud, prudencia, valor y piedad que se podían desear. Lo que viene más a propósito es exhortaros a la obediencia que le debéis prestar y a conformaros con la voluntad de los jueces, que os puedo asegurar es la de Dios, sin la cual todo el trabajo que se ha tomado sería en vano, y de poco momento la autoridad del que rige y manda, si los vasallos no se le humillasen. Pospuestas, pues, las aficiones particulares, poned las mientes en Dios y en el bien común; persuadíos que aquel será mejor príncipe que con tanta conformidad de pareceres y votos, cierta señal de la voluntad divina, os fuere dado. Regocijáos y alegráos; festejad este día con toda muestra de contento. Entended que debéis al santísimo Pontífice, que presente está para honrar y autorizar este auto, y a los jueces muy prudentes, por cuya diligencia y buena maña se ha llevado al cabo sin tropiezo un negocio, el más grave que se puede pensar, cuanto cada cual de vos a sus mismos padres que os dieron el ser y os engendraron.»
Concluídas estas razones y otras en esta sustancia, todos estaban alerta esperando con gran suspensión y atención el remate deste auto y el nombramiento del Rey. Él mismo en alta voz pronunció la sentencia dada por los jueces, que llevaba por escrito. Cuando llegó al nombre de Don Fernando, así él mismo, como todos los demás que presentes se hallaron, apenas por la alegría se podían reprimir, ni por el ruido oir unos a otros. El aplauso y vocería fué cual se puede pensar. Aclamaban para el nuevo Rey, vida, victoria y toda buenandanza. Mirábanse unos a otros, maravillados como si fuera una representación de sueño. Los más no acababan de dar crédito a sus orejas; preguntaban a los que cerca les caían quién fuese el nombrado. Apenas se entendían unos a otros; que el gozo cuando es grande impide los sentidos que no puedan atender ni hacer sus oficios. Los músicos, que prestos estaban, a la hora cantaron con toda solemnidad, como se acostumbra, en acción de gracias, el himno Te Deum laudamus.
Hízose este acto tan señalado prostero del mes de junio, el cual concluído, despacharon embajadores para avisar al Infante Don Fernando y acucialle[427] la venida. Hallábase él, a la sazón, en Cuenca, cuidadoso del remate en que pararían estos negocios.
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